Quienes sigáis con frecuencia estas páginas de mi Cuaderno de ruta, sabréis que en las últimas semanas he dedicado varios artículos a rollos de película que han sido utilizados en todo o en parte para realizar paisajes urbanos a orillas de un determinado tramo del río Ebro a su paso por Zaragoza.
Así que un sábado de noviembre por la tarde, antes de la puesta del sol, me acerqué allí después de comer con una cámara de formato medio, dos objetivos, un estándar y un teleobjetivo corto, y un par de rollos de película negativa en color de distinta sensibilidad. La fotos de hoy son las del primero de los rollos. Los detalles técnicos en El paisaje urbano a orillas del Ebro en color (1) – Hasselblad 500CM + Kodak Ektar 100.
Con unos días de fiesta durante la semana pasada, y un horario bastante razonable para la versión original de esta película surcoreana, nos animamos a ir a verla, especialmente impulsados por el buen momento que parece estar experimentando la cinematografía del país asiático. O al menos, lo que llega a nuestras pantallas, grandes o pequeñas. En esta ocasión, una opera prima en el ámbito de los largometrajes para su director, Kim Yong-hoon. Además, en el reparto aparecían nombres que empiezan a ser conocidos por quienes vemos las series televisivas de aquel país, intérpretes que, cuando se les da la oportunidad, muestran muy buenas maneras. El título original, similar al que le han puesto en inglés, se traduce algo así como bestias que se agarran incluso a la paja, pero el título en la cartelera en español ha quedado como un típico, tópico y sugerente de nada Nido de víboras.
La acción de la película transcurre en una ciudad portuaria. En la que no he estado. Por eso, las fotos son de Incheon, cerca de Seúl, también con un importante puerto. Y un barrio chino muy animado. En comidas… no sé si en lo «otro» también. Supongo. Son cosas que pasan con las ciudades portuarias.
El argumento de la película no es especialmente original. Se ha visto en otras ocasiones. Basado en una novela japonesa, es la típica situación de la «bolsa del dinero» que todos ambicionan y que acaba complicándoles la vida a todos. En este caso los cuatro personajes implicados son un padre de familia con problemas económicos (Bae Sung-Woo), un oficial de aduanas portuarias en relaciones con las mafias (Jung Woo-sung), una prostituta con problemas de maltrato físico por parte de su marido/chulo (Shin Hyon-Bin), y la «madame» del antro donde trabaja la anterior (Jeon Do-yeon). Y detrás de ellos las mafias que se consideran «dueñas» del dinero, que procede del tráfico de drogas.
El tono de la película se ha comparado con el cine de los Coen, es decir una mezcla de humor negro, negrísimo, cine de mafias y delincuentes y violencia bestia y sangrienta, sin entrar en el terreno del gore por el gore. Y la verdad es que funciona… a la larga. Porque al principio cuesta un poquito centrarse, y quizá por ello mi valoración se quede un poco más corta de lo que podría ser, hasta que te percatas que la historia no es completamente lineal en su desarrollo, que los acontecimientos no son todos simultáneos o consecutivos. Por lo demás, está bien ambientada y puesta en escena.
Y como ya suponía, y de alguna forma he adelantado al principio de esta entrada, confía el producto final en gran medida al muy buen trabajo de su reparto, que está muy bien en el conjunto, con alguna intervención en el sobre saliente como la de Jeon Do-yeon, que sabe ser resabiada, cínica, bruta y muy atractiva, todo al mismo tiempo.
Tras un cierto desconcierto inicial, acabamos centrándonos y disfrutando de la película especialmente a partir del momento en que cruza el ecuador del metraje. Salimos del cine con un excelente sabor de boca que no hemos perdido con el tiempo, y es razonablemente recomendable si te gusta el género. La película no es particularmente original, pero lo que cuenta lo cuenta razonablemente bien. Lo dicho. Los surcoreanos saben hacer cine. Y eso que el director es novato.
Esta semana traigo dos series muy distintas, procedentes de extremo oriente.
Empezaré por Dr. Brain 브레인, la primera serie surcoreana que se ofrece en Apple TV+. Y es que parece que las plataformas de contenidos en línea se están dando cuenta que la jugada de Netflix de apostar por las producciones del país asiático les está saliendo muy bien. Bien con producciones propias, bien como distribuidores mundiales de series producidas inicialmente para consumo local. Y que progresivamente han aumentado de calidad, pasando poco a poco de estar incluidas en la categoría de placeres inconfensables, a las de series interesante por sí mismas capaces de competir ventajosamente con las de otras nacionalidades. Poco a poco hemos ido descubriendo que el pequeño pero abundantemente poblado país del Asia oriental tiene una fenomenal cantera de intérpretes, y que cuando trasladan su buen hacer cinematográfico a la pequeña pantalla, alejándose de los clichés habituales de los k-dramas, nos ofrecen historias muy interesantes. Sin embargo, el drama con tonos de ciencia ficción en seis episodios de Apple TV+ se queda un poco a mitad de camino de ser reconocido como una buena serie de televisión. Adaptación de un webtoon, género muy popular en Corea del Sur.
El personaje principal es un científico investigador del cerebro (Sun-kyun Lee), que fue un niño especial, en el espectro de los trastornos autistas, con dificultad para expresar emociones, cuyo hijo murió y cuya esposa (Yoo-Young Lee) está en coma por un presunto intento de suicidio por la depresión consiguiente. Pero en sus investigaciones, que implican entrar en la mente de otras personas, descubre que quizá el niño no murió y que su esposa no intentó suicidarse, comenzando una investigación que a veces choca con las de la policía. La parte de ciencia ficción roza más bien la fantasía pseudocientífica. Hay una forma de identificar rápidamente a estas últimas; cuando se aplica el adjetivo «cuántico» indiscriminadamente a cualquier cosa… ahí estamos. Y llega un momento que la suspensión voluntaria de la incredulidad no funciona, combinado con unas interpretaciones que no carecen de calidad, pero que resultan frías en su conjunto. No me ha terminado de convencer. Pero sólo son seis episodios de una hora. Y aunque me muestre un tanto escéptico hacia el resultado final, la serie tiene críticas bastante favorables. Vosotros veréis. Apple TV+ tiene un catálogo relativamente reducido comparado con otras plataformas, pero para quienes nos manejamos en el ecosistema de servicios de la manzana, podemos encontrar su coste combinado con otros servicios muy razonable o prácticamente insignificante en aumento de gasto. Así que…
Habitualmente, siempre tengo alguna serie de animación japonesa que voy viendo poco a poco, sin prisas, en ratos muertos, bien de Netflix, bien de Amazon Prime Video, que son las plataformas con mejores oferta al respecto. Y la última que he visto es Edens Zero, una serie de la que estuve a punto de no pasar del primer episodio, pero ciertos desconciertos y elementos más o menos incomprensibles para mi, llevaron a que siguiera con ella. Me pasa con frecuencia, ver el primer episodio de una serie de animación y decidir que no es para mí y no seguir. Pero de vez en cuando cuela alguna que veo más por curiosidad que por interés real o por su grandes cualidades. Y esto me ha pasado en esta ocasión. Como la mayoría de estas series, es adaptación de una serie de historietas.
A primera vista, en el primer episodio, el encuentro entre una aspirante a estrella de las redes sociales en un universo alternativo con viajes espaciales y un huérfano criado por robots en un mundo deshabitado por los humanos me pareció que contenía mucho de infantilismo, y que parecía destinado más a la chavalada más pequeña que a otros grupos demográficos. Pero me sorprendía que la recomendaciones de edades fuera 16+ y no apareciera en el catálogo de Netflix Infantil. Así que seguí haber… y efectivamente, con una estética de aventura espacial fantástica o fantasía espacial, con los típicos personajes aniñados, pero con chicas de enormes glándulas mamarias, había temas relacionados con la violencia, el sexo, la esclavitud y otros más propios de adultos. La serie, en su conjunto, es entretenida. Pero todavía le doy vueltas a la cabeza a esos aspectos propios de la cultura japonesa en los que no tengo claros que carencias o cosas raras pasan por la cabeza de los nipones en cuestiones sexuales. Apostaría sin miedo a perder que a la mayor parte del femismo no le gustan estas series, con abundancia de fan service, por mucho que algunos hablen del empoderamiento de sus personajes femeninos. Me entra cierta perplejidad, eventualmente con algún elemento de rechazo. Obviamente, tras los primeros 25 episodios emitidos en dos tandas de 12 y 13 episodios cada una, se espera una nueva temporada para resolver la línea argumental primaria o principal. Ya veremos si la vemos.
Comentaba hace unos días sobre un paseo para fotografiar paisaje urbano en la ribera del río Ebro a su paso por la ciudad de Zaragoza. Decía entonces que las condiciones de luz estaban equivocadas, lo que dio lugar a una fotos con poca gracia. Técnicamente correctas, pero más bien aburridas. Sin embargo, simultáneamente usé una cámara sumamente defectuosa en su concepción y su realización.
Y la suma de errores puede, siempre que el fotógrafo sea conscientes de ellos y los use a su favor, puede llevar a fotografías con cierto interés. Y así ha sucedido con algunas de este rollo. Los detalles técnicos se pueden leer en Ilford Delta 400 ligeramente caducada (2) – Holga 120N. Para quienes no estéis interesados, os dejo algunas fotos.
Quienes sigáis con cierta frecuencia este Cuaderno de ruta puede que recordéis que en los dos últimos años he hecho una par de escapadas, a finales de octubre, antes del cambio de hora, a Andalucía. Y en ambos viajes he coincidido con una pareja que me caen muy bien. Gente encantadora, de origen onubense, pero que llevan viviendo en Sevilla desde que fueron a estudiar a la universidad, y donde se conocieron. Pues bien, esta semana con tantos festivos, han estado por Zaragoza. Bienvenidos.
Hasta el miércoles tan apenas pude coincidir con ellos. Pero después sí. Y con los malos días, lluvia desapacible, que ha habido recientemente, ellos mismos propusieron visitar algún museo y alguna exposición. Así que jueves y viernes por la mañana, hacia el mediodía, les acompañé a algunos de ellos. El jueves visitamos el IAACC (Instituto Aragonés de Arte y Cultura Contemporánea) Pablo Serrano. El viernes, el Caixaforum Zaragoza. Están muy cerca ambos centros, pero no nos dio el tiempo para visitarlos el mismo día.
En el IAACC Pablo Serrano se encuentra la exposición Aragón y las artes. 1939 – 1957. Según nos cuentan en el propio museo, es la primera de tres exposiciones que van a recorrer el ámbito de las arte plásticas y la cultura desde el final de la Guerra Civil española hasta el final del siglo XX. Y estas tres exposiciones serán el germen de lo que será la exposición permanente sobre arte contemporáneo en Aragón, que va a plantear el museo en su oferta expositiva. De momento, la exposición actual me parece más interesante como recorrido a la historia de un triste momento de nuestro país, las consecuencias de las posguerra inmediata y la dictadura, que como valor artístico global de la exposición. Lo que ya no tengo claro es si el intervalo «Octubre 2021 – agosto 2023» que indican en la página web se refiere a las tres exposiciones o sólo a la primera de ellas. Como sea este último vamos a ser muy mayores cuando veamos esta exposición permanente.
En Caixaforum Zaragoza nos centramos en la exposición Faraón, que encontramos en esto momento y hasta poco después de las fiestas navideñas, preparada en combinación, en colaboración o con fondos del British Museum. Es un recorrido por la historia del Egipto antiguo y clásico, desde la época de las primeras pirámides hasta los faraones ptolemaicos, desde el punto de vista de cómo se presentaban, actuaban o se desenvolvían sus monarcas. Es curiosa y muy entretenida. Aunque el grado de profundización real en lo que es el sistema político y social en torno al faraón es limitado. Pasa mucho con las exposiciones de Caixaforum, traen piezas estupendas que sería difícil ver si no es viajando a sus museos de origen, esas o similares, pero les falta un poco de profundidad en el comisariado de la exposición. En fin, no obstante, lo pasamos bien.
Por no quedarnos metidos en casa, dado el mal tiempo, seguimos refugiándonos en las salas de cine cuando tenemos ocasión. Y esta ha sido una película dirigida por Edward Wright, al que se le conocen algún largo entretenido, divertido o interesante, y protagonizada por dos de las actrices emergentes de moda en los tiempos que corren. Lo cual nos pareció suficiente, aunque el género de la película, el terror fantástico, no sea nuestro fuerte.
Londres, en las proximidades del Soho.
Eloise (Thomasin McKenzie) es una joven de nuestros días que vive en Inglaterra, en provincias, huérfana, vive con su abuela, que tras terminar el instituto se va a Londres para estudiar diseño de moda. Tras una mala experiencia en la residencia de estudiantes, se muda a una habitación en el Soho, donde empezará a tener visiones de otra joven de los años 60, Sandie (Anya Taylor-Joy), que aspiraba a ser cantante, pero acabó en las garras de un proxeneta (Matt Smith) y otras malas gentes. Las visiones acabaran por poner en riesgo el equilibrio mental de Eloise, que tiene el antecedente familiar de su madre, suicida cuando era una niña.
La película está bien hecha y el reparto, mayoritariamente británico, aunque McKenzie es neozelandesa, trabaja, como es habitual en los intérpretes de esa nacionalidad, con solvencia. Cierto es que el personaje principal, en una película de dos horas de duración pero que no tiene tanto que contar, acaba siendo un pelín cargante, porque las situaciones empiezan a ser relativamente repetitivas o previsibles.
La película carece de la originalidad de otras producciones de su direcciones, pero es razonablemente visible, especialmente si te va el género. Nos entretuvo… y le doy un aprobado. Pero dudo que perdure mucho tiempo en mi memoria.
Pues sí. Tenia unos rollos caducados de película y me fui el sábado por la tarde a ver si sacaba algún paisaje en blanco y negro con el río Ebro crecido por las últimas lluvias. Pero el paisaje estaba «equivocado». Las nubes que había en el cielo estaban en el lado erróneo. Detrás de mí, tapando el sol, en lugar de delante, adornando el cielo de mis fotos.
La mayor parte de la animación que traigo a estas páginas es de origen japonés. Y esto se debe a dos motivos. El primero es que los nipones son mucho más prolíficos y estrenan mucho más títulos en las diversas plataformas digitales, especialmente Netflix y Amazon Prime. El segundo es que tienen una panoplia de temas y situaciones mucho más curiosa, «marciana» e intrigante que la animación occidental. Muchas veces no tienes ni idea de qué te vas a encontrar. La próxima vez que hable de animación japonesa intentaré recordar que tengo que ampliar esta idea. Pero si hay animación occidental interesante entre las series de las plataformas tampoco la rechazo. Ni mucho menos. Como las dos series que vienen a continuación.
Creo que la agencia de Reagan, la protagonista de «Inside Job» está en Washington DC. Pero podría estar en Nueva York, donde también da para mucha conspiranoia.
Como podéis ver, para los votantes en IMdb, la valoración de los episodios de cada temporada van en aumento sistemáticamente. Y no sólo es eso. Para mí, en este sistema de votación hay que acercarse al siete para que la cosa merezca la pena, aunque hay excepciones. La mayor parte del excelente cine de autor tiene valoraciones discretas. La fast food cinematográfica tipo Marvel o DC tiene valoraciones altas y es entre floja y mala. Pero en este caso, creo que la cosa se ajusta. La primera temporada empieza en lo que yo considero un discreto aprobado. Pero el final de la segunda serie es un sostenido sobresaliente. Y esto me permite resumir mi opinión. Esta segunda temporada sobre la tripulación del montón de una nave espacial del montón es uno de los más divertidos productos que he visto en mi vida de la franquicia Star Trek. Muy recomendable. Se puede ver en Amazon Prime.
Inside Job, Ultrasecretos en España, es una serie reciente de Netflix con la que me lo he pasado bien. Coge la idea de las conspiranoias habituales de los pirados de los extraterrestres, el asesinato de Kennedy, los misterios de la Luna, a la que según algunos pirados no fuimos nunca, según otros fuimos y había marcianos, o la del círculo de misteriosos magnates que realmente gobierna el mundo, y nos busca como protagonista una antiheroina asocial (Lizzy Caplan, voz). Una chica que es un genio, pero que no se sabe relacionar socialmente, en parte por pertenecer, de alguna forma, al espectro autista, tipo Savant syndrome, en parte por la nefasta pareja de progenitores que le tocaron en suerte. Y la rodeas de tipos absurdos y extremadamente freaks, y situaciones no menos absurdas dentro del género conspiranoico, para hacer una divertida burla de los problemas políticos y sociales actuales. No es una genialidad, pero es muy divertida y merece la pena. Yo tengo ganas de una segunda temporada.
Desde que la estrenaron quisimos ver esta película. Pero parecía que el destino estaba en contra de tal cosa. Sumado a que después de la «normalización» de las salas de cine tras la pandemia, parece que es mucho más complejo acceder a las versiones originales que antes. Digan lo que digan en su propaganda, los exhibidores cinematográficos están mucho más interesados en vender palomitas con toneladas de grasa y sal junto con litros y litros de refrescos altamente azucarados para promocionar las enfermedades cardiovasculares que en promocionar la cultura. Porque, digámoslo claramente, el cine doblado es una porquería. Sólo partiendo de la incultura generalizada derivada de las políticas de la dictadura podemos entender el rechazo de gran parte de la población a las versiones originales subtituladas. Pero bueno, finalmente acompañé a unos amigos a ver la versión doblada, aunque luego tiré de medios menos legales para contrastar lo que más vale de la película, el trabajo de interpretación, que no se puede apreciar en versión doblada. Nunca. Todos aquellos que alaban el trabajo de un actor o una actriz a partir de una versión doblada no dicen más que «tontás».
Algunas fotos del viaje de 1991 por el valle del Loira recorriendo castillos, palacios y ciudades medievales, servirá para ilustrar esta entrada cinéfila. Aunque en principio los hechos sucedieron más en Normandía que en la Francia central.
Esta penúltima película del ya octogenario Ridley Scott llega envuelta en cierta polémica. Aunque ha dejado a la crítica enamorada de este largometraje de dos horas y media de duración, el público no ha respondido, y la taquilla se ha quedado muy lejos de las expectativas puestas en ella, y del presupuesto gastado en su producción. Lo cual ha hecho que Scott montase en cólera y se haya dedicado, en las últimas semanas, a poner de vuelta y media a todo chichi viviente por no apreciar su trabajo e ir al cine a ver la película. No entraré en ello ahora, pero deja no pocos elementos para la reflexión tanto las diatribas del director, algunas airadas, como el comportamiento del público actual respecto a eso que llamamos «el séptimo arte».
A la película no le faltaba atractivo en principio. Con Matt Damon, cada vez más maduro y mejor actor, Adam Driver y la emergente Jodie Comer al frente del reparto, con algún otro nombre de cierto prestigio en él, parecía haber sobrados motivos para interesarse. La duración, un tanto excesiva, no debería ser problema, ya que últimamente el público acostumbra a merendarse largoooooometrajes de duración excesiva, sin que esta tenga mucho sentido. Así que, o pinchó la campaña promocional, o este tipo de película no interesa en la actualidad. ¿Pero que es «este tipo» de película? Pues no es otra cosa que un «rashōmon» de tomo y lomo, ambientado en Francia, en la época de la Guerra de los cien años.
El argumento, alejándose del equivalente al medievo en Japón, nos lleva a la Francia de la baja Edad Media, en una interpretación de un hecho real que sucedió a finales del siglo XIV, en el que dos vasallos del conde Pierre d’Alençon (Ben Affleck), el escudero Jack le Gris (Driver) y el caballero Jean de Carrouges (Damon), originalmente buenos amigos, se enfrentaron a muerte en París en una de las últimas justas judiciales registradas en el país galo ante la alegación de la bella esposa de este último, Marguerite (Comer), de haber sido violada por Le Gris. Los jueces no pudieron dilucidad en juicio quién decía la verdad, y Carrouges desafió a Le Gris. La película nos cuenta las versiones de los hechos, al estilo de los que sucede en la película Rashōmon de Akira Kurosawa, desde el punto de vista de los tres implicados en la trifulca. Siendo las tres versiones distintas, sólo nos falta la del leñador… que no hay en este caso. Como alguien dijo, de la guerra de Troya hubo tres versiones, la de los Aqueos, la de los Troyanos y la verdad… aunque nadie conoció nunca esta última.
La capacidad y el oficio de Scott como director está fuera de duda a estas alturas, independientemente del interés que despierten sus películas. Y la película, aunque empieza un poco morosamente, va cogiendo ritmo e interés. Aunque creo que se podría haber recortado algo su duración sin detrimento de la historia, como el interés de la misma va en aumento, no se hace larga ni pesada. Especialmente, porque tras las tres versiones de los hechos encausados, se nos narra cinematográficamente el duelo, en una secuencia magnífica, de gran realismo, basada en los testimonios de la época, que nos permite terminar la proyección con un notable subidón. Que no baja. La película se sostiene en el recuerdo y mejora en su apreciación.
Y esto es principalmente por el excelente trabajo de los tres intérpretes. Los tres. Cabría la tentación de considerar a Marguerite (Jodie Comer) como el florero de la película, pero sería injusto. El trabajo de la inglesa es impecable, con mucho matices, mayores que los de sus compañeros masculinos que, haciéndolo bien, tienen que lidiar con personajes más planos. La situación más compleja es la de la mujer y Comer sabe trasladar esto a la pantalla con convicción. Todo el reparto se sitúa en general a buen nivel.
Por lo tanto, estamos ante una película que yo considero muy recomendable. No tan disfrutable como la película de Kurosawa, que dosifica con maestría el drama con la comedia, la investigación judicial con el costumbrismo, y que además resulta una película rodada de tal forma que, incluso hoy en día nos maravilla, por sus excelentes resultados contando conque los medios del director japonés eran ínfimos comparados con los presupuestos con los que se maneja Ridley Scott. Y dadas las similitudes argumentales, las comparaciones, odiosas o no, son inevitables. Pero bueno… la película está bien. ¿Por qué ha pinchado en taquilla? Los «sabios» de la cosa cinematográfica sabrán. ¿Mala promoción, un tema que no interesa, una competencia tremenda en la taquilla a finales de año, un público acostumbrado al «cine basura» tipo Marvel/Disney/similares? ¿Nada de lo anterior puede asegurarse? No lo sé. Ni creo que lo sepa nunca.
He retrasado un día mis habituales recomendaciones fotográficas, aprovechando el «superpuente» de diciembre, esa extraña acumulación de festivos, en los que al mismo tiempo se celebra de forma discreta y sin alharacas el hecho de que España tenga una constitución democrática y con más bombo las tradiciones más irracionales del fenómeno religioso. Y es que siempre lo he dicho… podremos debatir sobre el concepto de dios o su probable o improbable existencia/inexistencia. ¿Pero sobre que la tal María de Galilea fuera virgen cuando concibió al muchacho? ¡Anda ya!
Algunas de las fotos realizadas con película tradicional, Ilford HP5 Plus en cámara de un sólo uso, durante nuestro último viaje a Japón. En Tokio.
La semana pasada comentaba la visión de la adolescencia por una fotógrafa holandesa. Esta traigo otra fotógrafa, pero que procede del Oriente Medio, del Líbano, para mostrarnos otra visión de esa misma época de la vida. Se trata de Rania Matar (instagram), libanesa de origen palestina expatriada, y que apunta su cámara a chicas adolescentes de dos entornos culturales y sociales muy distintos, lo que nos permite indagar en lo que es común y lo que es diferente en las jóvenes de esa edad. Retratos ambientales en los Estados Unidos y en el Oriente Medio. Matar dota de más glamour a las chicas que lo que hacía Disktra. Pero me parece interesante contrastar las distintas visiones. Lo hemos visto en Blind Magazine.
También en Blind Magazine nos han hablado de la obra del norteamericano Ralph Gibson, un fotógrafo que ha recorrido temas y estilos muy diversos. Desde el blanco y negro más contrastado y con una mirada que se ha considerado por algunos como simbólica o surrealista, hasta un color brillante saturado y flirteando con la abstracción. No ha dejado de mostrarnos sus retratos o sus naturalezas muertas. Estas últimas me gustan mucho. Con 82 años, se le puede considerar ya un histórico de la fotografía contemporánea. Incluso un clásico de la misma.
En el perfil instagramero de Matt Stuart nos hablaban de la obra fotográfica del español Óscar Monzón (instagram) y su reciente libro buscando mostrar la diversidad y la escenografía de la gran ciudad, de la metrópolis moderna, que puede estar más influida de lo que pensamos por la intensa actividad publicitaria y propagandística que despliegan los medio desde hace unas décadas. Lo cierto es que me ha interesado bastante.
Issei Suda es uno de los fotógrafos documentales más notables del final del siglo XX. No tan conocido en Occidente como Araki o Moriyama, por ejemplo, per Suda tiene un cuerpo de obra importante que refleja con una mirada muy penetrante la vida cotidiana de la sociedad japonesa. Con una acercamiento más humanista a la figura humana, en su obra está la permanente tensión en los artistas japoneses entre la modernidad y las tradiciones, entre la realidad y la fantasía o lo extraordinario. Nos lo han recordado en Pen Magazine y es uno de esos fotógrafos que conviene conocer.
Y también desde Pen Magazine nos asomamos al trabajo de Nora Rupp… para darme cuenta al empezar a redactar sobre ello de qué ya hablé de él hace unos meses. Así que allí os dirijo.
Hace una semana ya que, en un día frío, desapacible, nos fuimos a ver la versión original de esta película, dirigida por Pablo Larraín, de la que habíamos escuchado maravillas. Especialmente por la interpretación de su protagonista, Kristen Stewart, que hace todo lo que puede por sacudirse de encima la nada entre dos aguas que fueron desde el punto de vista artístico su trilogía vampírica (trilogía de cuatro, creo) que le sirvió de lanzadera a la fama. Conste que yo ya le he visto algún trabajo en el que, con sobriedad, mostraba muy muy buenas maneras. El es que, ya lo adelanto,… tanto la película como Stewart nos dejaron… más fríos todavía.
Cierto es que el tema no nos interesaba mucho. Se ha escrito tanto sobre Diana Spencer y la familia real británica… Y me creo tan poco… Se han instalado tantos tópicos sobre la relación entre toda esa gente… Larraín nos traslada a la Navidad de 1991, la última que Diana Spencer pasaría como miembro de los Windsor. Y desarrolla un relato ficticio, presuntamente plausible de lo que allí pudo pasar. Supongo que algunas fuentes habrá que nos permitan suponer que algunos de los hechos narrados está basados en la realidad. Aparte de que estuvieron todos reunidos en algún palacio en medio de la brumosa Inglaterra.
El caso es que la película desarrolla minuciosamente todos y cada uno de los lugares comunes que se han instalado en la cultura popular sobre toda esta gente, sin aportar realmente ningún dato o reflexión nueva. Ella era una buena chica. Ellos unos acartonados, viviendo en el pasado y bastante bordes. Lo de siempre. En la serie de Netflix todo esto se cuenta… mucho mejor. Hay dos escenas, no consecutivas pero lo suficientemente cerca una de otra como para que el espectador las correlacione y decida que menuda tontería ha ido a ver, que definen la calidad conceptual de la película, salvo que la tomemos como una parodia del personaje principal, que no parece ser la intención. Las voy a destripar. Muy avanzada ya la película, en su soliloquio continuo, haya o no otras figuras humanas a su alrededor, Diana afirma que ella sólo es una chica normal y corriente, con gustos corrientes de clase media, que nunca pretendió oropel alguno ni boatos de ninguna clase. Poco después, finalizando la película, la vemos abandonando el palacio con sus dos hijos montada en un Porsche descapotable, descapotado en pleno invierno. Muy clase media. Todo el mundo en la clase media va por el mundo con un Porsche descapotable. Claro.
Y luego esta la interpretación, monopolizando la película de una Stewart considerablemente pasada de frenada, tremendamente histriónica, tremendamente afectada, careciendo desde mi punto de vista de toda naturalidad y credibilidad, salvo que la auténtica Diana fuese así… en cuyo caso desconozco porqué narices se hizo tan popular en lugar de aborrecible.
En resumen, a ninguna de las cuatro personas que fuimos a ver la película nos gustó. Tal cual. Ya está. Dicho queda. Y el poso que ha quedado siete días después, no mejora nada la cosa. Al contrario. Peor todavía.
Hace un par de fines de semana, el domingo, ASAFONA Asociación aragonesa de fotógrafos de naturaleza, de la que soy socio, organizó una actividad promocional para socios y otras personas que quisieran sumarse con el fin de dar a conocer algunos de los «secretos» de la fotografía de aves y para promocionar la asociación entre personas interesadas en el tema. No voy a hablar de mi «desastre» en el ámbito de lo que se trataba, porque el olvido del adaptador de objetivos necesario me impidió usar el prácticamente obligatorio teleobjetivo durante la mañana.
Pero también me llevé la Olympus Trip 35 en el bolsillo, por si había ocasión para alguna foto en blanco y negro. Y al final, al no estar tan entretenido con la digital, hice más de las que pensaba. No de aves, porque con el objetivo de esta cámara… como no sean avestruces domésticos… y de cerca. En fin, los datos técnicos en Paseo «pajarero» con Olympus Trip 35 acompañante – Fujifilm Neopan 100 Acros II.
También voy a aprovechar que también dispongo de una galería de socio en ASAFONA, dedicada al paisaje alterado por el ser humano, con una perspectiva histórica, de los distintos impactos según el momento en que se produjo la principal intervención del ser humano en cada uno de los paisajes presentados. Desde los dólmenes del calcolítico hasta los modernos puentes actuales, pasando por conflictos bélicos, vistosas cataratas o recorridos por montañas lejanas.