Segundo libro del 2021. Un año en el que empecé fuerte las primeras semanas, pero que, siguiendo la tónica del año pasado, ya vuelvo a encontrar problemas para concentrarme en la lectura. Sin embargo, hace una semanas comencé con esta novela de la japonesa Imamura Natsuko, os recuerdo que en japonés el apellido va delante, en lo que es una historia de acosador(a) voyeur extrañamente fascinante.
Tanto la narradora de la historia, la mujer de la rebeca amarilla, como la protagonista de la misma, la mujer de la falda violeta, viven en el mismo barrio. La mujer de la falda violeta parece mayor de lo que es. Está desmejorada. Mantiene unas rutinas, pero tiene altibajos en su vida. No tiene trabajo. Y cuando le surge son trabajos cortos, a tiempo parcial y mal pagados. Y la gente la mira de reojo. Hasta que un día encuentra un trabajo mejor. Todavía modesto. De empleada en un hotel, limpiando y haciendo las habitaciones. Y pasa a tener relaciones, amigos, a estar integrada. Aunque no sabemos cuánto va a durar. Y uno sospecha que de alguna forma, todo se torcerá al final…
La novela funciona a dos niveles. Por un lado está el misterio de la mujer de la falda violeta, que progresivamente se va convirtiendo en el misterio de la narradora, de la que vamos descubriendo que no es una mera observadora, que va más allá, que acosa e interviene. Una línea narrativa que nos mantiene en vilo, y nos ofrece ese enganche a la historia que no podemos soltar hasta el desenlace.
Pero por otro lado, como muchas autoras japonesas, asiáticas en general, nos habla de la precariedad de muchas mujeres en las sociedades actuales. Sociedades en las que es demasiado fácil acabar viviendo en soledad. Sociedades prósperas, pero donde hay muchas personas al borde de la pobreza, muchas de ellas mujeres. Y sociedades donde además la homogeneidad se premia, pero la diferencia se castiga. El clavo que sobresale recibe el martillazo.
Quizá no sea una novela perfecta, pero sí que engancha e interesa. Más compleja de lo que inicialmente se nos presenta, es susceptible de lecturas e interpretaciones diversas. Me parece bastante recomendable.
Vamos con el comentario del primer libro que he leído en 2021. Ya llevo tres… o sea que voy con algo de retraso en los comentarios…
Según mis cálculos, a 1 de enero de 2021 hacía como mínimo treinta años que no leía una novela de Agatha Christie, a la que no será necesario presentar para la mayor parte de los lectores, siendo como es la reina casi absoluta del whodunit. Puede que hace algunos años menos, no muchos, leyera la compilación de relatos que incluye Testigo de cargo… porque me suena que estaba trabajando ya de médico residente, y eso fue en… bueno. Puede que haga más o menos de 30 años. Por ahí.
Transcurriendo la acción en algún hotel costero, vacacional, de la costa inglesa, opto por irme fotográficamente a mis experiencias semejantes. Sin cadáveres en bibliotecas. En la península de Cornualles, en Ilfracombe, no lejos de donde se debía encontrar el castillo de Tintagel, lugar de nacimiento del rey Arturo. Que en aquellos días de principios de julio de 2006, se encontraba entre la niebla.
El whodunit no tiene porqué ser una novela de suspense, ni de genero negro, ni siquiera policiaca. Simplemente… ¿quién ha sido? Y alguien lo resuelve. Teóricamente, el escritor da pistas para que el lector lo pueda deducir,… pero suele guardarse ases en la manga. Y aunque al final parezca que la solución era evidente… pues con los datos suministrados no lo era. Habitualmente… luego está cuando, si has leído suficientes novelas de estas, ya te imaginas por dónde va los tiros. O los estrangulamientos, o los venenos, o las puñaladas…
La primera novela que leí de Christie, en mi adolescencia, fue un caso de Miss Marple, El tren de las 4:50. Injustamente considerado como de Miss Marple, porque la auténtica heroína es Lucy, la joven que se introduce en la mansión de la familia esa tan desagradable. Debe ser porque me la imaginaba atractiva, a Lucy, digo, o porque realmente la novela tuviera su cosa, me gustó. Después de eso sólo otra novela de la escritora me gustó, la más famosa, también con trenes implicados. Puede que alguna otra me pareciera tolerable… pero poco a poco perdí el interés… porque todas me parecía igual. Y llegué un momento en que sencillamente dejé de entender porqué esta escritora gustaba tanto. Así de claro. Todo era igual. Todo era lo mismo. Y la mayor parte de las situaciones y personajes me parecían marcianas. Además de ser la reina del prejuicio clasista y del tópico más vulgar sobre los seres humanos. Una esnob de marca mayor.
Por una serie de causas y azares, y tras mucho insistir, fui convencido para enfrentarme al cadáver de una joven en la biblioteca de un matrimonio mayor tan esnob como la escritora o la propia Miss Marple, a la que conocen. Y debo reconocer una cosa. En las primeras páginas o capítulos de la novela… me interesó. Aquello parecía lleno de ironías. Diríase que Christie estaba autoparodiándose. Y tenía su gracia. Falsa alarma. Pronto llegó la dinámica eterna de unos investigadores entrevistando gente, abundancia de tópicos, de individuos prefabricados,… y con un agravante. En el momento en que aparece el segundo cadáver… la solución al caso se presentó como obvia. Con lo cual, la gracia, el único aliciente de la whodunit, creer que puedes resolver el caso, pero que al final te sorprendan con ingenio, se perdió por completo.
Creo que pasarán otros 30 años antes de que vuelva a abrir otra novela de Agatha Christie. O nunca. Espero no caer muy antipático por ello.
Como os contaba hace unos días, poco antes de Navidad visité mi librería preferida cuando se trata de comprar libros tradicionales en papel, con el fin de preparar unos regalos en forma de libros ilustrados. Y os decía que no tenía planificado comprar ninguno para mí mismo. Pero acabé picando.
Nacido durante la Segunda Guerra Mundial, Sebald quedó muy impresionado cuando en el colegio tomo conciencia del holocausto. Siendo un joven de veintitantos, se mudó a Inglaterra donde vivió y murió. Aunque no abandonó nunca su pasaporte alemán, ni el uso de su idioma materno como lengua literaria. Murió prematuramente, en pleno apogeo creativo. Su carrera literaria fue breve pero profunda y muy reconocida.
El libro de hoy tiene su miga. Y para sacarle todo su jugo será necesario revisitarlo con frecuencia. Con textos de W. G. Sebald e ilustraciones procedentes de grabados del pintor Jan Peter Tripp (artículo disponible solo en wikipedia en alemán… podéis tirar de algún traductor para coscaros), vamos recorriendo parejas de grabados y píldoras poéticas que dialogan entre sí. En algún lugar he leído que denominaban haikus, a estos pequeños poemas del escritor alemán. No lo son. Son poemas muy cortitos, de cuatro o cinco versos por lo general, pero no son haikus. Hay cierto empeño en algunos y algunas en utilizar la fórmula del haiku en idiomas occidentales. Y creo que no es una fórmula apropiada. Los idiomas indoeuropeos son muy distintos en estructura, escritura y formación de las palabras del japonés, y la mayor parte de los haikus en estos idiomas me parece muy forzados. Incluso en lo que se refiere a la traducción de los originales japoneses, me parece preferible traducciones lo más correctas posible en cuanto al contenido, olvidándose de la forma. Pero lo importante en este libro es ese diálogo entre los pequeños poemas y los grabados que representan ojos, miradas más bien, de personas relacionadas con el mundo de las artes y el pensamiento.
La lectura de este tipo de obras exige cierta parsimonia. Pasar de forma seguida de uno a otro poema puede impedir su digestión. Y los temas son diversos, así como los tonos. Es un libro bonito. Para tener a mano, y recetarse uno a sí mismo alguna que otra dosis de poesía sencilla ilustrada. Que nunca está mal..
Poco antes de Navidad visité mi librería preferida cuando se trata de comprar libros fabricados con árboles muertos, papel, para los que no se cosquen, con el fin de comprar algún regalo. Bueno… en concreto iba a buscar un encargo para mí, pero aproveché para comprar algún regalo en forma de libro ilustrado. Lo que no tenía planificado, pero acabó sucediendo, era que acabase comprando para mi mismo alguno de estos. Alguno por un interés profundo, otro por curiosidad. Este último caso es el del libro que nos ocupa hoy. En un comentario que no puede prolongarse mucho, porque la cosa es sencilla, que no simple.
Algunas fotos con película en blanco y negro en cámara desechable en mi último viaje, octubre de 2019, a la capital del País del Sol Naciente.
Taro Miura es un ilustrador japonés que ha trabajado especialmente, por lo que he podido averiguar, para libros infantiles. En este caso, ante el nacimiento de su hija, Mito, nos cuenta la historia con muchas ilustraciones y pocas palabras de una niña que va a viajar a Tokio por primera vez. Y emocionada, pregunta a una serie de animales, que se supone tienen relación con la capital japonesa, cómo es la ciudad para prepararse. Luego, escribirá una serie de postales a sus amigos en las que dará su visión sobre lo que le contaron los animales.
El libro, que es simpático de hojear y leer, juega con el tópico, pero también con el conocimiento que tiene el autor de la ciudad. Una ciudad sobre la que ciertamente mucha gente cae en los lugares comunes, pero que por su historia, tamaño, dinamismo y diversidad es mucho más compleja de lo que parece. En cualquier caso es una visión distinta y, como digo, simpática de la capital nipona. Para mí ha sido más que nada una curiosidad para distraerme un rato en los últimos días del año. Pero que bien, oye… que no hay que ponerse trascendentes continuamente.
Me dicen desde hace ya unos cuantos días, que ya tengo mi resumen de mis lecturas durante 2020. Me dicen en GoodReads que son 45 libros, ocho menos que el año pasado. No he alcanzado el promedio de uno semanal. Y un total de 10.148 páginas, frente a las 14.855 de 2019. 225 páginas por libro frente a las 280 páginas del año anterior.
Mis 5 estrellas… La edad de oro de Wang Xiaobo, Noches blancas de Fiódor Dostoievski, Los años de espera de Fumiko Enchi, y La fórmula preferida del profesor de Yoko Ogawa. Mis principales decepciones… un par de libros norteamericano del último cuarto del siglo XX que se me hicieron intrascentes, y están sin acabar, y la ficción nacional contemporánea autoeditada. Por defectos que tenga el proceso editorial actual, creo que alguien tiene que indicar a los autores, de la mejor forma posible, si un libro tiene calidad o no. Y no nos engañemos, que determinadas estadísticas hablen de estos libros con números de descargas y potenciales lectores elevados, es engañoso. Son tan baratos que la tentación de comprarlos es alta.
El tema del fin de semana son las intensas nevadas sobre la Península ibérica. Incluso en Zaragoza donde incluso en los peores temporales apenas nieva. Os dejo con algunas fotos para dar fe que en esta ocasión hemos participado del fenómeno meteorológico con interés.
Curiosamente, mi puntuación promedio en estrellitas de GoodReads es la misma que en 2019… 3,7 estrellas. Lo que indica que en general selecciono adecuadamente los libros que leo.
Más datos:
Libro más corto: 48 páginas, una historieta de Astérix.
Libro más largo: las 936 páginas de Blonde de Joyce Carol Oates. Con lo que me gusta esta autora… se quedó en 4 estrellas…
Libro más popular: El extranjero de Albert Camus, un total de 1.266.689 lo han considerado en GoodReads.
Libro menos popular: El libro ilustrado Tokio de Taro Miura. Es el último que leí, y no lo he comentado aún en estas páginas. Sólo lo han considerado 15 personas en GoodReads.
El libro mejor considerado en GoodReads de los que he leído es La edad de oro de Wang Xiaobo. Ciertamente, es absolutamente delicioso. Una de las grandes sorpresas de este año junto con Los años de espera de Enchi.
Este año me he visto atrapado en varios bloqueos de lectura. Momentos en los que durante días no encontraba las ganas para leer, y leía poco o nada. Me ha resultado agobiante. Curiosamente, son los libros de origen asiático, principalmente de autores japoneses, los que más me han ayudado a romper estas situaciones de bloqueo. Por algún motivo que no tengo claro del todo, porque no depende de la calidad intrínseca del libro, las historias que me cuentan estos autores me llegan más. Ciertamente tienen mucha más calidad de lo que la gente supone. Y ha habido en ese campo otras sorpresas, agradables, inesperadas como todas las sorpresas, que realimentan mis ganas por esta literatura.
En fin… a ver si mi cabeza se normaliza un poquito, y en 2021 me entran más ganas de leer.
Llevaba dos semanas sin hablar de ningún libro. Cosa lógica si tenemos en cuenta que los últimos días del año y primeros del siguiente suelo tener artículos fijos que hablan de cosas predeterminadas. Repasos fotográficos, el cine que yo me veo… etcétera. Pero mientras, se me han acumulado tres libros. Que se salen de lo habitual, pero que merecen que se les dedique el mismo tiempo, porque son igualmente obras completas.
El primero es una historieta. Como es japonés, manga (漫画). Con guion de Buronson (apodo que suele escribir con kanji, 武論尊; aunque parece la versión nipona de Bronson, que en katakana sería ブロンソン) e ilustrado por Kentarō Miura (三浦 建太郎). Ambos son considerados autores de prestigio en el mundo del manga, aunque para mí, que yo recuerdo, es lo primero que leo de ambos. Me llamó la atención por una cuestión… fue publicado originalmente en 1992, año «triunfal» de la España tras la transición, y tenía como fondo inicial de la historia los Juego Olímpicos de Barcelona, aunque luego la historia que cuenta poco tiene que ver con aquellos.
Sinceramente, que una historia postapocalíptica transcurra en Sitges… me parece de lo más gracioso.
Esencialmente, la cosa va de un yakuza que se ha desplazado hasta Barcelona porque anda colado por una guapa periodista y presentadora de televisión nipona que está destacada para cubrir el evento olímpico. En un desplazamiento a Sitges, son malditos, junto con un grupo de adolescentes del mismo país, por una anciana que les habla del triste destino de Cártago a manos de los romanos, anunciándoles un destino parecido para Japón. Como consecuencia de la maldición, se ven trasladados a un futuro postapocalíptico en el que Japón ha desaparecido, ha ocurrido un desastre climático que ha acabado con la mayor parte de los recursos, y la población japonesa son refugiados en otros lugares, como Nueva Europa, donde son internados en campos de concentración o sometidos a condiciones de trabajo de práctica esclavitud. A lo que el yakuza se rebelará.
Lo cierto es que la historia en sí misma me ha dejado bastante frío. Oscilando entre la denuncia social, política y económica, pero a ratos con un tufillo rancio nacionalista, juega a una especie de Mad Max, pero desarrollado de forma un poco atropellada, y finiquitado de una forma más atropellada todavía. Lo curioso es que, en 1992, los autores presentan un mundo amenazado con problemas como el del desastre climático, la crisis de la economía japonesa y otras economías mundiales, el racismo y la xenofobia que acompaña a los movimientos masivos de refugiados, el surgimiento de líderes populistas de tipo fascista, y otras lindezas… que tan de moda están, si no fuera porque cierta pandemia las ha situado, injustamente en segundo plano. Por lo tanto… quizá lo que está pasando en este siglo XXI no era tan difícil de imaginar.
No lo encuentro recomendable, salvo para los adeptos al género, a los que puede agradar.
Leer esta novela era jugar a carta ganadora. Hasta el momento de empezar a leerla, había leído tres novelas de Yōko Ogawa, muy distintas entre sí, y las tres me habían gustado bastante. O mucho. Y también he decir que el relato de hoy inspiró una película que vi en su momento, y que fue la que me hizo interesarme por la escritora. Es decir, que tenía unas referencias a priori muy buenas.
El libro nos habla de una joven madre soltera, calculo que de unos 28 años, con un hijo de 10, que entra a trabajar de asistenta doméstica para un profesor de matemáticas retirado que, como consecuencia de un accidente de tráfico, su memoria próxima no sobrepasa los 80 minutos, por lo que no recuerda a las personas que conoció el día anterior. O la mañana de ese día. A pesar de ello, Kyoko, que así se llama la joven, consigue crear una relación de afecto y solidaridad con el profesor en la que se incluye a su hijo, apodado Root.
La novela está contada en primera persona desde el punto de vista de Kyoko. Y trasciende mucho a lo que se nos cuenta en la película, por muy fiel que esta sea. Pero es difícil trasladar los pensamientos de una persona como Kyoko. Trabajadora, con un gran sentido ético de sus deberes, centrada y preocupada en mantener lo mejor que puede a su minúscula familia, pero con capacidad para desarrollar empatía y para que esta surja en las personas que con ella tratan. La novela tiene dos niveles de lectura. Por un lado, la peripecia que se desarrolla entre el trío protagonista. Por otro lado, la lectura social sobre la situación de las mujeres jóvenes solteras y madres y la complejidad para sacar adelante a sus hijos en una sociedad desarrollada como Japón, pero con gran distanciamiento social entre sus miembros. Pero en esta ocasión con una visión optimista, especialmente si la comparas con otras historias de madres solteras con hijos pequeños.
Leer a Ogawa es fácil. O sus traductores consiguen que sea fácil. No se anda por las ramas. Va al grano. Con descripciones de hechos y ambientes directas y claras. Y sus relatos, como he mencionado, siempre tienen capas de significado, son más profundas de lo que su apariencia indica. En este caso, da vida un trío de protagonistas que se quedan a vivir con el lector, y que generan una inmediata preocupación e interés por el devenir de sus vidas. Totalmente recomendable.
A por cierto, la fórmula preferida del profesor es…
mmm…. ¿será considerado espoiler? Pues nada… no la pongo.
Aunque la mayor parte de los libros que comento en estas páginas, que no sean de fotógrafos o fotografía, vengan ya en formato electrónico, por conveniencia, comodidad,… de vez en cuando cae en mis manos un libro en formato de árboles muertos. Papel. Hace unas semanas, mientras deambulaba entre las secciones de arte y fotografía de una librería, vi este librito de Nathalie Léger, me llamó la atención y lo compré.
Unas cuantas fotografías parisinas nos vendrán bien para ilustrar un libro sobre un personaje, internacional y cosmopolita, pero intrínsecamente asociada a la capital francesa.
Léger es mujer de letras, escritora, pero también trabaja en el ámbito del comisariado de exposiciones, de la conservación de colecciones de obras artísticas, principalmente literarias, y preside una institución para el estudio y conservación de archivos del mundo editorial francés. Y según varias referencias que he podido ver por ahí, Wikipedia incluida, califican este libro como su primera «novela». Me cuesta verla como tal… hasta que profundizo en el concepto de autoficción, género al que asignan esta obra.
Como autoficción, estaríamos con un relato en el que se mezclan hechos reales de la vida de la autora o de la realidad en general, con elementos ficticios de los que sería narradora en primera persona y protagonista. Y así, en esta autoficción, nos encontramos a la autora preparando una exposición con las muchas fotografías, y otros documentos, que la condesa de Castiglione, Virginia Oldoini, se hizo en el estudio de Pierre-Louis Pierson a lo largo de su vida. Una costumbre, la de fotografiarse en multitud de situaciones, poses y atuendos, que la hace de alguna forma precursora de las (y los) influencers de las redes sociales actuales. Y mientras la autora nos habla del personaje histórico, de sus vaivenes, reflexiona también sobre aspectos de su vida, en especialmente sobre su madre y su relación con ella, a la que compara con determinados aspectos del personalidad del personaje histórico.
Así pues, el libro funciona a dos niveles. Por un lado, parecería un ensayo sobre una mujer del siglo XIX, que tuvo gran influencia en asuntos políticos y sociales. Considerada la mujer más bellas de su época, a mí no me parece para tanto vistos los retratos que se conservan, pero el concepto de belleza es relativo a la época, definió modas, fue amantes de políticos y algún emperador que otro, influyó en acontecimientos históricos… y conoció épocas de declive y olvido. Por otro lado, funciona como reflexión personal sobre las relaciones maternofiliales de la escritora.
Me costó entrar en la dinámica del libro. No tenía yo mucha experiencia en este tipo de forma literaria. Y de hecho, hasta casi la mitad del libro, avancé muy despacio, siendo un volumen ligero de pocas páginas. Luego, en un momento dado, las piezas del puzzle hiciero click, encajaron, y empecé a cogerle el gusto… y se me terminó. No me arrepiento. Esta bien. Pero para quienes buscan mero entretenimiento y estructuras narrativas convencionales… casi mejor no.
No me voy a extender mucho con el libro de esta semana. Sólo diré que, sin ser tremendamente extenso, me casi tres semanas leerlo. Y es que una vez que empecé, pronto me desanimé. Y me obligué a terminarlo, aunque estuve a punto de dejarlo en varias ocasiones. Hacía mucho tiempo, un año como mínimo, que lo había adquirido en una oferta de mi tienda de libros electrónicos habitual, y no en estos momentos no recuerdo muy bien qué me indujo a comprarlo. No conocía nada de su autor, Armando Rodera. En ese momento no me di cuenta, pero parece de estos autores que publican por sí mismos a partir de las facilidades que otorgan ciertas plataformas en internet. Hoy en día estoy algo escamado con la calidad de estas vías de publicación, y sería bastante difícil que lo comprase. Muchos de estos libros se anuncian con grandes cifras de ventas en ejemplares… probablemente derivado del hecho de que están siendo vendidos a precios muy bajos comparados con los libros que siguen un proceso editorial tradicional.
Hace mucho tiempo que visité y recorrí Cantabria. No tengo fotos muy actuales. Sólo diapositivas que pueden tener 25 años o más.
El libro nos transporta en el tiempo a la provincia de Santander, en la segunda mitad del siglo XIX. En aquellos momentos no había comunidades autónomas, nada de Cantabria; si no recuerdo mal, la provincia de Santander pertenecía a la región de Castilla la Vieja. Un joven irlandés es recogido del camino mal herido tras haber sido agredido por maleantes y es llevado a una posada en Suances, regentada por una viuda con dos hijas, una de veinte años y otra de trece, y con el abuelo paterno de las chicas. La acción es narrada por la chica de veinte. En paralelo, se nos narra la peripecia del irlandés en Cuba, antes del momento «actual» en Suances. Y ambas líneas convergerán para una intriga política mezclada con el romance de turno entre el irlandés y la veinteañera.
Sinceramente, no me ha gustado. El libro es una mezcla de géneros entre el romance más típico y tópico, sólo le falta que en vez de irlandés hubiese sido un highlander para haber generado fuertes carcajadas, y una intriga política con algún malo malísimo malo, donde se mezclan los intereses de los venidos a menos carlistas con las intrigas de un desalmado hijo mestizo de un indiano de la región. Extraordinariamente poco verosímil. Pero la suspensión voluntaria de la incredulidad del lector podría haber funcionado a favor del libro si hubiera estado correctamente planteado y, ante todo, escrito con un mínimo de coherencia. Porque de verdad, por poner un ejemplo, una joven de 20 años, de la España rural de 1880, con una instrucción básica, hablando en primera persona no habla de que las hormonas de su hermana,… especialmente porque el término hormona no se acuñó hasta 1905, y no se popularizó hasta bastante más tarde. ¿Qué tontada es esta de hacer hablar a personajes de novelas de época como si fueran adolescentes de hoy en día? Pues esto es un ejemplo. No voy a perder el tiempo con más. Simplemente, evitad este tipo de lecturas. Yo prometo hace examen de conciencia, propósito de enmienda,… y la penitencia ya la he cumplido leyendo hasta el final esta novela.
Seguramente, estoy convencido, el proceso editorial tradicional está lleno de problemas y los intereses económicos y de otro tipo lo envenenarán de muchas maneras. Pero un proceso editorial con un mínimo rigor, que cribe lo que se publica, debe existir.
Este libro fue un prestamo, que leí sobre la marcha durante mi escapada a Andalucía en octubre. De hecho, antes de los dos libros que comenté la semana pasada. La amiga que me alojó en su casa en Sevilla tenía una versión en papel del libro y, como no es muy largo y me enganchó mucho, me lo leí en ratos muertos en esos días. Su autora Koike Mariko 小池 真理子 (os recuerdo que en Japón el apellido va delante; cuando me acuerdo, respeto esa convención) es más conocida por su condición de escritora dedicada al género policíaco y al terror.
Repito la selección de fotos representativas de mi viaje a Japón en 2014… fecha y país en el que ya se veían con frecuencia gente con mascarillas.
Definir si este libro pertenece a alguno de esos géneros,… en líneas generales,… las claves en las que está redactado no corresponden a ninguno de ellos. En algunos momentos, me ha recordado a Bonjour, tristesse de Françoise Sagan. Vagamente porque hace muchos años que leí el libro de Sagan. Pero ambos están ambientados en los años 50 del siglo XX, uno en Francia y otro en Japón, aunque el de Sagan fuese publicado en 1954 siendo una joven de sólo 18 años, mientras que Koike tenía 2 años en aquel momento y no escribió su «gato en el ataud», título original del libro [柩の中の猫, hitsugi no naka no neko] hasta 1990.
Mientras que Sagan escribe su «tristeza» a caballo entre el existencialismo y las ideas que harán surgir el movimiento de la «nouvelle vague», con un personaje adolescente víctima del desencanto y la melancolía, Koike recupera el ambiente del Japón vencido en la Segunda guerra mundial y del que empieza a recuperarse, recuperando también sus generaciones más jóvenes cierta alegría de vivir. Así, quien narra la acción es una joven de 20 años, de provincias, procedente de Hokkaido, aspirante a pintora, que entra a trabajar en casa de un pintor joven pero consagrado, viudo, para cuidar de su hija pequeña de nuevo años, Momoko, cuya mejor amiga es una gata. La vida es plácida, con el padre que adora a su hija, y con la joven que secretamente se enamora del padre, que vive una vida mundana, cosmopolita y despreocupada. Hasta que aparece una mujer joven, estilosa y bella en la vida de todos ellos. Y desestabiliza el equilibrio doméstico.
Reconozco que me enganché de inmediato. El tono de la escritura, la perspectiva en primera persona de quien no deja de ser un personaje secundario que recuerda desde el presente unos acontecimientos que le marcaron de por vida, la descripción del ambiente, la sospecha de que algo grave puede ocurrir, todo ello hace que el ritmo de lectura fuera agil. Y a pesar de todo, aunque constantemente Koike nos va dejando las pistas, los indicios de lo que va a suceder, nos llega a sorprender. Nos aterra, sin ser una novela de terror. ¿O sí? Me pareció una lectura imprevista, pero con un gran nivel. Lamentablemente, lo único traducido al castellano de esta autora. ¿Merecerá la pena pillar una traducción al inglés o al francés de alguna otra de sus obras? Me lo estoy pensando. Muy recomendable.
Siguiendo el turno de riguroso orden de lectura, hoy tendría que estar hablándoos de un interesante libro de Mariko Koike. Pero lo dejaré para otro día. Me apetecía el doble comentario de dos novelas muy distintas, pero al mismo tiempo con importantes cosas en común. Estas son Penelope y las doce criadas de Margaret Atwood y Crónicas de una diosa de Natsuo Kirino.
Penélope y las doce criadas
La canadiense Márgaret Atwood hace tiempo que es una escritora muy respetada en lengua inglesa. Pero su popularidad en todo el mundo aumentó en los últimos años por la adaptación televisiva de su novela, de género distópico, más conocida. Mientras el mundo editorial anda fijándose en la relativamente reciente publicación de la segunda parte de esa historia, que no leeré puesto que no creo que necesitase segundas partes la novela original, a mí me llama la atención un libro suyo de 2005, cuyo título original se traduce como la Penelopiada, a imitación de obras clásicas como ilíadas, odiseas, eneidas y similares.
Junto al santuario Okitama, se alzan las Meoto Iwa, las rocas desposadas, representación de las deidades masculina, Izanaki, y femenina, Izanami, unidas por un soga que representa la unión conyugal. Aunque el final del matrimonio entre estas deidades no fue especialmente feliz. Pero el lugar es estupendo. Y no se encuentra lejos del gran santuario de Ise, dedicado a la diosa Amaterasu, engendrada por Izanaki al regreso de su incursión en el mundo de las sombras, pero no de Izanami. La familia imperial japonesa sería descendiente de Amaterasu… por ende… de Izanaki. Pero no de Izanami.
Y la Penélope del título es la conocida esposa, fiel y responsable, del caradura y astuto aventurero por excelencia de los poemas épicos homéricos, Odiseo (o Ulises) de Ítaca. Por su capacidad para ser fiel a Odiseo durante los veinte años de ausencia, diez de la guerra de Troya y diez de aventuras por el Mediterráneo, ha sido siempre el símbolo de la fidelidad conyugal. Pero frente a una historia sobre hombres contada por hombres y desde el punto de vista de los hombres, Atwood decide contar la historia desde el punto de vista de Penélope. Y eso conlleva una relectura de los textos homéricos, y una crítica activa del papel de la mujer en la sociedad clásica y, por extensión, de las modernas sociedades occidentales que de ella descienden.
Tiene un tono irónico, paródico, en el que voluntariamente busca pensamientos y expresiones más propios de personas actuales. Y es contada desde el punto de vista de una Penélope ya muerta, viviendo en el Hades, en la pradera de los asfodelos, más allá del río Aqueronte. Por donde se pasea también su bella prima Helena, conocida como «de Troya», aunque también espartana de origen como Penélope.
Crónicas de una diosa
También en esta novela descenderemos al reino de los muertos. Los mitos en los que nos moveremos son los del shinto japonés. En concreto, los de la pareja de dioses formada por Izanami, la diosa del título, y su esposo Izanaki, a veces transcrito como Izanagi. Descendientes de los dioses primordiales del panteón shinto, son los dioses creadores del mundo por excelencia. Entendiendo como mundo el archipiélago japonés (que no incluía en origen la isla de Hokkaido). Pero Izanami murió al engendrar a la personificación del fuego y descendió al mundo de los muertos en las sombras. En un giro argumental con semejanzas con el de Orfeo y Eurídice, Izanaki baja el mundo de los muertos para recuperar a su esposa,… pero fracasa. Y encima se lleva consigo una maldición. Izanami matará cada día a 1000 seres humanos. Izanaki, como compensación, engendrará a un mayor número de los mismos.
El acercamiento de Kirino es a través de una joven sacerdotisa, en una bella pero pobre isla de las más pequeñas del archipiélago nipón, que no se resigna a su papel de guardiana de los muertos de la isla y a renunciar a su amor por un apuesto joven. Pero será traicionada y acabará muerta. Y por hacerlo con rencor, no podrá ascender al cielo, y acabará en el mundo de las sombras como sirvienta de Izanami.
Lejos del tono paródico, e incluso cómico, de Atwood a la hora de reinterpretar su mito, el tono de Kirino es triste e incluso trágico, aunque sin renunciar nunca a la esperanza. No sólo reinterpreta desde una luz y perspectiva femenina el mito de Izanami e Izanaki, si que además desmitifica el valor de la divinidad, abrazando la oportunidad de ser humano y estar vivo, y ser capaz de sentir, amar y dar vida.
Para ambos libros:
Ambos libros parten de tradiciones mitológica muy distintas. Si bien, en ambas encontramos arquetipos que se dan en muchas de las culturas que se han desarrollado en los numerosos grupos étnicos que surgen como consecuencia de la dispersión del ser humano por la faz de la Tierra. Ambas autoras parten de una sociedad patriarcal, todavía más fuertemente patriarcal en el Japón actual, pese al muy posible origen matriarcal de su cultura. Lo podemos ver en la estructura de poder de la isla de las Serpientes Marinas, origen de uno de los personajes protagonista, o en el hecho de que una de las deidades descendientes de Inazaki, y una de las principales del panteón japonés, Amaterasu, deidad solar, se represente como una deidad femenina. Y esta sociedad patriarcal interpreta los mitos para acomodar esta estructura. Ambas autoras se revelan y reinterpretan. Con mayor intensidad Atwood, con mayor sutileza Kirino.
Ambos libros están contados, en todo o en parte, desde el mundo de las sombras, desde el mundo de los muertos. Donde encontramos a nuestras Penélope/Izanami (con su joven servidora). En ambos se cuestiona el matrimonio en su forma tradicional. El libro japonés tiene una visión de la solidaridad entre mujeres, entre hermanas, más optimista.
Y sobretodo, ambos libros son tremendamente amenos e interesantes de leer. Por el tono, la picardía y la astucia de una Penélope, a la par con la de su ilustre marido, aunque ambos acaben machándose con al tragedia de las doce jóvenes criadas. Por las aventuras que vivimos entre las islas del sur del archipiélago japonés y el reino de Yamato, origen del actual Japón, situado en la actual isla de Honshu. Ambas son muy muy recomendables. Y demuestran una cosa. Que una obra literaria tenga un valor universal depende más de lo que cuenta que del país o cultura de la que procede, o de la lengua en que fue escrita originalmente.
Que no nos confunda el nombre del escritor. Este libro de ensayo no nos va a hablar desde un punto de vista de la cultura asiática oriental. Byung-Chul Han es un surcoreano nacido en Seul, pero se estableció en Alemania cuando tenía 26 años, ahora estaría en los 61, no se conoce con exactitud su fecha de nacimiento, y ha desarrollado casi toda su carrera en Alemania. Por lo tanto, como filósofo, ensayista, escritor en general, hace tiempo que tiene un punto de vista que surge de las sociedades llamadas occidentales. O cuando menos, habría que considerarlo un filósofo de un mundo globalizado.
Cualquiera que conozca un poco las fotografías que hago cotidianamente, sabrá de mi preferencia por las líneas geométricas, por la ortogonalidad, por la limpieza de trazos en la medida de lo posible. ¿Son mis referentes estéticos adquiridos? ¿O es una preferencia establecida por mis genes? Aunque guste a pocos, cada vez hay más datos que hablan de lo segundo.
Cosa que no sé si a él le haría mucha gracia. Este es el primer libro que leo de este filósofo. Y desde las primeras páginas, desde las primeras líneas diría yo, pone en cuestión algunos de los valores más defendidos hoy en día en materia de estética y diseño. Han critica con contundencia la tendencia a lo pulido, lo impecable, lo carente de irregularidades en el diseño y en el arte actual. Con los teléfonos móviles actuales como punto de referencia, aunque también sacudiendo cera a artistas como Koons, o a la moda del «todo» depilado, se rebela contra la antisepsia visual de lo absolutamente suave, absolutamente irregular, absolutamente geométrico. Los minimalismos estéticos, la pureza de líneas, lo perfectamente regular vendría de la mano, da a entender, de un pensamiento único… pelígroso. Para él, el arte, bello o no bello, es irregular. Surge del conflicto, de la emoción intensa, y por lo tanto no puede ser meramente funcional y «perfecto».
He de decir que este libro, mientras lo leía durante mi escapada andaluza de octubre, me produjo cierto grado de shock. Una vez, alguien que bien me conoce, dijo de mí que era muy cartesiano. No se refería tanto al racionalismo filosófico de Descartes en su Discurso del método, al fin y al cabo, de lo que sigue al Cogito, ergo sum… poco favor le hace a la razón como herramienta del pensamiento. Sin observación y sin experimentación, si una base en la realidad, de poco sirve aplicar la razón. Nos dejamos llevar por nuestras tendencias y concepciones previas. Pero Descartes, anticientífico en su filosofía, fue científico en la práctica. También fue matemático, trabajó en la geometría analítica, y se bautizaron a los famosos ejes cartesianos en su honor. Y ahí parece que me sitúan quienes me conocen. En mi necesidad de encuadrar mis experiencias, mis vivencias o mis apetencias estéticas entre unos ejes cartesianos reales o ficticios. Geométricos o éticos. No me acusan de ser tan inflexible como para llamarme «cuadriculado», pero sí de precisar de puntos de referencia claros para aceptar cualquier supuesto. Y estéticamente, tiendo a encontrar agradables, desde mi tierna infancia, las geometrías más armoniosas. Así… preferiré las abstracciones geométricas de Mondrian al expresionismo abstracto de Pollock. O los ordenados hallazgos del renacimiento a los abigarramientos del barroco. O las composiciones fotográficas sencillas, minimalistas y ordenadas, a los imágenes complejas e intrincadas.
Sin embargo, reconozco sentirme atraído por algunas de las propuestas de Han, aunque no al cien por cien. Y es que soy de los que opinan que arte y diseño son disciplinas creativas, como muchas otras. Pero no hay una identidad entre ellas. Y que un diseño limpio y claro me hace sentir bien, mientras que la obra de arte ha de presentar algún reto, algún desafío, alguna tensión, por lo tanto irregularidad, para transmitirme un pensamiento o una emoción. También estoy de acuerdo en que existe un exceso de «positividad» en la sociedad actual. No se admite lo feo, lo triste, lo «negativo» en las comunicaciones actuales, especialmente en la era de las redes sociales. No interesa quien afirma estar deprimido o tener problemas. Se nos «obliga» a estar sonrientes, perpetuamente contentos. Obligatoriamente «optimistas». Incluso en unos tiempos como estos en los que tantos problemas agitan el mundo. Desde los desastres climáticos, a los ecológicos que nos traen nuevos y puñeteros virus a nuestras vidas, o al resurgimiento de las ideologías totalitarias… si es que alguna vez se fueron realmente.
En fin… ha sido una primera vez con la obra de este coreano relativamente germanizado. Ya veremos si hay segundas parte. Pero ha sido interesante.