Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata.
He hecho una escapada de tres días a La Mancha. En concreto, a Campo de Criptana. Con una excursión a la vecina ciudad de Alcázar de San Juan. Quien siga mi Cuaderno de ruta sabrá que en los últimos tiempos, en las fiestas locales de Zaragoza aprovechamos para pasar el día en algún lugar accesible con el transporte público. Generalmente el tren. Pero en esta ocasión estaba abocado a irme solo.
Campo de Criptana, Sierra de los Molinos.
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También se daba la circunstancia que estaba cansado… por una serie de cuestiones que no vienen al caso. Cansado… psicológicamente, no físicamente. Y necesitaba airearme. Así que después de considerar pros y contras, y viendo la posibilidad de acceder a estas ciudades manchegas que he mencionado con el tren de forma razonablemente sencilla y rápida, me decidí a irme solo tres días, dos noches. Desde el miércoles 5 de marzo, fiesta local en Zaragoza, hasta el viernes 7 de marzo. Hoy sábado, 8 de marzo, estaba prevista una salida de ASAFONA Asociación aragonesa de fotógrafos de naturaleza, al valle de Aisa en los Pirineos, pero se ha suspendido por las malas previsiones del tiempo. Por lo tanto, el objeto del viaje no era precisamente estresarme intentando cubrir el máximo espacio en el tiempo disponible. Al contrario. Era pasear por los lugares a visitar con tranquilidad, sin estrés, disfrutando de un paisaje que no conocía con antelación. Un paisaje marcado por la fama del Don Quijote de Miguel de Cervantes. Muchos han querido situar los molinos con lo que “guerreó” el hidalgo manchego en el cerro de los Molinos del Campo de Criptana.
Alcázar de San Juan.
Aunque otros los sitúan en Consuegra. Consideré la posibilidad de visitar ambos lugares… pero no me resultaba factible establecer una ruta razonable entre ambos puntos mediante el transporte público a pesar de estar separado sólo por 50 kilómetros. El transporte público en España en el interior de la península entre poblaciones pequeñas y medianas es entre penoso e inexistente. La desvertebración absoluta del territorio. El reino del coche privado, altamente contaminante y productor de CO2. A cambio, pasé unas horas el jueves a primeras horas de la tarde en Alcázar de San Juan, a 8 kilómetros de Campo de Criptana.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. El bosque del Latemar y el lago del Mezzo en Carezza, Alpes Dolomitas, Italia. Al cabo, la acción de la película transcurre entorno a un lago y un bosque.
Hoy es el día de la resaca de los Oscar. Bueno… sería el día de la resaca en el caso de que dichos premios hubieran supuesto algún tipo de emoción o embriaguez emocional de algún tipo. Hace unos años sí que los esperábamos con ganas. Siempre hemos sido conscientes de que lo que la Academia de Hollywood premia no tiene porqué ser necesariamente lo mejor o más interesante. Que son premios sometidos a vaivenes y veleidades muy diversos. Pero era divertido dedicar las conversaciones en los bares a comentar y apostar sobre quién y cómo iba a ganar. Ahora eso ya no sucede. O si se sucede, es en cantidad uno o dos órdenes de magnitud inferior. Hay años que tienen su interés. El año pasado estuvo bastante bien. El anterior no estuvo mal. Un año antes… meh… Vamos… que depende de si las película nos entusiasman y nos importan o no. Cuando se te olvidan… Todavía no he entendido lo de CODA, una película ganadora que, en la práctica se nos ha olvidado. Y no digamos las flagrantes omisiones que se dan simplemente… porque no están habladas en inglés. Sí. Ya se que se ha puesto de moda incluir entre las candidatas a alguna de estas. Incluso la premian… Pero hay tantas que superan a las opciones de habla inglesa… Este año no nos emocionaba casi nada. La propia ganadora nos pareció bien… estuvo bastante bien… pero… para el Oscar… En fin. Aunque el premio a su protagonista no me parece tan descabellado, ni mucho menos.
Es sintomático que, sin haber visto a todas las candidatas a los premios, algunas en cartelera la semana pasada, optáramos por ir a ver un mero entretenimiento. Escrita y dirigida por Drew Hancock, un tipo que ha hecho cosas majas en series de televisión, nos presenta a una pareja (Sophie Thatcher y Jack Quaid) que se dirige a pasar un fin de semana en una casa en el bosque con unos amigos, aunque desde el principio sabes que nada es lo que parece. Más cuando la propia protagonista, en el prólogo ya te advierte que va a matar a su novio. No destripo nada. Lo dice en el minuto cinco o así de la película, así que todo es ver cómo sucede.
Como digo, la película es un entretenimiento. Una comedia negra de las que, si te descuidas, muere hasta el apuntador, pero con su gracia. Con sus situaciones sarcásticas y varios giros que te mantienen razonablemente atento. Con un ritmo razonablemente ágil, la historia se cuenta en muy poquito más de media hora, con una realización eficaz y eficiente, con razonable economía de medios. De manual. Pero que funciona suficientemente bien. Y unas interpretaciones que también son funcionalmente correctas, cumpliendo todos los intérpretes con lo que les toca, siendo lo más destacable su protagonista femenina… a cuya gloria está, en la práctica, rodada la película.
La primera película que vemos este año con estreno internacional en salas de cine en este 2025. Todo lo que habíamos visto hasta el momento, salvo algún estreno directo en plataforma, tuvo su estreno en algún lugar del mundo en el 2024. Y como digo, en plena temporada de premios todavía. Cuando uno esperaría que fuese estrenada después. Pero que cumple con su objetivo. Entretener. Nada más. Pero tampoco nada menos.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata.
Ya estoy empezando a añorar la luz de las mañanas o las tardes de finales de noviembre, de diciembre y de principios de enero. Son momentos del año en los que es más probable encontrar una luz suave, agradable tanto para pasear como para fotografiar a cualquier hora del día. Si el sol no se eleva mucho sobre el cielo en su recorrido diario, y si algunas nubes matizan la luz solar que nos llega, todo es más agradable.
Sí, sí… ya sé. A cambio, hace frío. Y las horas de luz son menos. Pocas incluso. Pero esta visto que no lo podemos tener todo. Pero cuando las elementos se conjuran, que hermoso es contemplar el mundo con la luz adecuada. Más si te gusta pasear con una cámara fotográfica. Y en ese momento, qué estupendos son los resultados que se obtienen con una cámara de formato medio, con sus grandes negativos llenos de detalle, de texturas y de formas. Hoy está nublado, pero si no, qué dura y antipática es ya la luz cuando ya vemos en el horizonte, a pocas semanas, el equinoccio de primavera.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Fotos de las calles de San Francisco, donde se desarrolla la serie de esta semana que más me ha gustado.
Vamos hoy con una americana, un inglés y una sueca. Y no es un chiste de los de gente de diversas nacionalidades entrando en un bar. Son tres series de investigación criminal… más o menos criminal, de muy diferente tono y trasfondo. Vamos con ellas. Todas se pueden ver en Netflix.
He visto la segunda temporada de The devil’s hour, un serie de crímenes en serie que transcurre en universos paralelos en el algún lugar de las Midlands inglesas. Creo que son las Midlands, pero da igual. No es en Londres. Es que las Midlands es muy propio para estas series, por algún motivo. Protagonizada por Jessica Raine y Peter Capaldi. La primera varía de profesión según la línea temporal en la que se desarrolle la historia. A veces trabajadora social, a veces policía. Y el segundo, capaz de mantener los recuerdos de distintas líneas temporales, luchando con todos los medios para romper un ciclo de muertes y crímenes. No voy a entrar mucho en detalle, porque es de las que tienes que ver si las quieres disfrutar. No te la pueden contar. Pero la segunda temporada me ha gustado más que la primera. Aunque sigue teniendo el problema de que a veces se lía demasiado. Pero está bien.
A man on the inside es una comedia con algún toque dramático, que nos ofrece un veteranísimo Ted Danson en estado de gracia. Danson interpreta a un profesor universitario de ingeniaría civil, ya retirado, que quedó viudo un año atrás tras acompañar a su amada esposa durante su enfermedad, una demencia de Alzheimer. Vive solo, en una rutina aparentemente aburrida. Y se relaciona casi exclusivamente con su hija, con quien se lleva bien, pero se comunica regular. En este aburrimiento, acepta la oferta de una detective privada de trabajar para ella infiltrándose de incógnito en una residencia para personas mayores en el centro de San Francisco, para descubrir al autor de unos robos. Por supuesto, lo de la búsqueda del ladrón es un enorme macguffin para impulsar el cambio en el protagonista, que abandonará su soledad y encontrará nuevos alicientes para vivir de forma activa. También para recolectar a un nivel profundo con su hija. Y para hacer nuevas y profundas amistades. Muy divertida, pero también muy emotiva. Esperando una segunda temporada. Muy recomendable.
Finalmente, Åremorden, es decir, Los crímenes de Åre, es una breve serie de cinco episodios basados en unas novelas de esos escritores típicos de crímenes de los países escandinavos. Lo que se ha llamado el nordic noir. La protagonista principal es una detective de la policía de Estocolmo (Carla Sehn) que, en el primero de los dos casos de la serie, está de baja por unos incidentes en su trabajo, y se refugia un tiempo en una casa de su hermana en la localidad de Åre, población próxima a la frontera con Noruega, en zona montañosa, y que vive de los deportes de invierno. Allí aceptará colaborar con la policía local en la resolución del asesinato de adolescente de los últimos años de instituto. Al final del caso, aceptará trasladarse para vivir y trabajar en la localidad. Aunque son cinco episodios de duración variable, en realidad se podrían haber agrupado en dos largometrajes televisivos entre dos horas y dos horas y media de duración. Uno de los casos abarca tres episodios, el otro, dos. No creo que aporte nada de especial al género, pero se deja ver. Es una serie correctamente planteada, realizada e interpretada. Quizá no mucho más, pero entretiene.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata.
Viajemos (fotográficamente) al pasado. Hace un par de fines de semana empecé a digitalizar antiguas copias fotográficas de antaño. Todo lo que tenía digitalizado hasta ese momento de la época en la que, comercialmente, sólo existía la fotografía sobre película tradicional basada en los haluros de plata, era desde 1989 hasta la fecha. Pero decidí recuperar algunos viajes que tenía por ahí, con mayor o, más bien, menor calidad. Sobre la cámara usada, seguid el enlace anterior. Algunas fotografías, en color, corresponden al viaje de final de carrera, a Rumanía, en la primera quincena del mes de julio de 1987.
La siguiente tanda, en blanco y negro, son del mes de agosto de ese mismo año. Yo ya me había recluido a estudiar el MIR, pero aun hice una escapada en el puente de agosto con unos amigos de la época, a los Pirineos. La intención era subir a Monte Perdido. Accedimos a la base de la ascensión desde el cañón de Añisclo, lo cual está muy bien, paisajísticamente hablando. Aunque acarrear todo lo necesario para acampar por las sendas que salvaban las paredes del cañón fue realmente cansado. Al final no subimos la montaña. Salió mal día. Y sólo disponíamos de ese día. Mala suerte. A la vuelta, paramos a visitar Aínsa y regresamos por la carretera de la Guarguera, poco transitada, y bonita de paisaje.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. En el valle medio del Rin, entre Colonia y el puente de Remagen, famoso por una película bélica que recrea su toma por el ejército americano en 1945, antes de que el ejército alemán lo volase. Aunque se hundió poco después.
No recuerdo muy bien dónde encontré recomendada esta novela corta del francés Hubert Mingarelli. En los últimos tiempos había oído hablar en varias ocasiones de este autor, que falleció relativamente joven, 64 años, en 2020. Por lo que cuando surgió esta novela corta me pareció una ocasión para introducirme en su literatura. Si la cosa iba bien, ocasión tendría más adelante de leer otras cosas. O eso pensaba hasta que me di cuenta que ya había leído una de sus obras.
Colonia
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Mingarelli nos traslada a la Alemania de 1945, pocos días o semanas tras el final de la guerra. Un reportero gráfico, fotógrafo de guerra, británico se encuentra en una ciudad a orillas del Rin acompañando al ejército de su país en la que ser la zona de ocupación del Reino Unido en la Alemania de la posguerra inmediata, hasta la creación de la República Federal de Alemania. En los últimos días de la guerra iba acompañando a las unidades militares que descubrieron un campo de concentración y exterminio del régimen nazi, lo que le ha dejado muy marcado. En un momento dado, pide al coronel al mando que le ceda un vehículo y un conductor. Quiere recorrer el campo, los pueblos y ciudades pequeñas de la región del Bajo Rin, para fotografiar a las gentes del país en las puertas de sus casas. Y así comienza un peculiar periplo con un joven recluta, originario de un pueblo de costa a orillas del mar del Norte, que ha llegado tarde a la guerra. A pesar de su preparación, no ha tenido ocasión de disparar ni una sola bala. Y se establecerá una peculiar relación entre ambos y con las personas a las que van encontrando en su recorrido.
Mingarelli tiene una visión relativamente pesimista del mundo. La búsqueda del fotógrafo es una búsqueda compleja y difícil de ejecutar. Difícil de ejecutar porque intentar ver y comprender a ese pueblo que ha permitido, ha sido cómplice por acción, por consentimiento o por omisión, con las barbaridades del régimen nazi. Gentes que en su apariencia externa no son distintos de las gentes de otros países o regiones. Campesinos. Mujeres. Ancianos. Niños. Constantemente se nos recuerda colateralmente el entorno. La mujer bien arreglada que quiere suplicar por la vida de su marido, alto funcionario de la población, que va a ser ahorcado por los horrores cometidos. Pero también por la actitud de los habitantes a los que va a fotografiar. A veces distantes. A veces tratando de congraciarse. Pero con cordialidades faltas de sinceridad. Y como contrapunto, el joven recluta, lleno de entusiasmo. Pero que lamenta haber llegado tarde. Lamenta no haber contribuido. Lamenta no haber disparado. En el fondo, lamenta no haber matado.
Bonn
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Mingarelli no es complaciente. Es pesimista. Y la acción. Por breve que sea la extensión en que se desarrolle, alrededor de 100 páginas en las ediciones impresas en árboles muertos, viene condicionada por esos tres factores; el pesimismo y el fatalismo del fotógrafo, el entusiasmo del soldado y la distancia y desconfianza de esas gentes que saben que han participado, pero que tienen que sobrevivir, y se ponen de lado respecto al pasado, sin asumir responsabilidades. Por lo que, incluso cuando ya no hay guerra, la tragedia es un final posible a este peculiar periplo por el noroeste de Alemania.
Es un excelente relato. Cuyo valor y cuyo interés ha ido incrementándose en mi memoria conforme ha ido pasando el tiempo y he puesto distancia con su lectura inmediata. A pesar de su pequeña extensión, y su interés que permitiría leerlo en una tarde, tuve que interrumpir en más de una ocasión su lectura para asimilar la situación y los hechos. En general, es ampliamente recomendable. Quizá en los tiempos que corren, estos relatos que nos recuerdan lo mucho que pueden descender a los infiernos el espíritu humano en vida, sean más necesarios que nunca. Muy recomendable.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Bryggen, el barrio de los muelles, en Bergen, Noruega.
La semana pasada no sabíamos muy bien que ir a ver en el cine. Teníamos un par de posibilidades, una que nos llegaba desde Noruega y la otra desde Italia. Cada una nos atraía por algún motivo, y al mismo tiempo nos repelía por algún otro. Al final nos decidimos por esta película noruega dirigida por Halfdan Ullmann Tøndel, nieto de Ingmar Bergman y Liv Ullmann, que venía con muy buenas críticas, aunque probablemente sin mucho atractivo para el público. Lo que temíamos es fuese uno de estos docudramas sobre los problemas del mundo educativo. Eso es muy frecuente en el cine francés, pero tal vez con los noruegos fuera distinto. Y nos arriesgamos. En las carteleras españolas se encuentra con un título «traducido», La tutoría.
En un colegio de educación primaria, la dirección del centro cita a una reunión a los padres de dos niños de seis años. La dirección encarga a una joven profesora (Thea Lambrechts Vaulen), la más nueva e inexperta del centro, para que lleve la reunión en la que asistirá la madre del niño (Renate Reinsve) que da título a la película en su idioma original, Armand, y los padres de otro niño (Ellen Dorrit Petersen y Endre Hellestveit) compañero y amigo. Los progenitores no son extraños. El matrimonio a veces cuida de Armand ya que su madre lo cría en solitario, ya que el padre murió. Pero también esta recibe en su casa de vez en cuando al otro niño. Pero las acusaciones son graves. Se dice que Armand agredió al otro niño, incluyendo acciones de carácter sexual.
La puesta en escena sugiere muchas veces una adaptación de una obra teatral al cine. Que yo sepa no lo es. El guion es original del propio director. Con un iluminación sombría, de profundos claro oscuros, y la cámara enfocando las más de las veces los rostros, las expresiones de los intérpretes. Apenas hay acción propiamente dicha durante la mayor parte del metraje. Diálogos. Diálogos en los que se pretende decir cosas, pero nunca de forma abierta o clara. Una mezcla de tabús y lenguaje políticamente correcto que traba constantemente la comunicación y el entendimiento. Un entendimiento difícil puesto que ningún padre/madre está dispuesto a reconocer lo que está implícito en el diálogo. Al mismo tiempo que al propio espectador, como en algún momento se dice en la propia película, le cuesta entender la malicia en algunas de las cuestiones puestas encima de la mesa sobre las presuntas conductas de carácter sexual… porque son niños de seis años. Reconozco que esa primera mitad aproximadamente del metraje es densa y cuesta. Pero…
La película da un giro. Los personajes pasan de cuestionar al niño, es difícil sostener la malicia de un niño de seis años en estas cuestiones, para cuestionar a la madre. Una madre sola, cuya pareja, el padre del niño, murió. Joven en circunstancias que parecía claras, un accidente, pero que tal vez, se plantea la duda, la sospecha, no lo fue. ¿Un suicidio? Pero la madre no es una mujer desconsolada. Es una mujer que vive la vida. Cuida de su hijo, es solidario con otros padres, trabaja, y también se divierte cuando encuentra la ocasión. Busca la compañía y el afecto, psicológico o físico, da igual, de otras personas, de otros hombre. Y el conservadurismo del entorno aflora. La responsabilidad del posible comportamiento «aberrante» del niño de seis años es el comportamiento de la madre. Y se produce la ruptura de la dinámica, mezclada con una disrupción de determinado tipo en el colegio.
Con unas interpretaciones tremendamente meritorias, la película va de menos a más. Es un constante in crescendo conforme lo que nadie quiere o se atreve a decir, o se oculta en el eufemismo y en los políticamente correcto, surge. De plantear preguntas sobre el comportamiento y la sexualidad de los niños, que contra a lo que muchos creen no es nula, se plantean preguntas sobre los prejuicios y los valores morales potencialmente tóxicos que rodean las comunidades humanas en general y las educativas en particular. En un entorno egoísta, en el que los padres buscan lo mejor para sus hijos, incluso haciéndoles competir en lugar de colaborar con otros niños, y que niega las debilidades de sus retoños, se ataca al otro. Al diferente. Al que lleva un estilo de vida menos convencional. O alternativo. Quizá no sea una película perfecta. Ni fácil de digerir en ocasiones. Exige un esfuerzo por parte del espectador. Pero resultó por encima de nuestras expectativas, y nos pareció bastante recomendable. Eso sí, aficionados al cine palomitero… quizá estos no… pues eso.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata.
Comenté hace casi cuatro semanas mi escapada en el día a Madrid. Una de esas escapadas frecuentes sin un propósito específico de ver algo, visitar algo, ni nada de esto. Hacer algunas compras, ver a la gente que quiero y que, por algún motivo que nunca entenderé, vive en semejante lugar… airearme en general. Viví un año en la capital, estudiando mi especialidad y haciendo estudios de posgrado, y luego la he visitado en numerosas ocasiones.
Por supuesto, siempre hago fotos. Incluso cuando paso por enésima vez por paisaje muy conocidos y muy trillados. Siempre hay alguna cosa que me llama la atención. O nuevas condiciones de luz. O algo que ha cambiado. Ningún paisaje, y menos los urbanos, son inmutables. Y como de costumbre en los últimos tiempos, dedico especialmente mi afición fotográfica a la película sensible tradicional.
Lo más destacado de ese día es que estuvimos caminando un rato, mientras mirábamos algunas tiendas y nos desplazábamos a otra zona de la ciudad, por Malasaña. Un entorno habitualmente animado, aunque no entre las tres y las cuatro de la tarde. Pero siempre surgen oportunidades. Y luego, conforme volvíamos por la tarde en dirección a tomar alguna cerveza y volver a la estación, por esa colección de reyes medievales de los reinos hispánicos, anacrónicos en sus atuendos y modales, que ornamentan la plaza de Oriente, frente al lateral del Palacio Real. Siempre nos generan alguna risa por su absurdo y falta de rigor histórico.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata.
Hace casi un mes que no publico una entrada de recomendaciones fotográficas. Ya dije que por diversos motivos últimamente no me centro en estas cosas. Principalmente porque estoy cansado del trabajo y no me apetece ponerme ratos y ratos delante del ordenador explorando páginas webs. Prefiero hacer otras cosas. Entre ellas, salir a la calle o al campo con una cámara fotográfica. En estos momentos, eso me aporta mucho más. Pero en cuatro semanas, tiempo he tenido de seleccionar algunas páginas que me han llamado la atención.
Weegee. Reportero gráfico estadounidense que, en los años 40 y 50 del siglo XX, dejó un impresionante archivo de la crónica de sucesos y la vida nocturna neoyorquina. Yo lo descubrí a partir de una película que se inspiraba en su vida, aunque no era biográfica. No está muy valorada en IMDb,… pero a mí me gustó mucho. En fin. Weegee, que en realidad se llamaba Arthur Fellig, nació en un lugar que hoy en día es Ucrania, pero entonces era el Imperio Austro-Húngaro. Pero, como tantos, emigró a EE. UU. buscando la prosperidad… y se encontró con una cámara de fotos, un flash, y una furgoneta con un laboratorio fotográfico incorporado. Se le atribuye la famosa receta para una buena fotografía, «f8 and be there» (f8 y estar allí). Pero no todo el mundo la entiende bien. Supongo que porque es un dicho propio de un lugar y una época. Aunque para mí sigue siendo válido. Hay que conocerlo porque es una figura de referencia en la historia de la fotografía. Me lo sugirió Aesthetica Magazine.
En el vídeo, Harris comenta en diálogo con Tomasz Trzebiatowski cinco de sus fotografías; dos realizadas en Corea del Norte, una realizada en un onsen japonés, un retrato de un orangután en una reserva natural y un paisaje de los Juegos Olímpicos de París. Es interesante conocer el proceso creativo de primera mano. Las más llamativas, por la aventura que supone obtenerlas, especialmente la de la guardia de tráfico, son las de Corea de Norte. Pero la más hermosa con diferencia es la fotografía de la que se convertiría en su esposa en el onsen. Muy hermosa; un verdadero compendio de estética fotográfica, femineidad y cultura japonesa.
Me sigo quedando en Japón. Y en una figura femenina japonesa. En el Tumblr de Photopraxis vuelvo a ver una fotografía que siempre me pone de buen huphilmor. Del japonés Kōji Takashima, nos muestra a una mujer joven, en Kobe, 1951, esparciendo el agua de un cubo ante la mirada del fotógrafo, con una cara de felicidad, por la parte de juego que hay en el acto. Al mismo tiempo, la composición es prácticamente perfecta. No he podido averiguar mucho más del autor de la fotografía. Pero todo indica que era un aficionado cuyas fotografías se reprodujeron en varias revistas de la época. Debió trabajar en las oficinas de una constructora de material rodante ferroviario.
Hace unos años las adolescentes y, en menor grado, los adolescentes como sujeto de interés fotográfico. Casi siempre con similares narrativas y formas fotográficas. Hasta tal punto se hizo frecuente que fue un tema que acabó por cansarme un poco… bastante. Lamentablemente, sepultando aquellos trabajos que realmente fueron originales y significativo, como el de la neerlandesa Rineke Dijstra. De todos modos, hace unos días, en Lens Culture, me llamó el trabajo de la británica Philippa James. Y creo que tenía su cosa, tanto formal como conceptualmente. Por eso… me llamó la atención y lo rescaté.
Y termino con algo que no es fotografía. La presencia de un ave, la garza, en el arte oriental. Viene de parte de Historia del arte con Kenza, un podcast que escucho de vez en cuando. Me gustan mucho determinadas formas de arte del Asia oriental. Y me gustan las garzas. Aunque algunas veces, lo que aparecen en esas obras son grullas. No confundirlas. Si las garzas, especialmente las especies de color blanco, representan la pureza, las grullas, representan la longevidad. En las pinturas asiáticas, la garza suele tener la coronilla de la cabeza de color rojo como es propio de Grus japonensis, una grulla muy bella.