Primera de las entradas dedicadas a mis fotografías realizadas con película tradicional en Madrid en mi escapada a la capital del reino el 31 de enero pasado. Los detalles técnicos de las fotografías los encontraréis en Viaje en el día a Madrid (I) – Fujifilm GS645S Wide 60 con Kodak Portra 400. Aquí os dejo unas cuantas fotos, de las que hice con película para negativos en color. Dentro de unos días, las que hice con película para negativos en blanco y negro.
Recientemente, en Pen ペン Magazine publicaron un artículo en el que recomendaban una pequeña obra de Haruki Murakami de carácter biográfico/autobiográfico. Me pareció interesante y la busqué, y sólo encontré la versión en francés como la más comprensible para mí. El francés, aunque soy chapucero hablándolo, lo leo con facilidad. Así que ya me venía bien. La adquirí en versión electrónica, que es lo más sencillo, y me puse a ello de forma casi inmediata.
Fotográficamente recorremos el Kioto natal de padre e hijo.
Hemos de entender que la obra no es ficción, sino que se refiere a hechos reales de la vida del padre del autor, o de la vida del propio autor en relación con su padre. Comienza el libro con el hecho aislado que da título a este reflexión sobre su padre y sobre la relación que el autor mantuvo con él. Un día se dirigieron a una playa para abandonar a una gata, por motivos diversos, cuando el escritor era niño, con su padre, y cuando volvieron a su casa, la gata había regresado por su cuenta y allí estaba. Y yo no pensaron más en deshacerse de ella. Y enlazando con este hecho empieza a narrarnos los hechos de la biografía de su padre que cree marcaron la vida de este y la relación paternofilial. Principalmente, los tiempos de guerra que marcaron el destino de un joven destinado a ser sacerdote budista como el abuelo del escritor, en Kioto, pero que le llevaron a ejercer de profesor de lengua y literatura japonesa en un instituto de una ciudad próxima a Kobe.
Murakami escribe con una prosa clara y directa, muy suelta y ágil, para referirse a los difíciles tiempo de la guerra, primero la llamada Segunda Guerra Chinojaponesa, que comenzó en 1937, y en cuya dura y cruel campaña participó el padre, así como la llamada a filas de nuevo al principio de la Segunda Guerra Mundial de la que en pocas semanas quedó dispensado, evitando el destino la mayor parte de los soldados de su regimiento, que murieron entre Birmania y Filipinas. El relato, en no pocas ocasiones, estremece. Especialmente si conoces algo de los hechos y el contexto históricos que rodearon aquellas campanas militares, y pensando en que estamos hablando de un hombre con inquietudes intelectuales y piadoso.
Murakami ajusta cuentas con el padre del que estuvo relativamente extrañado durante la mayor parte de su vida adulta; no se entendían. Y tras la muerte del anciano, entra en reflexión y realiza el mejor homenaje que puede dada su condición de escritor. Reflexionar en «voz alta», y trasladar sus reflexiones y su homenaje a la tinta sobre el papel. Es breve, pero conviene leer esta obra pausadamente, con reflexión. Y situarla en su contexto histórico. Hecho así, me parece una de las mejores obras que he leído del autor nipón. 80 páginas de alto valor literario y humano.
A pesar de que estoy un poquito escarmentado con la calidad de los estrenos de Netflix en cuestión de largometrajes, decidí ver este drama bélico de nacionalidad noruega, dirigido por Erik Skjoldbjærg, porque parecía tener buena pinta. Incluso en algún lugar leí alguna cosa relativamente elogiosa. No es que pusiera la película por las nubes, pero sí que la ponía como ejemplo de buen hacer cuando el presupuesto no da para las superproducciones bélicas como la que ha cosechado grandes éxitos en los premios del cine británico recientemente, incluso siendo alemana.
Cuando visitamos las islas Lofoten, aterrizamos en el aeropuerto de Evenes, también llamado de Narvik-Evenes, a unos 50 kilómetro de la ciudad que da título a la película. Pero no visitamos la ciudad. Así que para ilustrar un puerto noruego, optaré por algunas fotos del de Bergen, al atardecer.
La película no es producción de Netflix. La plataforma de contenidos audiovisuales tiene los derechos de exhibición fuera de su país de origen. Y se nos plantea como la historia de la batalla de Narvik, un conjunto de acciones bélicas que duraron varias semanas en la primavera de 1940, que comenzaron con la invasión de la Alemania nazi de la neutral Noruega y terminaron con la derrota de los invasores por una fuerza conjunta de noruegos, ingleses y franceses. Se publicita como la primera gran derrota de Hitler, pero esto ha de ser matizado. En primer lugar, el volumen de tropas y medios que intervinieron, comparado con las batallas más famosas de la Segunda Guerra Mundial es ínfimo, unas decenas de miles de combatientes. Estamos hablando de algo más de 25000 efectivos aliados, soldados de tierra, contra algo más de 5000 efectivos alemanes, entre soldados de tierra y marineros desembarcados. Hubo también batallas navales en las que ambos bandos perdieron barcos, destructores, llevando los alemanes la peor parte. En segundo lugar, el final de la batalla coincidió con la catastrófica derrota de los aliados en el frente francobelga, en esas mismas fechas, lo que provocó la retirada de estos países del territorio noruego. Por lo tanto, puesto que el objetivo de los alemanes de garantizar la distribución del hierro de la «neutral» Suecia a través del puerto noruego seguí vigente, en cuando británicos y franceses se retiraron, arrasaron la ciudad y la ocuparon de todos modos. Por lo tanto, la podemos considerar una falsa victoria aliada. Un hecho aislado sin continuidad.
La película, no obstante, narra muy superficialmente los hechos bélicos. Y las escenas bélicas están realizadas realmente con un presupuesto muy ajustado, y se nota. Por lo tanto, opta por narrar un drama humano de una empleada de hotel (Kristine Hartgen) que habla alemán y sirve de intérprete para los alemanes, en tensión entre sus deberes patrióticos, el saber que su marido (Carl Martin Eggesbø) es prisionero de los alemanes, y la seguridad de su hijo enfermo como consecuencia de una herida en un bombardeo británico. Intenta evitar maniqueísmos… aunque bueno, de una u otra forma, los noruegos siempre son buenos, mientras que los alemanes son siempre malos, y los británicos… a veces.
Al final resulta que el carácter de la película no está bien definido. Ni es una película claramente antibélica, ni sus posiciones están perfectamente claras, ni nos cuenta con claridad el hecho histórico, y cuenta con una definición de caracteres esquemática, de trazo grueso, que hace que no podamos sentir con claridad el drama que se nos quiere plantear. Desde mi punto de vista es una película claramente fallida en todos los frentes, valga el símil bélico, a pesar de que tenía todos los ingredientes a priori para que fuese resultona. Y quizá por eso algunos la han visto así. Pero no para mí.
Hemos pasado ya el ecuador del mes de febrero. Entramos en esos días en los que no sabes qué ponerte. A primera hora de la mañana las temperaturas son bajas, en ocasiones próximas al 0 ºC si los cielos están despejados y las nubes no hacen efecto invernadero. Pero cuando sales de trabajar a las tres y media o las cuatro de la tarde, las temperaturas están por encima de los 15 ºC… incluso se pueden acercar a los primaverales 20 ºC. O pasas frío por la mañana, o pasas calor a primera hora de la tarde, o vas cargando a esas horas el tabardo que hayas usado para abrigarte. Un lío.
Atrás quedaron los días de niebla que resuelven el dilema. Hace el mismo frío todo el día. Días de niebla que han sido tradicionales en Zaragoza. De los que todos los zaragozanos hablamos, y a veces «presumimos», y que pueden ser incluso más frecuentes que el gran orgullo climático de la ciudad, el viento del noroeste, el cierzo. O quizá deba decir «eran» más frecuentes que el cierzo. Porque llevamos observando años en los que los días de niebla han disminuido mucho. Este año pasado no hubo nieblas en noviembre. Y muy pocos en diciembre. Algunos de ellos los reflejé en mis fotografías como de las que hablo en Sensibilidades altas como película todoterreno en 35 mm – Leica M6 y Lomography Color Negative 800.
Quizá sea el cambio climático global. O quizá se deba a otros ciclos de algo tan complejo como el clima. Lo cierto es que la realidad actual no se corresponde con el pasado. Y hay otra cosa que no siempre coincide. Para algunos, la niebla es símbolo de una peculiar estética, de un estado de ánimo, incluso con un sentido poético. Para otros… un soberano incordio. Yo soy más de estos últimos. No me gusta tomar el sol, pero me gusta ver y sentir la luz del sol. Y cuando las nieblas persisten, me mustió. Incluso si puedo aprovechar los días de niebla para hacer otro tipo de fotos.
Entre unas cosas y otras, llevaba ya unos cuantos domingos en los que mis recomendaciones fotográficas se habían limitado a cuestiones muy específicas. O no habían sido. Así que hoy constituirán una miscelánea de temas que me han interesado en las últimas semanas.
Hace ya unos días que me llamó la atención la forma en que el fotógrafo turco Olgaç Bozalp aborda el tema de las migraciones, siendo él mismo un emigrante que se trasladó al Reino Unido. Lo hemos visto en Another Magazine, y adopta un estilo conceptual, con fotografías escenografiadas, en las que residuos y personas a las que no vemos el rostro posan en entornos neutros en su tono, hasta cierto punto aíslados, áridos en ocasiones, representando tal vez el camino y la sensación del migrante. Pero son las escenas sobre ellos constituidas, muy coloridas, bajo las que encontramos las personas cuyo rostro no vemos, las que destacan. Me pareció muy interesante.
Hace ya diez días que Leire Etxazarra nos habló de la obra de la fotógrafa argentina basada en Alemania, Delfina Carmona (instagram). Aparte de su abundante trabajo comercial, su obra más personal usa su propia persona, su propio cuerpo, como sujeto principal, para crear unas imágenes de fuerte contraste cromático, que invitan a la reflexión y a la intimidad.
No siendo muy aficionado a enlazar con sitios que promocionan o mantienen la industria fotográfica, por sus evidentes sesgos, no puedo evitar traer un par de referencias procedente de la revista Leica Fotografie International. La primera de ellas sobre la fotografía de arquitectura de Werner Mantz, adscrito a la Nueva Objetividad, especialmente activo en los años 20 del siglo XX en Alemania, época de zozobra, pero también de enorme creatividad e innovación. Por otro lado, nos han recordado la enorme calidad fotográfica de la cinematografía de las obras de Wim Wenders, él mismo fotógrafo en ocasiones. Todo aficionado a la fotografía debería ver muchas de las películas de Wenders por sus cualidades fotográficas. Y al mismo tiempo, descubrirá otras muchas cualidades.
Corea del Norte es un país que fascina a mucha gente. Un distopía convertida en realidad, para desgracia de sus habitantes. Una de las más aberrantes monarquías absolutas y totalitarias de las muchas que en el mundo, consecuencia de los juegos de poder de las grandes potencias de la Guerra Fría, y que ahora ahí está sin que nadie en el mundo se responsabilice del sufrimiento de sus gentes. Y son diversos los fotógrafos que intentan conseguir imágenes de ese país, sometido a férrea censura y restricciones de movimientos. En Landscape Stories Magazine nos han ofrecido el trabajo de Nathalie Daoust (instagram), fotografías tomadas clandestinamente en muchas ocasiones, con comentarios que amplían el contexto en el que se han realizado. Muy potente.
Por último, una ronda de paisajes aéreos, entre lo figurativo y lo abstracto, en los humedales salados de California, vistos por Barbara Boissevain, tal y como los hemos visto en Lenscratch.
Creo que ya lo he dicho en alguna ocasión… o al menos lo he insinuado. Mi perspectiva y afición a la ficción televisiva está en crisis. Es cierto que mis placeres «inconfesables» de los fines de semana, los dramas coreanos, son un valor fijo que me permite descansar la mente gracias a su intrascendencia, siendo al mismo tiempo entretenidos. Y de vez en cuando aparece alguna joya inesperada entre ellos, que conste. Y es cierto que la animación nipona me permite matar tiempos muertos, cuando apenas tengo 20 o 30 minutos para ver algo porque tengo otras cosas que hacer. Pero en lo que se refiere a otro tipo de series… de esas que hacían que se hablase de «la edad de oro» de las series de televisión… No estoy muy motivado. Llevo ya un tiempo pensando en darme de baja de Netflix, pero no por su errática política de precios y cancelaciones, sino porque su catálogo cada vez me parece más confuso y menos interesante. En fin. Traigo hoy un par de series británicas y una alemana. Esta última me gustó mucho, me pareció muy divertida. Así que empecemos por las británicas.
Treason es el típico drama británico de espías con un reparto solvente. Un alto cargo de los servicios de inteligencia (Charlie Cox), se ve comprometido por unas filtraciones de sus actividades con una agente rusa (Olga Kurylenko), que le pone un brete al mismo tiempo que siente la necesidad de colaborar con ella pensando en el pasado y en el futuro. Y en medio está la esposa (Oona Chaplin), que lo enreda más por su amistad con una agente de la CIA (Tracy Ifeachor) con pocos escrúpulos. Y por el medio, algún capitoste del espionaje (Ciarán Hinds) que no sabemos si va o viene. A favor, el solvente reparto. En contra, no es especialmente original, en ocasiones un poco rebuscada, y sus personajes no generan la suficiente empatía para que nos importe lo que les pasa. Está en Netflix… son sólo cinco episodios, pero no es ni recomendable, ni horrible. Allá cada cual.
Cunk on Earth es un falso documental. Colaboración entre la BBC y Netflix, tiene como «presentadora» a Philomena Cunk, personaje encarnado por Diane Morgan, que ya tiene un recorrido en series previas similares. En cinco episodios de casi una hora de duración hacen una historia de la humanidad y las civilizaciones, que parece real, pero que es interpretada de forma absurda por Philomena, que además entrevista a auténticos expertos en historia de las civilizaciones, pero haciéndoles preguntas absurdas y anacrónicas. Siempre he dicho que me llevo relativamente con eso que se llama el humor británico… pero en esta ocasión me costó entrar. Al final encontré alguna cosa graciosa, pero si la vi entera es por su corta duración. Está muy bien valorada, pero a mí me dejó un tanto frío. Y la presuntamente graciosa inexpresividad del personaje principal… no me llegó. Como la anterior, desde mi punto de vista, ni recomendable, ni horrible. Allá cada cual.
Y con la serie con la que he disfrutado mucho es con Kleo, otra de espías. Kleo (Jella Haase) es una asesina de la Stasi de la RDA, nieta de un capitoste del aparato militar-policial, que tras apiolar a un objetivo en un club nocturno del Berlín Occidental, es detenida, acusada de traición y encarcelada, estando embarazada de un bebé que perderá, así como la capacidad para tener hijos en un futuro. Mientras, un policía poco brillante del Berlín Occidental (Dimitrij Schaad) se percata de que hay algo raro en el asesinato del club nocturno, querrá investigar, pero sin que nadie le haga caso. Cuando tres años más tarde cae el muro de Berlín, en el intervalo hasta que la reunificación alemana se produce, con la amnistía de los presos políticos que pone a Kleo en la calle, esta comenzará una desenfrenada carrera para descubrir los motivos de su caída en desgracia, aliándose contra todo pronóstico con el poco brillante policía, y buscando una venganza de la que nadie puede afirmar que escapará… porque nadie es lo que parece. Nadie. Crítica lucida sobre unos tiempos, unas políticas, unos regímenes políticos y unas instituciones, cargada de humor, en muchas ocasiones humor negro, con un reparto alemán en estado de gracia, y con una mezcla de mala leche mezclada con el profundo cariño que la serie muestra hacia su trastornada protagonista. Muy recomendable.
En primer lugar, y porque quede claro, una banshee no es una alma en pena, como se podría deducir de la traducción del título al castellano. Es un ser mitológico celta, de carácter feérico. Y según las tradiciones y mitos irlandeses, cada familia, especialmente las O’ y Mac, o sea, las nobles, tenían una, que chillaba y les advertía cuando alguien de la familia iba a morir. Y el título viene del título de la canción que uno de los protagonistas está componiendo. Protagonistas, Colin Farrell y Brendan Gleeson, que ya coincidieron en una estupenda película del mismo director, Martin McDonagh, que por su fino humor y excelente historia hizo nuestras delicias hace catorce o quince años. Y estando publicitada la actual como comedia, siendo candidata a numerosos premios, más los que ya ha recibido, la expectación era importante y las expectativas, elevadas.
La acción nos lleva a una isla ficticia en la costa irlandesa, a principios de los años 20 del siglo pasado, en plena guerra civil entre partidarios del estatus de Irlanda como país independiente dentro de la monarquía británica y la Commonwealth y los partidarios de un estado republicano. Pero eso guerra, en la película, sólo la percibimos como cañonazos y disparos lejanos, al otro lado del canal que separa la pequeña isla de Inisherin de la isla principal. En Inisherin, todo transcurre a cámara lenta. Y cada día, a las dos de la tarde, el personaje interpretado por Farrell busca al interpretado por Gleeson para ir a beber pintas de cerveza al pub del lugar. Hasta que un día, para desconcierto de todos, este último dice que no quiere saber nada del anterior, y amenaza con medidas extremas si le habla y no le deja en paz.
Ciertamente, existen escenas que nos despiertan una sonrisa, en las peculiares interacciones de una comunidad cerrada, escasamente cultivada, alejada del mundo, sometida a tradiciones y creencias ancestrales, en la que la hermana de uno (excelente Kerry Condon), a pesar de haber sido considerada guapa toda la vida, se ha convertido en solterona, porque con inquietudes culturales y amor a los libros difícilmente encuentra entre los toscos lugareños alguien que le estimule mínimamente… nada. Pero en ningún momento me convenció la calificación de la película como una comedia. Pero ni de lejos. Un drama profundo sobre la naturaleza humana disfrazado de chascarrillo, pero que bordea constantemente más la tragedia que la comedia. Con una realización casi perfecta, a favor de unos paisajes tan hermosos como ásperos y duros, con unas interpretaciones que podemos calificar como magistrales, la tragedia es una tragedia cotidiana, de cada día, de cada instante, más allá de los eventos que se nos narran y la simbolizan. La anécdota, por tremendas que sean sus consecuencias, no es, a su vez, más que consecuencia de las pequeñas tragedias cotidianas, de una vida sin horizontes, sin más alicientes que unas pintas de cerveza, un violín y una canción, y una pequeña burrita.
La familia, en relaciones muy estorbadas en ocasiones, la amistad, más fruto de la costumbre que de la comunión íntima de espíritus e intereses, las tradiciones… son los temas que McDonagh aborda con inteligencia y elegancia. En una película absolutamente recomendable, que bordea la obra maestra… aunque a mí no llegara a producirme del todo el impacto que me suponen las películas que califico como tales. No obstante, vayan a verla. Y si es posible, en versión original. Incluso si el inglés que se habla es difícil de seguir, o no se entiende en absoluto el inglés en ninguna de sus formas.
Salgo de un fin de semana un tanto modorro. El viernes comencé con síntomas de un catarro, más molesto que importante. Hoy lunes tengo algún síntoma residual, pero muy leve. Me he perdido cosas. Como la asamblea y la cena anual de la Asociación de Fotógrafos de Zaragoza AFZ y algún plan para fotografiar el domingo. Otras no… pero no las disfruté todo lo que hubiese podido, y me hicieron renunciar a las que he mencionado. Pero bueno… ayer preparé material para la actividad de este Cuaderno de ruta durante la semana… aunque no con las ganas que me hubiese gustado.
Pero nuevamente el repaso a una experiencia fotográfica, de mediados de diciembre, que podéis leer en Nuevas presentaciones para películas blanco y negro (I) – Fujifilm GS645S Wide 60 con Kentmere 100 120. Llevo un poco de «retraso» en estos comentarios. Y si lo entrecomillo es porque realmente tiene escasa importancia ese «retraso». Nada me obliga a hacerlo con mayor o menor rapidez. Simplemente es que normalmente sólo tardaba tres o cuatro semanas en comentar estas experiencias desde que sucedían, y ahora pasan dos meses. El caso es que usé por primera vez una película fotográfica de bajo coste. O de más bajo coste, dentro de la gama de productos de una empresa. Y creo que es un ejemplo de que, si ajustas adecuadamente tus expectativas, y sabes que el fabricante es decente, no pasa nada por tirar a la baja para ahorrar algo de dinero. Sabes que el nivel no es el mismo que con otras denominaciones más costosas. Pero son productos dignos, realizados con calidad, aunque sabes que hay un ahorro de costes en las materias primas. Pero no por eso deja de ser un producto adecuado. Nadie da duros a cuatro pesetas. Si el fabricante es sincero en el origen del descenso de costes, y es algo que se puede asumir, está bien. Cuando conviene, gastas más, y cuando conviene, gastas menos. El problema viene con los fabricantes y vendedores que pretenden que creas que compras jamón ibérico a precio de mortadela de la barata. Y es que eso no va así. Si te gusta la mortadela y es lo que te puedes permitir, disfrútala. Pero que no te engañen, ni te engañes a ti mismo.
En realidad, hoy no es el aniversario de este Cuaderno de ruta. Fue el miércoles. Pero esta semana ha sido un poquito estresante, he tenido que atender a múltiples cuestiones, y decidí no añadir a ese estrés la obligación de pensar o acordarme de comentar el aniversario de este blog como hago habitualmente cada año. No pasa nada por retrasarlo unos días, dejarlo para una tranquila mañana de domingo. Tanto más tranquila y relajada cuanto desde el viernes por la tarde estoy con un catarro que me tiene un poco pocho. Mi primera infección vírica en cuatro años. Es como si la temida pandemia producida por el SARS-CoV-2 hubiese alejado de mi todos los demás virus patógenos. No, covid-19 no es el nombre del virus, es el nombre de la enfermedad que produce. El nombre del virus es esa ensalada de letras que os he indicado. ¿O se decía sopa de letras? Bah,… da igual.
Me gusta recordar que el Cuaderno de ruta comenzó su andadura un 8 de febrero de 2005, con una entrada muy sencillita. Sus primeros años fueron en Blogger, donde abrí una cuenta en 2002, antes de que fuera comprada por Google. Pero en aquellos momentos no supe cómo iniciar y hacer funcionar aquello. Creo que para llevar un blog, o una bitácora como decíamos con frecuencia entonces, hay que tener clara porqué quieres hacerlo y para qué. Si no, no tiene sentido. Lo de bitácora está mal dicho, por cierto. Llamarlo cuaderno de bitácora o cuaderno de navegación, por analogía con los de los barcos sí que me parece bien. Y de la expresión cuaderno de navegación vino que yo decidiera llamarlo Cuaderno de ruta. Mi propósito, el que hizo que al final se mantuviera durante estos 18 años, fue quitarme de encima el estrés cotidiano durante un ratito todos los días o la mayor parte de los días, dedicándome a escribir sobre algo, lo que fuera. Distinto de lo que en aquel entonces me llevaba por la calle del retortero, en un cierto sinvivir.
Otro propósito importante que me hice en aquel 8 de febrero de 2005 fue que en todas las entradas del blog incluiría al menos una fotografía realizada por mí mismo. Por aquel entonces ya usaba predominantemente la fotografía digital, por lo que no era complicado disponer de imágenes fotográficas nuevas, o de archivo, para mis entradas. Y esto fue un acierto. Porque me impulsó notablemente a hacer fotografías, y gracias a ello, en poco tiempo, mejoré y aprendí mucho. En un par de años tuve la sensación de avanzar mucho más de lo que había hecho en los años anteriores. Hoy, por ejemplo, tiro de archivo. Y, curiosamente, de fotografías realizadas con película tradicional. Las que hice en blanco y negro en Tokio en 2019, en un viaje en el que olvidé en casa la cámara compacta para hacer este tipo de fotos. Así que en la capital japonesa, para los últimos días del viaje, compré un par de cámaras de un solo uso. Y son unas fotos que siempre me han producido un sentimiento ambivalente, y las repaso y las vuelvo a procesar de vez en cuando, para ver cuánto soy capaz de exprimir los resultado de usar una cámara tan limitada en sus capacidades y en su definición óptica.
En mis capacidades fotográficas siempre he distinguido cuatro épocas. La primera, entre abril de 1989 y octubre de 1992, con mi primera cámara réflex, años en los que era muy entusiasta, pero estaba muy mal orientado. De vez en cuando había alguna foto maja, pero en general era una catástrofe. La segunda, entre octubre de 1992 y algún momento a finales de 1994 o principios de 1995. Gracias a los cursos que hice en Galería Spectrum, me orienté. Y supe dónde mirar para inspirarme en fotografía. Por lo que avancé muy deprisa. Después, entre principios de 1995 y septiembre de 2004 vino un tiempo donde hacía alguna foto maja que otra de vez en cuando, pero me estanqué en mi proceso. En el otoño de 2004, cuando me puse en serio con el mundo digital, y con el uso de aquellas mis primeras cámaras digitales de las que os he estado hablando últimamente, tanto aquí como en mi blog técnico (artículos antes de marzo de 2022), volví a progresar deprisa en un periodo que duró hasta un momento impreciso entre 2010 y 2012. Y después y hasta la fecha, otra época de progreso más lento, que poco a poco ha venido marcado por mi regreso a la película fotográfica tradicional.
En cualquier caso, como sucedía en aquel febrero de 2005, me sigue importando poco quién y cuántos me leen estas líneas. Sigo escribiéndolas más para mí que para cualquier otra persona. Aunque ciertamente me alegra cuando ciertas personas me comentan su contenido. Y lo que siempre me ha parecido curioso, no sé si les pasa a otros, los comentarios interesantes pocas veces aparecen en el propio blog, donde ese tipo de actividad es tremendamente escasa. Si directamente, a través de las mensajerías de las redes sociales o, para quienes me conocen en persona, tomando un chisme en una cafetería. Es algo esporádico. Pero muy satisfactorio. Ya merece la pena el esfuerzo. Hasta el año que viene.
Día triste para el cine. Me despierto esta mañana de sábado con la noticia del fallecimiento del director de cine y fotógrafo Carlos Saura (1932 – 2013). Así que tristeza por partida doble. A los 91 años. Con esas edades, no acabo de comulgar con esas manidas expresiones del tipo «una pérdida irremplazable para el mundo del cine y la fotografía» y cosas por el estilo. Es ley de vida que llegados a cierto punto dejamos de existir como seres conscientes. Pero nuestra aportación significativa a la sociedad humana, muy probablemente, ya había ido extinguiéndose tiempo atrás. Pero Saura nos ha dejado obra de sobras para entrar en un lugar destacado en la historia de la cultura por méritos propios. Y por lo tanto, por inevitable que sea la ausencia, no puede evitar dejar un poso de tristeza. Que la tierra le sea leve. Y como digo siempre, en el improbable caso de que exista una vida después de esta, que sea la de la tierra de las gentes del cine, con sus cosas buenas y sus cosas no tan buenas, y que allí nos encontremos todos y podamos seguir soñando.
Si sumas el hecho de que buena parte de la acción de la película transcurre en Berlín, con que hace pocos días os hablaba de una antigua cámara digital, Pentax *ist DS, con la que viajé a la capital alemana en 2007, algunas fotos de ese viaje son idóneas para ilustrar esta entrada.
Mientras, traigo aquí la última película de Todd Field, un director destacado, pero con sólo dos largometrajes previos en su haber. Y han pasado muchos años del último. Y que me gustaron mucho. Ambos. Sin embargo, esta película viene envuelta más en el aura del buen hacer de su protagonista femenina, protagonista absoluta más bien, Cate Blanchett, una de las posibles candidatas a ser considerada la mejor intérprete del momento, y una de las más destacadas de la historia del cine. No obstante, la película es algo más que el trabajo de Blanchett.
Blanchett encarna a Lydia Tár, nacida Linda Tarr, una ficticia directora de orquesta, muy prestigiosa, al frente de la Filarmónica de Berlín. En la cima de su carrera musical, los problemas de relación con su pareja (Nina Hoss), con su ayudante y eventual amante reciente (Noémie Merlant), con una nueva violonchelista de la orquesta (Sophie Kauer), y el suicidio de su anterior amante (Sylvia Flote), van a amenazar con hacer saltar por los aires la posición que ha alcanzado con su talento.
La película es de las que crecen en la memoria al pasar los días, conforme vas comprendiendo la profundidad de los temas, y lo rompedor del planteamiento de Field. Las cuestiones del abuso del poder, en el trabajo y en la cama, con las subordinadas, la prepotencia, la intransigencia ante las sensibilidades y la diversidad de las personas, el #metoo, la llamada «cultura de la cancelación» (qué poco me gusta esta expresión en castellano), tratados como temas en obras literarias y cinematográficas, ya no sorprenden como hace unos años. No hace mucho que vimos una estupenda película sobre estos temas. No sorprende cuando el protagonista es un hombre. Pero en este caso es una mujer. Y una mujer que es símbolo de los logros de las mujeres. Y el tratamiento de los temas dista de ser maniqueo. Las acciones de Tár chirrían como cuestionables, pero también lo son los argumentos o las actitudes de sus relaciones. No pocos de sus argumentos son plausibles, al mismo tiempo que sentimos un rechazo hacia su soberbia. Es un personaje complejo, donde pocas cosas son necesariamente lineales y evidentes, y que invita a la reflexión. Y aunque la interpretación de Blanchett, y del resto del reparto, es excelente, debemos a Field la excelente definición de caracteres, con su complejidad.
Una película con muchas más capas de las que aparenta, que conviene ver con calma, en silencio, y escuchando con finura. A la que hay que estar atento, y en la que conviene no olvidar que en un buen filme, no hay elementos superfluos en la narración, todo aquello que vemos… tarde o temprano reaparecerá y tendrá su razón de ser. Muy recomendable. En las proximidades de la obra maestra. Y reivindicable, más allá del trabajo interpretativo, por ser la obra de un cineasta extremadamente sólido.
Cuando vimos la apreciable adaptación de Kazuo Ishiguro del guion de Ikiru de Kurosawa, dediqué un buen rato de una tarde de fin de semana a repasar la vida y obra del escritor británico nacido en Nagasaki, Japón. Poco a poco me gustaría ir leyendo toda o buena parte de la obra de este escritor que me parece tan interesante desde diversos puntos de vista. Ya tengo en espera algún otro de sus libros para leer en cuanto encuentre un momento propicio. Pero lo que me llamó la atención es que tiene una hija, Naomi Ishiguro, una escritora joven de 30 años, que ya ha publicado dos libros, un libro de relatos y una novela, de 2020 y 2021 respectivamente, recientes, por lo que la escritora todavía está en el proceso de hacerse un nombre, más allá de ser hija de un premio Nobel en literatura.
La escritora parece que reside en Bath, o en esta ciudad ha pasado buena parte de su vida. Así que con una foto de esta ciudad y de otros lugares emblemáticos que recorrimos en esta parte del mundo en un viaje hace ya dieciséis años, ilustraré esta entrada.
Me entró la curiosidad y, puesto que las ediciones electrónicas de ambos en su idioma original, el inglés, son bastante económicas, decidí ir a por el libro de relatos, su ópera prima. No es que esté disponible todavía una traducción al castellano. Al parecer sólo se han traducido al italiano, aunque podría ser también a algún otro idioma, del que no me haya percatado. Lo fui empezando a leer a principios de enero, pero no conseguí coger carrerilla hasta el fin de semana largo que tuve a finales de ese mes, donde con ritmo llegué hasta el final.
El número de relatos de esta colección es amplio, y no voy a detallar argumentos o características de cada uno. Además, siendo bastante de ellos relativamente cortos, supondría desentrañar su contenido. El más prolongado, la historia del cazador de ratas, un peculiar cuento de reyes y princesas con un exterminador de ratas como principal personaje, por lo menos hasta cierto punto, está dividido en tres partes, que pueden tener cierta autonomía, aunque adquieren pleno sentido en su conjunto. Y de alguna forma, es el que se aleja más del conjunto de relatos. Porque casi todos ellos suceden en un mundo, un universo humano, que podríamos considerar el nuestro si no fuera porque hay detalles, o suceden cosas, que sin entrar en el terreno de la fantasía, se le aproximan. He leído alguna reseña del libro que habla de cierto surrealismo en los relatos de Ishiguro… no me atrevería a decir que sea así sistemáticamente, pero cierto simbolismo existe en algunas situaciones. En cualquier caso, los temas son actuales y reales. Desde la soledad de la persona, la amistad, la ruptura de una relación… hay cierta reflexión sobre los elementos alienantes de las sociedades humanas hacia las personas que las componen, y cómo las personas buscan reafirmarse a sí mismas en contra de esa tendencia alienante. Algunas tienen un tono optimista…. otras no.
Globalmente me parece una interesante colección de relatos, pero me parece claramente una obra temprana de una escritora que todavía está definiendo su estilo y sus temas. La escritora escribe bien, pero da la impresión a veces que todavía está ensayando un camino, una vía para acercarse a los temas que le preocupan, que son contemporáneos y apropiados para un intervalo de edades superior al que podríamos esperar por su edad, aunque los personajes adultos jóvenes puedan predominar. Está bien. No es brillante, pero me alegro de haber incursionado en esta escritora relativamente novel. Y que, esto es buena noticia, alcanzará un estilo propio, distinto del de su conocido y prestigioso padre. Todo indica que tiene una personalidad propia y que merece la oportunidad de alcanzar a un potencial público lector.