Sigo con mi tónica habitual. Cuando estoy en temporada laboral, no consigo concentrarme en la lectura ni por lo que se dijo, mientras que en el momento en que cojo vacaciones e inicio un viaje, empiezo a devorar libro. Según mis anotaciones en Goodreads, este libro de relatos de la antillana guadalupana Maryse Condé comencé a leerlo el 20 de junio de 2022. Y termino de leerlo un 11 de agosto siguiente, en el avión que me llevaba de Madrid a Múnich. Y eso que cuando lo empecé, enseguida empecé a apreciar la prosa de Condé. Y mucho.
A caballo el libro entre la isla de Guadeloupe y el París de posguerra, a falta de fotos de la isla antillana, tendremos que conformarnos con algunas fotos parisinas. Que tampoco vienen mal.
El libro nos lleva a la infancia y adolescencia de la escritora francesa, descendiente de esclavos africanos, y nacida en la isla de Guadaloupe. Breves relatos, brevísimos en ocasiones, pinceladas de lo que es la vida de una niña negra de familia acomodada en los barrios de la ciudad antillana. Y el complejo sistema de relaciones dentro de su numerosa familia, y con el vecindario y la multicolor sociedad de las islas. Relatos ligeros, humorísticos en ocasiones, en las primeras edades de la escritora, cuando es una niña, que se van volviendo más profundos y oscuros conforme va creciendo. Llegando a la adolescencia con los conflictos propios de la edad, y con una profundización cada vez mayor en los temas que preocupan a la escritora; el papel de las mujeres, el racismo, los conflictos entre razas, las desigualdades sociales… la sensación de que siendo negra nunca podrás llegar al mismo sitio que si fueras blanca.
Una lectura amena, dinámica, entretenida, pero que, como indica el título, tiene corazón. Para lo bueno y lo malo. La infancia, el paso de la infancia a la edad adulta, la toma de decisiones, cuando te das cuenta de quién te falta realmente y quién no. Unos escritos que salen muy desde dentro, y sobre los cuales, cualquier persona podrá darse por aludido, si no por las situaciones concretas, por los temas de fondo. Muy recomendable.
Recientemente se ha emitido, y está disponible, en Amazon Prime Video la adaptación televisiva en acción real de la aventura gráfica que presentamos hoy. Y muchos enterados, muchas «plumas ilustradas» de la red de redes, hablan del «intento de Amazon para emular Stranger things» o cosas por el estilo. Vamos a ver. Aclarémonos. El primer cuadernillo de los treinta que consta esta aventura se publicó en Estados Unidos en octubre de 2015, en España lo pude leer en abril o principios de mayo de 2016, y la serie de terror fantástico, pseudociencia ficción de Netflix, se estrenó en julio de 2016. Y la obra de Vaughan y Chiang es ciencia ficción pura y dura, mientras que los strangers es terror disfrazado de ciencia ficción. Sin hablar de los temas que tratan ambas obras. Ya he visto la primera temporada de las chicas repartidoras de periódicos en Prime Video, pero de eso hablaré otro día. Primero, mi relación con la obra original, la aventura gráfica.
Las fotografías tomadas en la sección de diseño y en la exposición dedicada al 50º aniversario de los juegos olímpicos de 1972 en la Pinakothek der Moderne de Munich, con esos diseños tan futuristas, me han parecido apropiados para ilustrar esta entrada. Especialmente porque las chicas protagonistas hacen su trabajo de repartidoras de periódicos montadas en sus bicicletas.
En mayo de 2016 yo estaba familiarizado con la obra de Vaughan a través de su colaboración Fiona Staples en la estupenda y fenomenal Saga, una de las mejores aventuras espaciales a las que he accedido en mi vida. Teníamos planeado visitar a unos amigos cuya hija menor, entonces de 13 años, había sido intervenida de una pequeña tontería sin importancia. Pero entramos en una librería de cómics y vimos el primer cuadernillo de Paper girls, y se lo llevamos como pequeño detalle. Aunque como la visita fue al siguiente día, me lo leí en casa. Un grupo de cuatro chicas de 12 años que en la madrugada del 1 de noviembre de 1988, tras la resaca de la noche de Halloween, salen a repartir periódicos y ganarse unos dinerillos. Es el primer día en esta actividad para Erin Tieng, una chica de origen chino. Y tendrá que enfrentarse a unos adolescentes bastante macarras y… a un conflicto, una guerra en el tiempo, entre unas gentes venidas del futuro partidarias de la liberalización del viaje en el tiempo y de cambiar la historia cuando es mala, frente a los que quieren controlar los viajes en el tiempo, y dejar la historia como está. Me recordó bastante, aunque la historia es distinta a una novela de Asimov que siempre me gustó, The End of Eternity (El fin de la eternidad), aunque luego la cosa sea muy distinta. Siempre me han gustado los viajes en el tiempo.
A partir de ahí… como la madre de la chica formaba parte de nuestro «club de ir al cine», todos los meses le comprábamos otro cuadernillo, me encargaba yo, y me lo iba leyendo antes de pasárselo a la madre en la siguiente visita a las salas de cine. Y así me fui leyendo la historieta. Y me estaba gustando mucho, mucho, a pesar de estar destinada francamente a un público más juvenil frente a la historia más madura de Saga, u otra que leí de Vaughan, We stand on guard, en colaboración con Steve Skroce, que también me gustó mucho. Hasta que llegó la pandemia. Y a falta de cinco o seis cuadernillos para terminar la aventura gráfica… interrumpimos la agradable dinámica. Finalmente, los padres de la chica le compraron los números que le faltaban cuando se empezó a normalizar la situación, y yo me quedé sin saber como terminaba. Cuando hace unas semanas me enteré de la adaptación televisiva, me busqué una versión en formato electrónico y la terminé, empezándola desde el principio. Y si por episodios me estaba gustando bastante, leída de tirón, resultó ser absorbente, de las que no puedes dejar de leer y acabas apagando tarde por la noche la luz. Es muy divertida.
Con personajes con los que empatizas y te encariñas, la serie trata temas más reales que la serie de Netflix con la que se le compara, que es mucho más anecdótica en el fondo, sin dejar de ser una serie pensada para el público juvenil. Pero cualquier adulto sin prejuicios y con imaginación la puede disfrutar mucho. La escritura de Vaughan es fenomenal,… he de decir que la versión en libro electrónico fue el original en inglés, que es más barato, y la historia en su conjunto deliciosamente variada, llena de acción, y entretenida. Pero además, la ilustración de Chiang es también estupenda, mereciendo la pena destacar la importante labor del colorista Matt Wilson, y del rotulista y diseñador Jared K. Fletcher. Vamos. Que me lo pasé pipa. Una de las lecturas de ciencia ficción más divertidas que he leído y disfrutado en mucho mucho tiempo. Total y absolutamente recomendable. Y su valoración crece en el tiempo en mi memoria.
Vuelvo una vez más a una de mis autoras preferidas en habla inglesa, aunque sea un libro traducido al español. Es el noveno que leo de Joyce Carol Oates desde el primero en 2015. Y si algo caracteriza a la autora es que, conservando una gran coherencia en cuanto a los temas y los mensajes que nos lanza a través de sus obras, la forma de las mismas varía, mostrando diversidad y dominio de los géneros literarios. Uno de esos autores siempre candidatos al Nobel… que probablemente nunca recibirá. En cualquier caso, esta autora ya octogenaria se sigue mostrando perfectamente lúcida y capaz, con una carrera enormemente productiva. Mucho me tendría que espabilar para abarcar toda su extensa obra.
La escritora, Joyce Carol Oates, es nacida en el estado de Nueva York, donde ha localizado la acción de algunas de sus novelas. No necesariamente las que nos ocupan hoy.
En esta ocasión afronto un volumen con dos novelas cortas que cogí de oferta en mi tienda de libros electrónicos habitual. Por lo que he colegido, en el original inglés el volumen incluía cuatro novelas cortas o relatos. Quizá en castellano considerase que si lo dividía por dos igual aumentaban los beneficios. O algún otro razonamientos cuya lógica probablemente se me escape. En cualquier caso, el libro que yo adquirí incluye dos novelas cortas en las que la protagonista, femenina en ambos casos, distinta, son personajes distintos, se enfrenta a un misterio del pasado. Un misterio incluso de corte policiaco o criminal.
En el primero de los relatos, la protagonista es una académica e investigadora del ámbito de las letras y las humanidades, hija adoptiva de una pareja de profesores universitarios del medio oeste americano, que en torno a los treinta años de edad vive una vida tranquila, casi podríamos decir monótona y aburrida, hasta que le llega la noticia de que ha recibido una herencia de la que fue su abuela biológica. Lo que le permitirá conectar con la familia de sus padres biológicos, fallecidos en accidente en extrañas circunstancias. Una familia con misterios y personajes problemáticos, en la que comenzará a investigar quienes eran sus padres.
En el segundo de los relatos, Oates da una vuelta a algunos de los temas que Daphne du Maurier planteaba en su famosa Rebecca, cuando la protagonista, una estudiante de letras acabe casándose con un profesor universitario, viudo de una famosa poetisa, muy rompedora y excéntrica, que murió en extrañas circunstancias. Por lo tanto, tendrá que vivir en una casa en la que la sombra de la fallecida lo ocupa todo. Y además, la fallecida dejó un hijo, novedad clara con respecto a la historia de du Maurier.
Cuando Oates plantea los misterios de estos relatos, no busca tanto su resolución, como tratar los temas que son frecuentes en sus novelas. Los problemas de la identidad, del lugar en el mundo, de la complejidad de vivir a la sombra de un hombre con gran influencia sobre la protagonista femenina, la relación con la infancia y la maternidad, propia o delegada. Lo bueno es que en este caso, además del interés de los temas, te llevas añadida la intriga por saber qué pasó. Incluso si es algo que nunca acabas de aclarar. Porque incluso la realidad puede ser relativa.
El año 2011 fue un año… relativamente malo para mí. Lo empecé con mucha ilusión, haciendo planes… pero casi todos se fueron torciendo por el camino. Y una de las cuestiones que más influyó fue que mi padre empezó a acusar deterioros en su salud, e ingresó en el hospital varias veces. Y en estas estancias hospitalarias siempre aprovechaba para leer. Siempre con algún libro de bolsillo a mano. Editorial Salamandra había cumplido años recientemente. Si no recuerdo mal, 20 años. Y había sacado un serie especial de libros de bolsillo conmemorativos, de los que leí casi todos. Y entre ellos, la Suite Francesa de Irène Némirovsky, obra inacabada de una inmigrante rusa judía a Francia, y que tras desarrollar una interesante carrera literaria en el idioma de Molière, fue traicionada por su patria de adopción, y acabó sus vidas en un campo de exterminio nazi. Los franceses siempre cuentan más sobre la resistencia al nazismo, que sobre el abundante colaboracionismo que existió en el país durante la ocupación y el infame régimen del mariscal Petain. La Suite francesa permaneció inédita hasta 2004 cuando se publicó y hubo un redescubrimiento de la obra de una escritora que había permanecido ignorada desde su muerte.
Me gustó mucho aquella obra inacabada, por lo que en los años siguientes volví a la autora, leyendo varias de sus obras, todas publicadas por Salamandra. Esta fue una editorial muy interesante, pequeña en comparación con otras, de carácter independiente, de las que descubría escritores de calidad, ignorados por las grandes, más preocupadas por la cuenta de resultados que por la cultura o la literatura. En 2019, con 30 años de recorrido fue comprada por una multinacional,… así que… se acabó la independencia, y [mode ironic/on]»bienvenidos»[mode ironic/off] los oligopolios justo donde más hace falta la diversidad, en el mundo de la cultura y las ideas. En cualquier caso, esto ha sido una pequeña disgresión que espero disculpéis, desde el año 2016 no había vuelto a la autora rusofrancesa. Hasta que una oferta flash en Amazon me llevó a esta interesante novela.
Publicada originalmente en 1939 por capítulos en una revista con el título Les échelles du Levant (Las escalas del Levante). Ya no pudo editarse en forma de libro por la guerra y la muerte de Némirovsky. Cuando se reeditó en forma de libro en 2005, ese título se asociaba a una novela de Amin Maalouf, y por ello se publicó como Le maître des âmes (El maestro de almas), expresión que aparecen en el relato para referirse a su protagonista. Este es un médico levantino, joven cuando comienza el libro. Se dice en él que es un meteco con ancestros griegos e italianos, que procede de algún lugar de Crimea o Ucrania. Probablemente judío, lo cual no se establece expresamente en ningún momento, que yo recuerde. Podría estar equivocado. Que malvive en Niza en los años 20 del siglo XX con su esposa embarazada, y que no consigue salir adelante puesto que los franceses no confían en él por su carácter extranjero. Pero por una suerte de carambolas, y plagiando con ciertas modificaciones los métodos del recientemente puesto moda psicoanálisis de Freud, al que hipócritamente critica, se hace un nombre y una fortuna, aunque siempre pendiente del dinero y de las apariencias, en una sociedad en la que nunca se sentirá integrado.
Este es un libro duro. Siendo Némirovsky una exiliada de la Europa oriental, siendo de origen judío, se muestra implacable con el protagonista de su relato. Aunque pueda sentir compasión de él y su familia cuando sufren, no deja de ironizar e incluso satirizar sus actitudes cuando le llega el éxito, así como todos sus intentos por huir hacia adelante cuando se tuercen las cosas. Llegando a la absoluta falta de ética profesional y al crimen. Las ironías de la esposa fiel y enferma que le perdona sus constantes infidelidades, y la ironía de la hija que le repudia al integrarse entre las familias de bien francesas que le desprecian y a las que desprecia, salvo justamente la de la mujer a la que amó, y que representa la Francia en la que le gustaría integrarse pero que le rechaza, y que justamente en la que integra su hija. Representante de la figura del judío errante en la conflictuada sociedad francesa de entreguerras.
Por esta novela, y otros escritos, se ha acusado en ocasiones a Némirovsky de ser una judía renegada y antisemita. Se convirtió al catolicismo, creo que en torno a 1938, aunque eso no le sirvió para evitar las leyes antisemitas de la Francia de Vichy y formar parte del enorme listado de víctimas del racismo de la Alemania nazi. Pero no son pocos, y así lo entiendo yo también tras leer el libro, que Némirovsky lo que hace es repartir estopa a todos los palos. Tanto critica la hipocresía de la sociedad francesa, el racismo y xenofobia de la clase media, como el ansia del dinero del levantino y su pérdida de valores. Valores que existían pero a los que renuncia, puesto que también desea renunciar a su herencia. No obstante, como he leído en algún sitio, el conocimiento de la historia posterior, el propio genocidio en el que pereció la escritora pero que no formó parte de su bagaje literario, hace que la lectura de su obra sea difícil para algunos desde la perspectiva moderna. Némirovsky no se andaba con contemplaciones para los protagonistas de sus propias creaciones, y era muy consciente de los problemas de la sociedad en la que vivía.
Esta novela, que leí ya de regreso de mi viaje de vacaciones, es compleja. Pero apasionante. Bien escrita. Y muy recomendable. Pero conviene centrarse en su lectura, libre de prejuicios y evitar juzgar a sus protagonistas con la misma dureza que ejerce la propia escritora, para mantener una adecuada distancia y perspectiva sobre la hipócrita sociedad que se critica.
Comentaba hace unas semanas la novela más reciente de Kazuo Ishiguro. Escritor de origen japonés y nacido en Japón, pero que lleva viviendo en el Reino Unido desde los cinco años de edad, tiene la nacionalidad británica y escribe en inglés. Y con ese motivo, recordaba que era mi segunda novela del autor en el ámbito del género distópico, mientras que la otra novela que había leído, dos veces, era un retorno a sus raíces niponas. En mis últimas vacaciones volví a una novela en la que Ishiguro retorna al Japón de posguerra, poniendo en la picota la actitud de los artistas e intelectuales del país ante la perniciosa ideología militarista y totalitaria que llevó al país al desastre de la guerra.
El Tokio contemporáneo es una metrópoli multicéntrica, donde el equivalente a ese mundo flotante de los artistas del periodo Edo se encuentra repartido por distintos distritos de la capital japonesa. Pero sin duda, el barrio de Kabukicho en Shinjuku es el más conocido y amplio de los barrios del placer y el entretenimiento para adultos (por decirlo eufemísticamente) de Tokio y de Japón.
En la novela, conocemos al señor Ono, un pintor retirado, narrador en primera persona del relato. Son los años inmediatos al final de la guerra mundial, entre 1948 y 1950. Ono se ve a sí mismo como un artista con prestigio e influencia social. Ha perdido a un hijo en Manchuria durante la guerra, y a su mujer en un bombardeo. Su hija mayor está casada, y su hija menor, con 26 años está en negociaciones con un pretendiente, a través de un omiai (お見合い), el proceso tradicional para los matrimonios concertados. Uno de estos omiai ha fracasado. Y aunque no se lo dicen con claridad, su yerno y sus hijas achacan el fracaso a su postura favorable al régimen militarista que llevó al país a la guerra y al desastre. Con el país bajo la ocupación y la administración de los Estados Unidos y con un revisionismo general de la historia reciente del país, el pasado y las opiniones de su padre son vistas como una amenaza por las hijas. Mientras, Ono recuerda episodios de su pasado, desde que era un joven artista hasta sus años de esplendor inmediatamente antes del conflicto bélico.
La novela es un ejemplo brillante de un relato contado en primera persona por un narrador no fiable. Sea por la edad del narrador, sea por la deformación de la realidad que produce el paso del tiempo, sea por el desea de presentarse a sí mismo bajo una luz favorable hacia sus opiniones y sus actos en el pasado, constantemente nos surgen dudas sobre la realidad y la objetividad de lo que nos narra. Incluso el mismo introduce la duda cuando reconoce que las palabras que reproduce pueden ser o no las suyas… aunque según él sean adecuadas a lo sucedido. Sabremos, de todos modos, que fue un pintor adepto al régimen, y que colaboró en la creación de piezas propagandísticas de exaltación de las presuntas virtudes del pueblo y del régimen nipón.
El artista del mundo flotante al que alude el título no es el protagonista y narrador del libro. El mundo flotante, ukiyo (浮世), es el mundo de los barrios del entretenimiento y el placer de las ciudades, especialmente Edo (luego llamada Tokio), durante el periodo del shogunato anterior a la restauración Meiji. Una de las manifestaciones artísticas más conocidas de ese periodo fueron las estampas ukiyo-e (浮世絵), estampas del mundo flotante, que representaban imágenes fugaces de la vida cotidiana de las ciudades japonesas en ese periodo, así como retratos de geishas, cortesanas, actores de teatro y otras gentes de ese mundo flotante, fugaz, liviano. Aunque luego la denominación incluyó estampas con temas diversos, pero realizadas con las mismas técnicas de grabado en madera y estampado, como los paisajes de las vistas del monte Fuji o de las estaciones de la ruta Tokaido de artistas como Utamaro, Hiroshige o Hokusai. El maestro de Ono era el artista del mundo flotante, que se sintió traicionado por Ono cuando este comenzó a pintar los motivos de exaltación al régimen ultranacionalista, militarista y totalitario.
Por lo tanto, la novela de Ishiguro tiene dos vertientes, ambas interesantes; la privada del narrador, en la que no deja de percibirse el conflicto interno sobre su vida, aun con sus constantes intentos de autojustificación, y la censura ante los artistas e intelectuales que, por convicción o por conveniencia, se pliegan a los deseos, los temas o las ideologías dominantes, por injustas o perniciosas que estos sean. Es, por lo tanto, una reflexión sobre la responsabilidad colectiva sobre los momentos más oscuros de la historia de los países, las sociedades o las comunidades. Y con el paso del tiempo, el libro va creciendo en mi memoria y en mi consideración, por lo que me parece altamente recomendable, tanto por su tema como por la forma en que está presentado. Quizá, de lo único que me arrepienta, es de no haber optado por la versión original en inglés.
Comencé a leer esta novela de crimen y policías cuando terminaba mis minivacaciones de Pascua. Pero por culpa de mi bloqueo lector de los últimos tiempos, no la terminé hasta que, de nuevo de vacaciones y relajado, en un par de trayectos de tren la terminé. No es la primera novela que leo de Seichō Matsumoto. Y al igual que la anterior, esta también me ha gustado. Y comparte algunas características que, deduzco, se deben encontrar presentes en toda la literatura de Matsumoto, popular escritor de género policial y novela negra japonés del siglo XX.
Algún tren nocturno queda por Japón… pero pocos. Sustituidos por los «shinkansen»… pero yo aquí traeré tres más modestos, regionales y locales, y algún diurno que realiza conexiones algo más prolongadas.
El original japonés se titula Ten to sen (点と線), puntos y líneas, haciendo referencia a los mapas de trayectos de las guías ferroviarias del país nipón. Un país en el que el ferrocarril es fundamental para la vertebración de la sociedad y el territorio desde que entro en la industrialización y modernización en el siglo XIX. Y es que el análisis de los horarios de los ferrocarriles y los ferris que recorren el país será clave para que los inspectores de policía que investigan el presunto suicidio conjunto de un funcionario estatal y una joven camarera, residentes en Tokio, supuestamente amantes, resuelvan lo que finalmente es un asesinato premeditado, en la costa cerca de Hakata, un distrito de la ciudad de Fukuoka en la isla de Kyūshū. Detrás del asesinato una trama de corrupción gubernamental en la que el funcionario podría ser un testigo clave.
La historia se plantea como una whodunit, de estructura… podríamos decir «clásica»… Agatha Christie podría haber escrito algo parecido, pero no igual. Todo indica a un suicidio pasional… salvo porque a un veterano, y un poco de vuelta de todo, policía de provincias no le cuadran algunos detalles. Lo mismo le pasa a un joven y dinámico inspector de Tokio. Y paso a paso, van desentrañando el misterio de cómo aquellos más interesados en el asesinato, pero con coartadas aparentemente sólidas, pudieron estar en el lugar de los hechos y no donde dijeron estar. Hay que decir que toda la trama de viajes en tren, avión y ferri por la geografía japonesa está basada en la realidad de lo que serían los años cincuenta. El «expreso de Tokio» del título en castellano sería el Asakaze [朝風, viento o brisa de la mañana] un tren nocturno rápido que unió durante un tiempo Tokio con Hakata, aunque posteriormente se limitó el viaje hasta Shimonoseki, al sur de la isla de Honshu. Con la entrada en servicio de los shinkansen o líneas de alta velocidad, desapareció, por la mayor comodidad y rapidez de estos nuevos trenes. El inspector tokiota ha de ir desentrañando las posibilidades, remotas, de los horarios de los transportes públicos (los puntos y líneas del título original) para destripar el misterio.
Pero más allá del entretenimiento asociado a la trama policial, escrita con ritmo e interés, al igual que sucedía con la novela anterior que leí de Matsumoto, existe un punto, bastante amargo en su resolución final, de crítica social para el Japón de posguerra, ya en pleno desarrollismo en la segunda mitad de la década de los cincuenta del siglo XX, con corrupción y abundante cinismo en las esferas políticas y administrativas, que a veces, demasiadas veces, resuenan también en nuestras realidades actuales, hoy en día y en estas latitudes del globo terrestre. Y donde descubrir la verdad de los crímenes o de las conductas impropias no siempre viene acompañado del ejercicio de la justicia en el recuerdo de las víctimas y en el castigo de los beneficiarios de los crímenes. Una crítica social que Agatha Christie no se permitiría. Y por eso no me interesa, mientras que he disfrutado de esta novela de Matsumoto, perfectamente recomendable.
Hace dos días comentaba la buenísima impresión que me ha dejado la primera temporada de la adaptación televisiva del libro que nos ocupa hoy. Lo cierto es que tan interesante me pareció la historia y el enfoque de la situación de los coreanos en la diáspora, especialmente en Japón, que busqué el libro en formato electrónico. Faltaban pocos días para mis vacaciones, y son en estos periodos de reposo mental cuando consigo centrarme en la lectura, algo en lo que fallo mucho últimamente. Y ciertamente tengo varios libros pendientes que comentar. Y este no es el primero de los que leí. O terminé de leer. Pero me ha parecido adecuado comentarlo ahora, próximo al comentario que hice sobre la primera temporada de la serie de televisión que lo adapta.
Buena parte de la vida de Sunja transcurre en Osaka. Y por allí daremos un paseo fotográfico para ilustrar la entrada.
Escrito por Min Jin Lee [enlace en Wikipedia en inglés, porque el artículo en castellano es excesivamente escueto], escritora coreana nacida en Seúl, pero que se estableció en Nueva York y tiene también la nacionalidad estadounidense, nos cuenta la historia de una familia coreana trasplantada a Japón a lo largo de buena parte del siglo XX y durante cuatro generaciones. El personaje central, el pivote alrededor del que gira la historia, es Sunja. Una mujer a la que seguimos en sus vivencia y las de su familia y otras personas que le rodean, desde su nacimiento hasta que ya es una anciana. Durante la mayor parte de su vida vivirá en Japón, como consecuencia de un embarazo no deseado de un yakuza coreano, del que sale adelante gracias a un pastor protestante que se dirige hacia Osaka. Y allí, y otras ciudades niponas, vivirá durante el régimen militarista de los años 30, la guerra y sus terribles consecuencia, la pobreza de posguerra, y la salida adelante y a la prosperidad de la familia, aunque marcada por la discriminación a la que siempre será sometida por los japoneses étnicos por su origen. Incluso si buena parte de esa familia es nacida en el propio Japón.
Sunja es el personaje central. Pero no necesariamente protagonista. La historia, dividida en tres libros, en tres partes, que comprenden los periodos 1910-1933 [colonización japonesa de Corea y régimen militarista en el país nipón], 1939-1962 [represión, guerra y posguerra] y 1962-1989 [prosperidad y crecimiento de Japón como potencia económica]. Está escrita desde el punto de vista de un narrador omnisciente, y en cada capítulo el protagonista es un miembro de la familia, no necesariamente Sunja. Y en ocasiones relaciones colaterales, de gente que se cruza en las vidas de la familia. Conforme avanza el tiempo, Sunja, protagonista principal en el primero de los libros, cede el paso a sus hijos y su nieto, quedando como un personaje de fondo, el nexo de unión a todos los personajes del libro.
El libro trata de la discriminación, los estereotipos y la xenofobia que los coreanos que emigraron a Japón y sus descendientes sufrieron, y sufren aun hoy en día, a los que se tolera legalmente en el País del Sol Naciente, pero a los que se les suelen negar derechos ciudadanos y políticos. Debemos contemplar el cúmulo de eventos que sufre la familia como un resumen de lo que el conjunto de los zainichi, como se les llama en Japón, han venido sufriendo a lo largo del siglo XX. Una nota informativa. En relación a la nacionalidad de las personas, distintos países y culturas tienen distintas visiones. Desde el ius solis, el derecho del suelo, donde una persona tiene derecho a la nacionalidad en el país por haber nacido en ese país, independientemente de su origen, por ejemplo Estados Unidos, al ius sanguis, donde una persona tiene derecho a la nacionalidad por ser descendiente de personas de ese país, cosa que sucede en Corea del Sur y Japón, donde es difícil que alguien de ascendencia no coreana o japonesa, respectivamente, pueda conseguir la nacionalidad. España por ejemplo es una mezcla. En principio, prima el ius sanguis, lo que se pone de manifiesto en que los descendientes de españoles que viven en cualquier país del mundo pueden adquirir o mantener la nacionalidad española. Pero un extranjero puede adquirir la nacionalidad con relativa facilidad una vez que lleva 10 años arraigado y residiendo legalmente en el país (ius solis). Periodo que se acorta a sólo dos años para las antiguas colonias españolas en ultramar, Andorra, Portugal o judíos sefardíes.
En general, la visión que el libro da de los propios coreanos es diversa, ya que abarca todo el espectro de situaciones. Desde quienes no consiguen salir de la pobreza, los que entran en la delincuencia, los que se establecen como trabajadores, unos más, y los que consiguen prosperar. Pasa un poco de puntillas por las reacciones adversas a los emigrados en su propio país de origen, aunque no dejan de ser mencionadas, así como la complejidad de la existencia de dos Coreas. La visión de los japoneses es casi siempre negativa, quedando como un pueblo egoísta, que no reconoce sus errores, y que persiste en su marginalización de los coreanos. Sólo surgen algunos personajes japoneses que se relacionan bien con los coreanos. Pero muchas veces son también marginados por sus propios compatriotas; burakumin, delincuentes o presuntos delincuentes, mujeres rechazadas por su comportamiento familiar o sexual poco conservador, homosexuales, «delincuentes» políticos,… Quizá Lee, en su condena de los estereotipos… estereotipa a los japoneses. Aunque seguro que no le falta su falta de razón en su crítica. El libro da la sensación de estar muy bien documentado.
El libro ha sido un éxito de ventas en su país de origen… que es Estados Unidos. El idioma original del libro es el inglés. Y es la versión que yo he leído [a día de hoy son 3,79 euros en Amazon.es, frente a 13,29 euros la versión traducida al español], y se lee bien. Está bastante bien y es recomendable en general. Aunque tengo la sensación de que en esta ocasión la serie televisiva, con su historia no lineal y sus flashbacks es más interesante y bien planteada. Aunque también es cierto que la primera temporada ha adaptado el primer libro, que es el más fácil de adaptar. Las elipsis temporales son constantes y a veces da sensación de narración entrecortada. Pero bueno… está bastante bien.
Antes de pasar durante unos días al modo «solo fotografía» desde ya, quería dejar un comentario sobre el último e interesante libro que ha venido a engrosar mi biblioteca sobre fotografía. Las fotografías que ilustran la entrada son las realizadas para celebrar el Día mundial de la fotografía estenopeica, que se suele celebrar el último domingo de abril. Para saber más sobre ellas, podéis visitar Día mundial de la fotografía estenopeica 2022 – Ondu Pinhole 6 x 12 Multiformat con Fujifilm Neopan 100 Acros II.
Hará 13 o 14 años que conocí la obra de Mona Kuhn. Fue durante un visita a MadridFoto, una feria de arte fotográfico que se celebraba en Madrid, y que en lo que yo sé desapareció hace unos años. Visité varias ediciones. Era una experiencia interesante. Creo que fue en la de 2009 cuando vi algunos difuminados desnudos realizados por Kuhn en una colonia nudista en la costa atlántica del sur de Francia.
Después conocí nuevos trabajos de la fotógrafa brasileña de origen alemán, pero establecida en Los Ángeles desde hace un tiempo, y empecé a comprar sus libros de los que tenía cinco antes de la llegada de este último. Y me gustan mucho, y me gustan hojearlos de vez en cuando.
Cuando vi anunciado este último libro me interesó mucho. Y lo encargué. En aquel momento no estaba a la venta todavía. Me llegó a principios de esta semana. Me gustaría ser más exhaustivo en mi comentario, pero no he tenido mucho tiempo para hojearlo y leerlo con detenimiento. Decir que está dedicado a la Schindler House, obra del arquitecto norteamericano nacido en Austria Rudolf Schindler en 1922. Y combina las fotografías de los rincones y las luces del innovador edificio, producto de las vanguardias del momento, con retratos y desnudos realizados con la técnica de la solarización, que también apareció en aquellos momentos, fundamentalmente de la mano del estupendo Man Ray. He de decir que Mona Kuhn domina con maestría esta técnica, mucho más difícil de lo que aparenta.
El libro está publicado y excelentemente presentado por Steidl, la editora habitual de Mona Kuh. Y como tendré unos días libres a partir de principio del mes de junio, espero poder dedicarle el tiempo que merece. Muy recomendable.
Durante la década pasada, la trilogía del Recuerdo del pasado de la Tierra, más conocida en España como la trilogía de Los tres cuerpos, por el título del primero de sus libros, se elevó a la categoría de fenómeno en el ámbito de la literatura de ciencia ficción. Leí en su momento los tres libros. Con cierto escepticismo el primero, pero con especial avidez el segundo, y con mucho interés el tercero. Con posterioridad leí algunas cosas más de Liu Cixin, el autor chino de esta trilogía; una novela y una colección de relatos cortos.
China es el principal escenario de la novela. Así que nos pasearemos por Shanghái. Que ha estado sometida recientemente a escenas de aspecto «postapocalíptico» por los confinamientos forzosos ante repuntes de la covid-19. ¿No decía el régimen chino que había tenido un gran éxito en su lucha contra la pandemia que no supieron detectar y controlar antes de que se convirtiera en tal? ¿O va a ser que no nos podemos fiar de las propagandas de países totalitarios? Igual va a ser esto último.
Como ya he comentado en alguna ocasión con antelación, desde el punto de vista de su calidad literaria, lo que más disfruté fueron los relatos cortos. Como novelista, el interés de sus libros dependen más de sus temas y tramas que de su capacidad de narrador. En un tris estuve de ignorar los libros segundo y tercero de su trilogía porque en algún momento me resultó pesada la redacción los tres cuerpos. Sin embargo, la trama que despliega en su conjunto a lo largo de los tres libros me parece muy muy notable. Con estos antecedentes, y comprado en oferta flash en Amazon, me dispuse durante mis vacaciones de Pascua a dar cuenta de la primera novela del escritor chino, escrita al parecer en 1999, aunque publicada en España en 2019, tras el éxito de los tres cuerpos.
La premisa de la novela es la siguiente. A corta distancia del sol existe una estrella que ha pasado incógnita a los astrónomos por ocultarse tras una nube de polvo estelar. Y la susodicha estrella, a menos de 10 años-luz de distancia se convierte en supernova, bañando la Tierra en abundante radiación. Como consecuencia, todos los adultos y jóvenes mayores de 13 años mueren en el plazo de unos meses, dejando como únicos habitantes humanos del planeta Tierra a los niños de 13 años o menores. Que son formados por los adultos en ese plazo de tiempo para tomar las riendas de sus sociedades. Y a partir de ahí, los millones de niños que conforman la población mundial convierten el planeta en una especie de isla del señor de las moscas ha escala global, pero con una cantidad de medios increíble; a jugar, marranear chucherías, cachondeo, juegos de guerra con armas de verdad,… y bueno…
Sinceramente, la comparación con el libro de William Golding la he traído de otras fuentes. Pero sólo me convence a medias. Para empezar, el mundo que crea Liu me resulta muy inverosímil. Empezando por la posibilidad de que el barrido de radiación de una supernova a tan corta distancia no esterilizase casi por completo o por completo el planeta,… bueno… Matt O’Dowd de PBS Space-Time explica las consecuencias de una explosión de una supernova en las cercanías, .
El caso es que cualquiera que sean las consecuencias en la atmósfera terrestre, o directas sobre los genomas de los seres vivos, que sólo afecten a los humanos de más 13 años… pues sólo puede considerarse un recurso argumental alejado de la ciencia ficción dura para adentrarse en una especulación sociológica que… bueno… es eso, pura especulación. Que a mí, no me ha convencido. En el mejor de los casos, como crítica a los instintos más primarios del ser humano, que el avance de la tecnología y la cultura no ha conseguido apaciguar, como podemos ver en las noticias con la actividad bélica desarrollada por los criminales políticos y militares rusos. Y de otros lugares, que están pasando desapercibidos por no interesar a los medios de comunicación.
El libro es menos maduro literariamente hablando que las obras siguientes de Liu Cixin. Es decir… las demás. No se lee mal, pero tiene un valor circunstancial. A mí, finalmente, me dejó un tanto frío. Y además, ya me acostumbré en su momento a la afición de Liu a destruir total o parcialmente el mundo. En eso es muy creativo. Tan creativo, que lo de esta novela resulta un poquito soso en comparación con otras ideas suyas. No me arrepiento de haber leído esta novela, pero tampoco me atrevería a recomendarla necesariamente. O por lo menos a recomendarla con un mínimo de entusiasmo. Y además hay algo que me molesta de Liu… su aparente entusiasmo hacia el gobierno de su país, no especialmente un modelo de democracia.
Es la tercera novela que leo de Kazuo Ishiguro. Las dos primeras, una sobre su Japón natal, la otra sobre una ucronía distópica, me gustaron mucho. Pero mucho. Y siempre me pregunto porqué no he avanzado más en la lectura de su obra, que tampoco es tan extensa. Aunque suficiente como para que haya sido reconocido como uno de los más importantes escritores contemporáneos de lengua inglesa, y con el premio Nobel en 2017. Sí. Lengua inglesa. Nacido en Nagasaki, reside desde los cinco años en el Reino Unido, y tiene esta nacionalidad.
Dos de sus novelas han sido adaptadas al cine. Una de ellas con éxito de crítica y público y unas excelentes interpretaciones, aunque luego no fue reconocida en la temporada de premios; muchas candidaturas pero sin resultados. La otra pasó más desapercibida en la cartelera, y no fue capaz de extraer todos los matices y toda la profundidad del texto literario. Y sin embargo también es una película muy recomendable, que a mí me impactó considerablemente, con unas interpretaciones estupendas, por parte de dos de sus tres protagonistas especialmente, los menos conocidos, chica y chico. Y que me llevó a iniciarme en la lectura de Ishiguro. La novela en la que se basaba todavía me gustó más. Si uno no acababa enamorado de Carey Mulligan y de la Kathy que componía, con toda la tristeza que acarreaba al final, es que no tenía sangre en las venas.
Aunque la novela está ambientada en Estados Unidos, fotográficamente he preferido irme al Reino Unido. Con paisajes a la orilla del mar con cierta melancolía, que creo que le convienen a la novela. Qué barbaridad. Ya tienen 10 años casi estas fotografías, que parece de antes de ayer.
Y lo cierto es que esta novela que nos ocupa hoy está claramente emparentada con aquellas. En un futuro próximo, menos distópico y quizá más probable de lo que imaginamos. En un mundo donde los niños y adolescentes, mejorado en su mayoría por ingeniería genética, para una mayor salud y capacidades intelectuales y académicas, pueden disfrutar de la compañía de su mejor amigo en forma de un robot de aspecto humano gobernado por una inteligencia artificial. Y uno de estos es Klara, una AF (artificial friend), cuya energía proviene del sol, que será adquirida para Josie, una chica de 14 años… que no está mejorada genéticamente, y que tiene una enfermedad que tal vez no tenga remedio.
La novela está escrita desde el punto de vista de Klara como narradora. Un punto de vista ingénuo, en la medida en que su visión del mundo y la forma en que establece relaciones de causa-efecto está limitada a una programación básica dirigida a empatizar con el niño o niña que la adquiere, y por sus propias observaciones. Pero esa ingenuidad al mismo tiempo es refrescante; y conforme adquiere experiencia y mejora sus «emociones», la hace más humana. No deja de ser, en cierta medida, y desde otros enfoques, una nueva versión de la Kathy de Nunca me abandones. Pero también está emparentada con Lo que queda del día, puesto que en lugar de dar voz al personaje principal, Josie, esta la lleva el sirviente, el personaje en las sombras, poco importante, Klara (en lugar del mayordomo de la ficción histórica de la anteguerra mundial en los años 30).
Hay algún optimismo y esperanza en la excelente narración de Ishiguro, pero también pesimismo. En Lo que queda del día, nos movíamos entre las clases altas británicas jugando a la alta política, ignorando la realidad del catastrófico rumbo al que se dirigía el mundo y que tantos muertos y sufrimientos iba a causar el flirteo mundial con los totalitarismos de todo signo. En la novela que nos ocupa, también nos movemos entre una clase media-alta, acomodada, burguesa, pero entrevemos las desigualdades sociales, y la degradación a la que va llegando cierto parte de la población, fruto de esas desigualdades, de la degradación del medio ambiente y de la desconfianza social. Una novela que tiene muchas capas.
Como muchas obras de ciencia ficción o anticipación, la novela reflexiona sobre qué significa ser humano. Tanto en el sentido individual, lo que nos hace personas, como en el sentido colectivo, lo que nos hace sociedades humanas. Y lo hace con la excelente prosa de Ishiguro. Quizá, si de algo me arrepiento es de no haber ido por la versión original de la novela. En cualquier caso, es muy recomendable. Sony adquirió los derecho para la adaptación a la gran pantalla, y ya aparece en IMDb como «en desarrollo», pero poco más se puede decir sobre el tema.
Vamos con el segundo de los libros que leí durante mi retorno a las letras impresas (o electrónicas) en la semana de Pascua. Y también es el retorno a un valor seguro, a Haruki Murakami y sus relatos cortos. Si interesantes son las novelas del nipón, sus relatos cortos pueden llegar a ser apasionantes. Es un género en el que el escritor se mueve todavía con mayor libertad, tanto en la estructura narrativa como en sus temas. Y eso que sus libros de relatos suelen tener algún tipo de unidad temática.
De las tres grandes ciudades de la Keihanshin, justamente la que no he visitado es Kobe. Sí que he visitado Kioto y Osaka. Esta última es la que me sirve para ilustrar esta entrada.
En esta ocasión, el terremoto de Kobe de 1995, conocido también como el Gran terremoto de Hanshin-Awaji. Los años 90 fue una época difícil para Japón. De alguna forma, fue el final de la burbuja de aparente felicidad en la que se estaban moviendo durante la segunda mitad del siglo XX, una vez superada la posguerra mundial. Crecimiento económico, avances tecnológicos, un lugar respetado en la comunidad internacional, impulso a la cultura y el entretenimiento, viajeros japoneses con sus cámaras de fotos por todo el mundo… Quizá todo un poco artificial, un gigante con pies de barro… pero no se veía así en su momento. Pero en los años 90 llegaron malas noticias. Los atentados con gas sarín, la burbuja económica que explota y arrastra crisis financieras, y en la mitad de la década un fuerte terremoto. Si no causó tantas víctimas mortales como otros, aunque alcanzaron las 6.434 (estimaciones oficiales), al impactar sobre una parte de la densamente poblada región metropolitana Keihanshin (Kioto-Osaka-Kobe), los daños materiales fueron inmensos. Y el país se sumió en un estado de depresión moral.
El libro, cuyo título original es Kami no kodomotachi wa mina odoru 神のこもどたちはみな踊る [Todos los hijos de Dios bailan], ofrece seis relatos que transcurren inmediatamente tras la tragedia. Un hombre que es abandonado por su mujer, una adolescente que huye de su casa, una médica japonesa desarraigada que busca consuelo en un viaje a Tailandia, un huérfano que descubre con sorpresa que su pasado no es como pensaba, un empleado de banca al que una rana gigante le pide ayuda para evitar un seísmo peor en Tokio, o un escritor que no puede escribir. El tono de los relatos se impregna de la tristeza colectiva, aunque ofrecen siempre un apertura a la esperanza y el optimismo.
Quizá no sea el mejor libro de relatos que haya leído de Murakami, ni con el que mayor conexión haya sentido. Pero desde luego está a muy buen nivel y es absolutamente recomendable. Siembre dentro de ese realismo fantástico que caracteriza la escritura de Murakami, las personas que protagonizan los relatos son gente común, con mayor o menor éxito en la vida, pero que pueden fácilmente representar al ser humano corriente a lo largo de la escala social. Y que puntualmente se encuentran en situaciones extraordinarias, a veces increíbles. Pero que les harán avanzar en su vida. Los relatos, cortos o largos, de Murakami siempre resuenan en mi interior. Espero seguir disfrutando periódicamente de sus letras.
La semana de Pascua fue una semana relativamente feliz y tranquila, con viaje a Italia incluido, y eso sin duda fue clave para romper con el bloqueo en la lectura que me tiene un poco atenazado desde hace unos meses. Bueno… con idas y venidas, desde que comenzó esta maldita pandemia. Me cuesta concentrarme en la lectura. Pero no durante esos días, por lo que aproveché para leer varios libros que tenía en espera. Vamos con el primero.
No es la primera vez que leo a Aki Shimazaki. Y realmente siempre he disfrutado de las obras de esta escritora japonesa, pero que no escribe en japonés. La escritora, nacida en 1954, se mudó en 1981 a Canadá y vive en la actualidad en Montreal. Comenzó a escribir a finales de los años 80 publicando su primera novela en 1991. Pero optó por escribir en la lengua de su país de adopción, el francés. Incluso si sus temas son fundamentales referidos a su país de origen. Lo cual, desde mi punto de vista, enriquece el conjunto por la capacidad de llegar con más facilidad a dos entornos culturales distintos, el asiático japonés, y el europeo occidental, o su extensión a Norteamérica.
A esta novela corta de Shimazaki que nos ocupa hoy, el editor español le ha dado un título no coincidente con el original. Ese Luna llena tiene que ver con lo que se nos narra, pero no es el original. En la edición original en francés, el título es Sémi, transcripción al francés de la palabra japonesa 蝉 semi, que significa cigarra, un título mucho más apropiado… bueno… es el que la autora quiso darle a su obra, así que necesariamente es más apropiado. Es habitual en la autora dar títulos de una sola palabra en japonés a sus obras, aunque este escritas en francés.
En esta novelita, acompañamos a un hombre, que reside con su esposa en una residencia para personas mayores, ya que esta tiene una demencia de Alzheimer en sus fases iniciales. Fases iniciales que evolucionan, de modo que un día, cuando se levantan por la mañana, ella ha olvidado que es su marido. Convenciéndole con la ayuda de una enfermera de la residencia de que es su prometido, tienen que volver a reconstruir su relación. Pero eso conllevará que se descubrirán secretos guardados durante décadas de matrimonio, aparentemente feliz y bien avenido, con los que nuestro protagonista tendrá que lidiar, puesto que pueden afectar a sus relaciones con toda la familia.
Shimazaki nos transporta a una delicada aproximación al mundo de las personas mayores y al peculiar mundo de relación con una persona con un deterioro cognitivo progresivo. Y al mismo tiempo, no dejamos de asistir a una peculiar historia de amor, un romance de edad avanzada que ha de sustituir a la ficción en la que los dos protagonistas de la historia se han sumido mutuamente durante los años de matrimonio. Un matrimonio gestado en los primeros años 70 del siglo XX, al estilo tradicional mediante un miai 見合い o en su modo formal omiai お見合い, encuentros organizados por un casamentero entre dos personas solteras que quieren formar una familia. Según leo, en los años 30 y 40 del siglo XX casi el 70 % de los matrimonios en Japón tenían este comienzo, aunque en la actualidad estaría en torno al 5 %.
Shimazaki se lee bien. Sus contenido son siempre delicados, incluso cuando se expresan conflictos complejos, difíciles. Y uno siente empatía por los protagonistas de sus historias. Generalmente gente que arrastran sus propios problemas durante sus vidas que les condicionan en mayor o menor medida. Para mí, su lectura es muy recomendable, y como autora un valor seguro a la hora de seleccionar algo para leer.