Durante bastantes años, y es algo que he vuelto a hacer en los últimos, además de la cámara de objetivos intercambiables con película en color, actualmente digital, me llevaba una pequeña cámara compacta con película en blanco y negro que luego revelaba y ampliaba yo mismo. Como una forma de extender la experiencia y la diversión del viaje.
La primera vez que hice algo así fue en mayo de 1993. Y el viaje fue a los Países Bajos y alguna ciudad del norte de Bélgica. Aunque abarcó más ciudades, fotografías en blanco tengo de Rotterdam, Schiedam, La Haya, Amsterdam, Utrecht y Gante. Los detalles más técnicos los podéis encontrar en Historias de mi historia; mi primer viaje con película en blanco y negro, Países Bajos 1993.
La primera que soltará alguno es… ¿qué narices haces tú leyendo un libro de una autora japonesa en francés? Pues es exactamente lo mismo que haría leyendo el mismo libro de esa autora japonesa en español,… si existiese. Y tuviese un precio razonable. Al fin y al cabo, todo son traducciones. Y en la medida en que puedo leer en dos idiomas, quizá tres con un poco de osadía, además de mi idioma natal, aprovecho para acceder a lo que me interesa. Y más si es a un precio razonable. Quizá otro día me extienda algo sobre el tema de las traducciones… pero hoy no tengo ni ganas ni tiempo.
Me quedo con la idea en la cabeza de que el minúsculo apartamento de Natsu se encuentra en Ueno o Asakusa… Así que opto por ilustrar la entrada con algunas fotos del parque de Ueno, que ya fue protagonista de alguna novela que apareció en estas páginas.
Seins et oeufs en francés es traducción literal del original de Mieko Kawakami, Chichi to ran [乳と卵] (yo hubiera leído 卵 como tamago, pero la lectura de los kanji japoneses es todavía para mí un misterio inescrutable). [Mamas, pechos, senos, tetas, óptese por el que se prefiera] y huevos. Es una novela corta, contada desde dos perspectivas. Tenemos a Natsu, una mujer joven de 30 años, natural de Osaka pero viviendo en Tokio, y que sale a recibir a su hermana mayor, de 40 años, Makiko, con su hija de 11 años, Midoriko. Natsu va narrando en primera persona la visita durante dos días de sus dos parientes. La mayor, obsesionada con realizarse una operación de aumento de senos. La niña, que lleva varios meses sin querer hablar con nadie, comunicándose con las anotaciones que hace un cuaderno. La segunda perspectiva serán las reflexiones de la niña, que se intercalan a la narración de Natsu. Reflexiones en las que se muestra tremendamente angustiada por la previsible próxima llegada de su primera regla. Y por otras cosas…
Impresionante reflexión la que hace Kawakami sobre la situación de la mujer en su país, donde su capacidad adquisitiva y su riesgo de pobreza es acusada en caso de divorcio o en caso de tener que criar a sus hijos sola, donde el físico es importante para la posición social, donde muchos niños se las apañan solos ante las ocupaciones de sus padres durante muchas horas y durante horas intempestivas. Sólo por poner un ejemplo de algunos de los temas que afloran. No hablemos ya de los problemas de comunicación en una sociedad naturalmente reservada.
Aunque no faltan elementos de humor en la breve visita de las dos féminas de Osaka a la capital, la breve novela deja tras de sí un inevitable sinsabor a amargura, aun con la esperanza de que algo pueda haber cambiado tras la catarsis a base de huevos que en un momento dado se produce entre Makiko y su absolutamente adorable, en su vulnerabilidad, hija. Me ha gustado bastante. La autora empezó su carrera como contante en los años 2000, pero se pasó a la literatura, y hay quienes la consideran a la altura de algunas plumas consagradas del país nipón.
Este fin de semana he digitalizado cuatro rollos de negativos en blanco y negro de 1993. Hoy voy con un par de ellos. O tres. Incluyendo otro que digitalicé hace unos meses. Son los primeros rollos en blanco y negro que hice cuando compré la Canon EOS 100, mi primera cámara réflex de enfoque automático razonablemente avanzada. Los detalles técnicos los encontraréis en Historias de mi historia; primer blanco y negro con Canon EOS 100 (marzo de 1993). Las fotos son de…
Alquézar (Huesca)
Antigua estación de Miraflores (Zaragoza); ya no es así.
Loarre (Huesca)
Sitio arqueológico del Cabezo de Alcalá, Azaila (Teruel).
Ruinas del pueblo viejo de Belchite (Zaragoza); restos de una guerra que nunca debió ser.
En nuestra exploración de la animación japonesa apta para preadolescentes, me topo con una serie con una premisa de esas tan catastróficas que gusta en el País del Sol Naciente. Basado en un novela de 1973 que parece que gozó de cierta popularidad en su momento, Nihon Chinbotsu 2020 [日本沈没, Japón se hunde 2020] nos lleva a seguir a un par de hermanos que junto con su familia y otros amigos y gentes que se encuentran, intentan salvarse de un desastre geológico que va a llevar a la desaparición del archipiélago nipón por culpa de su localizazión en la confluencia de varias placas tectónicas. La serie me ha dejado sentimientos diversos. Tiene momentos muy buenos, y otros,… no tanto, e incluso panfletarios. Lo que sí me ha encantado es la canción de presentación, con la voz de Ōnuki Taeko y la música y el piano de Sakamoto Ryūichi.
En Netflix hemos tenido la tercera temporada de The sinner, la serie en la que acompañamos al veterano policía Harry Ambrose interpretado por Bill Pullman. Como en temporadas anteriores, en frente ha tenido un contrincante altamente conflictuado, interpretado por Matt Bomer, un profesor de instituto privado, casado a la espera de un hijo, que se ve involucrado en la muerte de un antiguo compañero de universidad. Bomer queda muy lejos de sus tiempos simpáticos y ligeros como ladrón de guante blanco. Y aunque hace un buen trabajo, no siempre está a la misma altura que los antagonistas de las dos primeras temporadas. No obstante, sigue siendo una buena serie, que puede engancharte, especialmente por las excelentes interpretaciones de conjunto, y por centrarse más en los aspectos psicológicos que en el «quién lo hizo», que queda al descubierto casi desde el principio.
Las localizaciones de «Hanna» son muy variadas, principalmente por toda Europa. En esta temporada, Barcelona ha tenido bastante protagonismo. No sé cómo van a hacer estas series tan internacionales para sacar adelante sus temporadas futuras con el panorama que nos presenta la covid-19.
Y en Amazon Prime Video hemos tenido la segunda temporada de Hanna, la letal adolescente a la fuga de la organización que la ha convertido en una máquina de matar. Basada en una de las películas que lanzaron a la fama a Saoirse Ronan, no pensaba que me fuera a enganchar a esta serie. Pero lo cierto es que está razonablemente bien hecha. Y aunque no pasa de un entretenimiento de espías y asesinos, entretener, entretiene. Además de la protagonista, que cumple, Esme Creed-Miles, se agradece el buen trabajo de Mireille Enos y Dermot Mulroney. El segunda temporada cierra sus tramas, pero deja paso a otras posibilidades, y a una situación éticamente confusa, que puede ser interesante de explorar en una tercera temporada. Aunque después, no sé si quedará mucha tela que rascar.
Desde hace unos años, los primeros domingos de mes, cuando los museos municipales son gratis, teníamos la costumbre de visitar uno de ellos por la mañana y luego tomar un aperitivo antes de volver a casa a comer. Eventualmente, algún pequeño grupo de amigos comíamos fuera. Bien porque el aperitivo contenía una suficiente cantidad de picoteo, que hacía innecesaria una comida formal al mediodía, bien porque nos buscábamos algún sitio tranquilo para comer mientras conversábamos.
La última vez que lo hicimos fue el domingo 1 de marzo, día en el que, como teníamos visitantes de fuera de la ciudad con niños, escogimos el Museo del Fuego y los Bomberos, también aquí. Pero no habíamos vuelto. Primero por el confinamiento impuesto por la epidemia de covid-19. Luego,… porque no hemos vuelto a coincidir en la posibilidad de retomar nuestras agradables rutinas del pasado. Una pena.
Ayer me di una buena caminata en compañía de una buena amiga. Como hice fotos, ya os contaré. Pero a lo tonto modorro, caminamos durante más de 18 kilometros, según he calculado en Google Maps. Así que hoy me lo iba a tomar con tranquilidad. No obstante, no quería apoltronarme en casa. Así que he pensado en bajar al Museo Pablo Gargallo, que abre los domingos a las 10 de la mañana. Bajando pronto, caminando, sin calor, te evitas el encontrarte mucha gente. En los domingo de entrada gratis, solía acudir bastante gente, pero para mí es una incertidumbre lo que hace esa gente ahora. Y el museo ha establecido un límite en el tercio del aforo habitual autorizado. Así que yendo pronto, para llegar poco después de la hora de apertura, suponía que no tendría ningún problema de acceso.
Efectivamente. He llegado poco antes de las diez y cuarto de la mañana. Y aunque las terrazas cercanas estaban muy concurridas de gente desayunando, en el museo, sin contarme a mí, he visto a cuatro empleadas municipales y una visitante. Nada más. Al llegar, una de las empleadas se ha acercado con una «pistola»… que he supuesto era un termómetro. Me ha sorprendido esta práctica como control de acceso de personas infectadas; yo la suponía totalmente desacreditada. Pero parece que está en vigor en las instalaciones municipales. Con un tono cordial, he supuesto que con una sonrisa por la expresión de los ojos, por la mascarilla no veía el gesto en la boca del a empleada, me ha dicho: «34 ºC». He tenido que contenerme para no echarme a reír. Le hecho un comentario sobre la inutilidad de la medida, aunque sin extenderme mucho; aunque también le hecho comprender que ella estaba haciendo el trabajo que le habían encomendado y mi respeto hacia ella.
Si realmente mi temperatura corporal hubiese sido en ese momento 34 ºC… hubiera significado que estaba en hipotermia. No grave. Pero probablemente con síntomas. Torpeza al hablar, escalofrío, cierta descoordinación en los movimientos. La realidad, supongo, es que mi temperatura corporal real estaría en algún punto algo por encima de los 36 ºC. Como venía de la calle, mi piel se encontraba refrescada por el viento fresco que soplaba a esas horas de la mañana. Como he bajado caminando a un ritmo garboso, una fina película de sudor cubría alguna partes de mi cuerpo, y al evaporarse, colaboraba a bajar más la temperatura de mi piel. Con un cierto impacto en mi temperatura corporal, lo cierto es que el paseo ha sido muy agradable, pero ni de lejos para llegar a la temperatura que la empleada municipal ha encontrado tan satisfactoria.
Vamos al mundo real. Si un enfermo de covid-19 está enfermo con fiebre… no tiene ganas para ir a visitar un museo. Nada le obliga y no va. Y si es asintomático, no tiene fiebre y la medida de control es absurda. Además, si suponemos esa diferencia de dos grados entre la temperatura interna de la persona y la de la piel de la frente… una persona con 38,5 ºC podría dar en la «pistola» sólo 36,5 ºC. Y si en lugar de ser un acto de ocio, fuese una obligación… pues es conocido que en los viajes a Asia, cuando se sabe que hay controles de temperatura en el aeropuerto, los viajeros experimentados se toman su comprimido de paracetamol o ibuprofeno 30 o 45 minutos antes del aterrizaje. Incluso lo ofrecen a otros viajeros, para evitar problemas a todos si uno sólo de ellos da una temperatura alta.
Como digo, una medida, la de tomar la temperatura con una de estas «pistolitas», que yo daba por totalmente desacreditada. Lo que no han hecho, algo que sí es una medida adecuada, es ofrecerme un gel o líquido hidroalcohólico para higienizar las manos. Y recordarme evitar tocar nada o acercarme a otros visitantes. Esas medidas sí que son correctas. Como no estábamos más que dos visitante, educados, que no hemos tocado nada… poco problema. Yo he disfrutado, como de costumbre, porque es un museo que me gusta mucho, de la cultura que hoy primer domingo de agosto me ofrece gratuitamente el ayuntamiento de Zaragoza. Y eso está muy bien.
En la plaza de San Felipe y adyacentes se pueden ver fotografías de la iniciativa #desdemibalcón de PhotoEspaña 2020.
Una semana más sin actividad cinematográfica en pantalla grande digna de mención. Algunos cines de la ciudad han abierto, pero a base de reestrenos y de estrenos de baratillo, que no llaman en especial la anterior, y de momento nada en versión original, todo adulterado con el doblaje. Así que vuelvo a confiar en las plataformas en línea. Se anuncia en Filmin el estreno de una película nacional, sobre «el Titanic español». Veo que varios «sabios» de la cinematografía que pululan en internet se hacen eco de la noticia con palabras más o menos halagadoras. La cosa no me pinta bien… pero me arriesgo. Y me arrepiento.
Para representar las costas gallegas, lo único que tengo a mano son algunas fotos de La Coruña… y ahí las dejo.
La película está dirigida por Paula Cons, su primer largometraje de ficción, por lo que veo, y lo del «Titanic español» es porque la trama gira alrededor del naufragio del Santa Isabel, un vapor correo que hacía la ruta costera de la península entre el País Vasco y Cádiz, donde enlazaba con los trasatlánticos que llevaba emigrantes a Sudamérica. El barco tiene en común con el Titanic dos cosas; era un barco y naufragó unos años después del gigante. Fue una desgracia en la que murieron doscientas y pico personas al estrellarse el barco contra unas rocas en las costas de la isla de Sálvora, a la entrada de la ría de Arosa, en una noche de mal tiempo y mala visibilidad. Fue una noticia impactante en la sección de sucesos de la prensa de la época, y algunas de las mujeres que vivían en la isla recibieron alguna mención por la ayuda que prestaron en el salvamento de náufragos. No hay más.
Pero la directora y guionista aprovecha el suceso para montar una de misterio, en la que hay una serie de sucesos, ficticios en principios, de los que hace protagonistas a las mujeres mencionadas, y que habrían llevado por la malevolencia de algunos al naufragio del barco. Hay un trasfondo… llamémosle social,… de un cacique que es dueño de la isla y que explota a las pobres e incultas personas que viven en ella. Hay varias subtramas más que me da pereza comentar.
La película se sostiene malamente. Porque hay poca cosa que contar, las mujeres entre la que adquiere protagonismo la interpretada por Nerea Barros son objeto de investigación por un periodista argentino que, literalmente, pasaba por allí, encarnado por Darío Grandinetti, y unos cuantos personajes más, poco definidos, basados en tópicos más que en un desarrollo de caracteres. Las interpretaciones se sostienen porque se basan más en hablar poco y aparentar mucho. Salvo el periodista que sufre de una galopante verborrea. La película tiene una realización correcta… pero no tiene realmente nada que contar. Así que, una pérdida de tiempo. Porque la reivindicación social o femenina que pretende colar en la historia está también basada en tópicos y carece de mayor solidez que la de saber que en zonas rurales de la España de hace 100 años había analfabetismo, caciquismo y mujeres sufridas. En realidad, todos eran muy sufridos. Pero… bueno,… no vamos a entrar en políticas banales.
Cargué hace unos días un rollo de película en blanco y negro con sensibilidad extendida al infrarrojo en una de mis cámaras de formato medio, con el filtro adecuado, y me di un paseo que, fotográficamente, prometía. Pero tras el revelado, la emulsión de los negativos ha aparecido dañada. No tengo claro el motivo. Lo explicé en Graves daños en fotografías en el infrarrojo – Fujifilm GS645S + Hoya IR72 + Rollei Superpan 200 Pro.
No sé si lo he comentado ya. Desde hace unas semanas, estoy suscrito a la opción base de Filmin. Las cuentas estaban claras. Seguimos sin poder ir a las salas de cine en condiciones. Desde marzo. En la búsqueda de cine de estreno que ver en casa, de vez en cuando recalo en esta plataforma de cine y series. No es necesario suscribirse. Puedes alquilar por película. Pero prácticamente, con dos películas al mes, amortizas la suscripción base. Dado el «ahorro» en cine en pantalla grande. Pues a ello.
Hay quien dice, jugando a emular a Pero Grullo, que la principal causa de divorcio en occidente es el matrimonio. Parece que en Japón, también.
Tras ver hace unos días la última película de Hamaguchi Ryūsuke, que me gustó bastante y, sobre todo, fue creciendo en el recuerdo como una película realmente muy buena, hice un repaso del abundante cine asiático que se puede encontrar en la plataforma. Y tengo seleccionadas guardadas películas como para hacer varios miniciclos de fin de semana de películas japonesas, chinas y coreanas. Vamos con una primera tanda. Podría incluir estas películas dentro de mi base de datos de «estrenos», puesto que en lo que a mí se me alcanza no han sido estrenadas en salas de cine. Pero como ya llevan un tiempo en la plataforma, no las voy a considerar como tales.
Me llamó la atención la sinopsis de una película de Iwai Shunji (ya me había gustado algo de él bastante). Dos de ellas en realidad. Hana to Arisu [花とアリス, se suele occidentalizar como Hana & Alice] nació como una serie de cortos y anuncios comerciales para conmemorar la comercialización en Japón de un conocido dulce de galleta y chocolate presente en todo el mundo. Os pongo uno…
El caso es que a partir de ahí surge una comedia romántica adolescente, que me parece distinta de lo que habitualmente se ve, en la que lo fundamental es el desarrollo personal de las dos protagonistas Arai Hana (Suzuki Anne) y Arisugawa «Alice» Setsuko (Aoi Yū). El macguffin de la película es que, cuando todavía van al último curso de secundaria, Hana se cuela por un alumno de instituto con el que se cruzan a veces en el tren. Y al año siguiente caerán ambas en el mismo instituto que el chaval, y acabarán montando un enredo con triángulo con dos hipotenusas para el mismo cateto. Ya digo, que eso es el macguffin, que lo importante es el crecimiento de las dos chicas y su relación con el entorno… compleja. Tiene momentos de gran sensibilidad y belleza, y otros de humor y enredo. Y tiene algún personaje secundario que merecería una historia para sí solos. La película es de 2004.
En 2015, el mismo director juntó al reparto, ya muy creciditas para hacer los mismos papeles, pero hicieron una precuela en forma de animación con la técnica de rotoscopia. Una técnica que no es mi favorita, y de hecho esta película tampoco la convierte en ello, pero nos cuenta una historia simpática, sobre cómo se conocieron las dos jóvenes en un «misterio» detectivesco, con posibles influjos «sobrenaturales» y con una resolución de lo más natural y terrena. Pero entretiene y está bien. Recomendable para público joven, contando con los adultos pueden estar presentes en la visualización, entretenidos y sin arrepentirse.
Mucho más calado y fondo ha supuesto ver la película anterior de Hamaguchi Ryūsuke. Un leviatán cinematográfico, titulado Happī Awā [ハッピーアワー, Happy Hour] Y le llamo leviatán por su duración oficial de 5 horas y 17 minutos. La película recibió premios de cierto prestigio en una diversidad de festivales. Pero obviamente, con esa duración, y con el tipo de película que es, ahora lo explico, es difícil que tenga una trayectoria comercial significativa o llamativa. Además de en Japón, se ha estrenado comercialmente en Francia y Portugal, pero en tres partes, con los títulos Sense 1 & 2, Sense 3 & 4 y Sense 5.
La película surgió durante unos talleres de interpretación e improvisación para actores y actrices no profesionales en un centro cultural de Kobe, ciudad en la que trasncurre la acción. Y con cuatro actrices no profesionales como protagonistas, y con probablemente su ración de improvisación en los diálogos, se lanza a un análisis minuciosos y pormenorizado de la condición de la mujer japonesa, representadas por estas cuatro mujeres de clase media de 37 años, y sus problemas de relación, laborales y familiares. En Filmin esta dividida también en tres partes. La primera sirve como primer acto. Con un taller de conocimiento personal que organiza una de ellas y al que asisten las otras tres como pivote, sirve para presentarnos a las tres mujeres y sus entornos, en los que podemos intuir problemas. La segunda, segundo acto, con un juicio por divorcio como elemento desencadenante, obviamente la situación es mala para las mujeres en estos temas en Japón, van estallando poco a poco los auténtico problemas y desafíos a los que se enfrentan estas cuatro mujeres. El tercer acto, la tercera parte, con una lectura literaria como desencadenante, y con la ausencia de la protagonista que intenta divorciarse en contra de su marido y del sistema legal-judicial del país, los conflictos de las otras tres mujeres les estallarán en las manos, y todas ellas tendrán que tomar decisiones trascendentes para su vida.
Pareciera que con esa duración, con un ritmo pausado, con un desarrollo minucioso y detallado de muchas secuencias, la película puede hacerse pesada. Pero de hecho, atrapa. Y aun te atrapa más en cuanto que el recuerdo de la misma, el poso que deja, hace aumentar la valoración sobre la misma. Al mismo tiempo que nos presenta algunos de los problemas importantes que arrastra la sociedad y la cultura japonesa, tan brillante y llamativa en algunos aspectos, pero tan preocupante en otros. Siempre me ha despertado esos sentimientos contradictorios. Lo he dicho muchas veces, me interesa mucho la cultura del País del Sol Naciente. Pero no soy «nipónfilo» o «japonófilo» o como se diga. En cualquier caso, me ha parecido una película de nivel impresionante, prácticamente en las cinco estrellas si la incluyese en mi base de datos de estrenos.
La cianotipia es un proceso alternativo de fotografía, inventado allá por el siglo XIX, utilizado en un principio para catalogar plantas, muy usado en un momento dado para reproducir planos de ingeniería, y que permite unas posibilidades creativas muy amplias.
Durante esta primavera y verano he ido realizando unas cuantas a partir de internegativos digitales de fotografías originales principalmente analógicas, aunque también hay alguna digital. Y entre las analógicas, hay algún original estenopeico o expuesto en el espectro del infrarrojo. De lo más variado. Los detalles técnicos en Cianotipias en 20 x 25 a partir de internegativo digital.
En las últimas semanas he recuperado, hasta cierto punto, no es lo que yo acostumbraba, el ritmo de lectura. Cuando llegó el 30 de junio, Goodreads me recordó que estaba un libro por debajo de mi compromiso de leer al menos 40 libros en 2020. O sea, a mitad de año, llevaba 19 libros leídos. Ahora ya me dice que estoy dos libros por encima de lo previsto… Pero a costa de seleccionar lecturas ágiles, de pocas páginas, y que no me atasquen porque su tema o naturaleza hagan que mi cabeza divague. Ahora, por ejemplo, estoy con una novela de Pierre Lemaitre, que normalmente hubiera devorado, pero con la que me atasqué el viernes, por lo que en el fin de semana he leído otra cosa. Ya he vuelto a la momentáneamente interrumpida.
El Nueva York más amable, intelectual y feliz… probablemente irreal, o casi.
Pero lo de hoy, fue una felicidad, como su título de lectura. No conocía yo a la autora. El libro lo compré en las ofertas diarias de mi tienda habitual de libros electrónicos por un precio muy muy razonable a principios de mayo. Y lo dejé ahí para cuando encontrara un hueco. Laurie Colwin fue una escritora malograda por una muerte prematura, con sólo 48 años. Y como tal cosa sucedió hace ya casi treinta años, ha quedado un tanto olvidada fuera de su país natal, Estados Unidos, donde tampoco es una escritora de actualidad. Sin embargo, todo indicaba que sus novelas eran interesantes y me animé. Rescatadas para su tradición al español por Libros del Asteroide, que siempre acogen autores menos conocidos pero interesantes.
Ciertamente, Colwin tiene una escritura amable. Con el Nueva York de los años 70 como escenario, la novela se publicó en 1978, nos presenta las historias y las relaciones, de dos buenos amigos, que se acercan a los 30 años, y que viven sin muchos problemas por tener sus familias una sobrada suficiencia económica y dedicarse ellos mismos a empleos intelectualmente estimulantes y bien remunerados, tras su paso por buenas universidades. Y en estas están cuando conocen cada uno por separado dos mujeres con las que iniciarán relaciones. El libro es el relato de cómo estas relaciones comienzan y se desarrollan en sus primeros tiempos, hasta que alcanzan un cierto grado de estabilidad.
Ciertamente, quien busque profundidad en el análisis de las relaciones sociales, en la complejidad de las relaciones humanas y otras cuestiones parecidas, este no es el tipo de libro. Hay algo de ello, pero desde un punto de vista muy optimista, con «buen rollo». El diseño de caracteres sigue una dirección clara. Dos hombres inteligentes, con una vida fácil, que viven sin preocupaciones, por lo que se comportan de una forma más bien simple. Casi infantil a veces. El problema de uno es que le da demasiadas vueltas a los problemas que no son problemas; el del otro, que está acostumbrado a relaciones muy superficiales con mujeres con las cuales no ha lugar a compromiso de futuro alguno. Y encuentran dos mujeres que cuestionan sus posiciones. Una es directa, franca, dirigida a la acción y a su independencia personal. La otra, procede de una familia judía, y lleva consigo el fatalismo de que «tarde o temprano llegarán los cosacos» y todo se estropeará, y que el hombre del que se enamora… es un idiota. O eso dice ella.
Lectura amable. A veces me recordaba a las historias de Jardiel Poncela, con sus personajes despreocupados y alegres ante los enredos de la vida. Aunque obviamente, formalmente, y culturalmente, están en otro universo. A mí me ha resultado muy entretenida, me ha puesto de buen humor… y se notó porque la leí en pocos días.
En la colaboración que llevamos adelante con nuestros amigos con hija preadolescente para localizar las mejores series de animación, especialmente japonesa, me topo con un extraño producto, Happy Sugar Life, que me deja anonadado. Con estética muy sweet y kawaii (かわいい), me enfrento, porque soy incapaz de dejar de ver los 12 episodios en Amazon Prime Video, con un extraña serie que en el fondo es una historia de terror motivada por relaciones enfermizas. Maltrato infantil, violencia de género, abuso de menores, asesinatos, abusos en el medio laboral, sociópatas de la violencia, tanto infligida como sufrida,… disfrazados de historia de amor inocente entre una adolescente de 17 años y una niña de 7. O así. Todavía no he salido de mi asombro. Algo extraño pasa con la mentalidad de los nipones para que surjan historias como estas. Pero vamos a lo «más normal».
Trenes de todo tipo para ilustrar esta entrada, claro. Ninguno tan gélido y cruel como el «Rompenieves».
En HBO nos han ofrecido una extremadamente entretenida comedia bajo la forma de Why women kill. ¿Por qué las mujeres matan? ¿Qué os habéis imaginado? ¿Que después de cómo he comenzado nos íbamos a ir por caminos tranquilos y pacíficos? Tres historias separadas por décadas entre sí, de tres mujeres que con sus maridos/parejas vivieron en la misma casa, casi mansión, de Los Ángeles. Beth Ann (Ginnifer Goodwin) es un ama de casa de principios de los años sesenta del siglo XX, perfecta para lo que se esperaba en la época, que de la noche a la mañana descubre que su marido le es infiel con una camarera. Ambos arrastran el trauma de una hija pequeña muerta. Simone (Lucy Liu) vive en los años 80, con glamour y alto nivel social, cuando descubre que su marido británico es homosexual, en vísperas de la boda de su hija, producto de otro matrimonio anterior. Taylor (Kirby Howell-Baptiste) es una abogada progresista y de éxito de la actualidad, casada con un guionista que está atravesando un bache creativo, con el que tiene un matrimonio abierto, en el que ambos tienen relaciones con otras personas, hasta que una de ellas, una atractiva mujer, Jade (Alexandra Daddario), se les cuela en la casa y en la cama común. A partir de aquí, los acontecimientos se descontrolarán en las vidas de estas mujeres hasta llegar a un momento clave en el que alguien morirá. Por supuesto, pasarán muchas cosas y poco habrá de previsible en los desenlaces de cada historia. Pero las historias están contadas con gran dinamismo, imbricando las unas en las otras con gran habilidad, y con unas interpretaciones estupendas. Es muy divertida, visualmente muy atractiva, y con buenos guiones. Es muy recomendable. Parece que habrá segunda temporada, inevitablemente con nuevas protagonistas. Espero que tengan el mismo acierto en la selección del reparto y en los guiones. Las tres historias son divertidas, pero mi corazoncito se va con la que protagoniza Lucy Liu, a pesar de la horrenda estética ochentera, eso está claro, y de la aparente escabechina en forma de cirugía plástica que «luce» Lucy en su rostro. No tan claro. Ella afirma que nunca se ha operado ¡¡¡???. Pero a lo que importa, lo hace fenomenal, te olvidas de esos tontos detalles, y es la que más te emociona finalmente.
Snowpiercer es el título de una película del director surcoreano Bong Joonho, el mismo que dirigió el gran éxito del pasado año que arrebató el Oscar a los sospechosos habituales. He visto esta película en dos ocasiones, y es de las que mejoran en mi apreciación en la segunda pasada. Tiene miga. Está bien hecha. El director es un tipo competente, y sabe extraer petróleo de su reparto, que no estaba nada mal. Nada mal. Hace unos meses nos enteramos que Netflix tiene preparada una serie que transcurre el mismo universo, también llamada Snowpiercer. Recordemos que ambas proceden del universo de una historietas francesas, Le Transpierceneige. No queda claro si es una precuela de la película, o si estamos en una historia alternativa inspirada por el mismo universo. Sólo sabemos que a la lucha de clases que mueve la película, con la rebelión de la «cola» del tren contra el poder establecido en la locomotora, la serie se lanza con un caso policíaco que pone en contacto a los dos protagonistas de la serie, el detective de policía que se coló en el tren y vive en la «cola» (Daveed Diggs) y la jefa del servicio de asuntos generales (Jennifer Connelly), portavoz del todopoderoso Wilford. Dado que transcurre en un mundo congelado, con la Tierra en un episodio «bola de nieve», quizá suene irónico decir que la serie me ha dejado un poco frío. No está ni de lejos a la altura de la película de Bong Joonho. Las interpretaciones son funcionales y no brillantes. Esperaba más de Connelly. Y los guiones no acaban de acoplar con brío e interés la historia del conjunto. Tiene momentos buenos, pero también tiene bajones e inconsistencias. Probablemente caeré en la tentación de ver la segunda temporada que supongo que llegará,… pero por los pelos.
Últimamente me cuesta seleccionar correctamente artículos para repasar el fin de semana. Tengo la sensación de que después de tantos años haciéndolo, estoy saturado de imágenes, de fotografías, y cada vez me cuesta más diferenciar. Pero seguiré haciendo un esfuerzo.
Mmmmmmm… ¿cuándo podremos retomar los viajes a China que teníamos previstos? De momento, recordaremos nuestra estancia en Shanghái.
En Cartier-Bresson no es un reloj nos hablan del español José Manuel Navia. Uno de esos fotógrafos españoles que encuentra su inspiración en la España interior, rural, en vías de abandono o extinción. Una España interior que a mí me despierta sensaciones contradictorias, unas positivas y otras… menos. Es que soy un urbanita impenitente. A lo que íbamos. Navia lo hace con un manejo notable de la luz… o quizá deberíamos decir de las sombras. Y con una paleta de color consistente. Envidiable. Tengo que saber más de Navia.
El italiano Paolo Pellegrin es conocido por su notables reportajes como fotoperiodista en todo tipo de lugares de conflicto. Pero durante la pandemia, se refugio con su familia, que reside en Ginebra, en las montañas, con el fin de aislarse como todo hijo de vecino. Y dirigió su cámara, en lugar de hacia las consecuencias de la pandemia en el mundo, hacia su propia familia. Me parece un ejercicio interesante. No son pocos los fotógrafos que han realizado ejercicios semejantes, pero este me ha interesado. Nos lo han contado en Magnum Photos.
Hace un tiempo que me di cuenta que me gusta mucho hablar de pioneros de la fotografía en color. Se han dado muchas vueltas a lo de que la fotografía más pura y más significativa es en blanco y negro. Durante décadas se decía que la fotografía en color era para aficionados y fotografía familiar. No estoy de acuerdo. Y además creo que la buena fotografía en color es más compleja, más difícil que el blanco y negro. Hay más información que procesar y encajar en la imagen, y hacerlo bien es más complejo. Casi siempre traigo por aquí pioneros de la fotografía en color de nacionalidades norteamericanas. Pero hoy, por recomendación de la NPR, voy con el belga Harry Gruyaert. Para aprender mucho.
Japón, como paisaje y estética, atrajo a los occidentales desde su apertura a mediados del siglo XIX. Pero tras su derrota en 1945, entró en una difícil y compleja posguerra de la que empezó a ver la luz a finales de los años 50 y especialmente en los años 60. Su año «triunfal» por decirlo de alguna forma fue aquel 1964 con los juegos olímpicos de Tokio y los primeros trenes bala del shinkansen de la línea Tōkaidō. Pero también fue el momento en el que empezaron a llegar las fotografías que han hecho que muchos nos sintamos muy atraídos hacia el archipiélago asiático. Y un precursor de esos paisajes naturales y humanos que ahora abundan en las redes sociales fue el norteamericano Burt Glinn, como nos cuentan en Magnum Photos.
Los números 8 y 88 son números de la suerte en China. Hace unos años se dotó en la República Popular China a millones de personas mayores, ancioanos, que vivían en las zonas rurales del país, de una pensión básica de 88 RMB (renminbi o yuan, la moneda china). Personas que se sintieron muy afortunadas. La australiana de ascendencia china Tami Xiang retrata a algunas de estos lucky 88 con sus cestas de la compra. Nos lo cuentan en Photography of China. Ah… se me olvidaba… 88 RMB son, en estos momentos, algo menos de 11 euros.
Y a estas alturas del 2020, ¿quién no ha oido hablar de Wuhan? El 1 de enero, poca gente. Pero ahora… En diciembre de 2019 llegó a Wuhan el fotógrafo polaco Arek Rataj. Y cuando se produjo el confinamiento y bloqueo de la ciudad el 23 de enero de este año, estaba allí y decidió salir a la calle y documentar lo que estaba sucediendo. Indudablemente, un documento valiente y de gran valor, con fotos que cuentan significativamente una historia. Una historia que ya forma parte de la historia. También en Photography of China.