Sinceramente, cuando tuve noticia de que esta película surcoreana dirigida por Lee Chung-Hyun se estrenaba en Netflix, no me entraron excesivas ganas de verla. Todo indicaba que era una más de las películas de acción del país asiático que la plataforma es trena periódicamente. Muy formulaicas. Todas cortadas por similares raseros. Imitadoras de otras películas de acción coreana más prestigiosas. Que no están mal. Pero te queda la sensación de que vista una… vistas todas. Sin embargo, vi que al frente del reparto estaba la joven actriz Jeon Jong-seo, y decidí darle una oportunidad.
Tarde y noche en Incheon.
Jeon Jong-seo aparecía en una excelente adaptación coreana de un relato de Murakami, que me encantó. Y aunque el papel de la actriz era breve por exigencias del guion, era fundamental, y dejó una agradable impresión en mí. En aquel momento era una actriz desconocida, incluso en su país. Se apartaba de los estereotipos de actrices jóvenes coreanas, que muchas veces parecen clones unas de otras, y tenía una personalidad propia más definida. Luego la pudimos ver en una de suspense fantástico en Netflix, con el mismo director que esta, que era aceptable, y encarnando la versión coreana de Tokyo en un famoso robo en una fábrica de moneda, donde competía con soltura, y yo creo que con ventaja, con su versión hispana. Como la mayor parte de las interpretaciones de esa serie. Así que me dispuse a ver esta (enésima) película de venganzas, cuanto le debe el cine coreano a Park Chan-wook a la hora de impulsar este género, en la que una joven (Jean Jong-seo) que trabaja como guardaespaldas de vez en cuando busca venganza por el suicidio de su mejor amiga, bailarina clásica, extorsionada por unos mafiosos para prostituirse tras obligarla a filmar una vídeo pornográfico como medio de chantaje.
La actriz protagonista es una mujer con oficio. Sin duda. Como muchos de los intérpretes que nos ofrece el reparto de esta película. Pero como sospechaba, e indicaba al principio, es una película que tira de manual, para una historia típica y tópica, a la que le falta desarrollo de caracteres, profundidad en las relaciones, mayor presencia de la chica por la que se inicia la venganza, y un poco de credibilidad. Porque cuesta creerse que una joven de 25 años, más bien delgadita, sea capaz de matar a una 20 de mafiosos, buena parte de ellos a bofetadas, y salir como si nada de la pelee a pesar de haberse llevado un buen montón de patadas y puñetazos. En fin… interés por la actriz protagonista, pero película, bien hecha, pero inane y totalmente prescindible. Es lo que hay.
No sé muy bien que ha pasado o está pasando con la distribución de esta película. Aunque dirigida por la directora española Paula Ortiz, es una película británica. Entiendo por algunas cosas que he leído, que la adaptación de la novela homónima de Ernest Hemingway es un proyecto que viene de largo en el Reino Unido. Que se contemplaron varias opciones para su dirección, y que otros intérpretes aparecieron como posibles protagonistas, hasta que el proyecto recaló en Ortiz y se realizó una selección de reparto definitivo. La película se rodó en 2020. La ficha de la película en IMDb la data en 2022. Pero más allá de alguna exhibición en algún festival, su explotación comercial no ha comenzado hasta octubre de 2023 en España. Que es la nacionalidad de la directora, pero no de la película. Está rodada en inglés e italiano. En IMDb no aparecen fechas previstas de estreno en ningún otro país. Ni siquiera el Reino Unido. O Italia, de donde es buena parte del reparto y donde está rodada. Me tiene sorprendida la cosa.
No soy muy aficionado al cine de Paula Ortiz. Creo que es una directora que tiende a perderse en las formas, en un esteticismo exagerado, pero que no narra bien las historias. Y eso es importante. No me convenció su adaptación de Lorca, y de su primer largometraje, que son más bien tres cortos vinculados por algunos temas comunes, sólo me convenció una de sus historias. No es que sea ninguna catástrofe ni nada de eso… pero no me acaba de convencer. En cualquier caso, las críticas, pocas, que pudimos leer, la consideraban bastante bien. Y aunque su carrera en la cartelera zaragozana fue breve en lo que se refiere a la versión original, la que en mi opinión debiera ver todo el mundo, hubo un evento especial con la presencia de la directora, y con un precio más favorable, así que allí nos presentamos. No somos muy partidarios de estos eventos. Los debates que se configuran no tienen especial riqueza, muchas veces son un juego de lanzarse flores todos mutuamente con poco sentido crítico. Y teniendo en cuenta que Ortiz es de aquí, de Zaragoza, sospechábamos que el público, sería más un cla entregada que aficionados con sentido crítico. Buscamos unas butacas estratégicamente situadas, y durante los créditos finales abandonamos el local. Desconozco la naturaleza del debate. En una ocasión ya se me encaró alguien por comentar que su adaptación de Lorca no me convenció, acusándome de no apoyar «lo de aquí». Curiosamente, aquella persona no había ido al cine a ver la película. Siempre me ha parecido que la mejor manera de apoyar a un creador es pasar por taquilla, no aplaudir desde lejos incondicionalmente.
La película narra la peripecia de un coronel del ejército americano (Liev Schreiber) estacionado en Trieste, que ante la noticia de que padece una afección cardiaca potencialmente fatal, emprende una última búsqueda en su vida, aparentemente cazar patos en la laguna de Venecia, hay algo más, y se dirige a la capital de la Serenissima Repubblica, pocos meses después del final de la Segunda Guerra Mundial, en compañía de un sargento (Josh Hutcherson) que le coloca el capitán médico. En Venecia conocerá a una joven contessina (Matilda De Angelis) que con su vitalidad y optimismo atacará frontalmente la pesimista fortaleza existencial en la que se ha encerrado tras su participación en dos contiendas bélicas mundiales y la pérdida de su único hijo en la última.
Este tercer largometraje de Paula Ortiz es el primero en el que no escribe el guion. Ya he comentado que es un encargo. Desconozco en qué medida la adaptación cinematográfica es fiel al original de Hemingway, una novela que gozó en su momento de los favores del público, pero no de la crítica. La he buscado para leerla. En versión original. Pero lo cierto es que el guion es bueno. Los diálogos inspirados. Especialmente en su primera mitad. Tanto las interacciones del coronel con el sargento, que representa a la gente común, con una sabiduría primaria, como con la contessina tienen mucha chispa. Están muy bien. Formalmente, fotografiada por el experimentado y solvente Javier Aguirresarobe, en su mayor parte en blanco y negro y formato académico [1.37:1], está bien. Aunque en muchas ocasiones parece que es un publirreportaje turístico de la ciudad de Venecia, cosa que no me agrada. El trayecto en lancha en el que se conocen los dos protagonistas es absurdo en su recorrido, y parece más pensado para dar un paseo turístico por la ciudad que centrado en lo que pasa entre ambos. Pero esto, a lo peor, es un problema de quien conoce bien la ciudad y la hubiera retratado o integrado en la historia de una forma menos tópica. No me convence del todo las decisiones de ambientación… han emulado el blanco y negro de las películas clásicas de Hollywood de los años 40, y tal vez le hubiera sentado mejor emular el blanco y negro del neorrealismo italiano, con algo más de bullicio en la ciudad, italiana al fin y al cabo.
Donde creo que la película destaca más es en la interpretación. Schreiber es un intérprete muy sólido; creo que está mucho menos reconocido de lo que merece. Pero a mí me gusta mucho. Tanto en esta película como en otras que le he visto. De Angelis cumple con nota. Ya la conocí hace unos meses en una serie de Netflix. Y me parece una intérprete muy sólida. Además de tener una notable belleza muy italiana. Con los atuendos de señorita de la nobleza, aparece siempre deslumbrante. Un pero le pondría, que confirmaré o no cuando lea la novela. En esta, el personaje de la contessina es una adolescente de 18 años… y eso no es así en la película. No puede ser. De Angelis, aunque joven, tiene una presencia mucho más madura y sólida. Pero tampoco creo que sea un pero muy importante.
Globalmente considero que es una película recomendable, sin duda. Hay alguna otra historia o película que resuena al verla. La muerte en Venecia de Thomas Mann y su adaptación al cine, son referencias obvias. La obra de Mann es ampliamente anterior a la novela de Hemingway, desconozco que si influyó en este. Aunque los estilos son muy distintos. Y luego, aunque el tono sea también muy distinto, no puedo dejar de pensar en Ikiru de Kurosawa, o su reciente adaptación británica con guion de Ishiguro, en el que también hay una interacción, de naturaleza distinta, entre el enfermo terminal y la joven que empieza su vida. No adapta la novela como a mí me hubiera gustado verla, pero es un trabajo notable. Insisto en que debería ser vista en versión original, algo que considero para cualquier película, pero especialmente en las bilingües, donde los cambios entre idiomas son importantes y pueden tener un especial significado. Supongo que en la versión doblada habrán respetado de alguna forma el bilingüismo, pero no lo sé. Como curiosidad, Ortiz está a punto de estrenar en noviembre su siguiente película. Pero por su tema… no sé si me va a llevar a las salas de cine.
Mi relación con el cine de Martin Scorsese ha sido siempre compleja. El veteranísimo director me cae bien. No solo he visto sus películas, también he leído algún libro suyo, sobre cine, claro, y me han gustado. Me gustó su tono, sus ideas, lo que contaba… Y no cabe la menor duda de que habiendo sido uno de los directores de una generación que a partir de los años 70 del siglo XX hizo evolucionar al cine, hoy en día, cincuenta años más tarde, representa lo que podemos llamar un cine clásico, distinto del de décadas anteriores. Pero… siempre hay un pero,… muchas de sus películas, incluidas algunas de las más celebradas, no me interesaron. No me interesaron sus historias, sus personajes… producciones excelentes,… de las que me desenganchaba con facilidad. Es lo que hay. Para empezar, por ejemplo, porque las historias de mafiosos muy raramente me interesan, y les ha dedicado muchas horas de metraje. La película actual… no deja de ser una película de mafiosos. Pero tiene muchas otras cosas. Y ya adelanto, es una excepción a lo que acabo de comentar. Esta sí que me ha interesado. Y me ha gustado.
No tengo muchas fotografías relacionadas con los nativos americanos. Pero algunas hay, como estos lugares de mi reciente viaje a San Francisco y Yosemite Valley. Lugares muy distintos a las grandes llanuras del medio oeste americano.
La historia narra una parte de los hechos, más o menos ficcionalizada, de los asesinatos de miembros de la tribu de nativos americanos de los Osage en el estado de Oklahoma, Estados Unidos, durante los años 20. Un sistema demencial de gestión de derechos económicos por le petróleo hallado en las tierras asignadas a esta tribu, que no eran ciudadanos de pleno derecho y se encontraban tutelados por el gobierno, permitió que una serie de individuos de origen europeo se enriquecieran adquiriendo estos derechos mediante matrimonios y subsiguientes asesinatos de miembros de las familias de nativos para heredar esos derechos. El deficiente y corrupto sistema policial y judicial evitó las investigaciones de estos asesinatos, hasta que una denuncia llegó a la recién creada Oficina de Investigación, antecesora del FBI, que llevó a algunos perpetradores a la justicia. La película cuenta cómo se llegó hasta esta investigación, siguiendo los asesinatos de las mujeres de la familia Kyle, hasta que la superviviente Mollie (Lily Gladstone), denunció el intento de envenenamiento contra ella y los asesinatos de su familia, instigados por William Hale (Robert de Niro), y en los que participó su propio marido (Leonardo DiCaprio), sobrino de aquel.
La película es un ejemplo de la absoluta maestría de Scorsese detrás de las cámaras. Hoy en día se considera un ejemplo de clasicismo, y quizá se una excepción a otras formas de realizar actuales, pero en su momento supuso un cambio notable en la forma de hacer cine, que en muchas ocasiones sigue siendo perfectamente válida. Con una fotografía impecable (Rodrigo Prieto, muy de actualidad este año) y una banda sonora de Robbie Robertson, minimalista, pero impecable e implacable en su capacidad para reforzar el ominoso ambiente de la película, soy incapaz de poner pegas a este largometraje. Algunos han argumentado, levemente, contra su duración, de tres horas y media. Quizá podría haberse resumido algo, pero a pesar de ese exceso de metraje, la cosa funciona sin problema, y no te cansas en ningún momento, no pierdes la concentración y te mantienes atrapado a lo que está sucediendo en la pantalla.
Y hemos de hablar de uno de los grandes activos de la películas, el reparto. También me cuesta encontrar fallos en la interpretación de los tres papeles principales. Creo que Robert de Niro hace el mejor papel que le he visto en por lo menos un par de décadas, si no más. DiCaprio no es santo de mi devoción, pero tampoco le puedo poner pegas a su matizada interpretación del personaje más complejo, y a la vez más simple, el que mejor representa la hipocresía del hombre blanco común del pueblo llano de la época, incapaz de ver con claridad la inmoralidad de sus actos, o de responsabilizarse plenamente de ellos. Y la poco conocida Gladstone es la que se está llevando un mayor número de elogios, por una interpretación llena de matices, muy contenida, de más gestos que palabras.
La película está basada en un libro que, en realidad, por lo que tengo entendido, está más destinado a glosar los primeros y más sonados casos del embrión del FBI que a denunciar el racismo de la sociedad americana. Pero Scorsese le da la vuelta al tema para centrarlo en lo realmente importante. Se ha criticado que se vuelvan a presentar unos hechos denunciables desde la perspectiva del hombre blanco. Muchos hubieran abogado por que la narración se hubiera hecho desde el punto de vista de Mollie y no del de su marido. Pero no creo que ello invalide la película, puesto que al cabo es una película moral, ética, en la que se diseccionan las contradicciones de un tipo simple, como muchos de sus compatriotas en aquellos momentos, en un far west que está dejando de serlo, pero que todavía lo es, y que incluso en el momento definitivo, cuando finalmente entiende que debe hacer algo decente, también le falla a su esposa, de la que afirma estar muy enamorado. El «amor» del maltratador, siempre falso. El conjunto no es perfecto, como para calificarla de obra maestra indiscutible. Pero se acerca mucho, es una excelente película, imprescindible me atrevería a decir, que todavía crece más en el recuerdo cuando pasan unos días después de su visualización. Todos al cine. Por favor… en versión original. De verdad. Si no, pierde parte de su sentido. Y de sus cualidades artísticas. El doblaje en España no es algo de lo que debamos enorgullecernos, es una lacra para el arte cinematográfico.
Mi intención era haber redactado esta entrada con tranquilidad un domingo, que es cuando, al menos en teoría, más tiempo dispongo para redactar cosas con más profundidad y calma. Pero este último domingo dispuse de mucho menos tiempo del que pensaba. La mañana estuvo casi completamente dedicada a un paseo fotográfico con AFZ Asociación de Fotógrafos de Zaragoza, y por la tarde surgieron otras cuestiones, inesperadas, que me mantuvieron muy ocupado. Y como cada vez tiene menos sentido hablar del tema, por el alejamiento en el tiempo, por la oportunidad, voy a hacerlo hoy de forma más resumida.
Con la gente con al que viajo, visitar algún museo o centro cultural en los viajes es casi obligatorio. Especialmente, aunque no únicamente, cuando se trata de centros o museo de arte y cultura modernos o contemporáneos. Empezaremos por Italia, donde debemos considerar en primer lugar que en Turín y sus alrededores hay una serie de palacios, los de la Casa de Saboya, que están considerados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Y varios de ellos están reconvertidos en museos. Como ejemplos más claros, y que visitamos, tenemos el Palacio Real de Turín, que incluye varios museos de bellas artes y arqueología, y el Palazzo Madama, muy próximo al anterior, con antigüedades y artes decorativas y aplicadas.
El segundo día que dedicamos a la capital piamontesa pasamos, mientras continuábamos la visita, por centros dedicados con preferencias a artes o fenómenos culturales más modernos. Entramos brevemente en Camera – Centro Italiano para la Fotografía, con un par de exposiciones, una dedicada a artistas audiovisuales italianos contemporáneos y otra a Dorothea Lange, una fotógrafa clásica de la fotografía documental.
Muy llamativo resulta en el edificio de la Mole Antonelliana, un edificio enorme y cuya gracia todavía no hemos encontrado, un exceso monumental que ellos sabrá porqué la hicieron, pero que en estos momentos es sede del Museo Nazionale del Cinema, por lo que no viene mal pasarse un rato por su interior, aparte de subir a lo alto de la Mole por las vistas. He de decir ahora que existe una tarjeta que puedes obtener, válida para 24, 48, 72 o 96 horas, que te ahorra mucho dinero en entradas, siempre que sientas interés por visitar estos centros. Pero simplemente con los más destacados, sin contar los más monográficos o específicos, ya merece la pena.
Esa tarde dedicamos un rato a visitar la Galleria Civica d’Arte Moderna e Contemporanea, un museo de arte moderno en el centro de la ciudad. No es el único que hay en Turín, y teníamos intención de visitar también el Castello di Rivoli, uno de los palacios patrimonio de la humanidad, actualmente museo de arte contemporáneo, convencidos de que los lunes estaría cerrado como los demás, y lo reservamos para la última mañana aprovechable del viaje, que era martes. Para nuestra sorpresa, también estaba cerrado los martes.
Y vamos con el que creemos que es el museo más interesante e imprescindible de la capital piamontesa; el Museo Egipcio. Situado muy céntricamente en Via Lagrange, en el Palacio de la Academia de las Ciencias, aunque se entra por otra calle, recoge las colecciones obtenidas en las excavaciones de expediciones arqueológicas italianas al país del Nilo, impulsadas por la Casa de Saboya y la Universidad de Turín desde finales del siglo XVIII y hasta principios del siglo XX. Es uno de los principales museos de arqueología egipcia en el mundo, y está muy bien montado y organizado.
Pasamos ahora al País Vasco, o más concretamente a San Sebastián y alrededores. Quizá el museo más destacado de la capital guipuzcoana sea el Museo San Telmo, un museo de arte, etnología y cultura vasca situado en un antiguo convento, muy bien conservado y aprovechado. El museo es muy interesante, aunque la interpretación de las obras expuestas bien muy condicionada por los sesgos introducidos por el nacionalismo vasco. Como todos los nacionalismos, la deformación de los hechos y su interpretación histórica es una constante, que unas veces se nota más y otras menos, pero que a quienes nos gusta un análisis crítico y no condicionado ideológicamente de la historia nos desagrada mucho. No obstante, es una visita recomendada.
Otro día, visitamos en las afueras de Hernani el Chillida Leku, museo al aire libre de obras del escultor vasco. Las obras del escultor vasco se encuentran por muchos sitios, siendo de las más famosas el Peine del Viento, que he puesto en el encabezado de esta entrada. Pero en este agradable museo, si hace buen tiempo, podemos hacer un recorrido por su obra que le da más perspectiva. No es de mis escultores favoritos, pero me gustó la visita.
Finalmente, nos habían recomendado mucho la visita a Tabakalera, un centro de cultura contemporánea… pero nos dejó un poco fríos, aunque había un par de exposiciones con un cierto interés. Buenos, es lo que hay.
Víctor Erice tiene 83 años, y es un director de referencia, fundamental, del cine español. Uno de los maestros, de los imprescindibles. Ha llevado una vida aparentemente normal, discreta, dedicada sobretodo a la docencia. Sólo ha estrenado cuatro largometrajes a lo largo de su vida.
Woody Allen tiene 87 años, y también es un director de referencia, fundamental, del cine universal. También lo podríamos considerar magistral, y algunas de sus películas pueden figurar sin lugar a dudas entre las más estrictas y selectas listas de mejores películas de la historia. Aunque fíjate tú, no necesariamente mejor que Erice. Sus últimos años y su última etapa creativa ha venido salpicada por sus escándalos familiares y sobre su cuestionable ética en las relaciones con los miembros femeninos más jóvenes de su familia. Nunca ha sido condenado por ningún delito, y mi punto de vista es que el problema es más ético que delictivo. Lo cual no es banal. Esto ha afectado a su capacidad para producir en Estados Unidos, obligándose a buscar producciones desde Europa. No llevo la cuenta de sus películas; pero es muy probable que el número de largometrajes de ficción para la gran pantalla, no cuento los telefilmes y demás, sea 50.
Ha de ser París. Porque una de las dos películas transcurre íntegramente en París. Y la otra, parcialmente. O al menos en algún lugar de Francia.
Hay obvias diferencias entre ambos directores. Diferencias muy significativas que hacen, que a día de hoy, quien despierte nuestras simpatías sea Erice. Aunque no podemos negar que de Allen nos quedarán sus películas, aunque su persona haya quedado borrosa, desenfocada, como aquel Harry deconstruido, una de su mayores genialidades. Octogenarios ambos, han estrenado en la cartelera española prácticamente al mismo tiempo las que pueden ser con muy muy muy alta probabilidad sus últimas películas, sus despedidas. Y decidimos aceptar la «invitación» a estas despedidas, y en sendas matinales de fin de semana, en días consecutivos, las vimos antes de salir de viaje hacia San Sebastián.
Erice se despide por todo lo alto. Lo cual no quiere decir que su película vaya a ser un taquillazo, o tampoco que vaya a tener la repercusión o el reconocimiento que debería. Los temas por los que circula hoy en día el cine español son otros, a veces de forma cansina, o mal enfocada, por lo que el sabor a clasicismo, a referencias de largo recorrido a su propia obra o la de otros escritores y cineastas que Erice plantea puede pasar desapercibida. Pero hacía tiempo que una película española no me absorbía tanto. Simplemente con las primeras secuencias de la película filmadas en película de 16 mm y estupendamente iluminadas por el director de fotografía, Valentín Álvarez, la película ya me tuvo de su parte. ¿Quién lo dijo? ¿Lubitsch? ¿Más probablemente Wilder, su discípulo? En las primeras secuencias, sé contundente, deja al espectador bien pegado a su butaca, y luego tómate tu tiempo en contar tu historia. Pues eso. Pero con estilo, sin fuegos artificiales, a base de luz, granos de plata y José Coronado y José María Pou en un peculiar mano a mano homenajeando a Marsé. O recordando el intento de Erice de adaptar a Marsé, algo que al final haría Fernando Trueba, en una película que no me acabó de convencer en su momento.
Y la historia es una historia de nostalgia. El director de éxito fugaz (Manolo Solo), que terminó 30 años atrás cuando su mejor actor (Coronado) desapareció nada más comenzar el rodaje de su película en común, y que comienza una búsqueda de su antiguo amigo, una búsqueda que le llevará a reconectar con su antiguo ayudante (Mario Pardo), con la antigua amante de ambos (Soledad Villamil), o con la hija del desaparecido (Ana Torrent), hasta recalar en una residencia de ancianos del litoral andaluz, donde puede que se encuentre un hombre desmemoriado que podría ser el antiguo galán.
Más o menos, las cosas importante de esta película ya las he dicho. Obra de autor, clasicismo, buen hacer técnico, y excelentes interpretaciones, al servicio de un auténtico maestro del cine, del que sólo lamentaremos que no se haya prodigado más y nos haya ofrecido más ejemplos de su capacidad y sabiduría. Pero esta película es una excelente despedida, un auténtico testamento de una forma de entender el cine. Desgraciadamente, alejada de las tendencias actuales, en las que todo el mundo es un «creativo», pero pocos crean auténtico arte.
La que puede ser, muy probablemente, última película de Woody Allen tiene un tono muy distinto. Muy probablemente será calificada, como tantas otras, como una «obra menor» del director. Con una filmografía tan amplia, es difícil que todo sean obras maestras o grandes películas. Quizá por ello se ha inventado el término «obra menor» para hablar de obras que, denotando las capacidades de su autor, las buenas o excelentes capacidades de su autor, no alcanzan ese nivel de gran película u obra maestra. Heredera de Match Point, película que rodó casi 20 años antes en Londres, y que fue una gran película, se mezclan ciertas dosis de comedia, con el romance, con los celos y el crimen.
Con una encantadora Lou de Laâge al frente del reparto, encarnando a una mujer treintañera, profesional, casada con un hombre de éxito en los negocios (Melvil Poupaud), con la etiqueta de mujer florero, y que encuentra una salida a la monotonía de su vida burguesa y convencional en el reencuentro con un antiguo compañero de instituto (Niels Schneider), convertido en escritor, nos encontraremos con una historia de intriga y crímenes, siempre con un tono más ligero del esperado por el tema.
Con un crítica a la burguesía acomodada, monótona y esnob, Allen vuelve a reflexionar sobre el efecto del azar, de la suerte, en nuestras vidas, como ya sucedía en la película mencionada con antelación. La película es agradable de ver, las interpretaciones son correctas, y cuenta con la estupenda iluminación de Vittorio Storaro en la dirección de fotografía, más una banda sonora de jazz clásico, con especial presencia de los particulares ritmos de Dave Brubeck, entre otras grabaciones clásicas de jazz. En fin, una serie de elementos que han hecho que haya sido fiel al neoyorquino a lo largo de mi vida, incluso si hoy en día ya no lo miro con la misma simpatía que antaño. La película se ve con agrado, pero tampoco será de las que perduren de forma indeleble en nuestra memoria. Una pena que no hay encontrado un mejor para el final de su carrera, quien ha sido un excelente director, pero en el que han pesado demasiado sus propias contradicciones personales.
Después de volver de vacaciones, nos encontramos con una oferta cinematográfica en la cartelera zaragozana de lo más interesante. Así que trazamos un plan para olvidarnos de las fiestas del Pilar y ponernos al día en lo que se refiere a películas interesantes. Vamos con las dos primeras.
Hace menos de un año que pudimos ver la incursión en el cine coreano del japonés, Hirokazu Koreeda. Una película que nos dejó un excelente sabor de boca y que es confirmo el interés que el cineasta siente por el tema de la familia. Familia que no siempre es la convencional ni mucho menos. En esta nueva película que en castellano se ha traducido como Monstruo desciende a mirar de cerca a una niñez con sentimientos contradictorios y mal definidos.
Comienza la película siguiendo la vida cotidiana, de una mujer de 30 y tantos años (Sakura Ando), que cría en solitario a su hijo (Soya Kurokawa) en los últimos cursos de la escuela primaria. Sospechará que está siendo maltratado por su profesor (Eira Nagayama). Pero Conforme cambiemos el punto de vista de lo sucedido comprobaremos que nada es lo que parece.
Una película japonesa y otra con muchos elementos asiáticos en ella, así que la ilustrare con algunas fotos tomadas en Kioto.
En mi opinión, Koreeda está magistral en la realización. Realización sobria, cuidada, de una película que se cuece a fuego lento. narrando la misma historia desde distintos puntos de vista, nos recuerda que el narrador en primera persona no es fiable. Y que la verdad de lo que sucede muchas veces es difícil de apreender. No en vano, fue otro director japonés, Kurosawa, quien nos dió la referencia sobre cómo presentar una misma historia desde cuatro puntos de vista. Si eso añades una fotografía excelente, y uno de los últimos trabajos, si no el último, de Ryuichi Sakamoto, a quien está dedicada la película, como compositor de bandas sonoras, tenemos el producto casi perfecto.
Las interpretaciones son de primer nivel. Y la maestría en dirigir a los dos niños protagonistas es un punto más a favor de la película tanto el día mencionado, como ese frágil niño (Hinata Hiiragi) sometido a abusos que acabará siendo su mejor amigo. Están fenomenales. Expresivos. Entrañables.
La película trata temas complejos. la identidad afectiva, los problemas de la educación, las dificultades de una madre soltera, los prejuicios de una sociedad conservadora. Desde mi punto de vista, una película que, más que recomendable, es obligatoria.
Venía esta película anunciando fuerte desde hace unas semanas. Muchos voceros de la red de redes, listos en las cosas del cine, estaban creando importantes expectativas ante esta nueva película de Gareth Edwards, un especialista en cine de catástrofes, pero que para esta película venía promocionado como director de una de las películas colaterales de la saga Star Wars, una película interesante, como momentos muy inspirados, pero también con sus rémoras. Si queréis que os sea sincero, dada la evolución reciente del cine de acción… escéptico. Y sobretodo, por el oportunismo de rebautizar a los tradicionales robots o androides, como IA (Artificial intelligence), un concepto de moda, aunque mal comprendido. Para empezar, lo que en estos momentos se conoce como inteligencia artificial no lo es tal, es aprendizaje automatizado. O machine learning para los que lo prefieran en inglés, que no es un inteligencia artificial, por mucho que nos lo vendan así. No hay inteligencias artificiales a la vista en el mundo actual. Todavía.
En cualquier caso, estamos en la de siempre, se han desarrollado seres inteligentes artificiales, que ahora exigen su lugar en el mundo. Una explosión nuclear en Los Ángeles, de la que se culpa a estos seres, inicia una guerra entre Estados Unidos, como defensor de un mundo occidental libre de estos seres artificiales, frente a un país denominado Nueva Asia, en el que seres humanos y seres artificiales conviven. El protagonista (John David Washington), un militar de operaciones especiales desencantado por la muerte de su esposa (Gemma Chan) en una operación en la que esta encubierto, será reclutado para una operación en la que se acabe con el líder humano de las inteligencias artificiales, que ponga fin a la guerra y a estos seres. Pero las cosas no serán como parecen, sobre todo cuando aparezca un pequeño ser artificial (Madeleine Yuna Voyles), un arma que puede acabar con la estación aeroespacial que puede dar la ventaja a los norteamericanos.
Vamos a ver, porque esta película es valorable a dos niveles muy distintos. Como espectáculo de acción, como espectáculo visual, como entretenimiento palomitero, la película funciona de maravilla. Un espectáculo de primer nivel, que me parece superior a muchas de las cosas que se hacen en estos momentos, especialmente en las franquicias más populares, como las de superhéroes. Muy bien. Chula. Bonita en ocasiones. Bien rodada. Bien iluminada. Estupenda. Con unas interpretaciones funcionales, no es una película que se apoye en el trabajo actoral… así que no le daremos muchas mas vueltas a ese tema.
Sin embargo… a un nivel más profundo… es un pastiche. Si uno se va a la página de Wikipedia de la película, se nos cuentan cuales son los las influencias que Edwards tiene para realizar esta película. A ver. Para quien haya visto cine, no hace falta que te las cuenten. Se ven ahí. Porque es una mezcolanza de elementos sacado de un montón de películas. Desde Apocalipsis Now a Blade Runner, pasando por todas las que se ocurran. Lo que digo… no hay originalidad con influencias. Hay copia de elementos de unas y otras. Copia bien hecha, pero nada más. No hay profundidad. Con un planteamiento sensiblero, derivado de su elección como arma definitiva de una niña encantadora, esto ya se les ocurrió a los surcoreanos hace poco en una entretenida aventura espacial, hay muchas películas anteriores que plantean mejor los dilemas que se supone que acompañan al film. Es TOTALMENTE previsible, hay pocas sorpresas, y la única cuestión es que por una vez, los malos son los americanos.
Y a pesar de todo, si quieres pasar un rato entretenido, y teniendo en cuanta que está muy bien hecha, es recomendable.
Entrada «escoba» cinematográfica. Voy a pasar al modo «sólo foto» en breve y no quería dejar nada pendiente en comentarios de cine. Y ha coincidido que las dos películas pendiente son whodunits en las que dos detectives peculiares, Caperucita Roja a la japonesa y Hercule Poirot tienen que desentrañar un misterioso asesinato.
Con las dos películas que hay hoy… ¿qué podíais esperar en cuestión de fotos acompañantes? Pues eso. Venecia.
Tras el relativo éxito de ver una película de Netflix como si fuera una miniserie de cuatro episodios, repito la jugada con esta peculiar versión de la historia de Cenicienta, que no termina precisamente como la conocimos desde niño. Dirigida por Yūichi Fukuda, nos presenta a una aventurera Caperucita Roja (Kanna Hashimoto), Akazukin 赤ずきん en japonés, que sale de viaje a conocer el mundo, y se topa con Cenicienta y sus problemas familiares, y con un cadáver cuando se dirigía al famoso baile donde todo se esfuma a las 12 de la noche. Y todo indican que ha sido asesinado.
Los japoneses van a su aire e interpretan el mundo de los cuentos tradicionales como les pasa. Con un vestuario recargado propio de las tribus urbanas que van de compras a Harajuku en Tokio, nos proponen una historia alternativa, presuntamente para más gloria de su protagonista, una joven actriz que salió del mundo de las idol cantantes, y que parece que busca su camino a afianzarse en la interpretación. Ya vimos otra película suya en Netflix en el mismo sentido. La cuestión es que la cosa no funciona. Con una dirección muy estática en ocasiones, con unos diálogos poco brillantes, y con interpretaciones que poco pueden hacer con estos mimbres, el cuento de hadas reconvertido en whodunit no funciona. Mmmmm… esta vez el experimento de ver la película a trocitos no ha funcionado, aunque siempre he tenido la curiosidad de saber cómo acababa esta cosa. Si tenía curiosidad, la encontraré como Érase una vez una asesinato o Once upon a crime en la mencionada plataforma de contenidos.
Tercera entrega de la franquicia de Kenneth Branagh adaptando los casos del detective belga de Agatha Christie, Hercule Poirot. Nuevamente dirige y protagoniza. En esta ocasión adapta una novela que nunca leí cuando hace muuuuuuchos años leí algunas de las novelas de Christie, hasta que decidí que no era lo mío, y que su calidad literaria, en la mayor parte de sus obras, era muy discutible. No tenía muy claro ir a verla. Pero cuando me propusieron la matinal, y teniendo en cuenta que nos ofrecen algunas vistas de Venecia, decidí que no habría graves daños por acudir a la sala de cine.
En esta ocasión, el crimen se disfraza de misterio sobrenatural, cuando unos cuantos se reúnen en un palazzo veneciano a orillas del Gran Canal para invocar en una sesión de espiritismo dirigida por una famosa médium (Michelle Yeoh) a una joven muerta. Una escritora de novelas detectivescas (Tina Fey) convence a Poirot de acudir a la sesión para desentrañar la impostura. Pero la muerte de la médium y una tormenta que encierra a los asistentes en el palazzo nos lleva a un misterio que parece que se mueve más en el terreno de los preternatural.
Bien dirigida en los aspectos visuales, como sus antecesoras, la propuesta no me convence. La seguridad de que todo acabará con Poirot deduciendo lo que detrás de los misterios se esconden, la previsibilidad de algunas situaciones, nos llevan a una sensación de dejar vu, que hace que la película pierda interés en el momento en el que quedamos encerrados en el palazzo y no podemos disfrutar del paseo visual por Venecia que nos apetecía. Esta película tendrá sus fans. Y no han faltado los comentarios más o menos elogiosos. Dicen que es la mejor de las tres. Pero a nosotros no nos convenció. Aunque sin ser ninguna catástrofe. A ver, se deja ver perfectamente, entretiene,…. pero a las dos horas ya te has olvidado de ella. Es lo que hay.
Con la irregularidad de llegada de estrenos en versión original a la cartelera zaragozana, y con mi irregularidad en la disponibilidad de tiempo para acudir a las salas de cine, lo mismo pasan días y días sin acudir a estas, que nos acercamos dos matinales seguidas en un mismo fin de semana. Y es que hace unos días coincidieron en pantalla dos películas coprotagonizadas por Adèle Exarchopoulos, una actriz que tenía ganas de saber cómo le iba después de ser conocida por cierto drama erótico, basado en un cómic que me encantó, pero que no acabó de estar a la altura de este relato gráfico. Pudieron ser tres películas… pero una no ha llegado a la cartelera zaragozana, que yo sepa; parece que tuvo un estreno limitado en algunas ciudades españolas.
Si en un género son excelentes los franceses son en ese cine social que nunca sabes si estás viendo una película ficción o un docudrama ficcionado. En este caso, tratando el tema de la justicia reparadora. No es un género que yo disfrute en exceso, aunque eso no quiere decir que no hay visto algunos ejemplos estupendos, casi siempre de esta nacionalidad. Y este es un buen ejemplo también de buen hacer y buen planteamiento.
Dirigida por Jeanne Herry, la película sigue dos casos en paralelo, gestionados por una misma agencia de justicia reparadora. En uno de ellos, una mujer de unos treinta años (Exarchopoulos), quiere contactar con su hermanastro mayor, que la agredió sexualmente de forma repetida durante años, y que acaba de salir de la cárcel, para poder establecer unos límites que le permitan hacer su vida sin encontrárselo aun viviendo en la misma ciudad. En otro, un grupo de víctimas de atracos o robos con violencia se reúne durante cinco sesiones con un grupo de delincuentes condenados por este tipo de delitos. No hay correspondencia o relación entre los hechos que sufrieron las víctimas y los causados por los delincuentes. Intentan comprenderse y superar determinados lastres vitales.
Está muy bien hecha. Y muy bien planteada. Desconozco en qué medida recoge con veracidad el funcionamiento de estas acciones de justicia reparadora, pero resulta verosímil. Quizá un tanto optimista en los resultados finales; desconozco también cuál es la tasa de éxito de estas acciones y cómo se mide ese éxito. Los intérpretes, algunos muy conocidos, podríamos citar a una muy veterana Miou-Miou o una madura Élodie Bouchez, entre otros, están muy naturales y creíbles, realizan un excelente trabajo. Y ciertamente, Exarchopoulos, en uno de los papeles más complejos de la película, da muestras de actuación matizada y sutil que se agradecer mucho. Una película muy recomendable.
En esta película dirigida en Francia y en francés por el norteamericano Ira Sachs, nos encontramos con un peculiar triángulo, poco convencional, en el que se analiza la personalidad especialmente narcisista y tóxica de uno de los miembros del triángulo.
Tomas (Franz Rogowski) es un director de cine alemán en Francia, que convive con su pareja homosexual, creo que le llama esposo, el británico Martin (Ben Whishaw). Al acabar un rodaje, coincide con una joven, Agathe (Exarchopoulos), miembro del equipo de rodaje, e inicia una relación sexual con ella, que va progresando al mismo tiempo que se deteriora su relación estable. Poco a poco, ambas relaciones acabarán volviéndose caóticas por los imprevisibles caprichos de Tomas, siempre necesitado de atención y protagonismo.
Esta película dejó mejor sabor de boca inmediato, nada más salir del cine, que la que deja en el recuerdo, cuando ya has dejado que repose. Creo que la propuesta es muy interesante, pero creo que al final acaba liándose, y en su último tercio entra en una dinámica en la que empiezas a tener sensaciones de déjà vu, y se plantean situaciones que no acabas de entender, non sequitur del planteamiento inicial. No obstante, especialmente debido al buen trabajo de sus intérpretes, y porque no deja de tener planteamientos que invitan a la reflexión, se deja ver bastante bien.
A ver. Esta película viene aquí porque es un estreno actual, es un largometraje y lo he visto, por lo que cumple las condiciones para sumarse a mi base de datos de estrenos de cine con las condiciones que le impongo en la actualidad. Pero su visualización ha tenido mucho de anecdótico. Ni siquiera la vi de tirón. En realidad, la convertí en una serie de «cuatro episodios» de unos 30 minutos de duración. La película dura poco más de dos horas. Dirigida por Lee Byeong-heon, de quien no soy consciente de haber visto nada con antelación, llegó a Netflix hace unas semanas, me llamó la atención por estar coprotagonizada por Lee Ji-eun, aunque bajo su pseudónimo de cantante, IU [아이유, AIU la pronunciación aproximada en inglés de la i y la u, aiiu], una actriz que me había gustado en anteriores apariciones en la pantalla grande o en la pequeña.
Hace no muchos años fue un éxito de público, y de crítica, en España una película de Javier Fesser sobre un equipo de baloncesto de personas con una discapacidad psíquica. Típica película buenista y buenrollista, me pareció bien, simpática, aunque sobrevalorada. Pero bueno… es este tipo de costumbrismo con buenas intenciones, que a poco que tenga un guion digno y con gracia, ya triunfa. Ahora está en cartelera, o estaba hasta hace poco, una secuela… que no me ha apetecido ir a ver. El caso es que esta película surcoreana es una variante de aquella historia. Cuya idea tampoco era original, porque cosas similares se han hecho en muchas partes, con más o menos pretensiones. En el caso surcoreano, en lugar de personas con discapacidad, se trata de un equipo de fútbol sala formado por personas sin hogar. Y el protagonista es un futbolista broncas [Park Seo-joon] que ha sido suspendido por un percance en el campo de juego, y su agencia le recomienda que acepte entrenar a la «selección» que representará a Corea del Sur en el Campeonato del Mundo que se celebrará en Budapest. Lee Ji-eun interpreta a una productora audiovisual bisoña que va a rodar un documental sobre la situación. Por supuesto, la cinta es una mezcla de situaciones cómicas y emotivas… como cualquier otra película de este tipo.
Al igual que su equivalente española, la película tuvo un cierto éxito en su país, lo que permitió su compra para su distribución exclusiva por la plataforma de contenidos en buena parte del mundo. Al igual que su equivalente española, es buenista y buenrollista, y simpática. Se deja ver sin problemas. Aunque su guion y su desparpajo no alcance la capacidad de Fesser para desarrollar situaciones cómicas. Arrastra además notables dosis de patrioterismo en algunos momentos, y está claro que forma parte también de los esfuerzos de la cantante, que me parece una mujer bastante inteligente, para presentarse con una imagen impecable ante su público política y socialmente hablando. Hasta el equipo profesional en el que juega el personaje protagonista, probablemente ficticio, lleva en sus camisetas el título de uno de sus álbumes y canción más conocidos, por lo que también tiene parte de autopromoción. No me extrañaría que hubiese invertido también en la producción, pero no aparece en IMDb un listado de productores ejecutivos de la película. El trabajo de sus intérpretes es correcto y funcional, y destacan más los secundarios que interpretan a los jugadores que los protagonistas, que básicamente se dedican a ser guapos y simpáticos de acuerdo a las exigencias del guion. Sin que estén mal, en absoluto.
Película inofensiva, pero mucho más digna que otros estrenos sonados de la plataforma, como el visto muy recientemente. Pero que no pasa nada si no se ven. Es una anécdota que me ha permitido cenar de forma relajada y simpática durante varias noches de la semana. Y ya está. Sin más. Ni menos.
A ver. No voy a perder mucho tiempo con esto. Cada vez hay menos títulos que se estrenan en versión original en Zaragoza. Y nos negamos a ver versiones dobladas. Así que por diversos motivos, esta semana teníamos muy complicado ir a las salas de cine. Por no dejar huérfana de entrada cinematográfica esta semana, me fui a los estrenos recientes de Netflix, y decidí darle una oportunidad a esta película de acción protagonizada por la guapa Gal Gadot, una actriz que, más allá de su buen porte, en alguna ocasión ha dado indicios de buen saber hacer interpretativo. La cosa está dirigida por Tom Harper. El malo de película está interpretado por Jamie Dornan, que ha hecho de todo… muy bueno y muy malo. En fin.
En estos productos prefabricados, parecen casi obligadas algunas localizaciones como los Alpes, el Sahara, Lisboa e Islandia. Esta película registra las cuatro. Pongo fotos de Islandia, que es lo que más me apetecía.
Producto de entretenimiento a los que se está aficionando la plataforma de contenidos en línea, en el que sobre la base de un/a protagonista con renombre, en este caso Gadot, nos presentan un sucedáneo de las películas de James Bond o de cualquier otro héroe/antihéroe de acción. En este caso, una Bond femenina. El esquema argumental el típico y tópico, lo hemos visto mil veces. El problema es que está todo mal hilado y deslavazado, las interpretaciones son poco entusiastas y quedan flojas, la empatía que despiertan los personajes es nula, y los dilemas del argumento, lo que podría haber dado interés a la película se pierden por completo en la sucesión de escenas de acción que hay que incluir porque sí, porque toca, porque es lo que manda el manual de las películas de acción tipo «Bond».
Producto prefabricado sin interés, del que te podrías olvidar sin más, pero que te produce cierta indignación porque llegas a pensar que te están tomando el pelo proponiéndote una mediocridad de tal calibre. Así que… no ver. De verdad. No perdáis el tiempo. Mejor una teleserie coreana. Son inanes. Pero más divertido. Y se ajustan a las expectativas. Esto es una desgracia para el cine… Y es que encima se habrán gastado una pastuza en ir de lado a lado por el mundo como pollos sin cabeza.
El título original de esta última película del coreano Hong Sang-soo se traduce como la torre. O la pagoda. En inglés la han llamado Walk up, en castellano, En lo alto. He dicho la última, pero vete tú a saber. Al ritmo que Hong va rodando películas, con escasos presupuestos y medios, con enorme sobriedad, pero con mucho esfuerzo de escritura y de diálogos, quizá ya tiene otra estrenada o a punto de estrenar en su país. Espera un momento que compruebo… pues sí… dos, esta y esta, que ya se han podido ver en Francia, supongo que en algún festival. A pares. Y en esas sí que trabaja como actriz una de mis favoritas, Kim Min-hee, que en la que hoy nos ocupa ha participado como directora de producción y fotógrafa de plato. Cuando ruedas con cuatro wones, tienes que valer para todo. Me gustaría saber si las imágenes que veo por internet son fotos suya o meros fotogramas extraídos del metraje de la película. Hace unos años que siento debilidad por esta mujer, y la he echado de menos en la pantalla.
Pero vamos a lo que vamos. Hong Sang-soo sigue a lo suyo. Sigue argumentando sobre los mismos temas. El creador, sus crisis, sus fracasos en las relaciones… Alter egos, variantes de sí mismo, presentados en diversas situaciones, para reflexionar sobre cuestiones existenciales. El escenario, un edificio de 4 plantas, contando la planta calle. En los países del Asia oriental, no hay planta calle, bajos o principales. La planta calle es la 1F (1st Floor), directamente, y a partir de ahí se siguen contando hasta la última, la 4F en este caso, que es un ático… más bien una buhardilla como alguien atinadamente dice en la película, aunque con terrazas y vistas. Ese edificio es la torre del título. Propiedad de una diseñadora (Lee Hye-yeong) que, además de tener un estudio en el sótano para sí misma, alquila espacios para un restaurante (Song Seon-mi) y otros inquilinos. Un día llega un amigo, un prestigioso director de cine (Kwon Hae-hyo), acompañado de su hija (Park Mi-so), que quiere ser diseñadora de interiores y quiere aprender con la propietaria. Y a partir de ahí, cuatro episodios, que transcurren en los distintos pisos del edificio, en momentos distintos, con lapsos de tiempo entre ellos que pueden ser de años. Y a veces, en universos alternativos donde las cosas suceden de otro modo.
La puesta en escena y la estética es la habitual en muchas de las películas del director. Planos fijos, muy estáticos, donde dos o más personas conversan. Con algún zoom, hacia dentro o hacia fuera, repentinos, para variar la información y la subjetividad del hablante. En blanco y negro, austero. En un escenario anodino. Un rincón urbano como otro cualquiera, en Seúl o cualquier otra ciudad que se os ocurra. Y gente que come y, sobretodo, bebe. Habitualmente soju, pero en esta película se empujan también unas cuantas botellas de buen vino tinto. Y hablan. Diálogos que pueden ir desde lo banal, a lo profundo, y que hay que considerar en su conjunto. Y siempre con intérpretes, la mayor parte de ellos muy veteranos, que son capaces de dotar de naturalidad, alejados de todo tipo de estridencias, a estas secuencias.
El cine de Hong Sang-soo o lo compras y te aficionas y te haces adicto, o lo dejas y te dedicas a otra cosa. No creo que haya término medio. Como de costumbre, películas que entusiasman a la crítica, pero que llaman a las salas a un número limitado de espectadores, de los cuales, los entusiastas seremos una parte, desconozco el porcentaje. En cualquier caso, hay que haber tenido vivencias, iguales o distintas, a lo largo de tu vida que te permitan resonar con lo que se dialoga en pantalla. Quizá por eso es difícil ver gente joven en estas películas. En cualquier caso, yo lo compro, y me hago adicto a ellas. Mientras vayan viniendo a la cartelera, bienvenidas sean. Mejor si sale Kim Min-hee, aunque sea un poquito. Pero bueno. Por lo demás, ni la recomiendo, ni la dejo de recomendar. A mí me vale.
Una de las cosas que llama la atención, si te pica la curiosidad y tiras de traductores o de otro tipo de informaciones, es que el título «internacional» de esta película del islandés Hlynur Pálmason, o sea, en inglés, y su título original en danés e islandés, la película es bilingüe en estos dos idiomas germánicos nórdicos, son distintos. Contradictorios. Si en inglés es tierra de Dios, en los idiomas nórdicos sería más bien tierra miserable… una tierra dejada de la mano de Dios. Lo cual ya llama la atención notablemente. Venía esta película precedida de buenas críticas y de una escasa campaña promocional… típico relleno de las temporadas bajas de final de verano. Momento en el que eventualmente nos encontramos con estupendos hallazgos o maravillas cinematográficas que, por su calidad y valores narrativos y visuales, dejan en absoluto ridículo los taquillazos palomiteros que pueblan la cartelera en estas fechas. Y ya adelanto que esta es una de esas ocasiones.
En la segunda mitad del siglo XIX, cuando Islandia era un dominio danés, un pastor luterano (Elliott Crosset Hove) es enviado desde Dinamarca a la volcánica isla para construir una iglesia y fundar una parroquia en una pequeña comunidad islandesa. Aunque advertido por su obispo de las dificultades de adaptación que supone la isla, opta por desembarcar en el extremo opuesto al lugar dónde se encuentra la comunidad, y recorrer el interior de la isla con mulos. Lleva además una pesada cámara fotográfica de placas, que usa preparando su propio material sensible a base de colodión húmedo sobre la marcha. Pero la marcha le pasará factura. La mala relación con su guía islandés (Ingvar Sigurðsson), con quien no se puede comunicar, no conociendo la lengua. La muerte de su traductor debida a una desafortunada decisión suya. La enfermedad. Finalmente se irá recuperando cuando llegue a destino, gracias a un comerciante y granjero danés (Jacob Lohmann) y sus hijas (Vic Carmen Sonne y Ída Mekkín Hlynsdóttir). Pero nada será ya como esperaba.
Siendo el protagonista un pastor luterano, la mayor parte de las críticas y comentarios que he leído en castellano inciden en la pérdida de fe del protagonista ante el choque con la dura geografía física islandesa y el carácter de sus locales. Sin embargo no es ese el aspecto que más me llama la atención a mí. De acuerdo con alguna reseña que he leído en inglés, parece que Hlynur Pálmason ajusta cuentas con el pasado colonial de la isla. El protagonista, danés, monolingüe, incluso se niega a aprender el idioma islandés, contempla a través de su cámara y su placas fotográficas a los locales con condescendencia, desprecia las características singulares de la isla, que acabarán quebrando su determinación y abocándolo a un final poco halagüeño. Y en esa crítica al colonialismo específico encontramos una crítica global a todos los colonialismos y al desprecio por quien encontramos primitivo, poco civilizado. Hacia quien habla otros idiomas que, por desconocidos, despreciamos. El siglo XIX fue el siglo de los nacionalismos, lacra que arrastramos todavía hoy. Pero frente a un nacionalismo reivindicador que surge de un grupo étnico en desventaja, siempre encontramos un nacionalismo dominante, con un falso sentido de superioridad. Siguen encontrándose estas actitudes hoy en día.
La factura de la película es primorosa. Rodada en un austero formato académico, para evitar que la magnificencia del paisaje islandés se apodere de la experiencia humana, no deja de ser una película de gran belleza visual. Que se cuece a fuego muy lento, pero de forma imparable e implacable. En varios momentos, las imágenes que nos ofrece Pálmason y su excelente directora de fotografía Maria von Hausswolff nos hacen especialmente conscientes del paso del tiempo y de cómo este va generando transformaciones. En el paisaje, en las cosas, en las personas. Y se sustenta especialmente en un reparto fenomenal, de intérpretes que no serán conocidos en nuestro entorno, pero que dotan de carácter y alma a la película.
No sabía que esperar de esta película, aunque confiaba en que fuese una agradable sorpresa. Y me he encontrado con un largometraje, son más de 140 minutos de duración, que compite en calidad y profundidad con las mejores películas del verano y del año. Quizá no lo disfruten los aficionados al cine palomitero, con mucha acción y esas cosas, pero es fenomenal.