Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. La fotos, indefectiblemente, París. En primavera. Aunque en blanco y negro.
En su momento leí mucho de Amélie Nothomb. Autora belga, nacida en Kobe, Japón, muy querida también en Francia, escribe en francés, muy prolífica. Y he disfrutado mucho con sus libros. Aunque con tantos que ha escrito los hay mejores y peores. La constancia en la calidad y la mucha publicación no siempre van acompañadas. En cualquier caso, sus novelas, nunca muy extensas, tiene elementos característicos. A mí me suelen gustar, aunque hace unos años me cansé, y llevaba un tiempo sin leer nada nuevo de ella.
Un tema habitual en sus novelas es la familia. Y sobre ello va esta que comento hoy. Narrada en primera persona por una mujer que nació de un matrimonio que se amaban tanto que se bastaban a sí mismos. Tuvieron a sus hijas, porque es lo que tocaba, pero las descuidaron. Se cuidaron a sí mismas, puesto que de nada serviría llamar la atención de sus padres. A partir de ahí las hermanas se volvieron inseparables durante la infancia, y sólo al llegar a la edad adulta entraron en un eventual conflicto. Y también contó la protagonista con la caótica hermana de su madre y su prima.
Novela entre sarcástica y amarga. Centrada en el desencuentro con los progenitores. Cuando el interés de estos no coincide necesariamente con el interés de los hijos, o lo que realmente conviene de los hijos. Especialmente compleja, como se muestra hacia el final de la novela, la relación con la madre. Un libro que engaña, ya que bajo cierta apariencia de comedia, esconde un profundo drama.
No voy a decir que sea la obra que más me haya gustado o convencido de Nothomb. Pero es buena escritora, y siempre tiene interés. Lo he pasado bien, y me ha hecho pensar. Por lo tanto me parece razonablemente recomendable.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Hace casi 20 años en Londres.
Creo que hacía muchos muchos años que no pasaba tanto tiempo entre dos visitas a las salas de cine para ver una película de estreno. Casi un mes. Ni siquiera cuando cojo vacaciones largas hemos dejado pasar tanto tiempo desde hace mucho tiempo. Lo cual es sintomático de dos fenómenos; la oferta en la cartelera nos resulta poco atractiva, y el cine puede estar perdiendo una parte del atractivo que siempre ha ejercido sobre nuestro pequeño grupo cinéfilo. Y sobre mí mismo en particular. No me voy a poner a analizar aquí y ahora el porqué de este fenómeno. Quizá más adelante. Pero la cosa es que ni me preocupa, ni me deja de preocupar. Durante ese período de tiempo he estado entretenido, he hecho una variedad de cosas, y creo que tenían valor en la misma medida que el cine lo tenía tradicionalmente. Así que… es lo que hay.
Finalmente, y aunque no era nuestra primera opción, porque la que era está «difícil» de ver bajo nuestros criterios de conveniencia y calidad (una hora decente entre semana y versión original, subtitulada si no está hablada en castellano). Y la película que comento tenía a priori varios atractivos. Un buen reparto, un duración muy contenida, muy poco más de hora y media, y un dato común; aunque no está siendo muy apreciada por el público, y la distribuidora no está promocionándola demasiado, muchos críticos advierten que está mejor de lo que parece. El hecho de que esté dirigida por Steven Soderbergh, en mi caso, no es ni bueno ni malo. Dijéramos que, por mucha fama que tenga el director norteamericano, un tercio de las películas que he visto de él me han gustado mucho, otro tercio me han gustado más bien poco, y el tercio final, ni fu ni fa. Así que influencia neutra a la hora de atraernos o dejar de atraernos a la sala de cine.
La película es, hasta cierto punto, la típica película de espías británicos, con dos excelentes Michael Fassbender y Cate Blanchett a la cabeza. Ya he dicho que el reparto tenía mucho tirón. Como suele suceder, mientras que las películas de espías usamericanos suelen ser muy de acción, las de británicos suelen tirar a dramas psicológicos. En la sede de la inteligencia británica se ha filtrado un algo, típico macguffin, no merece la pena devanarse los sesos sobre lo que es, aunque en la película lo explican bien, y de formar pertinente. Por lo tanto, hay un traidor o topo. Y a uno de los agentes de nivel alto (Fassbender), le encargan descubrirlo, y rápidamente. Pero todo pinta que es un regalo envenenado, que va a poner en riesgo la carrera del agente. Más cuando en la lista de sospechosos esta su propia esposa (Blanchett), otra agente de alto nivel.
Estamos ante una película elegante. Combina la elegancia de cierto cine tradicional en los planteamientos, con una realización muy personal por parte de Soderbergh, y con unos temas y unos medios actualizados. Esto no es una de James Bond. Aunque el conocido agente de ficción sea británico, el planteamiento de sus películas tiende más a lo que he mencionado de las películas de espías americanos. Nop. Aquí estamos ante la típica situación de juegos a dobles y triples bandas. Pero con glamur. Nada similar al gris y taciturno Smiley de Le Carré, que también se las veía con situaciones similares. Aquel era un anti-Bond. Estos están en un punto intermedio, en el que no hay las fantasías de 007, pero son guapos, elegantes, todos ligan, quizá demasiado en el caso de los personajes secundarios, y son humanamente inteligentes. Es decir, meten la pata y lo tienen que arreglar… o palman.
Sinceramente, no esperaba mucho de la película, en realidad. Pero con una economía de medios narrativos, pero muy eficaces, tenemos una aventura que nos llevo a salir del cine con un optimismo cinematográfico que hace tiempo que no sentíamos. Sin que por ello vaya a ser una película especialmente trascendente en nuestra historia particular del séptimo arte. Soderbergh acierta en una cosa, con historia no especialmente original, pero que no trata como imbéciles a los espectadores, pone oficio en la realización, y deja que los protagonistas se las apañen, que tienen oficio de sobra, para sacar adelante una película con algo más que suficiencia. Yo la recomendaría como un buen entretenimiento.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Un paseo en blanco y negro por Copenhague.
Últimamente estamos un poco desmotivados a la hora de acudir a las salas de cine. No todas las películas que nos interesarían llegan en versión doblada a la cartelera zaragozana. Y nos negamos ya a ver películas adulteradas, es decir, dobladas. Y lo que llega tampoco es que nos motive gran cosa. De la misma forma que al cine español hace tiempo que le cuesta hacernos dejar la tranquilidad de nuestras casas. Pero decidimos ir a ver esta película danesa, dirigida por Magnus von Horn, y candidata a los Oscar por Dinamarca, que llegó a la recta final.
La película se basa en los hechos reales de una convicta por asesinatos en serie, Dagmar Overbye (Trine Dyrholm), bebes recién nacidos o de pocos días o meses. La historia se narra desde el punto de vista de otra mujer (Vic Carmen Sonne), probablemente ficticia, una joven que cree que es viuda porque su marido desapareció en la guerra, que tras quedar embarazada del patrón de la fábrica en la que trabaja, este la abandona por decisión de su madre, y la echan a la calle. Su marido ha reaparecido, tremendamente mutilado en el rostro, y aunque está dispuesto a hacerse cargo del bebé, la convivencia no es posible, y la joven acabará acogida por Dagmar, que «gestionará» la «adopción» del bebé, y la contratará como nodriza para los niños que vayan llegando para «adopción».
Rodada en blanco y negro, muy expresionistas, en formato académico, es decir con una relación de aspecto inusual, 1.45:1, la película podría haberse en un mero ejercicio de estilo a la hora de rodar de forma opresiva una historia desagradable. Pero a esta historia no le faltan sus alicientes. Por su puesto está el ejercicio de crítica social. Aunque ahora Dinamarca aparezca como uno de los países más avanzados del planeta, nos muestra las consecuencias del liberalismo extremo de la posguerra mundial, desde finales del conflicto hasta el crack del 29, con amplias zonas de las clases obreras indefensas ante el capitalista y con una sociedad industrializada con más puntos oscuros de los que nos parecería. Sucedió en el país nórdico, pero podría haber sucedido, y probablemente sucedió en muchos otros.
Si a eso sumas un par de actrices en estado de gracia, que cuentan mucho, a veces con muy pocas palabras, te encuentras con un largometraje que, a toro pasado, y con la reflexión posterior, sube muchos más enteros en tu apreciación personal de lo que podrías haber imaginado. Por lo que es una película recomendable, aunque para ver con el adecuado estado de ánimo.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. La animada playa de Haeundae en Busan.
Que el Corea del Sur es un país conservador es algo que es fácil de deducir si lo visitas, si ves lo que venden como cultura popular, especialmente en forma de series televisivas, o si analizas las corrientes dominantes en la política del país. Tiene un sistema democrático que en sí mismo no está mal, en la última publicación del Índice de democracia de The Economist se encontraba en la parte alta de las democracias defectuosas, después de varios años en primera división, como democracia plena. Pero bueno, al mismo nivel que Francia, Italia, Estados Unidos, Polonia… o la propia España hace un par de años, aunque luego hemos vuelto a mejorar. Con algún problema de corrupción política y empresarial. Algo que también se refleja en las producciones de ficción del país. Y tecnológicamente avanzado. También hay que tener en cuenta los incómodos vecinos que tiene, como Corea del Norte, Rusia o China, y su compleja historia de aislamiento y fricciones con sus vecinos, siendo vasallo con frecuencia del Imperio Chino y con roces más que series con el del Japón.
Con fuerte influencia del confucianismo, el país fue oficialmente patriarcal hasta tiempos muy recientes. Parcialmente vi una serie de televisión que estaba en Netflix, creo que era de 2014, en la que se mostraban los problemas de una mujer que decide ser madre soltera. Hay un momento en el que le llegan a negar la atención en una clínica obstétrica por no tener un hombre, padre o marido, que responda de ella. En España, que un hospital niegue la atención a una mujer gestante con algún tipo de problema, o en el momento de dar a luz es simplemente un acto criminal. No recuerdo el nombre de la serie, y no la terminé porque me daba mucha grima. Pero es sólo uno de los diversos ejemplos de sociedad patriarcal que constantemente se muestran en estas series. No hablemos de la cantidad de veces donde la protagonista proclama su virginidad a edades «avanzadas» de más de 25 o 30 años ante el galán de la serie, y viceversa. La promoción de valores conservadores es tremenda. Los besos son de risa, y hay, o había, cantidad de series en que sustituían los besos por abrazos en los que la chica se quedaba quieta como un palo ante la efusión del galán. Son este tipo de situaciones algunas de las que han contribuido a que haya denominado a estas series como guilty pleasures. Son tan ridículas,… y supongo que mucho menos comprometidas con la realidad cotidiana de lo que aparentan. Seguro que los jóvenes coreanos, cuando se gustan, se acuestan juntos, igual que sucede en cualquier otro lugar del mundo de similar nivel de desarrollo sociocultural. Pura hipocresía.
En los últimos tiempos, he encontrado muestras de ese conservadurismo audiovisual en temas relacionados con la bioética y la ética asistencial. Temas con los que estos muy familiarizado por mi actividad profesional. De toda la vida, pero especialmente en los últimos 13 años. Una de las series, Doctor John en su título internacional, ya la mencioné hace unas semanas cuando hablé de las enfermedades más o menos reales o verosímiles en las tramas de las series surcoreanas. Una serie en la que el protagonista tiene una insensibilidad congénita al dolor. Pero que además es médico, que en un momento dado de su vida es juzgado por haber practicado una eutanasia a un paciente y condenado a prisión durante tres años. Conforme se desarrolla la serie, ni siquiera me atrevería a decir que lo que hizo fuese lo que se entiende como eutanasia activa. Más bien una desconexión del soporte vital en un paciente con cáncer que había solicitado previamente que no se le administrasen medidas de soporte llegado el caso, directriz anticipada que una enfermera oculta, por venganza, el paciente es un criminal, para que el paciente sufra.
A lo largo de la serie, se muestra a los partidarios de la prestación de ayuda para morir a los pacientes que la deseen como personas frías, sin escrúpulos, con intereses económicas en las farmacéuticas. Y se aboga por los cuidados paliativos por la solución a los pacientes con sufrimiento. Es el argumento habitual, pero especialmente sesgado en la serie, y presentado de forma torticera, de quienes se oponen al ejercicio de la autonomía personal en la toma de decisiones sobre la propia salud y la propia vida. Con consecuencias de ética asistencial absolutamente nocivas. Parece que los cuidados paliativos se hubieran de ofrecer a quienes quieren la eutanasia, para evitar este acto, cuando deben ser una prestación que se debe ofrecer y aplicar a todo aquel que la necesite por un sufrimiento importante derivado de una enfermedad sin cura y con un pronóstico vital malo, o para aquellos que estén gravemente incapacitados para las actividades de la vida diaria y la vida de relación con el entorno, independientemente de que deseen acabar con su vida o no. El debate que proporciona la serie es totalmente sesgado, y al final resulta hipócrita y tremendamente sesgado, con más tolerancia ante quienes delinquen en contra de la eutanasia, que ante quienes no delinquen a su favor.
Como apunte, en España tenemos en vigor una ley de regulación de la eutanasia desde 2021 que, aunque ha generado rifirrafes políticos y mediáticos, prácticamente no genera división en la población, que mayoritariamente está a favor de esta regulación. Desde hace muchos años. Según hemos podido estudiar en su momento, los dos grandes miedos de las gentes en España ante la muerte es a morir con sufrimiento o a morir en soledad. Cualquier medida que se realice para contrarrestar estas dos situaciones, está bien vista por la sociedad.
Pero también me ha llamado la atención otra serie más reciente, un estreno en Netflix de este 2025, Byeoldeurege mureobwa [별들에게 물어봐, pregúntale a las estrellas], titulada en inglés/castellano como When the stars gossip/Si las estrellas hablaran. Un serie pensada para ser un pelotazo. Con un reparto de campanillas, de rostros populares, con una creadora de prestigio, con un abundante presupuesto. A priori una comedia romántica que transcurre en una parte importante de sus episodios en una estación espacial internacional donde la mayor parte de los astronautas son ingenieros o científicos surcoreanos, con las excepciones de un astronauta español, que lleva constantemente una camiseta de un ficticio equipo de fútbol, el F.C. Burgos, vivan los estereotipos, y la comandante que es una norteamericana de origen coreano. Y el romance, es entre la comandante y un obstetra enviado por un magnate empresario, para conseguir un fecundación in vitro que teóricamente no es posible en la Tierra, para los óvulos de su nuera viuda con el semen de su hijo muerto, un semen de alguna manera «defectuoso».
Habiendo comenzado con un tono totalmente de comedia, incluso cómico, de chascarrillo, casi tendente al screwball, de repente se va convirtiendo en un drama que termina siendo un alegato antiabortista de un sesgo conservador impresionante. Pero por el camino arrolla con todo lo que sabemos y practicamos en el ámbito de la bioética en la investigación científica o en las técnicas de reproducción humana, con un desprecio absoluto con estos campos, bien ridiculizándolos, bien ignorando importantes principios que nadie debe saltarse. Y con el típico final en el que la mujer que «peca» habrá de recibir su castigo si quiere ser redimida. Algo más propio del cine más conservador del Hollywood del código Hays y los años 40 y 50 del siglo pasado. Utiliza situaciones que no se pueden dar, y si en hipotéticas misiones espaciales de ese país se pudieran dar, su nivel ético y de corrupción están a niveles más infames de lo que pudiéramos pensar.
Todo indica que la serie, en su país, y en general en el mundo, ha sido prácticamente un fracaso. Con muchas críticas al machismo implícito (o explícito) de la serie. Y probablemente con unos valores que se han ido alejando de los que la población más joven de la península asiática tiene en estos momentos. Sobre el aborto se podrá estar a favor o en contra, pero es algo que debe quedar en la conciencia de cada cual y en sus valores o creencias. El tribunal constitucional surcoreano estableció en 2019 que las consideraciones penales sobre el aborto son inconstitucionales, y que su práctica debe estar regulada para mayor seguridad de la madre. Lo cual parece que se ha encontrado con la renuencia del gobierno y el parlamento de mayoría conservadoras. En cualquier caso, el tribunal respondió a la realidad de la percepción del país. Pero no voy a entrar en el tema del aborto. El problema es que esta creadora, una mujer para mayor paradoja, con el fin de defender sus tesis, mete a sus protagonistas en una serie de situaciones éticamente inadmisibles, como ya he dicho, en los ámbitos de la investigación científica y la salud reproductiva. Y es que ya sabemos que dos errores no hacen nunca un acierto.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. La noche de Seúl.
Cuando vi que se estrenaba esta película en Netflix, pensé que, en la barahúnda de películas que estrena la plataforma a lo largo del año, de todas las nacionalidades, esta podría tener algún interés. No aspiraba a que fuese fenomenal o excelente. Simplemente a que cumpliese con la función de entretener con dignidad, con un producto razonablemente bien pensado y ejecutado. Dirigida por Yeon Sang-ho, a quien le debemos alguna de las pocas películas de zombis que realmente me han gustado, tiene como protagonista femenina a Shin Hyeon-bin, que me gustó en una de mis series surcoreanas favoritas, aunque fuese en un papel secundario, pero que fue cogiendo importancia con el paso de los episodios.
La cosa va de crímenes y castigos. Un pastor de una iglesia cristiana (Ryu Jun-yeol) ejerce su oficio en una parroquia tirando a cutre con una clientela más bien magra. Su mujer le pone los cuernos, y ve disminuidas sus posibilidades de progresar a una parroquia mejor porque por delante de el está el hijo del mandamás de la iglesia. Por otro lado, una detective de policía (Shin) se ha incorporado a una nueva comisaría, no lejos, acarreado el lastre de no haber podido rescatar viva a su hermana secuestrada por un psicópata (Shin Min-jae) con una pasado perturbador. El problema es que el psicópata, tras salir de la cárcel, se apunta a la parroquia. Y poco después desaparece una de sus más jóvenes parroquianas. El pastor y la detective intentarán detener al psicópata, cada uno por su lado. El uno por visiones divinas, la otra por venganza y rabia.
La película, que está correctamente realizada, aunque con criterios más artesanos que artísticos, tenía varios números para estar muy bien. Buenos intérpretes, una historia a la que se le podría sacar mucha punta, especialmente si se la afilaba con una buena dosis de crítica social y algo de humor con mala baba, una historia que pedía a gritos ser una comedia negra de crimen, se toma demasiado en serio a sí misma, y acaba siendo un telefilme convencional. Que se deja ver, en la que los que trabajan muestran que no son malos haciendo lo suyo. Pero quedando en un mero entretenimiento que aprueba por los pelos.
Una pena, porque incluso hay historias colaterales que prometían. El trasfondo de la iglesia esta, con tintes de corrupción. La esposa del pastor que le pone los cuernos como si tal. Unos policías, compañeros de la protagonista que son un tanto zoquetes, algo usual en las películas y seres surcoreanas. La peculiar y cutre parroquia y barrio donde sucede todo. Lo dicho. Pedía a gritos ironía y humor negro crítico.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Cuando la plaza de España de Sevilla es el palacio del rey Minos de Creta
Recuerdo una serie de animación japonesa en el que el protagonista es un kami 神 (dioses o ciertos espíritus japoneses) que está en riesgo de desaparecer. Según lo que allí se contaba, los humanos lo han olvidado, no tiene seguidores, no tiene santuario… ya ni siquiera aparece en los registros oficiales de kami. Parece que lo de la desaparición de los dioses por el olvido de los seres humanos, es una idea que surge periódicamente. En otra serie, esta de acción real, estadounidense, hay un conflicto entre los dioses tradicionales, de toda la vida, (Odín, Zeus y otros) y los dioses modernos (la Tecnología, los Medios, la Fama). Los tradicionales no quieren desaparecer. No quieren ser olvidados por los seres humanos, que están abrazando incondicionalmente el culto a esos dioses modernos. La idea en sí misma es una subversión, o una inversión, como lo consideréis, del concepto bíblico de que Dios creo al «hombre» (parece que no a la mujer) a su imagen y semejanza. Parece más bien, si uno repasa las distintas creencias y sus divinidades, que es el ser humano el que ha creado a los dioses a su imagen y semejanza,… y de vez en cuando se cansa y necesita nuevos dioses.
El Olimpo también es objeto del interés de la ficción televisiva, son diversas las series que han sido protagonizadas por los dioses de la antigüedad clásica griega y romana. Y es que dan mucho de sí. La abundancia de pasiones que muestran y el exceso con el que las manifiestan, los hacen especialmente afines a las pasiones de los seres humanos. Poder, riqueza, lujuria, parricidios, venganzas,… están a la orden del día. Muy humanos, los divinos. Y cosas similares se podrían decir del Ser Supremo de las religiones abrahámicas, que también se deja llevar de vez en cuando, especialmente en sus textos más antiguos, pero aparentemente vigentes en el canon de estas religiones organizadas, por la ira, la venganza, la xenofobia y el racismo, la intolerancia religiosa y el ímpetu bélico. Aunque parece ser que lo del sexo lo llevan mal.
Recientemente se estrenó en Netflix una serie titulada Kaos. Una serie que se centra en torno al mítico rey Minos de Creta, con su Minotauro, su hija respondona, sus sacrificios de jóvenes atenienses y demás historias, pero actualizado al siglo XXI. Y con un Zeus caprichoso y todopoderoso, lujurioso y mal encarado, que lleva bastante mal las disidencias. Salvo que un viejo amigo suyo, Prometeo, esa deidad ancestral que robó el fuego de los dioses para entregarlo a los humanos, y que fue encadenado a una roca en la que un águila le devoraba eternamente el hígado, está organizando una revuelta, que afectará incluso a las almas del inframundo. El objetivo, derrocar a los dioses, olvidarlos y dar la libertad a los seres humanos, lo cual, al parecer, sólo puede traer el caos.
Contada en clave de comedia negra, con algún toque de drama y no poca mala leche, he de decir que sus primeros episodios me parecieron que estaban entonados. Y que había material para hacer un comentario crítico sobre temas religiosos y políticos. Al fin y al cabo, esa tesis de que los dioses dejan de existir si nos olvidamos de ellos, tiene su punto de razón, si analizamos la evolución de la historia general y de las religiones en particular. Sin embargo, creo que la serie va de más a menos. Al fin se centra más en el desmadre de una revolución que va bastante destartalada, frente a un poder establecido no menos destartalado. Es cierto que sus últimos episodios remontaron algo, pero todavía está por ver si me apuntaré o no a una futura temporada. No he oído nada de que la fueran a cancelar, no sé que tal habrá funcionado para la cadena. ¿Nos olvidaremos pronto de estos dioses? ¿O aguantarán un poco en su Olimpo particular? Ya veremos.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. No tengo fotos de las cordilleras de Alaska, así que nos tendremos que conformar con las de la cordillera de los Alpes.
Me pregunto si me estoy volviendo raro en mis gustos cinematográficos. Si algo está cambiando en mi cabeza o, quizá, algo está cambiando en el mundo, y yo voy a contracorriente. No lo sé. La semana pasada fue rara desde el punto de vista cinematográfico. Con tres días de escapada viajera por el medio, acudimos a las salas de cine el lunes, hace una semana, y ayer domingo. Una película poco trascendente al principio de la semana, y una candidata a premios en los Oscar el final. Y, sin embargo, con la que me entretuve y me dejó un cierto grado de satisfacción en el alma fue la primera de ellas. Con dos paradojas incorporadas. La primera es que parece que casi nadie la valora bien. La segunda es que, si antes de ir la cine hubiese sabido que el director era Mel Gibson, no hubiera ido, porque me cae muy mal. Bueno… vamos a empezar matizar todo lo que he dicho en este párrafo. Entre la entrada de hoy, y la de dentro de unos días, cuando comente la segunda película.
Titulada Amenaza en el aire en su versión doblada al castellano, estamos ante la típica película de agente de policía que tiene que cuidar al testigo que tiene que declarar contra un jefe mafioso que, por supuesto, pretende matar al testigo y a quien se ponga por delante. En este planteamiento, tal cual, no hay absolutamente nada de original. El testigo (Topher Grace) es el contable del mafioso, que se ha refugiado en Alaska para que no lo encuentre ni el mafioso ni la policía. La policía (Michelle Dockery) que lo encuentra es una agente de alguna agencia federal que cayó en desgracia porque murió uno de sus protegidos, a la que, aparentemente dan una segunda oportunidad. Y la peculiaridad y la originalidad de la película esta rodada «casi» en tiempo real, con una duración similar en la película con la cronología interna de la trama. La policía y el testigo van a volar en una avioneta desde el interior de Alaska, sobre las montañas, hasta Anchorage, un vuelo que durará unos 90 minutos, más o menos parecido a la duración de la película. Y el problema es que el piloto (Mark Wahlberg), no es quien dice ser, y el vuelo va a ser movido.
Sinceramente, la película supera la falta de originalidad de la trama, que las hemos visto «cienes y cienes de veces» por el escenario y el tempo de la acción. Una situación claustrofóbica donde nadie puede huir de nadie, volando entre montañas, y con escenas de violencia real o potencial que ponen en riesgo las vidas de todos. Por lo tanto, lo que carece de acción constante, con cambios de escenarios y persecuciones, tradicionales en el género, ha de ser sustituido por una cuidada planificación en la realización y por el trabajo de los intérpretes, que están bastante bien, los tres, cada uno en su estilo.
La película se pone en riesgo a sí misma en varias ocasiones, ya que pone a dura prueba la suspensión de la incredulidad del espectador. Pero puntualmente, no de forma continua. El momento más crítico, en el que el espectador puede dejar de ver la película como una drama de acción para empezar a verla como una comedia involuntaria es un determinado lance con el avión superando a duras penas el paso por un collado con nieve acumulada entre montañas. Es un exceso que se acerca mucho al desatino, para algunos espectadores puede serlo. Pero por lo demás… la cuestión es que es entretenida. Y solo dura hora y media. Por lo que sus limitaciones y sus errores no cuentan mucho.
Ante una película sobre la que no esperaba gran cosa, al final salimos contentos por su grado de entretenimiento. No pasará a la historia del séptimo arte en una posición especial, ni creo que lo pretenda. Estamos en una de esas situaciones en las que, siendo las expectativas bajas, al verse alcanzadas o superadas, pues acabas contento. ¿Se puede recomendar? Pues para quien quiera un entretenimiento palomitero sin más, sí. Aunque tiene el problema de que este tipo de producciones son las que hoy en día van directamente al estreno en plataformas de contenidos en internet. Y quizá esto es lo que la penalice en la opinión de los espectadores, que esperan más por el dinero que pagan por una película, que no es poco.
Las series de fotografías que ilustran las entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie.
Para terminar/empezar el año, surgió la posibilidad de ver dos series japonesas que prometían bastante por motivos diferentes. Ambas son originales de Netflix, es decir, no son adquisiciones a otras cadenas japonesas para su distribución en el resto del mundo. Y aunque tienen tonos y temas distintos, ambas comparten la simpatía y comprensión por el ser humano. Una es más bien buenista, mientras que la otra destila a ratos unas saludables dosis de ironía y mala baba… pero también congracia con la especie humana. Y esta última, nada más y nada menos, está dirigida por Hirokazu Koreeda.
Sayounara no tsuzuki (さよならのつづき, lo que sigue al adiós) es un drama romántico que en inglés/castellano encontramos bajo el título Beyond goodbye/Más allá del adiós, que por una vez son bastante aproximados. Es una serie sobre el duelo ante la pérdida del ser querido, con tonos fantásticos. En la serie seguimos a Saeko (Kasumi Arimura), una joven que trabaja en una empresa cafetera, que pierde a su prometido (Tōma Ikuta) cuando sufren un accidente en el autobús en el que viajaban, un día de invierno, en la isla de Hokkaido, donde viven. Saeko sufre un duelo profundo, con el único consuelo de que los órganos de su prometido han servido para salvar otras vidas. Una de esas vidas es la de Naruse (Kentarō Sakaguchi), casado con la fiel Miki (Yuri Nakamura), que recibe el corazón cuando ya estaba casi desahuciado. Y dos cosas pasarán que marcarán el destino de Naruse y Saeko. Naruse empezará a revivir las memorias del promedito de Saeko, y a adquirir rasgos de su carácter y, un día, en un aeropuerto en Hawái, ambos se encontrarán y comenzarán a relacionarse. La serie es fundamentalmente serie-cebolla, destinada al melodrama más o menos lacrimógeno, que se apoya sobretodo en el encanto de su actriz protagonista, que ya pudimos ver en una película original de Netflix. Pero aunque se deja ver con razonable agrado, sientes constantemente que le falta algo más de emoción y de empuje para que te interese más allá de la mera curiosidad. Sí que te deja con ganas de visitar Hokkaido. Y también Hawái.
Y la que llegó por sorpresa, con poca publicidad, y me ha parecido de lo mejor que ha estrenado Netflix en los últimos tiempos es Ashura no gotoku (阿修羅のごとく, como asuras), en inglés/castellano simplemente Asura. Es una adaptación de una novela de una autora japonesa, la segunda en formato de serie, y la tercera si incluimos un largometraje. Y como ya he comentado, es una creación y está dirigida por Hirokazu Koreeda. La serie es del género de recuentos de la vida, en la que conocemos la vida cotidiana y las relaciones entre sí y con sus parejas de cuatro hermanas, interpretadas, de mayor a menor edad, por Rie Miyazawa, Machiko Ono, Yuu Aoi y Suzu Hirose. Cada una tiene sus problemas cotidianos. Y sus problemas con los hombres. La mayor vive sola y tiene un amante casado. La segunda, casada con dos hijos adolescentes, está convencida de que su marido la engaña (nunca se confirma esta sospecha). La tercera está soltera, es mojigata y conservadora, y reticente a las relaciones, aunque un investigador privado al que contrata para investigar a su padre está interesado en ella. Y la más joven es la novia de un boxeador prometedor, a quien quiere y apoya. Cuando empieza la serie, se reúnen porque han descubierto que su padre tiene una relación extramatrimonial con una mujer madre soltera. Y a partir de ahí seguimos a la familia durante varios años, pudiendo dividir la serie en dos partes, con una elipsis temporal de dos años entre ellas. Antes y después de la muerte de la madre de las hermanas.
Koreeda se ha especializado a lo largo de su carrera en hacer películas y series sobre la familia. Familias de todo tipo, convencionales y no convencionales. A mí, hace tiempo que me tiene enganchado, y varias de sus películas me parecen pequeñas o grandes maravillas. A veces subestimadas. Es la segunda serie que hace para Netflix, la primera sobre la vida de las maiko en Kioto ya me gustó mucho, y ya hizo una película hace años sobre cuatro hermanas, que también me gustó bastante. Y con alguna de las protagonistas de aquella película presente en la serie actual. La serie actual no deja de recordarme en todo momento a una de las mejores novelas que he leído de la literatura japonesa, que también nos hablaba de cuatro hermanas. En aquella ocasión situada la acción en los años previos a la Guerra del Pacífico, en la serie actual, en el final de los años 70 del siglo XX. Y ambas combinan el costumbrismo bien entendido, con la reflexión sobre las relaciones entre las hermanas y con un cierto humor irónico que permea toda la historia, incluso en sus momentos dramáticas, pero sin hacer nunca sangre, siempre con cariño hacia los personajes. La forma en que está rodada la serie sabe a buen cine. Y a cine clásico japonés, por la forma en que se mueve la cámara o se encuadran las conversaciones. Finalmente, explicar el título. Los asuras son semidioses del budismo que derivan de los seres míticos del mismo nombre del hinduismo y otras religiones similares. Entre los caracteres de los asuras budista están el orgullo, la belicosidad, la ira o la vanidad. Y para el marido de una de las protagonistas, comentando con el resto de los hombres de la familia, si bien no pueden dejar de quererlas, no pueden negar que en ocasiones son como asuras. Un momento más de ironía y humor en la historia.
Este tipo de películas que llegan de países como India, en este caso dirigida por la directora nacida en Bombai Payal Kapadia, siempre dan un poco de miedo. Por un lado atrae tener un visión distinta y propia de la realidad de estos países. Por otro lado, siempre hay un riesgo de no ser capaz de salvar el abismo de comunicación y valores entre culturas o, por el contrario, de caer en el lugar común Por ello nos cuesta decidirnos a acudir a las salas de cine. Pero en este caso salvamos las perezas y nos dispusimos a sumergirnos en la compleja realidad de Bombay.
No he visitado India. Los más próximo ha sido el barrio de Little India en Singapur. Así que utilizo la multiétnica ciudad-estado del Sudeste asiático para ilustrar la entrada.
La película sigue las andanzas de dos enfermeras compañeras de apartamento y de hospital de etnia malayali. Una, Prabha, la mayor (Kani Kusruti), casada por un matrimonio concertado con un hombre al que conoció poco antes de la boda y que se marchó a trabajar a Alemania poco después. Desde entonces no se han vuelto a ver, y cada vez son más esporádicas las noticias que le llegan. La otra, Anu, la más joven (Divya Prabha), está enamorada de un joven… musulmán. Por lo que se ven prácticamente de forma clandestina. Otros personajes los rodean, como un veterano doctor que se siente atraído por Prabha. O la vieja cocinera del hospital, a la que van a desahuciar porque no puede demostrar que es la propietaria del pequeño apartamento en el que vive y que compró su difunto marido, largo tiempo fallecido ya.
Es una película sobre el día a día de estas personas, sobre lo cotidiano, recuentos de la vida, sobre sus problemas y sobre sus eventuales alegrías. Básicamente enfocada en las mujeres y su papel, difícil, en la sociedad bombaití. O india en general. Con una puesta en escena que mezcla el colorido de las calles de la metrópoli, con la semioscuridad, los profundos claroscuros, de los interiores del hospital o de los apartamentos de las protagonistas. Una puesta en escena que invita a situarse en la introspección de dos mujeres preocupadas por su presente y por su futuro, mientras intentan mantener una dignidad en su día a día.
La película se apoya fuertemente en el trabajo de su reparto, especialmente de sus actrices protagonistas. Que nos muestran con eficacia dos personalidades muy diferentes. La de la persona que ya está dejando atrás su juventud, afrontando la madurez con la amenaza de al soledad, pero firme en sus valores y actitudes. Y la de la joven enamorada, llena de ilusiones por el futuro, pero insegura por los fosos de incomprensión en la sociedad multiétnica de la ciudad. No obstante, la película busca dar una visión optimista, de esperanza en el futuro, con esas escenas finales, en la playa, reunidos cuatro personajes tan diversos, pero capaces de entenderse y de tomar decisiones sobre su futuro. Esta bien. Es maja. Es una película que, en mi memoria y en mi parecer, ha ido claramente de menos a más. Si hubiera hecho esta reseña al día siguiente de verla, igual hubiera dado una valoración más baja, aunque dentro del aprobado. Pero dejándola reposar, creo que es claramente una película notable. La vimos antes de conocer las candidaturas a los Oscar, y yo pensaba que entraría en algunas de ellas… pero no. Cosas que pasan.
Por cierto, no me gusta el título en castellano. La luz que imaginamos no es lo mismo que el título original, Todos lo que imaginamos como luz. Esos detalles que se pierden en la traducción en demasiadas ocasiones.
Sensaciones muy contrapuestas las que tengo con esta película dirigida por uno de sus protagonistas, Jesse Eisenberg. Y aquí viene una de las cosas que no me han gustado, porque en los créditos se ha puesto delante del otro protagonista, Kieran Culkin, por lo menos en los del final de la película, cuando el que realmente importa, y el que realmente levanta y eleva la película es Culkin. No sé… igual fueron créditos de los de «por orden de aparición», pero que no lo indicaron. Pero lo que me causa sensaciones contradictorias son otras cosas. Ya me explicaré. Primero, veamos de qué va.
Dos primos (Eisenberg y Culkin), en el pasado muy cercanos entre sí, gracias al vínculo a través de su abuela fallecida, actualmente algo extrañados uno del otro, inician un viaje a Polonia para retomar sus raíces y, especialmente, recordar y celebrar la figura de su abuela. Judíos descendientes de supervivientes de los campos, inicia un recorrido en un viaje organizado en un grupo pequeño, con el que recorrerán algunos lugares significativos asociado con el exterminio de judíos y otras etnias y condiciones habitualmente no mencionadas, durante el viaje se pondrán de manifiestos sus distintas personalidades y distintos puntos de vista sobre la vida. Uno (Eisenberg) es un hombre hogareño, enamorado de su esposa y su hija a quienes echa de menos, que no quiere complicaciones en la vida. El otro (Culkin) va por libre por la vida, con tropiezos frecuentes, pero con la intención de vivirla lo más intensamente posible,… cuando su propia salud mental se lo permite.
Las fotografías, de mi visita a Cracovia, en el año 2008.
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Mi ambivalencia con esta película viene por su dos dimensiones. Por un lado, es la enésima película de un director judío que habla del tema del genocidio provocado por la Alemania nazi… lo cual en principio es totalmente legítimo, ya que fue un acontecimiento que nos abrió los ojos ante las peores dimensiones de la especie humana, cuando es capaz de los actos más animales y antihumanos que se puedan concebir. Que nadie lo dude, aborrezco esos hechos, creo que como especie deberíamos haber aprendido algo y ser mejores, y no deben caer en el olvido. Yo mismo he visitado en Polonia y otros países algunos de los lugares asociados a esa barbarie con el fin de interiorizar lo sucedido. Pero en estos tiempos en los que un estado confesionalmente judío, como es el estado de Israel, caiga en excesos similares a los de aquella Alemania nazi, de forma impune, ver una película sobre este tema, teniendo claro que no sólo no hemos aprendido nada, sino que los descendientes de los que fueron víctimas se convierta en asesinos verdugos… y nadie en Hollywood hace películas sobre ello. Pues me molesta. Me molesta mucho. Mucho. Mucho. Mucho.
Pero por otro lado, en el aspecto humano, el camino para reconstruir puentes entre dos personas que habiendo sido más que primos, hermanos-amigos, por sus vínculos familiares, pero también por vivencias comunes en su infancia y adolescencia, los conflictos por su forma de ver la vida distinta, muy distinta, pero también el profundo cariño que se profesan y el deseo de reconstruir la relación, hace de esta película una propuesta muy interesante. Especialmente cuando, con gran habilidad, se juega muy bien con el equilibro entre el drama y la comedia, sin caer en el exceso en ningún momento, y manteniendo ambas vertientes del film con mucha elegancia. Para lo que es fundamental el buen quehacer de ambos protagonistas.
Con otro trasfondo que me desagradase menos por la situación sociopolítica del mundo actual, esta película subiría varios enteros en mi valoración y querencia personal. Porque en la escasa hora y media que dura, un ejemplo de que se pueden contar buenas y profundas historias sin caer en el exceso horario, nos transmite valores importantes en lo que se refiere a las relaciones interpersonales y familiares. De las buenas. No de las de «cuñaos». Pero durante el tiempo que permanecimos en la sala de cine, no dejé de sentirme incómodo por esa enésima propaganda judía, en un momento en que los fascismo racistas y xenófobos están creciendo… incluidos los que radican entre los propios judíos… que no son distintos en realidad de los de otras etnias. Es complicado ver cine hoy en día… es complicado sentirse ciudadano responsable y comprometido hoy en día… es complicado el mundo hoy en día. Uno ya no sabe qué pensar y qué sentir. O sí lo sabe, pero se siente impotente por la evolución de las cosas.
Si todo va bien, dedicaré la mañana del día de Reyes a hacer un repaso a lo que he leído en el 2024. Pero dejo constancia que aun me quedarán tres lecturas por revisar en este Cuaderno de ruta; un relato corto, un manga en dos volúmenes y una entretenida aventura espacial. En total, cuatro libros, más un quinto que no comentaré porque pertenece a una serie de manga de la que he hablado en varias ocasiones, y no tendría mucho más que aportar. Pero hoy vamos con una novela de la autora japonesa Mitsuyo Kakuta, cuya lectura terminé allá por el 10 de diciembre, en el tren durante el viaje en el día a Barcelona.
La mujer japonesa, con demasiada frecuencia, es vista desde una perspectiva muy estereotipada, afectada por los prejuicios y los tópicos. Y así es difícil conocer exactamente cual es su naturaleza real.
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Ya leí una novela de Kakuta hace unos pocos meses, una novela que me despertó sentimientos encontrados, algunos muy positivos, otros no tanto. Kakuta es una escritora que vende bastante en su país. Algunos de sus libros han vendido un millón de ejemplares en la edición en idioma original. Eso es algo rarísimo en una autor español. Sí, la población española es 2.5 veces inferior a la de Japón, 48 millones frente a 124 millones. Pero claro… hay casi 500 millones de hispanohablantes como lengua materna en el mundo, y unos 100 millones como segunda lengua. Y el japonés… pues los hablan esos 124 millones y poco más. Evidentemente, quien visite una librería en Tokio y otra en Madrid entenderá que el vigor del ámbito editorial del País del Sol Naciente es mucho mayor que el español. Según algunas estadísticas, no siempre fáciles de precisar, en Japón se publicaría del orden de 140 000 libros al año entre novedades y reediciones, mientras que en España sería la mitad. Bueno… si lo miras bien, el número de libros editados por persona sale a favor de España… pero no sé. El caso es que el éxito de la escritora en su país, y que poco a poco se hayan publicado en nuestro país sus libros más destacados, me llevó a adquirir algunos de ellos. Este que comento hoy es el segundo.
Me ha gustado más. Aunque el planteamiento del libro es muy distinto, los temas no se van muy lejos. Kakuta nos presenta a dos mujeres trabajadoras. Una de ellas, Sayoko, la protagonista, es una mujer de 35 años que quiere dar un cambio en su vida. Madre de un hija, ama de casa, siente que no se integra bien con otras madres, y que su hija no se integra con otros niños. Así que decido que ella se va a poner a trabajar y a llevar a la niña a la guardería. Ante la frialdad del marido, y la oposición de otros familiares. Aunque de joven tuvo empleos interesantes, ahora, con su edad y falta de experiencia reciente, apenas puede aspirar a trabajos en servicios de limpieza, pero lo acepta. La otra es Aoi, la propietaria de la empresa. En miradas retrospectivas, conoceremos la vida escolar y cómo se lanzó a la vida laboral. Ambas coincidieron en la universidad, aunque no se conocieron. Y su vidas han sido muy distintas, porque Aoi ha sido una mujer independiente y emprendedora. Aunque de dudoso éxito. La cuestión es que ambas están en crisis y quizá la solución esté en una colaboración mutua. Aunque esa solución no será evidente desde el principio.
Kakuta sigue reflexionando sobre el papel de la mujer en la sociedad japonesa. Un papel difícil. La brecha de género en el país nipón es grande. Las diferencias de consideración salarial, de capacidad de realizar una carrera, la dificultad para abandonar roles tradicionales de amas de casa. Al mismo tiempo, la escasa disponibilidad de los maridos, absorbidos por una cultura laboral que les obliga a hacer muchas horas desatendiendo sus familias, dando por hecho que las mujeres se encargan de ellas, también producen brechas en el interior de las familias. No por nada cada vez hay más mujeres japonesas que no quieren saber nada de casarse.
En cualquier caso, Kakuta nos presenta algunos de esos problemas de una forma amena a través de estas dos mujeres. Sayoko es la mujer común, con la que se pueden identificar más fácilmente una mayoría de lectores de una forma u otra. Aoi es la mujer más conflictuada, la opción alternativa. Y entre ambas se generará una dinámica. Como ya he dicho, de alguna forma son complementarias y se necesitan. Pero tendrán que hacer cesiones mutuas. Y además, poner en orden otras dimensiones de su vida. Encontrar un nuevo equilibrio. De alguna forma, los planteamientos de este libro me han convencido mucho más que los del primer libro que leí de Kakuta. Aunque eso sí… la historia de Aoi, contada de otra forma, daría para otra novela, potencialmente muy interesante.
Otra de las tradiciones del final de año, o del principio de año más bien, es que el primer día del año, en este Cuaderno de ruta, publico mi comentario sobre las últimas películas que he visto en el año anterior, con el fin de realizar el resumen del año al día siguiente. El año pasado me quedaron tres películas por comentar del 2023 para el primer día de 2024. Pero este año sólo ha sido una. Los días festivos no me han dado para sumergirme en los estrenos cinematográficos como otros años. Y la última del año la vi en la tarde de Nochebuena, o sea que hace ya más de siete días. Fue una película que, cuando la vi anunciada, me interesó. Hay películas y series muy interesantes sobre la sucesión papal, el reparto de esta película que os traigo hoy me parecía de muy alto nivel, así que me apetecía mucho ver qué visión nos aportaba el director Edward Berger a esta cuestión. Especialmente después de la interesante versión que nos ofreció de un clásico de la literatura bélica. O mejor dicho, antibelicista.
Durante la película que hoy nos ocupa, vamos a seguir los pasos del decano del colegio cardenalicio (Ralph Fiennes) cuando, a la muerte del papa, ha de organizar el cónclave que ha de elegir a su sucesor. Este cardenal británico, encuadrado en el sector progresista de la iglesia católica (en la medida en que un cardenal pueda ser progresista, que no lo es mucho), se preocupa tanto de que todo esté bien organizado. Pero ha llegado a un punto en su vida en el que le consumen las dudas. Y los problemas se acumulan. Cuatro cardenales se disputan a priori la cátedra De San Pedro; un italiano conservador y ultratradicionalista (Sergio Castellitto), un moderado canadiense, pero poco escrupuloso (John Lithgow), un africano cuya postura no es clara, más bien conservador (Lucian Msamati), y un estadounidense claramente progresista (Stanley Tucci). Pero le llegan informaciones que comprometen las posiciones de algunos de ellos por diversos escándalos. También se encuentra con que ha de admitir en el cónclave a un nuevo cardenal mejicano (Carlos Diehz), desconocido, que el anterior papa había nombrado de forma secreta, por la delicada situación en la que se encuentra al ejercer su ministerio en Kabul. Incluso la monja que organiza los asuntos hosteleros del cónclave (Isabella Rossellini), devota al anterior pontífice, puede tener su papel en el resultado. Mientras, en el exterior, comienzan a producirse atentados terroristas, que afectan incluso a las deliberaciones del colegio cardenalicio.
Durante la mayor parte del metraje, la película es estupenda, rozando la excelencia. Bien ambientada, dirigida con precisión, y con unas interpretaciones del nivel que podemos suponer en el reparto que he ido comentando. Profesionales de la interpretación con una trayectoria impecable, con calidades muchas veces demostradas, que no defraudan, con un Fiennes a la cabeza, uno de mis actores vivos favoritos, siempre sólido y versátil, que nos guía en sus dudas por los intrincados recovecos del cónclave. Con unos planteamiento que, aunque ficticios, nos parecen plausibles. Pero… Ah… Hay un gran pero en mi valoración global de la película y en las decisiones argumentales de la historia. Y es que, en el tramo final de la película, cuando ya está electo el que va a ser el nuevo papa, uno de los mencionados con anterioridad, aunque no diré quien, se produce una revelación que… desde mi punto de vista es innecesaria, cambia por completo el sentido de la película, convirtiéndola en una historia sensacionalista, y tirando a la basura, o al menos arrinconando todos los contenidos mostrados hasta el momento. Un giro… que para mí, no tiene sentido. Incluso ni siquiera debiera plantear problema ni dilema, y lo digo desde mi punto de vista como profesional de la medicina.
Es curioso. Esta película, en el 80 % del metraje iba destinada a ser una de mis favoritas del año. No es perfecta. Aunque tiene el mérito de reclamar a la iglesia católica un regreso a virtudes esenciales, a la espiritualidad (esto es imaginar que en algún momento ha tenido estas virtudes, que es mucho imaginar), también es cierto que algunos de sus argumentos son simples. Pero no necesariamente erróneos. Desde luego, la película no ha gustado a la jerarquía católica, les ha debido tocar al punto doloroso, especialmente a los más carcas. Pero sí ha gustado a otras gentes vinculadas a la religión católica fuera de las jerarquías, y que consideran necesaria esa reforma de formas y fondos. Pero, ay, esa salida de tono, sin mucho sentido, que aporta poco, desde mi punto de vista, Hace que todo se valla un poco al traste. Sigue siendo una buena película. Merece una oportunidad del aficionado al cine. Pero se aleja de mis puestos de honor del año.