Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Detalles del palacio Hwaseong en Suwon.
Aprovecho estos extraños días en los que estoy en casa, cuando debería estar varios husos horarios al este del continente euroasiático, para dejar el contador de estrenos cinematográficos pendientes de comentario a cero. Tengo que confesar que en esta ocasión, la última película Hong Sang-soo no ha llegado a la cartelera zaragozana, una cartelera que poco a poco se va degradando en lo que se refiere a oferta que no proceda del cine más comercial. Y en la que ademas cada vez es un poco más difícil encontrar buenos momentos para ver las películas en su versión original, sin adulterar con doblajes espantosos, y que sin embargo parecen ser el «orgullo» de tantos críticos y comentaristas del solar ibérico. Reminiscencias de la cerrazón cultural heredada de la dictadura fascista del siglo XX.
Pero yo me las apañé para no perderme el tradicional estreno anual del peculiar director surcoreano. En la que es su tercera colaboración con la francesa Isabelle Huppert (creo), nos vuelve a traer uno de sus largometrajes de apenas 90 minutos de duración realizados con escaso dinero, con un equipo mínimo. Hecho de menos la presencia de Kim Min-hee en estas películas, ya que en la actualidad sólo participa en ellas en el equipo de producción. Huppert es una francesa que no habla surcoreano, que esta viviendo acoplada en el apartamento de un joven surcoreano, y que se saca unos dineros enseñando francés a algunas alumnas con un peculiar método. Pero poco sabemos de ella, de dónde viene, adónde se dirige y cual es trasfondo vital.
Algo más críptica de lo que es habitual, la factura de esta película es la típica del director. Planos estáticos mientras los personajes dialogan (y trasiegan ingentes cantidades de soju y makgeolli), con eventuales movimientos bruscos de zoom que cierran o abren los planos en un momento dado de la conversación. Y los temas son habituales en el cine del surcoreano; relaciones personales, familiares, la creatividad… Pero en este caso con un personaje que parece total y absolutamente fuera de lugar. Una viajera de paso, que se ha acoplado un tiempo a un lugar en el país asiático. Que no habla el idioma de los lugareños, y que tampoco se preocupa en adaptarse a las costumbre del lugar. Sigue saludando a todos aquellos con los que se encuentra con los dos típicos besos en las mejillas, algo que resulta excepcional y extraño en la mayoría de los países asiáticos, pero que aceptan con una mezcla de sorpresa y curiosidad. Un pez fuera del agua que sirve si acaso para revulsionar las mentes de sus interlocutores; el sentido de la música, el sentido de un poema, el sentido de aprender un nuevo idioma, el sentido de lo que significa ser madre de un joven veinteañero…
Nunca me atreveré a recomendar en sentido absoluto las películas de Hong Sang-son, aunque a mí me aporta bastante en sus pequeñas dosis de reflexión en forma de comedias (o dramas) tranquilos, regados de alcohol de baja graduación y de muchas y variadas conversaciones. No es esta la película de Hong que más me haya impactado, lo cual puede tener que ver también con el momento y las circunstancias en las que la vi. Pero siempre me viene bien estas dosis de otro tipo de cine. Y Huppert siempre es una presencia interesante en pantalla. Una actriz septuagenaria ya pero que se mueve en pantalla como si siguiera teniendo treinta y tantos.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Kamakura es uno de mis lugares favoritos en Japón. Y no sólo por el Gran Buda del templo Kōtoko-in.
En vísperas de salir de viaje (frustrado, como ya he contado), el lunes pasado, añadí un par de estrenos que pensaba comentar a la vuelta del viaje. Pero aquí me tenéis con la oportunidad y el tiempo para hacerlo. Por lo menos una hoy. Otro estreno directo en plataforma, en Netflix, que si no hubiese sido por una serie de antecedentes quizá no me hubiera atraído mucho. Con un título original que se traduce como Explosión en el «Shinkansen», el título en ingles, Bullet train explosion, es mucho más atinado que el anodino título en castellano, es una secuela de una película de los años 70 que alcanzó cierto grado de celebridad, o al menos de popularidad. En aquel entonces, la denominación de tren bala para los trenes de alta velocidad que circulaban en la línea Tokaido estaba más justificada por la forma del morro de la locomotora. En los más modernos esta forma está inspirada por la aerodinámica del martín pescador.
El caso es que el director del filme, Shinji Higuchi, ha dedicado buena parte de su carrera en los últimos 20 años a recrear nuevas versiones o secuelas de clásicos del cine de acción nipón. Desde el clásico Godzilla, a varios mangas/animes muy populares. Y en un momento dado se decidió por recrear el clásico ferroviario de los años 70. Al contrario que otros largometrajes en Netflix, este no ha pasado previamente por las salas de cine en Japón. Fue directamente un estreno en la plataforma en todo el mundo el 23 de abril pasado. Y esto es algo que, ya adelanto, está justificado y es una pena al mismo tiempo. Está justificado porque la película no deja de tener cierto tono general de telefilme de entretenimiento. Pero es una pena porque algunas de las muy conseguidas escenas de acción con el tren como protagonista estaría bien verlas en pantalla grande. Por cierto, shinkansen 新幹線 no significa tren de alta velocidad, Kōsoku tetsudō高速鉄道 en japonés, sino nueva línea troncal (o principal), que es el nombre genérico de las líneas de alta velocidad en el País del Sol Naciente. Luego, cada una tiene su nombre. La que sale en la película es la Tōhoku Shinkansen, nueva línea troncal del nordeste, mientras que en la película de los años 70 la acción transcurría en la Tōkaidō Shinkansen, nueva línea troncal de la ruta del mar oriental. Tōhoku es el nombre de la región japonés que ocupa el nordeste de la isla de Honsu. Tōkaidō era el nombre tradicional de la ruta que comunicaba Eda (hoy en día Tokio) con Kioto y Osaka.
El argumento es muy sencillo. Y muchos pensarán que es copia de una película norteamericana en que el vehículo era un autobús en lugar de un tren, y que a mí me pareció mala, aunque gozó de cierta popularidad. Pero no. En realidad fue la película yanqui la que copió el concepto de la película japonesa de 1975 en la que un tren con una bomba a bordo no debía bajar de los 80 km/h si no querían que explotase. En la actual, que se plantea como una secuela de aquella, décadas más tarde, el tren no debe bajar de los 100 km/h. Y como ya he comentado, el recorrido del tren es otro. En realidad es una de estas secuelas que se presentan como tales, introduciendo referencias a la película de antaño, pero que no dejan de ser nuevas versiones de lo mismo. Pasó lo mismo con cierta película reciente de tornados en el medio oeste americano.
La película tiene varias peculiaridades. Una de ellas es que está realizada con la colaboración activa con JR東日本 o JR East, que es la empresa que gestiona la mayor parte de los ferrocarriles, antiguamente estatales, que sirve la región nororiental de la isla de Honsu, con base en Tokio. Una de las cosas de las que me he enterado en la película, otra curiosidad, es que las líneas Shinkansen de esta compañía no están conectadas físicamente, no hay continuidad en las vías, con las de JR東海 o JR Central, a pesar de que ambas comparte la estación de Tokio como estación terminal. Como consecuencia de esta colaboración, los empleados de la compañía ferroviaria, especialmente el revisor principal del tren (Tsuyoshi Kusanagi) y la maquinista del tren (Non), aparecen como los héroes de la película. Siempre impecables, muy profesionales, eficientes y efectivos, cumplidores del deber. Algunas escenas casi son de publirreportaje. Pero no molestan. Y estos dos personajes generan empatía en el espectador.
Con los mimbres mencionados hasta el momento, uno pensaría que la película no daría mucho de sí. Que tendría un tono muy de telefilme y un argumento cuestionable. Bueno… pues ciertamente un tono de telefilme tiene. Pero lo cierto es que está bien hecha. Que las escenas de acción, si bien improbables, tienen cierta verosimilitud comparada con las sobradas inverosímiles de productos similares norteamericanos. Que como ya he dicho los personajes generan empatía y está razonablemente bien interpretada. Así que sus dos horas y cuarto de duración se me pasaron en un vuelo, y me entretuvo mucho. Lo cierto es que la encuentro recomendable para los abonados a la plataforma. Especialmente si son aficionados al mundo ferroviario. Por lo que tengo entendido se rodó con abundancia de maquetas a escala… con gran verosimilitud. Los japoneses están demostrando que con medios sencillos y tradicionales se pueden conseguir cosas estupendas sin necesidad de recurrir a los gráficos generados por ordenador, tan cantosos en muchas ocasiones. Mirad lo que paso con la última versión de Godzilla de los japoneses, tan estupenda.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. En Versalles he estado en dos ocasiones; las fotos son de la segunda.
Como en los últimos tiempos veo todos los días alguna cosita de animación japonesa, también me mantengo relativamente informado de novedades en el género. Y llevaba ya unos meses oyendo hablar de este estreno, que en España ha ido a parar directamente a plataforma de contenidos, aunque en Japón y otros países de Asia se ha estrenado en salas de cine. Dirigido por Ai Yoshimura, es la adaptación de un manga de principios de los años 70, que fue y sigue siendo muy popular en su país de origen. Y que ha dado lugar a una multiplicidad de adaptaciones. Tanto en animación como en acción real, tanto en formato de serie como de largometraje. Aquí, una nueva versión que venía acompañada de bastantes expectativas. Así que, aunque el tema no me llamaba mucho la atención, estando en Netflix, lo vi la noche del miércoles pasado.
Ya adelanto que la película no ha tenido una gran aceptación, antes de su estreno en plataformas. La película comienza en el momento en que la archiduquesa María Antonieta, a sus catorce años, llega a Francia para casarse con el delfín, el futuro Luis XVI. Y entre la guardia real, se designa a Oscar, una mujer educada por su padre como hombre para ser militar, para ser su protector. Acompañado por su fiel servidor, André, durante un tiempo las cosas irán bien. Pero con el tiempo, los excesos extravagantes de la corte real francesa combinados con la crisis financiera del país que aplasta a impuestos a una población empobrecida, hará que la inestabilidad social y política aparezca, y que Oscar se planteé con quien están sus lealtades. Especialmente cuando lleguen las vísperas de lo que será la Revolución Francesa.
No voy a perder mucho tiempo en el comentario. Por que se resume en dos cuestiones. La primera, positiva, es que la animación, aunque un poco recargada en formas y colores, muy propia del género destinado al público femenino, es de alto nivel… aunque algo cargante. Tiene muchos de los tópicos del anime destinado a las adolescentes y jóvenes femeninas, y a ratos resulta un tanto estomagante. Pero está bien hecha… que he dicho que esta cuestión era… más o menos positiva.
Con una mezcla de personajes de la historia real y personajes ficticios, más o, más bien, menos basados en algunos reales, ni siquiera queda clara el mensaje. Comienza la película mostrando admiración por la grandeza y esplendor de la corte versallesca, para convertirse al final en un alegato del movimiento revolucionario, sin una evolución clara en el mensaje. Termina con un resumen de algunos sucesos de la época revolucionaria, que por esquemático es insatisfactorio, dada la complejidad de la época. La película la mantengo en el aprobado, pero más como una curiosidad que como otra cosa. Sin duda, la serie manga es más apta para ser adaptada como una serie de televisión. O llegado el caso, como una serie de varios largometrajes, que desarrollen de mejor forma sus propuestas. No la recomiendo con carácter general. Sólo para curiosos de la animación nipona. Y… otra cosa. Tiene elementos de musical… que no me han convencido. Canciones tipo Disney, muy insatisfactorias.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. No tengo fotos del estado de Misisipi… así que unas fotografías de San Francisco habrán de bastar.
No había oído hablar de esta película casi hasta el día en qué se estrenó. En los medios «especializados» que sigo yo no se había mencionado tan apenas y me había pasado desapercibido. Digo «especializados» porque cada ver hay menos medio fiables sobre cine. En cualquier caso, las críticas inmediatas eran muy buenas, y los datos de taquilla que venían desde los USAmérica eran notables. Así que me apetecía ver esta película dirigida por Ryan Coogler. Uno de los puntos… no voy a decir negativos, pero sí poco atrayentes. Un director que ha destacado dirigiendo películas superheroícas de Marvel… no es un buen currículum para nosotros. Pero me costó convencer para no ir solo. Porque se decía que era un musical…
No lo es. Es una película con canciones, en la que la banda sonora tiene una importancia fundamental, girando alrededor del blues… y de la música folclórica irlandesa… qué cosas. De lo que yo no me había enterado antes de ir a ver la película es de que era una película de vampiros. Y eso que en un artículo había una referencia, pertinente, a una divertida película de Robert Rodríguez. Y así, tras un misterioso comienzo con un joven empuñando el mástil de una guitarra refugiándose en una iglesia… volvemos hacia atrás en el tiempo, 24 horas, cuando dos hermanos gemelos (ambos Michael B. Jordan) reclutan al joven (Miles Caton / Buddy Guy ya octogenario) como guitarrista y cantante para el nuevo garito que han adquirido, y han convertido en un tiempo récord en un Juke Joint. Los dos han huido con cierto dinero del mundo del hampa de Chicago, en los movidos años 30 del siglo XX.
Y en el garito se reunirán por la noche para beber, cantar y bailar con una clientela de negros de Misisipi, entre los que destacan algunos amigos, como la pareja china (Yao y Li Jun Li) que les proporciona los víveres y materiales, la joven pero antigua novia (Hailee Steinfeld), la nueva y joven cantante (Jayme Lawson), el viejo músico callejero (Delroy Lindo) y otros. Pero otro grupito de tres blancos (Jack O’Connell, Lola Kirke y Nathaniel Arcand) también se ha reunido en las últimas horas y se ve atraído por la música que surge del garito. Y no tienen buenas intenciones.
Por partes. En el aspecto técnico, la película es de sobresaliente. Realizada magistralmente en su puesta en escena, en sus encuadres, en el movimiento de los personajes en sus planos, tiene momentos casi sublimes. Algunas de las escenas musicales dentro del garito están a un nivel altísimo. La reproducción del ambiente de los años 30 en el profundo sur norteamericano es buenísima. Y a eso hemos de sumar un reparto en estado de gracia. No hay nadie que desentone, tenga un papel más o menos importante. Por supuesto, la estrella de la función es Jordan, con su papel doble, tan matizado y tan diferenciado. Pero no hay que desdeñar en absoluto la calidad de las escenas que protagoniza O’Connell como principal antagonista de la función. En un ámbito más frívolo, con lo mona que me ha parecido siempre Lola Kirke… está tan caracterizada de cutre que casi no la conocí. Pero eso también es mérito. Como Steinfeld jugando al equivoco de «soy negra, soy blanca… ¿qué soy?». Quien lo iba a decir de aquella chiquilla que con 13 o 14 años fue candidata al Oscar por un excelente western de los Coen.
Finalmente hay que hacer el balance del conjunto de la película. Película muy arriesgada. Por su doble condición. Su reivindicación de la cultura negra a través de su música, especialmente el blues, excepcional la banda sonora de Ludwig Göransson, y del ansia de libertad, de autodeterminación, de expresión personal y colectiva, tiene que encajar en esa segunda mitad de la película en la que se convierte en un «abierto hasta el amanecer», pero con sin el elemento cómico. Y no siempre tienes claro que encaje, aunque yo creo que al final sí, especialmente porque el propio Coogler introduce ese diálogo final, décadas más tarde, con el joven músico octogenario, estableciendo que, aquella noche, por terrible que fuese, hasta la medianoche, fue la más feliz de sus vidas, la noche en que se sintieron libres. Ese pequeño discurso… casi me emocionó. Muuuuyyyy recomendable. Una sorpresa de primavera, que debería tener carrera en la temporada de premios, si no fuera porque ha llegado muy pronto en el año. Y la música. Creo que fue Cifu quien dijo que igual que la música clásica europea surgió de la música del pueblo, la música clásica afroamericana, el jazz, surgió de las cabañas del profundo Sur norteamericano donde se cantaba y bailaba el blues.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Hace casi 20 años en Londres.
Creo que hacía muchos muchos años que no pasaba tanto tiempo entre dos visitas a las salas de cine para ver una película de estreno. Casi un mes. Ni siquiera cuando cojo vacaciones largas hemos dejado pasar tanto tiempo desde hace mucho tiempo. Lo cual es sintomático de dos fenómenos; la oferta en la cartelera nos resulta poco atractiva, y el cine puede estar perdiendo una parte del atractivo que siempre ha ejercido sobre nuestro pequeño grupo cinéfilo. Y sobre mí mismo en particular. No me voy a poner a analizar aquí y ahora el porqué de este fenómeno. Quizá más adelante. Pero la cosa es que ni me preocupa, ni me deja de preocupar. Durante ese período de tiempo he estado entretenido, he hecho una variedad de cosas, y creo que tenían valor en la misma medida que el cine lo tenía tradicionalmente. Así que… es lo que hay.
Finalmente, y aunque no era nuestra primera opción, porque la que era está «difícil» de ver bajo nuestros criterios de conveniencia y calidad (una hora decente entre semana y versión original, subtitulada si no está hablada en castellano). Y la película que comento tenía a priori varios atractivos. Un buen reparto, un duración muy contenida, muy poco más de hora y media, y un dato común; aunque no está siendo muy apreciada por el público, y la distribuidora no está promocionándola demasiado, muchos críticos advierten que está mejor de lo que parece. El hecho de que esté dirigida por Steven Soderbergh, en mi caso, no es ni bueno ni malo. Dijéramos que, por mucha fama que tenga el director norteamericano, un tercio de las películas que he visto de él me han gustado mucho, otro tercio me han gustado más bien poco, y el tercio final, ni fu ni fa. Así que influencia neutra a la hora de atraernos o dejar de atraernos a la sala de cine.
La película es, hasta cierto punto, la típica película de espías británicos, con dos excelentes Michael Fassbender y Cate Blanchett a la cabeza. Ya he dicho que el reparto tenía mucho tirón. Como suele suceder, mientras que las películas de espías usamericanos suelen ser muy de acción, las de británicos suelen tirar a dramas psicológicos. En la sede de la inteligencia británica se ha filtrado un algo, típico macguffin, no merece la pena devanarse los sesos sobre lo que es, aunque en la película lo explican bien, y de formar pertinente. Por lo tanto, hay un traidor o topo. Y a uno de los agentes de nivel alto (Fassbender), le encargan descubrirlo, y rápidamente. Pero todo pinta que es un regalo envenenado, que va a poner en riesgo la carrera del agente. Más cuando en la lista de sospechosos esta su propia esposa (Blanchett), otra agente de alto nivel.
Estamos ante una película elegante. Combina la elegancia de cierto cine tradicional en los planteamientos, con una realización muy personal por parte de Soderbergh, y con unos temas y unos medios actualizados. Esto no es una de James Bond. Aunque el conocido agente de ficción sea británico, el planteamiento de sus películas tiende más a lo que he mencionado de las películas de espías americanos. Nop. Aquí estamos ante la típica situación de juegos a dobles y triples bandas. Pero con glamur. Nada similar al gris y taciturno Smiley de Le Carré, que también se las veía con situaciones similares. Aquel era un anti-Bond. Estos están en un punto intermedio, en el que no hay las fantasías de 007, pero son guapos, elegantes, todos ligan, quizá demasiado en el caso de los personajes secundarios, y son humanamente inteligentes. Es decir, meten la pata y lo tienen que arreglar… o palman.
Sinceramente, no esperaba mucho de la película, en realidad. Pero con una economía de medios narrativos, pero muy eficaces, tenemos una aventura que nos llevo a salir del cine con un optimismo cinematográfico que hace tiempo que no sentíamos. Sin que por ello vaya a ser una película especialmente trascendente en nuestra historia particular del séptimo arte. Soderbergh acierta en una cosa, con historia no especialmente original, pero que no trata como imbéciles a los espectadores, pone oficio en la realización, y deja que los protagonistas se las apañen, que tienen oficio de sobra, para sacar adelante una película con algo más que suficiencia. Yo la recomendaría como un buen entretenimiento.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Un clásico en Star Trek es que el cuartel general de la Flota esta en San Francisco, y las correspondientes vistas del Golden Gate.
Desde hace unos días, está disponible en Netflix la séptima temporada de Black Mirror, una de las series de televisión de más éxito, y al mismo tiempo más valorada por la crítica, de los últimos quince años. Hasta la fecha, no me he perdido ningún episodio. Salvo por el hecho de que de esta séptima temporada sólo he visto dos de momento y me faltan cuatro. Es decir, voy a ponerme a comentar cosas sobre la misma sin haberla visto entera. Lo entenderéis, más adelante. No puedo negar que la serie tiene sus altibajos, dentro de su buena factura general. Y que suelo preferir cuando entra en modo comedia, parodia o exageración que cuando entra en modo terror. Pero es una serie imprescindible para ofrecer una mirada crítica a los adelantos que los avances en las tecnologías de la información nos han aportado a nuestras vidas en este primer cuarto del siglo XXI. Qué cosas… parece que hemos estrenado siglo hace nada, y ya nos hemos comido una cuarta parte. En fin.
El caso es que ayer mismo vi la primera continuación o segunda parte de un episodio dentro de la serie. Se sobrentiende que la mayor parte de los episodios transcurren en el mismo universo de ficción. Obsérvese la cantidad de San Juníperos (hospitales, escuelas, hoteles,…), que llevan este nombre dentro de la serie desde el exitoso episodio que llevaba ese título, uno de los mejores, que allá por la tercera temporada. Imprescindible y propio de una antología. Pero otro de los mejores, y que también puede entrar en una selección antológica, fue el dedicado a la nave espacial USS Callister. En esta séptima temporada podemos presenciar la continuación de aquella aventura protagonizada por Cristin Milioti, Jesse Plemons y Jimmi Simpson, entre otros. Como he dicho, la única clara continuación de la misma historia, aunque pueda haber guiños al hecho de que todo suceda en un mismo universo de ficción.
El hecho de que aquella historia haya merecido una segunda parte, no estrictamente necesaria en mi opinión, se puede deber a dos motivos. El primero es que es uno de los episodios más valorados de la serie, de más éxito. En lo que influye mucho el carisma de Milioti, una actriz que, en la práctica, no ha salido del ámbito televisivo, aunque cuando me la he encontrado por ahí me ha parecido siempre que tenía potencial para más cosas. O quizá simplemente hace papeles que le van a su forma de actuar y a su físico. A lo tonto modorro, cuando fui consciente de su existencia como la chica del paraguas amarillo en una divertida y entrañable serie, era todavía una veinteañera, cuando ahora ya se acerca ya a los cuarenta si no los tiene ya. Pero también influye, y es el segundo motivo, que además de los elementos de crítica que acarreaba aquel episodio, como todos los de la serie, era una parodia, al mismo tiempo que un homenaje, a una de las sagas/franquicias más celebradas de la ficción televisiva y cinematográfica, Star Trek.
A pesar de que siempre me han gustado las aventuras espaciales, literarias, televisivas o cinematográficas, que me han aportado muchos buenos momentos (y no pocas decepciones), Star Trek no ha formado pare de las que me hayan enganchado. Tengo recuerdos muy cariñosos de la serie original, que se emitió en España durante mi infancia bajo dos títulos diferentes, La conquista del espacio y Viaje a las estrellas. No creo que viese todos los episodios. Pero sí unos cuantos, que me gustaban bastante. Era antes de que llegase mi adolescencia en la que vi 2001: A Space Odissey, Star Wars y Solyaris, tres aventuras espaciales muy distintas, pero que definieron mi afinidad por el género. Las tres las vi en el cine entre los años 1977 y 1979. 2001 y Solyaris en el cine Rialto de Zaragoza, tradicionalmente cine de barrio en San José, en el breve periodo en que fue cine de arte y ensayo. Y la otra… como todo el mundo en algún popular cine de la ciudad. El Don Quijote creo que fue, uno de los más grandes y nuevos de aquella época. Ambos desaparecidos. Pero siguiendo con lo que estaba, siempre he tenido la consideración de que todo era muy cutre, desde el relanzamiento de la franquicia en cines en el año 79 con una película que me pareció horrenda, como todas las que siguieron en la década y media siguiente. El aumento del nivel en la producción que llegó con J. J. Abrams hizo que dejará de ser cutre, pero pasaron a ser películas efectistas, sin mucha sustancia real en sus historias. Hasta las narices de los flares originados en los objetivos anamórficos de los que abusa en sus producciones.
Con posterioridad, alguna serie me ha parecido interesante y menos cutre, y alguna serie de animación me ha divertido… pero sin más. Y lo más curioso es que siempre me lo he pasado bien con las parodias/homenajes. La primera que me viene a la memoria fue la infravalorada Galaxy Quest (Héroes fuera de órbita), en la que lo que se parodia no es a la propia serie, sino a los actores y productores de la misma, cuando se ven en la obligación de llevar su simulación en la pantalla a la vida real ante una amenaza alienígena. Un cachondeo en la que sus prestigiosos intérpretes se lo debieron pasar muy bien, a la que quizá le faltó un poquito más de mala baba. Yo la recuerdo con cariño. Creo que me lo pasé muy bien. Quizá porque me parecía bien parodiar una serie que yo asociaba con cierto grado de cutredad a pesar de su popularidad, como sucedía con los protagonistas de la ficción en la película. La disfruté infinitamente más que cualquier largometraje de la franquicia original hasta ese momento. Creo que con el tiempo se le ha valorado mejor que lo que fue en su estreno.
Y la serie que también disfruté un montón, un plagio en las formas, consentido, sin duda, de la franquicia original, fue The Orville. En las formas, que no en el fondo y contenido. Si la franquicia original iba de «vamos a llevar por toda la galaxia el buen rollito, la paz y la amistad», cosa que han valorado mucho los trekkies por los «valores» que representa la serie, la serie de Seth MacFarlane era una respuesta directa clara y concreta al trumpismo. MacFarlane vio venir el triunfo del populismo del aprendiz de dictador, y sacó, coincidiendo con el comienzo del mandato de ese personaje, una serie que detrás de su aspecto paródico estaba llena de críticas sociales y políticas a los nefastos valores del populismo de derechas. Y además los personajes eran simpáticos, tenían carisma, estaban bien interpretados, y si la serie no tenía un nivel de efectos especiales de primera, maravillosos y pirotécnicos, daba igual porque no iba de eso. Y además, a pesar de ello, como no se avergonzaba de lo que quería ser, no resultaba cutre. Cutre no quiere decir sin recursos. Quiere decir «quiero y no puedo», pretendo ser lo que no soy.
Y antes y después, llegó la USS Callister de Black Mirror, que con una visión distinta, un buen nivel de producción, y un buen trabajo interpretativo, nos trajo también unas historias interesantes, necesarias y encomiables. Ambas, especialmente la segunda, con 90 minutos de duración, son prácticamente largometrajes, que cuentan su historia con competencia. Y que marcan definitivamente el hecho que me ha hecho escribir esta entrada como lo he hecho. Las parodias de Star Trek me gustan y me interesan mucho más que la franquicia original. Es lo que hay.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Un paseo en blanco y negro por Copenhague.
Últimamente estamos un poco desmotivados a la hora de acudir a las salas de cine. No todas las películas que nos interesarían llegan en versión doblada a la cartelera zaragozana. Y nos negamos ya a ver películas adulteradas, es decir, dobladas. Y lo que llega tampoco es que nos motive gran cosa. De la misma forma que al cine español hace tiempo que le cuesta hacernos dejar la tranquilidad de nuestras casas. Pero decidimos ir a ver esta película danesa, dirigida por Magnus von Horn, y candidata a los Oscar por Dinamarca, que llegó a la recta final.
La película se basa en los hechos reales de una convicta por asesinatos en serie, Dagmar Overbye (Trine Dyrholm), bebes recién nacidos o de pocos días o meses. La historia se narra desde el punto de vista de otra mujer (Vic Carmen Sonne), probablemente ficticia, una joven que cree que es viuda porque su marido desapareció en la guerra, que tras quedar embarazada del patrón de la fábrica en la que trabaja, este la abandona por decisión de su madre, y la echan a la calle. Su marido ha reaparecido, tremendamente mutilado en el rostro, y aunque está dispuesto a hacerse cargo del bebé, la convivencia no es posible, y la joven acabará acogida por Dagmar, que «gestionará» la «adopción» del bebé, y la contratará como nodriza para los niños que vayan llegando para «adopción».
Rodada en blanco y negro, muy expresionistas, en formato académico, es decir con una relación de aspecto inusual, 1.45:1, la película podría haberse en un mero ejercicio de estilo a la hora de rodar de forma opresiva una historia desagradable. Pero a esta historia no le faltan sus alicientes. Por su puesto está el ejercicio de crítica social. Aunque ahora Dinamarca aparezca como uno de los países más avanzados del planeta, nos muestra las consecuencias del liberalismo extremo de la posguerra mundial, desde finales del conflicto hasta el crack del 29, con amplias zonas de las clases obreras indefensas ante el capitalista y con una sociedad industrializada con más puntos oscuros de los que nos parecería. Sucedió en el país nórdico, pero podría haber sucedido, y probablemente sucedió en muchos otros.
Si a eso sumas un par de actrices en estado de gracia, que cuentan mucho, a veces con muy pocas palabras, te encuentras con un largometraje que, a toro pasado, y con la reflexión posterior, sube muchos más enteros en tu apreciación personal de lo que podrías haber imaginado. Por lo que es una película recomendable, aunque para ver con el adecuado estado de ánimo.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. La noche de Seúl.
Cuando vi que se estrenaba esta película en Netflix, pensé que, en la barahúnda de películas que estrena la plataforma a lo largo del año, de todas las nacionalidades, esta podría tener algún interés. No aspiraba a que fuese fenomenal o excelente. Simplemente a que cumpliese con la función de entretener con dignidad, con un producto razonablemente bien pensado y ejecutado. Dirigida por Yeon Sang-ho, a quien le debemos alguna de las pocas películas de zombis que realmente me han gustado, tiene como protagonista femenina a Shin Hyeon-bin, que me gustó en una de mis series surcoreanas favoritas, aunque fuese en un papel secundario, pero que fue cogiendo importancia con el paso de los episodios.
La cosa va de crímenes y castigos. Un pastor de una iglesia cristiana (Ryu Jun-yeol) ejerce su oficio en una parroquia tirando a cutre con una clientela más bien magra. Su mujer le pone los cuernos, y ve disminuidas sus posibilidades de progresar a una parroquia mejor porque por delante de el está el hijo del mandamás de la iglesia. Por otro lado, una detective de policía (Shin) se ha incorporado a una nueva comisaría, no lejos, acarreado el lastre de no haber podido rescatar viva a su hermana secuestrada por un psicópata (Shin Min-jae) con una pasado perturbador. El problema es que el psicópata, tras salir de la cárcel, se apunta a la parroquia. Y poco después desaparece una de sus más jóvenes parroquianas. El pastor y la detective intentarán detener al psicópata, cada uno por su lado. El uno por visiones divinas, la otra por venganza y rabia.
La película, que está correctamente realizada, aunque con criterios más artesanos que artísticos, tenía varios números para estar muy bien. Buenos intérpretes, una historia a la que se le podría sacar mucha punta, especialmente si se la afilaba con una buena dosis de crítica social y algo de humor con mala baba, una historia que pedía a gritos ser una comedia negra de crimen, se toma demasiado en serio a sí misma, y acaba siendo un telefilme convencional. Que se deja ver, en la que los que trabajan muestran que no son malos haciendo lo suyo. Pero quedando en un mero entretenimiento que aprueba por los pelos.
Una pena, porque incluso hay historias colaterales que prometían. El trasfondo de la iglesia esta, con tintes de corrupción. La esposa del pastor que le pone los cuernos como si tal. Unos policías, compañeros de la protagonista que son un tanto zoquetes, algo usual en las películas y seres surcoreanas. La peculiar y cutre parroquia y barrio donde sucede todo. Lo dicho. Pedía a gritos ironía y humor negro crítico.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Glaciares e icebergs en Islandia.
Mickey 17 (2025; 16/20250319)
Me enteré de que se iba a estrenar esta película hace dos meses, cuando preparaba mi comentario sobre la novela en la que se basa y que había terminado de leer unas semanas antes. En ese momento, ni siquiera había una fecha de estreno para España. Para la mayor parte del mundo estaba prevista para principios de marzo… y al final ha resultado que en España también. Lo cierto es que la novela me gustó. No es la octava maravilla de la ciencia ficción, pero era bastante disfrutable. Muy divertida. Y su adaptación al cine venía avalada por estar dirigida por Bong Joon Ho, oscarizado director surcoreano, que ha hecho una variedad de películas bastante interesantes.
Es cierto que había un detalle que me mosqueaba. Ese ‘1’ delante del ‘7’. Eso implicaba que la adaptación se tomaría sus libertades. Y tal y como yo percibía la obra literaria original, era fácilmente transplantable al cine sin necesidad de adaptaciones especiales. Si ya estaba bien… ¿necesariamente los cambios la llevaría a ser mejor? Este tipo de cuestiones me generan serias dudas. Y, desde mi punto de vista, y a pesar de que la película ha recibido buenas críticas, aunque no unánimes, de alguna modo falla.
La película tiene un planteamiento inicial similar al del libro, Mickey 17 (Robert Pattinson), un clon considerado «trabajador prescindible» en una incipiente colonia humana en un exoplaneta que ha resultado estar en una fase de bola nieve, cae por una grieta de un glaciar, se le da por muerto, y se «imprime» un nuevo clon, Mickey 18 (también Pattinson, claro). Pero los seres vivos originales del planeta lo salvan, y eso crea una situación tabú. No puede haber seres humanos «repetidos». Ambos Mickeys intentarán evitar ser exterminados, pero todo acabará viéndose enredado, incluso con la colaboración de la novia de… ¿ambos? (Naomi Ackie). Además la colonia está gobernada por un dictadorcillo fascistoide (Mark Ruffalo) y su esposa (Toni Collette). Y está la «amenaza» de las criaturas que han salvado a Mickey 17.
Con una realización correcta y con interpretaciones correctas, tendentes al histrionismo, a la exageración, pero porque así lo pide el planteamiento de la película, esta adquiere un tono de comedia satírica, ácida. En ocasiones comedia negra. La novela original, mucho menos cómica, más aventurera y de acción, llevaba consigo un cierto comentario social y político, asociado a los intereses económicos de las civilizaciones, a los riesgos de la colonización de lo desconocido, convirtiendo los nuevo asentamientos en lugares sin ley o con una ley arbitraria, y sobre los genocidios. Podría ser incluso un western de frontera, en el que los «indios» son las criaturas del planeta. Incluso si no tiene el aspecto o las formas del western. También sobre los fanatismos religiosos y el desprecio al trabajador «prescindible» de una forma u otra. Algunos de estos elementos permanecen en la película, pero en un segundo plano, tomando protagonismo el fantoche dictadorcillo de la colonia, una mezcla de distintos dictadores fascistas con políticos y empresarios modernos fácilmente reconocibles.
Pero el desarrollo no me convence. Todo resulta atropellado. Y unas situaciones no siempre son una consecuencia clara de las anteriores. El papel de Mickey 18 está muy modificado con respecto al Mickey 8 del relato escrito, y eso cambia muchas perspectivas. Y genera de forma residual un cambio en la personalidad y la importancia de la novia de Mickey. De ser el contrapunto humano y comprensivo de la colonia frente a los fanatismos, o las rigideces paramilitares, se convierte simplemente en una persona a la que le gusta follar con los Mickeys. Y puestos a innovar, la científica modosita (Patsy Ferran) que recoge el testigo del humano empático y comprensivo, un personaje que no está en el libro, apenas recibe desarrollo. Todo ello me lleva a que conforme transcurre el metraje, me voy alejando de la película, llegando en la práctica a salirme de ella y sentirme insatisfecho. No sé si plantar una franca NO recomendación, porque tal vez quien se acerque a la película desde la falta de prejuicios por no haber leído el libro la pueda disfrutar. Pero… no sé.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. La garganta o cañón o desfiladero o barranco profundo que más cercana tengo en el tiempo es el Desfiladero de los Gaitanes en Andalucía, que me sirve para ilustrar la entrada.
En los últimos fines de semana he bajado mi ritmo de visualización de episodios de dramas coreanos. Por falta de interés en la oferta más actual. Así que he tenido ocasión de ver alguno de los largometrajes recientemente estrenados directamente en plataformas. Ya lo adelanto. No voy a dedicarles mucho espacio… un cine de razonable calidad media en las plataformas de contenidos en internet sigue siendo una asignatura pendiente. Es lo que hay.
Conocida como El abismo secreto en su versión doblada al castellano, esta película de acción me atrajo por su reparto. La carrera de su director, Scott Derrickson, no me llamaba especialmente la atención. Pero con nombres como Anya Taylor-Joy, Sigourney Weaver y, en bastante menor medida, Miles Teller, que cosas del sexismo en el cine encabeza el reparto a pesar de que con Taylor-Joy están a la mano en protagonismo, y teniendo en cuenta que se estrenaba en Apple TV+, a la cual se le supone ambición de calidad, me pareció oportuno darle una oportunidad.
Una película de acción en la que dos tiradores, asesinos a sueldo, uno por el bloque occidental y otra por el oriental, son contratados por un año para vigilar lo que pueda salir de un misterioso cañón geológico, en algún lugar desconocido. Y bueno, a partir de ahí, un improbable romance y acción. No me enrollaré mucho, el guion deja bastante que desear, los intérpretes están correctos, la realización es correcta dentro de que el presupuesto debía ser menor que en otras producciones similares, y al final, todo pasa como un entretenimiento sin pena ni gloria, que aprueba muy por los pelos… que si me hubiera pillado de mal humor cuando la vi, igual hubiera suspendido. Si estas suscrito y la ves… pues pasas el rato. Y si no, no pasa nada. Trabajo alimenticio para sus intérpretes, perfectamente olvidable.
La reina del entretenimiento de Netflix, Millie Bobby Brown, nos ofrece una película más en la que se intenta explotar su popularidad, y en la que podría tener una oportunidad más de demostrar que es algo más que un producto prefabricado de la plataforma. Acompañada de Chris Pratt y de las voces de Woody Harrelson y Ke Huy Quan, entre otros menos conocidos, no hubiese sido capaz de hacerme ver la película si no fuera porque está dirigida por los hermanos Russo, Anthony y Joe, responsables de aquel dislate estupendo y ganador de un Oscar.
Pero claro, tendría que haber sido consciente de que también son responsables de un montón de productos comerciales, palomiteros, inanes y sin mayor interés. Y este es uno de ellos. Una aventureta en la que en la posguerra de un conflicto entre humanos y robots, unos tipos que pasaban por allí acaban luchando para liberar a estos últimos encerrados en un gueto en algún lugar de los desiertos de Norteamérica. Esto es una especie de Terminator con ínfulas de cine familiar y simpaticón, en la que los malos son los humanos, algunos humanos, y el líder de los robots tiene forma de cacahuete. Este es el nivel. Mi recomendación… no ver.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. La carrera inicial de Bob Dylan se desarrollo principalmente en Nueva York. Pero la única música que he escuchado yo en directo en la Gran Manzana fue el jazz del Village Vanguard.
Tremendo despiste el lunes pasado a la hora de comentar el estreno de turno. Me salté uno. Aquella película y esta que comento hoy las vi en días consecutivos. Y por esas causas y azares, me olvidé de esta. Y esto ya va a dar una pista del impacto que me dejó. Escaso. Y sin embargo, es una película bien hecha. Muy cuidada en su atención al detalle. Candidata a 8 premios Oscar, incluidos los más prestigiosos, de los que ganó… ninguno. Estamos hablando de la película biográfica dirigida por James Mangold, sobre los primeros años de la carrera musical de Bob Dylan. El único cantautor que ha ganado el Premio Nobel de literatura. Y que conste que no me parece mal. Un buen cantautor, de los buenos de verdad, no deja de ser un poeta que le pone música a sus poemas. Y si estos son significativos…
Mi falta de sintonía con esta película me lleva incluso a opinar que si alguien hubiese merecido un premio, a la mejor actriz de reparto, tendría que haber sido Elle Fanning por interpretar a una ficticia alter ego de Suze Rotolo. Sin embargo, la que era candidata a esa categoría de los Oscar era Monica Barbaro por interpretar a una real Joan Baez. Qué cosas. Que conste que la que nos regala auténticas escenas de cierto nivel es Fanning. Sin duda. Pero la presunta alma de la fiesta es la alabada interpretación de Timothée Chalamet encarnando a Dylan. Muy alabada sí… pero que a mí no me acabó de convencer. Una repetitiva sucesión de poses similares, en el que me parece uno de los menos inspirados trabajos del francoestadounidense actor.
El largometraje, realmente largo con dos horas y veinte minutos de duración, nos guía por los años iniciales de la carrera de Dylan, desde su encuentro con Pete Seeger (Edward Norton) y un enfermo Woody Guthrie (Scoot McNairy), hasta que escandalizó al relativamente mohoso ambiente de la música folk conectando su guitarra y el resto de los instrumentos de su grupo a unos amplificadores. En medio, contado con trazos rápidos y poco detallados, sus relaciones con Rotolo y Baez, y detalles por aquí y por allí de algunos hechos destacados de esa etapa de su biografía.
Me pasó con esta película biografíca un poco lo mismo que con la dedicada a Lee Miller. Quiere abarcar mucho, pero concreta poco. Es un ejercicio formal de ambientación y caracterización de actores, pero con poca chicha por detrás. Algunos mensajes progresistas en lo político muy estereotipados, pero poca profundidad en el análisis de quien nos importa realmente en la historia. Ese joven músico y poeta que se quiere comer el mundo, que quiere encontrar su camino, pero cuyas reales motivaciones y pensamientos, al final de la película siguen siendo tan desconocidos como al principio.
Se deja ver. Pero me resultó francamente decepcionante. Y al final, pasa con esta película, lo mismo que le pasa al personaje principal en la película. Parece que lo único que interesa del músico, poeta y persona son aquellos primeros éxitos de sus primeros años, y poco más.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. El momento más notable de la película sucede en Múnich, y un paseo vespertino por la capital bávara haremos, fotográficamente hablando.
Esta es una de esas películas que, cuando las oyes anunciadas, cuando las ves venir, no sabes si ilusionarte o aterrarte. Las películas biográficas de personas históricas son complicadas. Especialmente si estás familiarizado con la biografía de esa persona y con su obra. Y esto es lo que me ha pasado con este largometraje dirigido por la británica Ellen Kuras.
Conocí la vida y la obra de la fotógrafa norteamericana Lee Miller allá por el año 2008, cuando en una estancia de unos días en París a principios de diciembre fui a visitar una exposición retrospectiva de su obra en el Jeu du Paume. Hasta ese momento, poco se hablaba de la obra de Miller. Nacida en una clase media relativamente acomodada del estado de Nueva York, si no recuerdo mal, empezó su carrera como modelo, hasta que se desplazó a París en los años 20 del siglo pasado. Siguió modelando hasta que conoció a Man Ray, de quien se convirtió en musa, amante y aprendiz. Integrándose de paso en los círculos intelectuales del París de entre guerras. Hasta que se independizó del maestro, trabajó por su cuenta, en la fotografía de modas, también la fotografía de viajes, y finalmente, durante el segundo conflicto mundial, como reportera de guerra para la revista Vogue de Londres. Tras la guerra fue dejando la actividad fotográfica, a pesar de ser relativamente joven todavía, estaba todavía en la treintena cuando terminó el conflicto, y cayó en un olvido relativo. A partir de aquella exposición en el Jeu de Paume se produjo un interés por la fotógrafa y por la mujer, y una recuperación de su obra.
En la película, en la que Kate Winslet interpreta a Lee Miller, se nos cuenta los años que pasaron entre el momento en que conoce al que será su marido, en el verano de 1938, hasta el final de la guerra. La película empieza muy acelerada, dando sólo pinceladas de los primeros de esos siete años, para detenerse un poco más en algunos de los episodios que vivió desde el momento en que desembarca en Normandía hasta que se rinde Alemania, lo cual le pilla en Alemania. La película se narra en flashback, en la que una septuagenaria Miller es entrevistada por un hombre joven, interpretado por Josh O’Connor. Aunque es una entrevista que tiene truco, como descubriremos al final.
Siendo una película británica fundamentalmente, y dado el oficio de los británicos para el cine de época, la película esta correctamente realizada, técnicamente impecable. Pero yo salí insatisfecho de la misma. No es mala. Se deja ver sin problemas. Pero el caso es que es una película que «no sabe qué quiere ser de mayor». No se centra en un tema, y toca muchos. Que si la discriminación de la fotógrafa por ser mujer, que si lo malos que son los nazis y sus campos de concentración, que si mira lo que les pasa a las mujeres francesas que tuvieron amantes alemanes, que si mira las violaciones en tiempos de guerra. O de no guerra. Todo para desembocar en el famoso autorretrato dándose un baño en la bañera del apartamento de Hitler en Múnich. Sin embargo, para quien no conozca al personaje histórico, no se le desvelan las claves para entender por qué hizo determinadas fotografías y su significado. No queda claro que se trataba una fotógrafa muy influida por el surrealismo. Donde la imagen está llena de metáforas y símbolos de otras ideas o conceptos. «Ceci n’est pas une pipe», como declaró Magritte. «La traición de las imágenes».
Y luego está la elección de Winslet como protagonista. Entendámonos, catástrofes náuticas aparte, siempre he admirado y respetado a Kate Winslet como actriz, como mujer y como persona. A lo largo de su carrera ha hecho papeles muy interesantes y de calado. Y siempre es un tirón para mí, para ir a las salas de cine. Pero Miller, en aquella época, era una mujer joven, de treinta y tantos, veinte años más joven que lo que es Winslet. Y yo no me la imagino así. No me cuadra. Es buena, lo hace bien… pero me convence poco. Muchas veces nos quejamos que faltan papeles para las buenas actrices que han cumplido cierta edad. Y es cierto. Y es una pena. Pero la cosa no se solventa ofreciéndoles papeles de mujeres veinte años más jóvenes. Al cabo, lo que interesa es que se escriba de personajes de ficción, mujeres de esa edad, sobre las que hay cosas interesantes que contar. Supongo que se contó con ella por el posible tirón para la taquilla. No sé.
Una película que me ha dejado un sabor agridulce. Me hubiera gustado más profundidad en el desarrollo del carácter del personaje histórico. No una sucesión de situaciones tópicas. Y sobre todo, no se ajusta a lo que he leído sobre Lee Miller. De la que tengo varios libros, y algún ensayo sobre su vida y obra. El caso es que es difícil que vuelva a haber otra oportunidad semejante para hacerlo mejor.