Hoy voy con prisas. Paradójicamente, porque he cogido fiesta. Pero quiero hacer muchas cosas, y mañana nos vamos de excursión a fotografiar naturaleza. Si nada se tuerce. Así que simplemente os dejo algunas fotos instantáneas hechas hace unos fines de semana. Para saber más sobre estas fotos en Mañana festiva con película instantánea – Fujifilm Instax SQ6 con Instax Square Color.
Tras unas semanas en las que enlazamos varios fines de semana muy productivos en lo que a las visitas a las salas de cine se refiere, especialmente por la programación de sesiones en versión original en sesiones matinales, muy convenientes para nosotros, ahora, por diversos motivos, no hemos podido acercarnos a ellas durante un par de semanas. Por ello, he rescatado algunas películas de los estrenos directos en plataformas en línea, como la que comenté la semana pasada y esta que comento hoy. Habrá alguna más. Espero que este fin de semana tengamos alguna posibilidad de volver a la pantalla grande. El caso es que este estreno directo en Netflix, dirigido por Grant Singer, al menos en España, me interesó por su reparto, así que le dediqué el rato después de la cena hace una semana, más o menos.
Sausalito no está precisamente en Nueva Inglaterra, donde transcurre la acción de la película,… pero no se me ocurría nada mejor para incorporar a esta reseña.
Singer ha trabajado sobretodo en la dirección de vídeos musicales, aunque tiene en su haber algún documental, también sobre el mundo de la música. Así que creo que esta es su primera incursión en el largometraje de ficción. Una película policial, cine negro, que tiene como protagonista a un veterano policía de algún lugar de Nueva Inglaterra (Benicio Del Toro). Un policía íntegro aunque con pasado tormentoso, muy enamorado y apoyado por su esposa (Alicia Silverstone), y que se ve inmerso en la muerte de una mujer joven, en la que el principal sospechoso inicial es el novio (Justin Timberlake), o el hombre con el que todavía está casada, en un hipotético crimen pasional. Pero luego se irá desenmarañando una trama de corrupción a diversos niveles, incluido el policial, que pondrá patas arriba todo su mundo.
Película que si se salva es por poco, y por el trabajo actoral. Singer hace una labor correcta pero sin más, para una película de cine negro, que pretende mantener un equilibrio entre lo clásico y los temas modernos, pero que acaba siendo poco atractiva, sin encontrar del todo el ritmo adecuado, y sin aportar elementos que realmente atrapen al espectador en el misterio de la muerte de la mujer y en el desarrollo de la trama de corrupción. A salto de sorpresa «imprevista», pero relativamente previsible en más de una ocasión, es una de esas películas que cuando te planteas si merece la pena o no, puede que sí, ya llevas demasiado tiempo invertido en ella para no terminarla. ¿Es recomendable? Pues si estas suscrito a Netflix y realmente no tienes nada mejor que hacer… pero incluso en la misma plataforma seguro que hay alternativas mejores. Es lo que hay.
No tenía claro sobre qué series iba a comentar esta semana. Tenía varias posibilidades. Así como varias formas de agruparlas más o menos coherentemente. Al final, ha sido la última miniminiminiserie coreana que he terminado de ver la que ha decidido la cuestión.
Hace unos años pude ver una antología de cuatro cortometrajes rodados para Netflix, protagonizados por IU/Lee Ji-eun, bajo el título global de Persona, que me pareció interesante. Irregular, pero interesante. En aquellos momentos, hace más de cuatro años, no me di cuenta de que los cuatro cortometrajes estaban protagonizados por la misma actriz. Pero esta chica empezó a salir en otras series, algunas más recientes, otras recuperando sus primeros trabajos como actriz. Y también ha empezado a aparecer en largometrajes, algunos muy destacados, incluso de la mano de Kore-eda. Y lo hace bien o muy bien. Generalmente, aparece como IU cuando se presenta como cantante, y con su nombre real, Lee Ji-eun, en los créditos como actriz. Curiosa… y acertada elección, desde mi punto de vista. Es una personalidad en su país, una de las cantantes con más éxito y con más ingresos, con una imagen pública impecable, para una chica que obviamente se lo ha tenido que currar. Canta bastante bien, aunque muy convencionalmente pop, salvo alguna cosa aislada más interesante o divertida, y puede avanzar hacia una carrera como actriz muy muy muy sólida. Probablemente, es un espejo en el que se miran muchas adolescentes de su país para orientar una carrera de éxito, fama, dinero… esas cosas. Pero…
Netflix estrenó hace unas semanas una segunda parte de esta antología de cortometrajes bajo el título Persona: Sulli. Pero no son varios cortometrajes como aquella. Es un documental basado en entrevistas a la cantante pop coreana Sulli/Choi Jin-ri, y un cortometraje de media hora titulado 4: Clean Island, protagonizado por esta joven que tenía 24 o 25 años cuando lo rodó. El cortometraje, que se mueve por los terrenos del surrealismo, tiene su interés. El documental, que además de materiales recogidos de otras fuentes, gira en torno a una entrevista que le hicieron mientras estaba rodando esta serie, que tenía que ser similar a la que rodó IU, me impresionó mucho. Choi Jin-ri se suicidó en octubre de 2019, ahorcándose en su domicilio, cuando estaba rodando el segundo cortometraje de la serie. Todo indica que sufría una profunda depresión. O que está fingiendo, actuando, lo cual parece improbable, dado que se suicidó poco después. En la entrevista principal del documental nos encontramos con una chica emocionalmente inestable, con un pensamiento enlentecido, probablemente expresando ya alguna llamada de auxilio por su situación emocional. Se insiste con frecuencia en el documental en que la joven había sido objeto de abundantes comentarios de odio o censura por su estilo y su forma de hacer en internet. Realmente algunas de las cuestiones que se plantean como objeto de censura por parte de la audiencia surcoreana parecen marcianas. ¿Porque lleve o deje de llevar sujetador? ¿Porque diga que es feminista? ¿Por su aspecto físico? Probablemente la joven padecía una depresión endógena, agravada por la presión social y por un hecho del que se habla insuficientemente. La mayor parte de estas jóvenes, que empiezan de adolescentes jovencitas, son consideradas por la industria del entretenimiento como meros productos que hay que explotar y sacar beneficio. No voy a entrar ahora en las oscuridades que tiene la industria del entretenimiento en el país asiático, tan de moda en estos tiempos, y que presenta elementos muy tóxicos, muy nocivos, propios de una sociedad que oscila entre un profundo conservadurismo social y un capitalismo muy poco regulado. En cualquier caso, llama la atención el contraste entre IU y Sulli, dos chicas que según cuentan eran muy amigas, pero que representan extremos opuestos, aparentemente, del fenómeno cultural/industrial de la industria del entretenimiento coreana. Para pensar.
Curiosamente, en estos últimos meses, en Netflix se estrenó otra serie en la que la protagonista está también en el mismo ambiente. Doona [이두나, Li Du-Na en el original coreano] es una serie de nueve episodios de 50 minutos de duración, un drama romántico, en el que el personaje principal que da título a la serie es miembro de un grupo femenino de K-pop, que en un momento entra en crisis, y es apartada temporalmente de sus actividades. En esa situación, aislada y sin saber que hacer, se instala en una residencia para universitarios, donde se creará un particular microcosmos de amistades, y conocerá a un joven estudiante de ingeniería con quien iniciará una relación romántica. No está mal, pero no es mi serie favorita. Hay que decir que la protagonista es Suzy/Bae Suzy o Bae Suji, que también es una cantante reconvertida en actriz. Que utiliza el apellido, Bae, cuando hace de actriz. Esta chica aparece con frecuencia en series de Netflix… pero más allá de ser una chica realmente muy guapa, no me convencen tanto sus capacidades interpretativas. Empezó su carrera como actriz en la misma serie que IU; Suzy como protagonista y IU como secundaria. Pero me resultó bastante cargante,… casi insoportable. Tanto la protagonista como la serie, bastante mala. La serie actual, mucho mejor, no incide en exceso en los problemas de las jóvenes involucradas en la industria del entretenimiento surcoreana; toca algún tema, pero de forma más superficial.
Aunque no tiene que ver con las anteriores, aprovecho para comentar el drama romántico-policial, Agui kkot [악의 꽃] que significa lo mismo que su título en inglés, Flower of evil, una recuperación de un drama que venía muy recomendado, tiene una puntuación muy elevada en IMDb, que no lleva el sello de Netflix, pero se puede encontrar en la plataforma siempre que configures la interfaz para el idioma inglés. Creo que si la configuras en español, no aparece como disponible. Es la historia de un fugado de la justicia, asesino, sociópata, que vive bajo una identidad falsa (Lee Joon-Gi), y que está casado con una policía (Moon Chae-Won), con quien tiene una hija y forman una familia aparentemente perfecta. Hasta que el pasado del presunto criminal reaparezca entre los casos de su mujer. Es entretenida, pero sufre de algún problema de guion, como muchas series de esta nacionalidad, y sobretodo, el protagonista masculino, cuando tiene que parecer un sociópata, es decir frío e inexpresivo, estupendo. Pero cuando tiene que mostrar alguna emoción… lo hace muy mal. No me ha convencido nada. Y por su importancia, lastra mi apreciación de la serie. Que como tantas de esta nacionalidad, tiene un exceso de capítulos, los 16 de costumbre. Y los capítulos tienen un exceso de metraje, los 70 minutos malditos de la televisión coreana… o española, más pendientes de cómo integrar la publicidad en un espacio de dos horas, que de la coherencia y la calidad de la narración.
Hacía tiempo que tenía ganas de volver a leer algo de Junichirō Tanizaki. Es curioso que lo primero que leí de Tanizaki, un famoso ensayo sobre estética, no me acabó de convencer. Y sin embargo, progresivamente, y especialmente desde que leí su más famosa novela, ha sido un autor que me suele enganchar mucho. En esta ocasión vamos con una novela corta suya, que ya adelanto que me ha parecido estupenda.
Una cuestión… una pequeña digresión… Es frecuente ver escrito el nombre de pila del escritor como Jun’ichirō , con un apóstrofo en medio. Pero no me parece bien. En japonés no se separan las palabras en sílabas sino en moras, que es algo distinto. La transcripción de los kanji del nombre en japonés, 潤一郎, en hiragana sería, じゅんいちろう, donde la n y la i contiguas del nombre son dos moras distintas, ん e い. Si formaran parte de la misma mora, sería ni (に). Pero en la práctica, cuando hablamo,s no hay diferencias, y al transcribir al castellano, adaptamos de acuerdo a como pronunciamos la palabra. Así que creo que Junichirō está bien, sin el apóstrofo, eso sí con el diacrítico en la rō para indicar que son dos moras, una o larga, si se prefiere.
Shunkin fue una mujer de la era Meiji, de buena cuna, culta y refinada, nacida en la burguesía comerciante de Osaka, maestra en el arte de los instrumentos de cuerda tradicionales como el koto y el samisén, que tuvo la desgracia de quedar ciega de niña, lo que frustró su afición a la danza, aunque no abandonó la música, optando por convertirse en virtuosa de los instrumentos mencionados. Y con ella, Sasuke, el criado que la acompañó desde que quedó ciega y durante toda su vida, que a su vez se convirtió también en maestro de estos instrumentos musicales. Y que la sirvió con fidelidad hasta la muerte de ella, incluso tras la desgracia de quedar desfigurada su belleza sin par en un episodio no bien aclarado.
Es una historia de ficción. Shunkin no existió. Sasuke, tampoco. Pero se escribe la narración como si así fuese, como un homenaje al virtuosismo y belleza de la mujer, y a la devoción del hombre. Pero hay algo más, detrás de esa devoción de criado al ama hay un amor dispuesto a soportar lo que haga falta por estar junto a la persona amada. Y por otro lado, la actitud de la mujer, que se sabe dependiente del hombre, primero niño y después joven, y que le ofrece su cuerpo y su intimidad, aunque nunca reconocerá su relación en público más allá de la que estable entre ama y criado, como corresponde al clasismo de la sociedad japonesa de la época, incluso si su familia está en decadencia. Una relación claramente romántica, pero con elementos morbosos, con una relación de dependencia mutua que bordea constantemente ciertos fetichismos, incluso algunos diría el sadomasoquismo, aunque la novela es extremadamente sutil y elegante comparado con la mayoría de las obras que suelen adquirir estas etiquetas.
Tanizaki es un escritor excelente. Y en esta novela corta, disfrazada de texto con un cierto carácter elegíaco, y en ocasiones con un cierto tono poético, es un ejemplo de cómo transitar por una historia disfrazada de otra cosa. De cómo narrar la realidad de una intimidad entre dos amantes, bajo las apariencias adecuadas de una moral conservadora y, como consecuencia, hipócrita. Muy hipócrita. Uno de esos textos que crece con el recuerdo. Que tal vez mereciera una segunda lectura, para recuperar los detalles que puedan quedar perdidos en la primera, más cuando se hizo en el transcurso de un viaje, sometido a estímulos externos múltiples. No llevaría mucho tiempo. Una tarde dedicado a la lectura, no más. Tal vez lo haga.
Comienzo mis recomendaciones de esta semana con la última que he recogido. Me encontré ayer en mi buzón de correo electrónico con un boletín de Flakphoto, una iniciativa de difusión de la fotografía como una de las bellas artes que sigo desde hace muchos años, a pesar de su constante búsqueda de su lugar en el mundo que hace que no persista en un determinado formato durante mucho tiempo. El caso es que el boletín lo dedicaban a comentar las cosas de Annie Leibovitz. Una fotógrafa excelente que últimamente no me llama mucho la atención. Bien es cierto que tengo varios libros de ella, pero aquellos con los que disfruto son sus trabajos más personales, alejados de la fotografía más comercial. Aunque en esta última, tiene retratos conceptuales maravillosos. El caso es que recientemente se publicó en una revista de moda un reportaje con fotografías suya dedicado a Jeff Bezos y especialmente a la novia de este, Lauren Sánchez. Una mujer con un rostro de estos que me desconciertan mucho por su artificialidad, resultado muy seguramente de sus sucesivos pasos por el cirujano estético. Lo que he visto de las fotografías muestran las habilidades técnicas de Leibovitz, pero conceptualmente son un «tontá» masculinista y falsa como sólo puede venir del capitalismo yanqui. Y esto le ha procurado muchos palos a la fotógrafa. Qué puedo decir… Realmente el contenido es deleznable. Pero Leibovitz es una fotógrafa de referencia en el último cuarto del siglo XX, aunque su entrada en el XXI viniese marcada por sus dificultades financieras y por su necesidad de volverse mucho más comercial para solventarlas. Cosas que pasan en el mundo capitalista.
Ayer, al atardecer, con la pequeña Sony ZV-1 como cámara de apuntes fotográficos. Principalmente lo dediqué a la película fotográfica, paisaje con teleobjetivo. Ya veremos como queda.
Pero vamos con otras cosas, probablemente más interesantes. Muy célebre es la estampa de Katsushika Hokusai, La gran ola de Kanagawa, perteneciente a su serie de estampas ukiyo-e, Treinta y seis vistas del monte Fuji. Las estampas ukiyo-e procedían, o proceden, hay quien las trabaja todavía, de una de las técnicas de xilografía que permitía realizar sucesivas series y vender esta forma de arte a los «burgueses» japoneses del periodo Edo. Estas obras han inspirado a muchos otros artistas, tanto de la época como posteriores y contemporáneos. En Conscientious nos han introducido a esta serie, aparentemente centrada en el famoso volcán japonés, aunque no es así, sólo aparece en todas ellas, pero hablan de otras cosas. Y nos han hablado de la serie de fotografías con el mismo título que ha realizado el fotógrafo Takashi Homma. Aunque en el caso del fotógrafo, realmente es la sagrada montaña, es considerada santuario sintoísta, la que toma el protagonismo, como uno de los símbolos de la cultura y de la conciencia de los japoneses.
La agencia Magnum Photos es una agencia de fotógrafos documentales. En principio. De los que van a las guerras, a las catástrofes, a los suburbios, a los eventos potencialmente históricos, para dejar constancia gráfica de los hechos. En principio. Luego, si además el nivel estético, y ético, es de primer nivel, pues mejor. El caso es que de vez en cuando, y últimamente se da más, ha ido incorporando fotógrafos que nos hablan del mundo de otras formas. En ocasiones de forma más conceptual. Véase la española Cristina de Middel. Esta semana me ha llamado el árticulo que han dedicado al trabajo de Gregory Halpern en la isla de Guadalupe. Un poco a caballo entre las dos tendencias. No deja de buscar esa función documental precisa. Pero la combina con un estilo depurado, estéticamente impecable, de colores bien definidos, composiciones cuidadas, y atención más al pequeño detalle, pero significativo, que al gran entorno. Me ha gustado mucho.
También en Magnum Photos han dedicado un artículo esta semana al viaje que realizó el fotógrafo George Rodger junto con su esposa en 1957 por el desierto del Sahara en el entorno de la frontera entre Argelia y Marruecos. Un espléndido reportaje que incluye tanto unas estupendas fotografías en blanco y negro, como unas diapositivas en color que por sus tonos diría que están realizadas con alguna variante de las añoradas Kodachrome. Un reportaje que destila un cierto romanticismo de los viajes de antaño que invitaban a soñar. Aunque Argelia estaba convirtiéndose en aquellos momentos en un polvorín que tendría su repercusión en la Francia metropolitana pocos años más tarde, con el derrumbe de la Cuarta República con la «ayuda» de los militares. Rodger fue uno de los miembros fundadores de Magnum Photos.
Hace unos años se popularizaron en internet las iniciativas de esas de hacer y/o publicar una foto al día durante un año. En tiempos del dominio de la película fotográfica esto era más complicado, por el tiempo que puede llevar tirar un rollo de película, llevarlo a revelar y copiar las fotografías significativas. Pero en tiempos de lo digital, esto es más factible. Nunca lo hice. Preferir estimular mi afición a la fotografía por otros medios. Este Cuaderno de Ruta es un ejemplo. Me ha permitido persistir durante 18 años, en lugar de realizar un esfuerzo que se agota en un año. En Lensculture nos han hablado de David Coyle (instagram), un fotógrafo la región del Pacífico, noroeste de los Estados Unidos, que con problemas personales importantes, decidió sublimarlo con uno de estos proyectos… una foto al día. El resultado es espléndido. Paisajes intimistas, entre el color intenso y el blanco y negro más expresionista, que denotan no sólo un estado de ánimo, sino también un ámbito, un entorno, un aquí y ahora geográfico y temporal. También me ha gustado mucho.
Cuando me enteré que en Apple TV se estrenaba una película con aire de cine independiente y que la protagonizaba Jessie Buckley, decidí que tenía que verla. Además, supe que aparecía también Jeremy Allen White, uno de los más apreciables hermanos de la disfuncional familia de Shameless. Rodada en Canadá y dirigida por el ateniense Christos Nikou, su premisa de mostrarnos una sociedad distópica, más sutil que las que suelen aparecer en las pantallas de cine y televisión habitualmente, aumentaba su interés. En español la han titulado Esto va a doler. Supongo que titularla Uñas les parecía poco comercial.
La película está rodada en Canadá. En Toronto, entre otras localizaciones. Así que es la segunda vez esta semana que la capital de Ontario se asoma a estas páginas.
En una ciudad indefinida, Anna (Jessie Buckley) y Ryan (Jeremy Allen White) son oficialmente felices. El descubrimiento que el amor se puede apreciar científicamente por un cambio de color en las uñas ha permitido comprobar a las parejas si están enamoradas o no. Se arrancan una uña de la mano de cada uno de los miembros de la pareja, esto va a doler, por algún motivo hay que hacerlo a lo bruto y sin anestesia, se analizan en un aparato que parece sacado de las películas de ciencia ficción de los 50 y 60 del siglo XX y… si la puntuación es 100 %, pareja perfecta, si es 50 %, hay uno que finge estar enamorado, pero no sabemos quien, y si es 0 %,… ¿por qué narices están juntos? Y esta pareja puntuó en su momento un 100 %. Anna, una profesora de instituto que está buscando trabajo, opta por entrar a trabajar en la empresa que hace los análisis, en la formación y asesoría de parejas previa al análisis. Hay que garantizar el amor perfecto. Y hace pareja con Amir (Riz Ahmed), un veterano de la empresa con excelentes resultados, con quien empieza a trabajar a gusto. Pero claro… como los epidemiólogos sabemos, los tests diagnósticos pueden dar falsos positivos y falsos negativos… Y ¿qué pasa entonces?
Como sospechaba, el principal activo de la película está en las interpretaciones. Buckley es una actriz sumamente competente, con mucho oficio, que consigue que empaticemos con los caracteres que interpreta con sorprendente facilidad. Tiene una considerable naturalidad. Y el resto del reparto está muy bien también. Es a White al que le toca lidiar con el personaje menos agradecido, un tipo muy sieso, y hace que se diluya frente al resto del reparto. Pero bien. Y todo bien contado por un director con poco bagaje todavía como tal, ha sido segundo directo o ayudante de dirección con frecuencia, pero muy solvente, en una película muy bien ambientada en un tiempo indeterminado del pasado, ¿años 70, 80, 90? La banda sonora da una pista de que estamos en un pasado indefinido, al igual que los modelos de los coches, o los chismes electrónicos, de aspecto viejuno.
Ya digo que es una distopía. Nada de dictaduras, represiones policiales o cosas similares. Simplemente, un invento que se supone va a garantizar la felicidad en las relaciones de pareja. Y aquí es donde brilla el tono agridulce, de tragicomedia, de la propuesta de Nikou, más interesante como guionista junto a dos escritores más que como director, aunque no lo haga nada nada mal. Y es que no hay soluciones, ni mágicas ni científicas para las cosas del querer. La narración y los diálogos están llenos de sutiles ironías, que tanto podemos interpretar como historias con final triste como feliz, con ganadores y perdedores. Una película que crece en el recuerdo, y que igual habría merecido un estreno en la gran pantalla para permitir al espectador sumergirse con más intensidad en lo que sucede ante sus ojos. Muy recomendable.
Segunda tanda de fotografías realizadas sobre película fotográfica para negativos en blanco y negro. Durante este viaje, por cuestiones de disponibilidad de mi película preferida para viajar, he utilizado dos tipos de material sensible. Por ello, haré dos entradas con fotografías en blanco y negro de esta escapada de menos de una semana de duración. Los detalles técnicos de las fotografías de hoy los podéis leer en En San Sebastián y alrededores con película en blanco y negro (2) – Minox 35 GT-E con Ilford HP5 Plus. Las fotografías corresponden al museo al aire libre Chillida Leku en Hernani, Zarauz, Guetaria y Zumaya, especialmente el Geoparque de la Unesco del flysch de Zumaya-Deva.
Hoy traigo un mixto de acción real y animación. Hay dos géneros importantes en la ficción en serie que comparten objetivos en muchas ocasiones. Aunque no es infrecuente que sean minusvalorados por el espectador como géneros menores, frente a las series dramáticas con episodios próximos a la hora de duración. Estoy hablando de la comedia de situación y de la animación para adultos. La animación sigue viéndose por gran parte de la sociedad como un género menor, o como algo para niños y adolescentes. Lo cual es paradójico por la existencia de series de animación adultas, con mala baba, muy irreverentes en ocasiones, desde hace décadas. Y hace tiempo que la comedia de situación dejó de ser el relleno amable, de carácter familiar o romántico, para ser un género más incisivo, independientemente de que mantenga o no la amabilidad con la que nació. Veamos por lo tanto tres ejemplos, muy interesantes, de series con miga, que nos transmiten su mensaje cotidiano en dosis de no más de 20 a 30 minutos.
Cuando me enteré que volvía Futurama, me vi inundado por sentimientos realmente contradictorios. Es una de mis series de animación favoritas de toda la historia. Heredera del espíritu de The Simpsons, con Matt Groening como creador de la serie, o al frente del equipo de creativos, encandiló inmediatamente a ese grupo de gente que tiene un lado friqui, al mezclar la crítica social con la ciencia ficción, y dosis de humor, ironía y mala baba por arrobas. Hulu la ha traído de vuelta al mundo de las plataformas de contenidos, en España retransmitida desde Disney+. Pero la serie ya tuvo sus momentos de esplendor y cierta decadencia durante la primera década del siglo XXI y los primeros años de la segunda. Decadencia que no vino del hecho de que se convirtiese en un mala serie, sino de la dificultad de mantener la originalidad de las tramas y el agotamiento natural en el espectador. A veces, las series no saben echar el cierre a tiempo. Entonces, ¿en la nueva temporada? La undécima temporada según IMDb, la octava según Wikipedia, la décima según otras fuentes,… es difícil saber cuando y cómo termina una temporada, o se debe considerar que es una primera parte o una segunda parte de una temporada,… pues esta primera mitad de la temporada 2023-2024… quizá,… ha estado muy bien. No sé si para conseguir una éxito arrasador y multitudinario, pero sí para satisfacer y contentar más que suficiente a sus incondicionales, entre los que me encuentro. Con actualizaciones de temas, mi favorito probablemente es el último de la temporada o semitemporada en el que se explora el concepto del universo como simulación, habrá encantado especialmente al sector más friqui de sus partidarios. Y así,… ya tengo de que ven la próxima temporada… o la segunda parte de la temporada… o, simplemente, los nuevos episodios. En fin… Hulu la considera la undécima temporada.
Y claro… obligado a hablar de Disenchantment, de las aventuras de la princesa Tiabeanie Mariabeanie de la Rochambeau Grunkwitz, rebelde y propensa al alcoholismo, más conocida como Bean, y de sus fieles amigos y aliados, el medio elfo Elfo y su demonio personal Luci. Serie que surge también de la factoría de Groening, como serie original de Netflix, y que comparte elementos con las mencionadas, nunca ha gozado del mismo nivel de popularidad. Sin embargo, esta serie, que no deja de tener un tono y elementos melancólicos a la hora de poner en solfa al género humano a través de estas aventuras mágico-medievales, con toques de steampunk, ha ido creciendo en cariño en el ánimo de muchos de sus fieles entre los que me encuentro. Ha sido una serie de desarrollo lento. Una auténtica aventura de corte tradicional en el fondo, en la que el héroe, la heroína en este caso, pasa de ser pasota a encontrar una redención para sí misma, y para redimir a su propio reino y a sus gentes de los males que los azotan. No difiere en el fondo tanto de Luke Skywalker, de Frodo o de tantos héroes de aventuras más o menos fantásticas. Pero ese sí, con la mala baba marca de la casa. No me calentaré mucho los cascos sobre si ha terminado tras cinco temporadas de diez episodios, o si lo ha hecho tras tres temporadas, las dos primeras divididas en dos partes de diez episodios y la última sólo de una parte de diez episodios. ¡Qué calvario! La cuestión es que me lo he pasado bien y echaré de menos a la princesa Tiabeanie Mariabeanie de la Rochambeau Grunkwitz y a sus amigos y enemigos.
Y en un cambio brusco de género, en los últimos tiempos me he merendado, a buen ritmo, porque es muy divertida, la comedia de situación canadiense Kim’s Convenience. Episodios cortitos, episódicos, aunque haya algunos arcos argumentales de largo recorrido, nos habla de la familia Kim, formada por un matrimonio de coreanos (Paul Sun-Hyung Lee y Jean Yoon) que inmigraron en su momento de su Corea del Sur natal buscando una mejor vida. Poseen y regentan un tienda de conveniencia en Toronto, popular entre sus vecinos, y son fieles de una parroquia protestante del barrio. Y están sus dos hijos de veintitantos años. Jung (Simu Liu), que arrastra las consecuencias de haber tenido una adolescencia díscola, con paso por algún centro de reforma, y que se gana la vida en una agencia de alquiler de coches. Y la menor, Janet (Andrea Bang), más responsable, algo cuadriculada para su vocación artista de fotógrafa. La serie es una derivada de una obra de teatro del mismo título, que gozó de éxito y popularidad. Los dos intérpretes que interpretan al matrimonio protagonista ya lo hicieron en la obra de teatro. Los hijos no, lógico por el mayor cambio que se produce en una persona en su veintena, que hace que quien hizo el papel en 2011 sea difícil que lo haga casi una década más tarde. En cualquier caso, es una serie amable, en la tradición de la comedia de situación familiar, pero que no elude los temas trascendentes de la integración de las familias inmigrantes en su sociedad de acogida. Constantemente surge el contraste entre los padres, que ni siquiera han conseguido dominar totalmente la gramática del inglés, el hijo mayor que representa las dificultades de adaptación de la primera generación, y la hija menor en la que predomina la cultura y los modos de la sociedad canadiense.
Las primeras temporadas son brillantes, debiendo también en gran medida su dinamismo a los personajes secundarios, fijos o recurrentes, que sirven con frecuencia para encender la chispa que resulta en las vergonzosas situaciones en las que los cuatro miembros de la familia se ven metidos ellos solos, las más de las veces. Los intérpretes no son muy conocidos. Jean Yoon, por lo que he visto, ha aparecido en personajes recurrentes o esporádico, pero secundarios, en una diversidad de películas y series. Lo mismo Paul Sun-Hyung Lee, aunque es una presencia popular en las últimas series del universo Star wars, interpretando a un veterano piloto rebelde. Perso se han fogueado abundantemente en el teatro, y tienen mucho oficio. Sólo le puedo poner un pero a la serie… siguió abriendo melones argumentales hasta su última quinta y última temporada… y luego los dejó totalmente en el aire. Irresueltos de una forma que nos habla de que en la mente de alguien se imaginaba una mayor duración y progresión de la serie. Por ejemplo, introduciendo el tema de la diversidad sexual y afectiva, hasta ese momento poco tratada en la serie. O la progresión de la enfermedad crónica de uno de los miembros de la familia. Indudablemente, Janet es el personaje peor resuelto en los momentos finales de la serie. Pero está muy bien. Muy bien. Por ello, dedico las fotografías de la entrada a la ciudad de Toronto, donde transcurre la serie.
Este libro llegó a mí de casualidad a través de una oferta enooooorme en formato electrónico. Una intriga de mafias y asesinos a sueldo por una especialista del género japonés, Kōtarō Isaka, que ha alcanzado cierta fama recientemente porque fue adaptada al cine con un reparto más o menos de campanillas, y que yo no vi. Porque no me interesó. De hecho, después de leer la novela, durante mis vacaciones en Italia, el sábado después de regresar del viaje, intenté ver la película,… y no pude pasar de los primeros 15 minutos.
El caso es que la novela no está mal. A mí me entretuvo. Su título original en japonés es María Beetle [マリアビートル], y en algún país de habla inglesa la novela ha mantenido ese título. Aunque en la mayo parte de los casos, película incluida, se ha optado por el título que hace referencia al apelativo que reciben los trenes de alta velocidad japonesa, que los nipones denominan shinkansen [新幹線], cuyo significado literal es nueva línea troncal. Aunque no sé hasta cuando será nueva, teniendo en cuenta que ya llevan circulando 59 años. Y es que la acción de la novela transcurre de forma casi integral en el interior de un Hayate [はやて], un tipo de servicio con pocas paradas, entre Tokio y Aomori en la línea Tōhoku, la que recorre el norte y nordeste de la isla de Honsu. O recorría, porque ahora esa denominación comercial creo que sólo se aplica a los trenes que unen Morioka y Aomori con Sapporo.
En uno de estos trenes, sorprendentemente medio vacío, ignorantes unos de otros, viaja una serie de asesinos a sueldo y sicarios de la yakuza, todos con misiones relacionadas entre sí, aunque ellos no lo saben. El personaje principal es un asesino a sueldo que se caracteriza por ser gafe, atraer la mala suerte. Su misión es sencilla. Subir al tren en Tokio, robar una maleta, y bajarse en la siguiente estación. Pero la fatalidad actuará y no podrá bajar del tren hasta su destino en Aomori. En ese trayecto, muchos encuentros, más o menos violentos, sucederán. Y no todos los viajeros llegarán a su destino. Vivos.
Entre la novela de acción y la comedia, humor negro, principalmente, estamos ante un producto de puro entretenimiento. No se un género que me vaya mucho. Pero reconozco que es una novela bastante entretenida, aunque no todas las situaciones y las subtramas tengan el mismo interés. Juega con el nada es lo que parece, y nadie es quien parece ser, y en general sale adelante con algo más que dignidad. No me veo leyendo más novelas de Isaka, pero ha estado bien la experiencia. En los cinco primeros minutos de la película, hacen volar por los aires el espíritu del libro y lo que lo hace interesante. Aparte del absurdo de poner a un grupo de asesinos no japoneses en un tren japonés.
Este tren lo cogimos en Kyoto para ir a Hiroshima. Por lo que sería un «Hikari». «Luz»
Primera tanda de fotografías realizadas sobre película fotográfica para negativos en blanco y negro. Durante este viaje, por cuestiones de disponibilidad de mi película preferida para viajar, he utilizado dos tipos de material sensible. Por ello, haré dos entradas con fotografías en blanco y negro de esta escapada de menos de una semana de duración. Los detalles técnicos de las fotografías de hoy los podéis leer en En San Sebastián y alrededores con película en blanco y negro (1) – Minox 35 GT-E con Ilford XP2 Super. Las fotografías corresponden a San Sebastián, Fuenterrabía y Hendaya, esta últimas localidad en el País Vasco francés.
Hoy traigo cuatro recomendaciones. En una semana en la que he estado muy ocupado, demasiado ocupado, no he tenido ocasión de fijarme mucho en la actualidad fotográfica o en el repaso de los fotógrafos clásico o ya establecidos. Y además vengo con un cierto grado de frustración. Cuando adquirí mi Canon EOS RP aspiraba a usar con ella, a través de un adaptador, uno de los objetivos más nítidos y estupendos que tengo, el Leica Summicron 35 mm f2 ASPH. Pero no va. La geometría de esta lente no se adapta bien a las cámaras digitales, salvo que incorporen en su firmware las correcciones oportunas, es decir las cámaras Leica. Salvo utilizada con aperturas muy cerradas,… los artefactos que introduce en la imagen la pueden arruinar. Usada con película fotográfica es imbatible. Y cuando se puede usar con la digital, no encuentro otra con mayor claridad, contraste y nitidez. Qué pena. Las fotos que muestro son de ayer, algunas muestran los problemas, otras no.
Con el Summicron ASPH
Miyako Ishiuchi es una fotógrafa japonesa,… muy japonesa. Con ese estilo de los fotógrafos de la revista Provoke, a finales de los años 60 del siglo XX y principios de los 70, que usaban la película en blanco y negro para obtener imágenes muy contrastadas, con un grano, una estructura muy marcados, con encuadres poco convencionales, muy expresivas. Con una diferencia, la inmensa mayoría de aquellos fotógrafos eran hombres e Ishiuchi es mujer, con una sensibilidad propia. Desde hace unos años, su estilo cambió, optó por el color, por fotografías más limpias, más introspección. Muy reconocida actualmente, su obra está en colecciones de prestigiosos museos en todo el mundo. Nos lo contaron en Blind Magazine. Yo vi algunas de sus fotos cuando visité Hiroshima, en el museo que recuerda el bombardeo atómico, a propósito de una de sus series sobre este nefasto suceso.
Más de una vez he puesto de manifiesto mi frustración para acercarme al collage de forma mínimamente convincente, poniéndose así de manifiesto las enormes limitaciones de mi creatividad artística. Pero me siento atraído a este género en muchas ocasiones, al menos como espectador. Por ello dediqué un rato al trabajo de Deborah Turbeville, una fotógrafa de moda, considerada muy vanguardista. A mí me parece que en los años 70 y 80 actualizó los estilos prevalentes 50 años atrás, en la época delas vanguardias, que es algo distinto. Aunque a mí ya me vale. Nos lo contaron en Creative Boom. Ya falleció hace unos diez años.
En American Suburb X nos mostraron esta semana un trabajo reciente de Anne Lass, que creo que ya he traído en alguna ocasión a estas páginas. Aunque no encuentro la referencia. Igual no (al final, a posteriori, algo he encontrado). La fotógrafa se introduce en lugares donde la mayor parte de las gentes no se introduce. Espacios clandestinos, de «mala nota». Burdeles, salas de juego ilegales, clubs «para hombres», en las que Lass encuentra una particular estética fotográfica entre el kitsch y la abstracción, con toques retro, por no decir camp. No sé si lo estoy explicando bien. Mejor que lo veáis vosotros mismos.
Hay dos tipos de sitios web o vídeos en Youtube que soy reacio a visitar. O por lo menos a hacerlo de forma frecuente o sistemática. Los de las marcas fotográficas o las tiendas que venden los aparatos, y los de los «embajadores» de las marcas. Es que te mienten. O en el mejor de los casos, no te dicen toda la verdad. Tienen unos intereses creados tan manifiestos, que cantan mucho. En el caso de los «embajadores» no quiere decir que sean malos fotógrafos, o que eventualmente no cuenten cosas interesantes… pero no te puedes fiar. Sin embargo, esta semana en PetaPixel nos hablaron de una embajadora de un conocida marca de chismes fotográficos, Michelle Valberg, canadiense ella, y me gustó mucho su estilo de fotografía animal. Mucho. Por supuesto, la conversación en el artículo deriva hacia los chismes en lugar de hacia las fotografías. Que lo mismo que se hicieron con chismes de la marca que representa, se pudieron haber hecho con otras, por lo que el chisme importa sólo hasta cierto punto.