Los años setenta del siglo XX son una década muy discutida en cuanto a las tendencias culturales, artísticas y estéticas. Siendo la década en la que podemos situar el arranque de la posmodernidad… me resulta difícil encontrarla simpática. Y con una España a caballo entre una dictadura trasnochada, pero tristemente activa y dura, y los principios de una democracia, deseada por una población que, como hemos podido comprobar después, no tenía nada clara en que consistía comportarse democráticamente… es difícil de valorar. También es un momento en el que la estética posmodernista irrumpe con resultados… no siempre acertados desde mi punto de vista. Y entra en escena la iglesia de Santa Mónica en el barrio de la Romareda… en aquel entonces todavía en desarrollo.
Por la peculiar «cúpula» que domina su tejado, la broma más habitual es que la gente la llame el OVNI, la iglesia de los alienígenas, marcianos o extraterrestres u otros conceptos similares. En un momento en el que la dictadura está en pleno vigor, la iglesia católica, uno de los pilares del fascismo español, recibe terrenos y prebendas con facilidad, y se puede permitir el lujo de construcciones a lo grande. Especialmente en un barrio nuevo que va a ser habitado por personas con un más que decente poder adquisitivo, y en el que menudean otros colectivos con prebendas en el régimen; viviendas para militares, policías y similares. Así que si hay que hacer una iglesia nueva, que sea a lo grande. Arquitectura brutalista que es lo propio de estos regímenes y sus apoyos, pero con el tono de «modernidad» que pretendía atribuirse la iglesia católica. Modernidad en las formas, no en el fondo como el tiempo se ha encargado de rubricar.
Un edificio que divide, como tantas cosas a los zaragozanos, como «buenos españoles» que son. Entre los que la admiran y los que la aborrecen. El brutalismo nunca ha sido una corriente arquitectónica y estética de mi gusto. Así que ya os podéis imaginar… En fin. La foto procede de un rollo de película cuya peripecia técnica podéis encontrar en Lo cotidiano del mes de junio – Nikon Nikomat FTn con Kodak Pro Image 100. Y del que os dejo alguna que otra muestra.
Con la vuelta de vacaciones a principios del mes de junio, y con la llegada de los primeros calores cuando todavía no había terminado la primavera astronómica, me sucedió un cierto fenómeno que todavía perdura. No es ni bueno ni malo. Simplemente es. Y lo que me pasa es que en cuanto pasan las nueve y media de la noche, en una época del año en la que todavía hay luz en el exterior, estoy que me caigo de sueño. Y si me acuesto, por pronto que sea, desde luego muy pronto para los estándares hispanos, caigo redondo. Como contrapartida, me despierto muy pronto también por la mañana. Perfectamente descansado, puesto que he podido dormir mis ocho horas. Pero realmente puede ser en algún momento entre las seis y las seis y media, cuando tan apenas ha dado tiempo a que salga el sol. Entre semana me viene bien, porque es la hora de prepararme para salir a trabajar. Pero en el fin de semana… Bueno. Una opción es aprovechar las buenas temperaturas de esas horas, la buena luz del amanecer, coger una cámara de fotos y salir a caminar a fotografiar. Y en una de esas caminatas, que en sábado puede ser de entre 12 y 18 kilómetros, me volví a fijar una vez más en esto.
La poco práctica posición de la puerta principal de entrada a la estación ferroviaria de Miraflores, en la red de cercanías de Zaragoza.
Es la estación de la red de cercanías ferroviarias de Zaragoza, que sustituyó al antiguo apeadero que conocí toda mi vida, desde que de niño, con cinco años, fui a vivir al barrio de San José. Es el principio/final de línea de la línea 1 (y única) de Zaragoza, que va desde Miraflores a Casetas. Y también sirve de final/principio de línea y estación con parada para trenes regionales a Valencia/Cartagena, Arcos de Jalón/Madrid, Castejón/Logroño/Miranda de Ebro, Binéfar/Lérida, Huesca/Canfranc y Caspe/Barcelona. O media distancia, como llaman ahora a los trenes regionales. El caso es que la entrada a la estación es eso que podéis ver colgada, en el edificio, a unos siete metros de altura sobre el ras de la «calzada». Como obviamente, por ahí no se puede entrar, hay una puerta mucho más modesta habilitada para entrar a lo que sería los «sótanos» de la estación, al mismo nivel que las vías y los andenes de la estación.
Al otro lado del camino asfaltado que lleva hasta la estación, los campos de deporte del Centro Deportivo Municipal de La Granja. En el mismo plano está el Pabellón Príncipe Felipe… por lo que seguimos sin entender porqué situaron esa entrada ahí arriba.
Desconozco a qué planificación urbanística respondería un edificio de esta naturaleza. Porqué no se realizó, probablemente por falta de dinero o disputas políticas, y si alguna vez se retomará. Recientemente, en el lado opuesto a la inútil entrada, se abrió al tráfico la prolongación de la avenida Tenor Fleta. Y algunos pensaron que tal vez habría «otra puerta» por ahí. Una para acceder desde una vía pública urbana con su acera, y nos por un camino medio asfaltado, medio campestre. Pero aunque el estado en que ha quedado ese entorno también invita a preguntarse qué demonios querrán hacer a continuación y sí lo harán… no, no han abierto acceso alguno a la estación que haga innecesario atravesar zonas medio asilvestradas y poco transitadas para las personas que necesitan usar la estación cuando es de noche y da sensación de inseguridad.
Terminaba mi último fotocomentario, el lunes de esta misma semana, con una alusión al coso taurino de Zaragoza, llamado «de la Misericordia». Ironía en el nombre, los de la misericordia, cuando es un lugar destinado, por costumbres y festejos primitivos y ancestrales, en los que la hombría había que demostrarla a base de sangre, de los demás a ser posible, a hostigar, herir, maltratar y matar de forma inmisericorde a un animal herbívoro rumiante. Los herbívoros rumiante carecen de agresividad por naturaleza. No la necesitan para comerse a sus presas, los pastos que luego han de rumiar pacientemente durante horas para capacitar a sus bacterias simbiontes y sus tubos digestivos para digerir las duras fibras vegetales de las hierbas. Pero tienen el instinto de defenderse de quienes los acosan y los atacan, lo cual parece divertir a los machos ibéricos ancestrales.
En cualquier caso, el edificio es bello. Armonioso. Y capaz de albergar otros acontecimientos, propios de culturas más avanzadas y civilizadas, que pueden concitar el concurso y la aceptación de segmentos más amplios de la población. Esperemos que hacia ello evolucionen. Por cierto, la palabra coso se usa en algunos lugares, especialmente en Aragón, para denominar a la que era la calle principal y más animada de la población. Véase la calle del Coso de Zaragoza, o las calles del Coso alto y del Coso bajo de Huesca. Calles céntricas animadas y principales en ambas ciudades, con un mismo origen histórico, la ronda que rodeaba la ciudad en las murallas. La denominación coso comparte origen etimológico con la italiana corso, que suele indicar también vías públicas de importancia en las ciudades de aquella otra península mediterránea.
El recinto de lo que fue la Expo Zaragoza 2008 es estupendo para pasear con una cámara fotográfica al hombro. Especialmente al atardecer, durante los 45 o 60 minutos antes de la puesta de sol. La luz puede ser muy agradable, y el grafismo de la arquitectura de la exposición internacional, unido a la naturaleza de las riberas del río Ebro, abre muchas puertas a composiciones diversas. Pero también invita a la reflexión, como me sucedió a mí hace unas cuantas semanas, cuando dediqué varios fotogramas al hermoso Pabellón Puente diseñado por la ya fallecida arquitecta Zaha Hadid. Porque en estos momentos es frecuente ver operarios arreglando desperfectos, mientas que la obra permanece cerrada al tránsito de los peatones, y sin uso alguno para sus salas interiores.
La Exposición Universal de Sevilla 1992 ya nos mostró que era muy difícil rentabilizar y dar continuidad a muchas de las infraestructuras que genera uno de estos eventos. Especialmente si tras el periodo de bonanza y euforia económica que precede al mismo, sucede una crisis económica y financiera. Sucedió en 1993. Y sucedió todavía con más intensidad en 2008. Y no solo es el Pabellón Puente. Es la Torre del Agua, son los pabellones de la Expo, los llamados «cacahuetes»… muchos de ellos, 14 años después de la exposición internacional siguen sin uso. Y, probablemente, deteriorándose. Aquella exposición internacional de 2008 tuvo no pocos efectos positivos en la ciudad, pero también mostró la falta de realidad de los responsables políticos a la hora de gestionar sus legados. O simplemente su falta de capacidad para gestionar.
Voy a cambiar la forma en que presento las fotografías de mis experiencias fotográficas habituales. Hasta ahora presentaba una selección de una sesión de fotos digitales, o de las fotos de uno o varios rollos de película. Voy a plantearlo de otra forma. Seleccionaré alguna o un par de las fotos de la serie y haré un comentario sobre lo que representan o pueden representar. Y si acaso, más pequeñitas, pondré algunas más de la serie. Vamos a ver como queda y si sigo con esta fórmula en un futuro.
Vuelven los paseos fotográficos. Los grupos de aficionados, las asociaciones, los amigos con interés común en la fotografía, tras dos años de alejamiento social, en los que nos alejábamos de unos, para juntarnos con la familia y los amigos más cercanos que son los que nos contagiaban, volvemos a salir a pasear en grupo con nuestras cámaras. De alguna forma, ahora estamos más interesados en reencontrarnos que en hacer fotos. Pero todo llegará. En uno que hicimos por el meandro de Ranillas y el Parque del Agua, me llevé la Fujifilm Instax SQ6 con película de revelado en dos minutos. Y estuvo bien.
Antes de pasar durante unos poquitos días al modo «sólo fotos», voy a dejar resuelto mi comentario sobre el últimos estreno cinematográfico que hemos visto en salas de cine. Sinceramente, no era el que me apetecía ver, pero la escasez de tiempo disponible estos días y los horarios disponibles de las distintas películas en estreno nos encaminó hacia la película seleccionada para representar al cine español en la próxima edición de los Oscar de Hollywood. Y no se trata de otra cosa que una nueva colaboración entre el director Fernando León de Aranoa con el actor Javier Bardem; ya consiguieron un gran éxito con una película multipremiada y muy reconocida en su momento.
No sé dónde se ha rodado exactamente la película. Tal vez en los alrededores de Madrid. Pero podría ser en cualquier lugar de España. Y como estoy a punto de pasar unos días en Sevilla, ilustro la entrada con unas vistas de ciudades andaluzas. Como podría haber puesto de cualquier otra comunidad autónoma a la hora de ilustrar esta película, porque todas son similares en lo que aquí se cuenta. En el encabezado Antequera, aquí Cádiz.
Así pues, nueva película española de director con prestigio nacional, en la que se nos presenta a un empresario, fabricante de balanzas (Bardem), que se suele presentar a sí mismo como un buen empresario, preocupado por sus trabajadores, por la calidad de sus productos y por el prestigio de su empresa, y que opta a uno de esos típicos premios que se multiplican en las comunidades autónomas españolas a la calidad o a la excelencia, aparentemente muy codiciados por los empresarios nacionales, pero que en realidad tienen poca repercusión real en el mundo empresarial y económico. Pero detrás de las bondades con las que se presenta, en los días previos a la concesión del premio, le empiezan a llover los problemas. Los problemas matrimoniales del director de producción que afectan a la calidad de los productos y los envíos, un empleado despedido que monta un chiringuito de protesta frente a la fábrica, una nueva becaria que está como un pan y que «despierta el interés» del empresario, los dimes y diretes internos de la fábrica,… aderezado con un toque de historia colateral de jóvenes fascistas y racistas con tendencia a la violencia. El premio está en el aire.
Con una realización sobria pero eficaz, León de Aranoa descarga en las bondades del guion, que también firma, y en las habilidades interpretativas del protagonista y el resto del elenco la capacidad de la cinta para salir adelante. Y lo consigue. Plantea un conjunto de situaciones que inciden en muchos de los problemas del empresariado nacional, especialmente de empresas medianas, con un bajo nivel de formación empresarial, muchas veces negocios familiares que se mueven por intuición, y con tendencia a arreglar los problemas a base de talonario, de amenazas o de pasteleo con el poder político. Empresas familiares que suelen irse al garete en cuanto el empresario interesado se retira o fallece y sus herederos prefieren embolsarse un buen dinero por la venta de la empresa para vivir del cuento. Empresas que son compradas por otras más grandes, muchas veces no para progresar con ellas, sino para eliminar una competencia modesta pero molesta. Y al final se destruye el tejido productivo y social. No puedo negar que el empresario que magistralmente delinea Barden me recordó a algún «figura» del tejido empresarial que a lo largo de mi vida me ha tocado conocer y que hablaban y se movían de una forma muy similar a lo que se nos muestra en la película. Desgraciadamente para el país, es una película que se basa en una realidad que está ahí, en un conocimiento razonablemente preciso del tejido productivo nacional. Por lo tanto, planteamiento, elementos de la historia e interpretaciones, muy buenos.
Sevilla
Esto en el «haber» de la película. En el «debe» está que, aunque en algún medio la han comparado con el estilo de Billy Wilder, para que la película hubiera resultado en un producto redondo y excelente necesitaba una agilidad, un nervio, un ritmo que León de Aranoa, que es una narrador pausado, no tiene. Por lo que las dos horas de duración transcurren de una forma un tanto morosa, sin que la sensación de agobio que debería de producirse en el empresario de ficción, por el acúmulo de adversidades en pocos días, se traslade al espectador. Con una sonrisa semipermanente en la boca por las cosas que se nos cuentan, vamos transcurriendo de un episodio a otro, pero sin que se produzca la transferencia emocional necesaria para convertir la película en excelente.
No es una mala película, ni mucho menos. Se deja ver. E incluso diría que es bastante recomendable, para disfrutar del trabajo actoral y para obtener un mejor entendimiento de algunos de los problemas de la economía del país por vía de la comedia. Pero no pudimos dejar de salir del cine con la sensación de «mmmm… está bien… pero qué pena, podría haber sido fenomenal». Otra vez será. O no. Es lo que hay. Dudo mucho que alcance la preciada estatuilla del eunuco dorado.
En el día del libro, lo lógico parece comentar un libro. Uno de los últimos que he leído. Porque en esta semana he acumulado tres. No es que mi ritmo de lectura se haya incrementado mucho… ha sido una curiosa confluencia de circunstancias. El caso es que este que traigo hoy a estas páginas es la segunda entrega de la autora británica Ali Smith, en lo que se denomina su Cuarteto estacional. El primero libro de este cuarteto lo leí no hace mucho y me gustó mucho, así que no dudé en apuntarme a leer el segundo. En el original inglés ya se han publicado las cuatro estaciones. He visto que en catalán ya han publicado la primavera. Pero en castellano parece que todavía tendremos que esperar para los dos siguientes.
Lógiamente, Cornualles, lugar que visité ya hace quince años, así… a lo tonto modorro.
Al igual que el primer libro, la historia está configurada alrededor de las peripecias de una familia de hoy en día, en el Reino Unido de hoy en día, con los problemas que en la televisión salen todos los días de fondo. Art es un joven, escritor/periodista/naturalista, que tiene problemas de relación con su novia, con la que está a punto de cortar, si es que eso es algo que no ha sucedido ya. Por ello, contrata por mil libras a una chica, Lux, para que se haga pasar por Charlotte y le acompañe a pasar las navidades a casa de su madre en una población de Cornualles. Aunque Lux es una chica, canadiense, muy especial, que va por libre, y que hará de las vacaciones algo inesperado. Especialmente, cuando aparezca Iris, la hermana rebelde de la madre de Art. Si su madre es conservadora, dedicada profesionalmente al mundo de los negocios, Iris es progresista y ha dedicado su vida a las causas más diversas, como la antinuclear, la antifascista, la ecologista, etcétera. Y luego están los secretos familiares que también habrán de aflorar, catalizados por la presencia de Lux.
Aunque por causas que no vienen al caso, no le he podido dedicar la misma continuidad y atención en la lectura que a la primera novela del cuarteto, las virtudes presentes en el aquel están también en este. Quizá el personaje central de aquel, una joven en lugar de un joven, tenía más carisma y presencia que el muermote de Art… pero ahí está el personaje de Lux, para apropiadamente arrojar luz sobre esta familia de personas que viven relativamente extrañadas entre sí, pero que se quieren a pesar de todo. Con los fríos del invierno incluidos, la novela transmite la calidez de los sentimientos y una cierta mirada de esperanza a pesar de que en la sociedad que nos rodea parece que muchas cosas y valores se derrumban. Confiemos.
Llevo cierto caos en el comentario de los estrenos cinematográficos, entre los que se producen directamente en plataformas en internet, debido o no a la pandemia, y los pocos que podemos ir rascando en las salas de cine. El caso es que a fecha de hoy, y contando la película que os traigo hoy, tengo tres películas pendientes. Esta película hace casi semana y media que la vi. Dirigida por la realizadora norteamericana nacida en la República Popular China Cathy Yan, es una coproducción sinonorteamericana, que consiguió estrenarse en salas en China en 2019, pero que no consiguió la distribución internacional al año siguiente por culpa de la pandemia en curso. En la actualidad se puede ver en la plataforma Mubi. Justamente, a los dos días de su estreno en la misma, como medida de promoción, esta plataforma permitió el acceso a la misma durante uno o dos días de forma gratuita. Y aproveché para ver esta y una estimable película de hace 25 años con Maggie Cheung como protagonista haciendo de sí misma y Olivier Assayas a la dirección. Cine dentro del cine.
Las fotografías de la entrada del domingo pasado, tomadas en el Bund de Shanghai, hubieran convenido perfectamente a esta entrada también, puesto que dicho lugar está a orillas del río Huangpu, donde se originó el incidente de los cerdos muertos. Para no repetirme, buscaré entornos más relajados, como los jardines y los canales de Suzhou, también en el área de influencia del delta del Yangtsé.
Rodada al estilo «vidas cruzadas«, la película parte de un hecho real que sucedió hace unos años en las cercanías de Shanghai, cuando en el río Huangpu , un ramal del Yangtsé en el delta de este río, comenzaron a aparecer cerdos muertos, de origen desconocido. Parece que hubo una epidemia infecciosa entre los gorrinos, que morían sin que los ganaderos recibieran apoyo institucional para deshacerse de los cadáveres, por lo que optaron por echarlas a los ríos y canales próximos, confluyendo en el delta del gran río chino por excelencia. A partir de ahí, Yan se introduce en las vidas de los miembros de una misma familia, dos hermanos de cierta edad, hombre (Yang Haoyu) y mujer (Vivian Wu), y el hijo de uno de ellos (Mason Lee), que viven relativamente extrañados unos de otros, cada uno con sus propios problemas, y en una situación de relativo aislamiento personal. También se incluyen las desventuras de otros personajes que acaban relacionándose con ellos, como una joven de la alta sociedad (Li Meng) que arrolla con su coche un puesto de frutas y al hombre que lo atiende, y un joven arquitecto norteamericano (Archibald C. McColl IV), que trabaja para promotoras de construcción chinas.
La película, con una realización sencilla, que no simple, pero efectiva, mezcla con habilidad el drama y la comedia, llegando incluso a emular en algún momento al musical, todo ello para realizar un efectivo retrato del desarrollismo de la sociedad china, que en cierto modo recuerda a algunas formas del desarrollismo franquista, aunque con mucho más dinero disponible. Especulación urbanística, deficiencias en el funcionamiento de los servicios públicos, aparición de una mayor desigualdad entre clases, las componendas y las corruptelas cotidianas… Algo no muy distinto en el fondo, y en algunas formas, a lo que Berlanga proponía en muchas de sus películas. Y confirmando lo que leí en algún sitio. En China puedes criticar lo que pasa, mientras no lo atribuyas al partido y a la élite gobernante. No obstante, quizá el principal activo de la película es sus acertadas interpretaciones, de bastante buen nivel.
Película interesante, que se deja ver con agrado, que incluso me hubiera animado a ir a ver a las salas de cines si hubiera llegado a ellas, aunque dista de ser redonda, ya que el conjunto de la historia y del guion no dejan de tener sus agujeros y sus resoluciones forzosas. Que no la estropean, pero le impiden brillar a mayor altura.
En los últimos años están llegando películas interesantes desde Polonia y otros países del este de Europa como, por ejemplo, Hungría. Muchas de ellas son críticas con distintas condiciones sociales y políticas, lo cual supone una paradoja con la deriva hacia las derechas populistas, por no decir fascistas, que están tomando algunos de estos países, especialmente los dos que he mencionado. Ultranacionalismo, xenofobia, gran poder para el estamento religiosos… lo tradicional. En esta película de Jan Komasa es el estamento religioso el que es puesto en cuestión, así como el sentimiento religioso tradicional que lo sostiene en la población. El título de la película se traduce en las versiones internacionales al latín, Corpus Christi.
Nos damos vuelta por una bonita ciudad polaca, Poznan, donde no faltan las iglesias, donde se suele mezclar religión y nacionalismo.
Un joven de un reformatorio Daniel (Bartosz Bielenia), es puesto en libertad condicional y enviado a trabajar a una serrería en una zona rural de Polonia, avalado por el sacerdote del centro de reforma. Pero tras una serie de eventos, se hará pasar por sacerdote y sustituirá al titular de la parroquia de la población donde se encuentra la serrería. Esta se encuentra marcada por un trágico accidente en el que un conductor, presuntamente bebido, atropelló y mató a un grupo de jóvenes. Los rencores viven en las familias de los fallecidos. Pero Daniel, junto con la compañía de la joven Eliza (Eliza Rycembel), revolverá las conciencias y despertará la reacción de los vecinos ante esta situación, mantenida de alguna forma por el viejo sacerdote enfermo.
La película está presentada correctamente en su dirección y su producción, aunque su principal valor es la interpretación de su reparto. Más que una crítica a la religión, lo que hay es una crítica a la religión tradicional y los valores conservadores e intransigentes que arrastra. De fondo, también está la condición de los jóvenes en centros de reforma, obligados a vivir en una disciplina impuesta por el estamento religioso, pero que les deja claro que por su condición ya no deben esperar tener las oportunidades en la sociedad que cualquier otro joven. A Daniel se le negará la entrada al seminario, por vocación que tenga, o no, por su condición de exdelincuente juvenil. La película presenta una serie de lugares comunes habituales en estas críticas a la religión, como su frecuente connivencia con los poderes económicos y políticos, y su búsqueda del control de las conciencias y el comportamiento de la población.
La película es correcta y, como digo, tiene buenas interpretaciones. Pero tampoco me parece que aporte nada realmente nuevo que no se haya expuesto ya en otras ocasiones. Le falta algo de brillantez o de profundidad, y el propio personaje protagonista puede resultar confuso en su definición personal. Pero se puede ver bien. Sin duda. Globalmente se salda en positivo.
La entrada de hoy incluye dos estrenos recientes. Estrenos simultáneos en pantalla grande y en plataforma, Filmin. Y ambos son películas de Terrence Malick. Y ambas fueron rodadas con antelación a la última película de este particular director que pudimos ver. Una película que valoré muy bien, que me gustó mucho, que tenía mucha profundidad, acompañada por las singulares formas narrativas y visuales de este director americano, tan alejado de las convenciones.
Pero Malick no es un director comercial. Precisamente por ese alejamiento del cine más convencional. En su filmografía tiene grandes títulos, incluso obras maestras, pero también películas que pecan de excesivamente estilizadas, otras que están más vacías de mensaje de lo que aparentan y otras que son demasiado crípticas, salvo, supongo, para los iniciados en vaya usted a saber qué ciencias ocultas. Nunca sabes con qué te vas a encontrar. Por ello, hasta estas fechas, en la resaca de los confinamientos por la epidemia de covid-19, no han encontrado camino hasta las pantallas las dos películas que comento hoy.
No sabía muy bien cómo acompañar fotográficamente esta entrada, así que he optado por algunas de las fotos que he ido tomando últimamente por la ciudad con una de mis cámaras más recientes.
La película nos narra la vida y el entorno de un escritor, con amplios contactos en el mundo del cine y el espectáculo, principalmente a través de sus relaciones con una pléyade de mujeres, aunque también de su padre y de algún magnate del mundillo. Dividido en varios capítulos con títulos relacionados con las cartas del tarot, con localizaciones en Los Ángeles y Las Vegas, nos presenta un mundo de lujo y pretensiones, pero que constantemente deja un vacío existencial en el protagonista, que tampoco acaba de encontrar la forma adecuada de tratar con las mujeres con las que se topa, que son de lo más variadas. Desde una stripper a modelos y profesionales de fama y fortuna.
Rodada con el estilo habitual de Malick, grandes angulares, mucho movimiento de cámara en torno a los actores, diálogos a penas audibles, mucha improvisación y muchas horas de rodaje, para luego montar aquellos cortes que el director considera adecuados para contar su historia. Apenas se puede hablar de calidad de interpretación por la naturaleza de la forma de rodar, en los que los intérpretes son el objeto principal del encuadre, pero no podemos decir que existan unos diálogos realmente claros o unas direcciones claras de interpretación; prestan sus cuerpos y ademanes, son vestidos de una determinada forma… y a rodar.
Desde mi punto de vista está lejos de las mejores películas de Malick, pero al menos tiene un sentido, aprecias una evolución en la historia y en los personajes y tiene momentos interesantes en su excesivo metraje, para lo que cuenta. He de decir que los personajes de la película tampoco me interesaron mucho, sentí poca empatía por el protagonista y varios de los personajes secundarios, mientras que me hubiera gustado saber más de otros. Difícil de recomendar por las peculiaridades del cine de Malick.
Con menos retraso, pero aun así hace tres años desde que se estrenó en algún lugar del planeta, llega esta otra película de Malick. Mientras que la anterior la vi en las salas de cine, en esta estaba recién llegado de viaje, algo cansado y opté por verla en la plataforma de vídeo bajo demanda, en Filmin. Eso quizá sea un error con las cualidades visuales del cine de Malick.
El estilo de narración, rodaje, visual y sonoro de la película es totalmente similar al anterior. Sin embargo, en esta ocasión nos trasladamos a algún lugar de Tejas, Austin creo, en el ambiente de la música country del lugar, donde asistimos a una serie de relaciones, triángulo en algún caso entre varios personajes. También con un reparto de postín, con nombres como Rooney Mara, Ryan Gosling, Michael Fassbender, Natalie Portman, Cate Blanchett, y Holly Hunter, entre otros. Diría que el personaje central es el interpretado por Rooney Mara, aunque en los títulos de crédito, ya sabemos como van estas cosas en el mundo del cine, donde se negocia hasta el orden en que aperecen los intérpretes en los carteles, aparece en tercer lugar tras los dos machos. Qué sorpresa.
Cuando empecé a verla me vino a la memoria que hace unos años leí un artículo sobre el proyecto de esta película y el principio de su rodaje. Fue poco después de ver Carol, protagonizada por Blanchett y Mara, y pensé que me haría ilusión verla, después del buen trabajo y la buen química de ambas en aquella excelente película.
Pero nada en esta película funciona conmigo. No engancho ni con la historia, ni con los personajes, ni con nada. Conforme va pasando el rato me voy desenganchando, y al final, las algo más de dos horas que dura el largometraje se me hacen eternas. Salvo que se confirma que Mara y Blanchett son dos actrices elegantes que llenan la pantalla con facilidad… poco más saco en claro de la película, que me supera desde casi el principio.
Difícilmente la puedo recomendar. No sé. Tal vez si la hubiese visto en pantalla grande, el resultado pudiera ser distinto. Aunque lo dudo.
No puedo recordar en este momento dónde encontré recomendado este libro… espera que lo miro… Sip… este fue una recomendación Kindle Flash y me costó muy baratito. Después de hacer una breve investigación sobre quién fue Ricarda Huch, su autora, alemana, a la que le fue mal por la situación política tanto antes de la guerra mundial, la segunda, como después. Cosa más de estar en el sitio inadecuado en el momento inadecuado… aunque no vivió mucho tras el final de la contienda.
Sigo sin tener fotografías de Rusia, país que aún no he visitado, ni perspectivas que tengo en estos momentos. Así que lo sustituiremos por vistas de Tallin en Estonia, que en 1905 pertenecía al Imperio ruso.
El caso es que tenemos aquí una entretenida novela en forma de intercambios epistolares, cuya acción se desarrolla en la primavera y el verano de 1905, en la residencia de verano de quien sería gobernador de San Petersburgo, Imperio ruso, en medio de los movimientos revolucionarios que se dieron aquellos años en el gigante de la Europa oriental. Allí se ha refugiado el gobernador y su familia, esposa, hijo y dos hijas, todos ellos de poco más de veinte años, y un individuo contratado para proteger al gobernador, que ha ordenado el cierre de la universidad y otras medidas represivas, pero que en realidad está allí para asesinarlo. De lo que sucederá, nos enteraremos por el intercambio epistolar con otros familiares y amigos de la familia y con otros conspiradores.
Planteada como una obra menor, casi como un divertimento, la novela aparece como un interesante documento sobre el modo de vida y el modo de pensar de las clases altas europeas en los países más conservadores y autoritarios, y especialmente en Rusia. Y no deja de tener un tono ligero, tiene claramente forma de comedia, a pesar de la gravedad de los hechos históricos de fondo, así como de lo que puede suceder en la propia casa de campo en la que se mueven los personajes de la novela.
He de decir que me encantó, que la disfruté mucho. Que me parece una novela moderna, ingeniosa. Ágil. Como no tiene mucha extensión, no tardé mucho en leerla. E incluso el final, que no está claro durante el desarrollo de la trama, sorprende en su forma, aunque hay detalles en el desarrollo que lo avanzan. No por ello se disfruta menos. La novela no sólo es una comedia costumbrista, también implica un misterio. ¿Conseguirá el agitador asesinar al gobernador o será descubierto y capturado? Lo tendréis que leer. Algo que os recomiendo.
Hoy me voy a extender un poquito más sobre el comentario de las fotos de mis idas y venidas a trabajar durante el estado de alarma por la epidemia causada por el nuevo coronavirus de 2019. Como siempre podéis encontrar las cuestiones técnicas relacionadas con las fotos en mi página sobre técnica fotográfica, en Tercera semana de aislamiento social – Minox 35 GT-E + Ilford FP4 Plus 125.
Pero me ha parecido interesante hablar un poquito más de las fotografías.
Con la tercera semana, comenzó la primera prórroga del estado de alarma. Y se extremaron algunas medidas. Se suspendió la actividad laboral en todas las empresas no esenciales. Se clausuraron, se encintaron o vallaron, las entradas a los parques y jardines públicos. De repente, todo estaba realmente mucho más vacío.
También fue una semana en la que bajaron las temperaturas apreciablemente. Y llovió varios días. Esto generó que las calles aún se quedaran más vacías. Y nos desmoralizó un poquito a quienes trabajamos en sanidad. Todos los datos indican que el nuevo coronavirus se transmite con más facilidad en tiempo frío. Un tiempo cálido con una humedad ambiental elevada parece que limita la transmisibilidad. Pero frío, con lluvia,… mal rollito. Dos semanas más tarde no parece que haya afectado de forma importante a la curva epidémica.
También percibí fenómenos que me resultaban hasta cierto punto paradójicos o contradictorios. Los centros educativos, incluidos los universitarios, se encontraban cerrados para incrementar el aislamiento social y disminuir la transmisión del virus. Pero ver la facultad de Medicina cerrada y abandonada, cuando los alumnos de la misma deberían estar inmersos en el estudio y en el seguimiento de la pandemia, como una parte de su formación que en la que muchos de sus futuros compañeros, médicos, cojean. Porque ha habido poca sensación de riesgo de que surgiera una pandemia. A pesar de que en mi «corta» vida, me consta haber vivido ya cinco pandemias, incluida la presente.
Y sobretodo, la extraña sensación de ver prácticamente vacías las calles y las avenidas de Zaragoza a horas en las que el bullicio y el tráfico las inunda. Una sensación que vivimos en esos días y que se ha ido perdiendo poco a poco. En estos momentos, todo está mucho más concurrido que hace dos semanas.
Son tiempos nuevos, son tiempos extraños. Pasarán. Pero no sabemos que repercusiones sociales, culturales o políticas llegarán. Están los optimistas que hablan de una mejora en las relaciones humanas y en la solidaridad… pero con los antecedentes de las dos últimas décadas es difícil ser optimista. Por ejemplo, me cuesta conciliar los «aplausos» de las ocho de la tarde hacia los profesionales esenciales, sanitarios y otros, y los casos de rechazo o miedo vecinal ante esos profesionales que se empiezan a detectar. Muchas de las máscaras que se ven en los rostros de la gente son más reflejo del miedo hacia el otro, que del deseo de proteger al conciudadano. Recordemos el ejemplo de los hoplitas griegos cuando entraban en batalla. Con la mano derecha blandían la espada y luchaban con el enemigo, con la mano izquierda sujetaban el escudo que protegía a su compañero, mientras eran protegidos por el escudo de otro compañero. Esa es la idea, no la del miedo y la protección egoista. Porque esa, no resulta.
Los tranvías de Zaragoza, en uno de sus sentidos, llevan a «Mago de Oz»; pero a los burócratas del ayuntamiento les faltó imaginación para tender las vías sobre un camino de baldosas amarillas…