Las series de fotografías que ilustran las entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie.
En los dos últimos días he recibido algunas amables «quejas» sobre mi selección de viajes en los últimos 20 años, la que publiqué el sábado para celebrar el 20º aniversario de este Cuaderno de ruta. Son las consecuencias de no poder abarcar todas las experiencias, y todas las compañías que he tenido en estos últimos 20 años, cuando he colgado la cámara del hombro y me he dedicado a ver mundo. Para compensar, voy a hacer otra selección de 20 viajes. Seguro que me dejaré algunos en el tintero… pero ya no voy a poner más.
2005, Siena, Italia.2006, Lago Maggiore, Italia.2007, Berlín, Alemania.2008, Burano, Venecia, Italia.2009, Viena, Austria.2010, Colonia, Alemania.2011, Estocolmo, Suecia.2012, Londres, Inglaterra.2013, Edimburgo, Escocia.2014, Copenhague, Dinamarca.2015, monte Pilatus, Lucerna, Suiza.2016, Hong Kong, China.2017, Skagen, Dinamarca.2018, Roma, Italia.2019, Meoto Iwa, Ise, Japón.2020, La Palma, España.2021, Zermatt, Suiza.2022, Lecce, Italia.2023, Saluzzo, Italia.2024, Shirakawa-go, Japón.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta pueden verse, comentadas desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata.
Este es uno de esos rollos de película que acaban no teniendo un fin bien definido, y al que le pasan cosas. Empecé usándolo para hacer pruebas con el nuevo flash que me regalaron para Navidad, después de un sonoro fracaso el día anterior. Aquí funcionó. Pero hice muy pocas fotos.
Una semana más tarde, un sábado por la mañana en el que salimos a caminar, y a hacer otro tipo de fotos, hice unas cuantas fotos más mientras hacíamos un amplio recorrido por el Canal Imperial de Aragón, entre nubes y claros, hasta que nos retiramos por que amenazó lluvia de forma relativamente seria. También hice pocas fotos.
Así que lo terminé esa misma tarde, en la que mejoró mucho el tiempo, en la Cartuja Baja, dentro de este proyecto que estoy llevando a cabo en el que documento los restos de la antigua cartuja que da nombre a este barrio rural de la ciudad de Zaragoza. En fin. De lo más diverso. De lo de la Cartuja Baja, hablaré más cuando me lleguen revelados los rollos en color del mes de enero.
Ya lo he contado en otros aniversarios de este blog, de este Cuaderno de ruta. Aunque había tonteado previamente con la idea de realizar un blog personal con anterioridad, fue el 8 de febrero de 2005 cuando comencé en serio en publicar con una periodicidad casi diaria este blog. En otra plataforma. Eventualmente, en 2008, migré sus contenidos íntegros a WordPress, donde se mantiene. Mi intención era muy modesta. Parar de mi excesivamente ajetreada vida de aquel momento durante media hora, escribir algo que me relajara, y publicar, necesariamente, alguna fotografía realizada por mí.
2009, Suiza.2010, Alsacia, Francia.2011, Hamburgo, norte de Alemania.2012, Noruega.
No voy a dar estadísticas del blog de estos 20 años. No tiene mayor sentido. Nunca he pretendido una gran audiencia. Siempre ha sido algo que he hecho para mí. Y que me servía para comunicar mis cosas a las varias personas cercanas a mi corazón, pero lejanas geográficamente con quienes sólo podía compartir cosas muy de vez en cuando. Con la popularización de las redes sociales, algunos de estos fines dejaron de tener sentido. Hay otras plataformas que lo permiten. Pero no el hecho de parar un rato del estrés diario y escribir algo. Por ello seguí haciéndolo, aunque la audiencia desde sus mejores tiempos a esta parte, se ha dividido por 6 o por 8.
2013, Nueva York, EE. UU.2014, Japón.2015, Canadá.2016, Islandia.
Para celebrarlo, fotos. Al fin y al cabo una de las cosas para las que sirvió fue para estimular mi afición fotográfica. En 2005 estábamos sumergiéndonos en la fotografía digital, que hacía mucho más inmediata la publicación de tus fotografías. Pero luego, una parte importante de las fotos que han aparecido en estas páginas son las de mis viajes. Estoy bendecido por el hecho de que viajo con frecuencia. Por ello, he decidido publicar en este aniversario, 20 fotografías de viajes, una por año. De los viajes más significativos de cada año. Y si en un año había varios viajes muy significativos, entonces evitando repetir país o destino. Espero que os gusten.
2017, Corea del Sur.2018, Taiwán.2019, China.2020, Oporto, Portugal.
Me he planteado la posibilidad de dejar de publicar el blog. Ya he dicho que otras redes sociales suplen algunos de los fines que tenía cuando comencé a publicarlo. Pero creo que seguiré un tiempo. Es cierto que a veces me estresa un poco mi autoimpuesta obligación de publicar algo. Quizá, por ello, igual bajo el ritmo de publicación. Ya veré. Hay que tener en cuenta que también publico mis experiencias fotográficas, desde un punto de vista más técnico, en Carlos en plata. No sé. Ya veré. Creo que iré más tranquilo en próximos tiempos… pero ya me pensaré como sigo en un futuro. Seguir otros 20 años… me parecería raro. El mundo en la red de redes es efímero, casi por definición. Nunca pensé que, 20 años más tarde, sería escribiendo estas cosas. Nos vemos.
2021, golfo de Nápoles, Italia.2022, Dolomitas, Italia.2023, San Francisco, EE. UU.2024, Singapur.
Las series de fotografías que ilustran las entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie.
Para terminar/empezar el año, surgió la posibilidad de ver dos series japonesas que prometían bastante por motivos diferentes. Ambas son originales de Netflix, es decir, no son adquisiciones a otras cadenas japonesas para su distribución en el resto del mundo. Y aunque tienen tonos y temas distintos, ambas comparten la simpatía y comprensión por el ser humano. Una es más bien buenista, mientras que la otra destila a ratos unas saludables dosis de ironía y mala baba… pero también congracia con la especie humana. Y esta última, nada más y nada menos, está dirigida por Hirokazu Koreeda.
Sayounara no tsuzuki (さよならのつづき, lo que sigue al adiós) es un drama romántico que en inglés/castellano encontramos bajo el título Beyond goodbye/Más allá del adiós, que por una vez son bastante aproximados. Es una serie sobre el duelo ante la pérdida del ser querido, con tonos fantásticos. En la serie seguimos a Saeko (Kasumi Arimura), una joven que trabaja en una empresa cafetera, que pierde a su prometido (Tōma Ikuta) cuando sufren un accidente en el autobús en el que viajaban, un día de invierno, en la isla de Hokkaido, donde viven. Saeko sufre un duelo profundo, con el único consuelo de que los órganos de su prometido han servido para salvar otras vidas. Una de esas vidas es la de Naruse (Kentarō Sakaguchi), casado con la fiel Miki (Yuri Nakamura), que recibe el corazón cuando ya estaba casi desahuciado. Y dos cosas pasarán que marcarán el destino de Naruse y Saeko. Naruse empezará a revivir las memorias del promedito de Saeko, y a adquirir rasgos de su carácter y, un día, en un aeropuerto en Hawái, ambos se encontrarán y comenzarán a relacionarse. La serie es fundamentalmente serie-cebolla, destinada al melodrama más o menos lacrimógeno, que se apoya sobretodo en el encanto de su actriz protagonista, que ya pudimos ver en una película original de Netflix. Pero aunque se deja ver con razonable agrado, sientes constantemente que le falta algo más de emoción y de empuje para que te interese más allá de la mera curiosidad. Sí que te deja con ganas de visitar Hokkaido. Y también Hawái.
Y la que llegó por sorpresa, con poca publicidad, y me ha parecido de lo mejor que ha estrenado Netflix en los últimos tiempos es Ashura no gotoku (阿修羅のごとく, como asuras), en inglés/castellano simplemente Asura. Es una adaptación de una novela de una autora japonesa, la segunda en formato de serie, y la tercera si incluimos un largometraje. Y como ya he comentado, es una creación y está dirigida por Hirokazu Koreeda. La serie es del género de recuentos de la vida, en la que conocemos la vida cotidiana y las relaciones entre sí y con sus parejas de cuatro hermanas, interpretadas, de mayor a menor edad, por Rie Miyazawa, Machiko Ono, Yuu Aoi y Suzu Hirose. Cada una tiene sus problemas cotidianos. Y sus problemas con los hombres. La mayor vive sola y tiene un amante casado. La segunda, casada con dos hijos adolescentes, está convencida de que su marido la engaña (nunca se confirma esta sospecha). La tercera está soltera, es mojigata y conservadora, y reticente a las relaciones, aunque un investigador privado al que contrata para investigar a su padre está interesado en ella. Y la más joven es la novia de un boxeador prometedor, a quien quiere y apoya. Cuando empieza la serie, se reúnen porque han descubierto que su padre tiene una relación extramatrimonial con una mujer madre soltera. Y a partir de ahí seguimos a la familia durante varios años, pudiendo dividir la serie en dos partes, con una elipsis temporal de dos años entre ellas. Antes y después de la muerte de la madre de las hermanas.
Koreeda se ha especializado a lo largo de su carrera en hacer películas y series sobre la familia. Familias de todo tipo, convencionales y no convencionales. A mí, hace tiempo que me tiene enganchado, y varias de sus películas me parecen pequeñas o grandes maravillas. A veces subestimadas. Es la segunda serie que hace para Netflix, la primera sobre la vida de las maiko en Kioto ya me gustó mucho, y ya hizo una película hace años sobre cuatro hermanas, que también me gustó bastante. Y con alguna de las protagonistas de aquella película presente en la serie actual. La serie actual no deja de recordarme en todo momento a una de las mejores novelas que he leído de la literatura japonesa, que también nos hablaba de cuatro hermanas. En aquella ocasión situada la acción en los años previos a la Guerra del Pacífico, en la serie actual, en el final de los años 70 del siglo XX. Y ambas combinan el costumbrismo bien entendido, con la reflexión sobre las relaciones entre las hermanas y con un cierto humor irónico que permea toda la historia, incluso en sus momentos dramáticas, pero sin hacer nunca sangre, siempre con cariño hacia los personajes. La forma en que está rodada la serie sabe a buen cine. Y a cine clásico japonés, por la forma en que se mueve la cámara o se encuadran las conversaciones. Finalmente, explicar el título. Los asuras son semidioses del budismo que derivan de los seres míticos del mismo nombre del hinduismo y otras religiones similares. Entre los caracteres de los asuras budista están el orgullo, la belicosidad, la ira o la vanidad. Y para el marido de una de las protagonistas, comentando con el resto de los hombres de la familia, si bien no pueden dejar de quererlas, no pueden negar que en ocasiones son como asuras. Un momento más de ironía y humor en la historia.
Las series de fotografías que ilustran las entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie.
Teníamos muchas ganas de ver esta película. Aunque cada vez sentimos menos apego a la temporada de premios del cine, y especialmente a los Oscar, teníamos la sensación de que esta podía ser la gran candidata de este año. Una película de un desconocido para nosotros Brady Corbet, no habíamos tenido la ocasión de ver sus dos largometrajes previos, pero con un reparto muy atractivo, y con unas primeras críticas muy potentes. Así que fuimos con elevadas expectativas, aunque con el miedo a la larga duración de la película, algo que cada vez encontramos más difícil de justificar.
El personaje protagonista nos cuentan que estudio en la Bauhaus de Dessau. Un lugar que visité en el 100º aniversario de la fundación de esta prestigiosa escuela que murió con la llegada del nazismo. La visité en Dessau, aunque nació en Weimar, que también visité y que tiene un museo dedicado a esta escuela.
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Corbet nos traslada a los tiempos inmediatos tras el final de la Segunda guerra mundial, cuando acompañamos a un arquitecto judío húngaro (Adrien Brody), que ha sobrevivido a los campos de exterminio, en su migración a los Estados Unidos donde lo recibe un primo suyo (Alessandro Nivola), que lleva tiempo en el país y ha acabado asimilado a la cultura norteamericana y convertido al catolicismo. Mientras, su esposa (Felicity Jones) y su sobrina (Raffey Cassidy), la hija de su hermana, también supervivientes de otro campo de exterminio, están atrapadas en alguna frontera de la Europa central u oriental. En América, irá tirando en el negocio de su primo, hasta que un incidente con un multimillonario (Guy Pearce) acabará distanciando a los dos primos. Pero en su momento el multimillonario reconocerá su error y el potencial del arquitecto, formado en la Bauhaus de Dessau, como arquitecto y diseñador. Y así, le encargará una obra faraónica, un centro cultural y religioso, que se convertirá en una odisea para todos los protagonistas. El arquitecto, el millonario, y la esposa que acabará llegando a Estados Unidos con la sobrina.
Esta película es lo que se llama una obra magna. Aunque no necesariamente con el megapresupuesto que otras obras magnas habrán tenido. Una autentica odisea. O quizá, dado el carácter judío de sus personajes protagonistas, habría que hablar de su travesía en el desierto hasta alcanzar algún tipo de tierra prometida. La película nos habla del sufrimiento, de la creatividad, de la xenofobia y el racismo, de los choques culturales provocados por las migraciones, del abuso del poderoso hacia el desvalido, de los traumas arrastrados. Es una película compleja en su contenido y en su continente. La realización es magistral, pudiéndose disfrutar de prácticamente cada uno de los cuadros del film, que tiene un diseño de producción absolutamente de primer orden. Y especialmente, de unas interpretaciones poderosas. Los tres personajes principales, interpretados por Brody, Pearce y Jones están excelente, y podrían copar perfectamente el podio de ganadores del Oscar a la interpretación, por lo que he podido apreciar de los candidatos hasta el momento.
Y a pesar de todo… como me ha pasado con otras películas en los últimos tiempos, en un momento dado, la película casi me expulsa de si misma. Casi me produce una desconexión. No soy capaz de analizar las causas del fenómeno. Ya digo que tanto la realización como las interpretaciones están al nivel de las obras maestras. Y sin embargo, en el último tramo de la película en la segunda mitad de la segunda parte del laaaaaargo metraje, casi me voy, casi me empiezo a desentender de lo que está pasando en la pantalla. Ni siquiera la belleza de los planos en las canteras de Carrara me consigue enganchar. Más sentí que mi mente divagaba sobre lo estupendo que sería visitar en algún momento esas canteras. La película termina con un epílogo que sirve para que si la gente no se ha coscado, sepa como interpretar la película. No sobra… pero siento que tampoco era necesario. Aunque hay otros que opinan que es esencial y aporta. Siempre he pensado que el auténtico espectador de cine entiende lo que está sucediendo y saca sus propias conclusiones.
Creo que es una película que hay que ver. Es necesaria. Pero no es una película sencilla. No es una película amable. Y exige no poco del espectador. Avisados quedáis. Esta semana tendremos que ver algo más ligero. Por cierto, ¿no está Brody un tanto encasillado?
Las serie de fotografías que ilustra esta entradas de mi Cuaderno de ruta se comentan desde un punto de vista de la técnica fotográfica en Carlos en plata.
Día de Navidad por la tarde. Tengo poco que hacer. Pero el día no está mal. Por la mañana he intentado encontrar motivos en las riberas del Ebro para fotografiar, especialmente algunas aves. Pero no se me ha dado bien. Y estoy un poco amodorrado. Así que me animo un poco, cargo una cámara de formato medio con un rollo de película experimental, en desarrollo, y pruebo suerte con la luz de la tarde de invierno.
No es un día con la mejor luz. El cielo está completamente despejado, ni una nube en el cielo, que está totalmente azul. Eso provoca un atardecer rápido. Como poca sutileza en los tonos de la luz. A pesar de, que siendo invierno y próximos al solsticio, el sol viaja muy bajo por la bóveda celeste, y la luz debería ser más matizada que en cualquier otra época del año. También estoy agarrotado, porque estoy intentando adaptarme a las especiales características de la película que he cargado en la cámara, pero no tengo las ideas claras. En cualquier caso, es lo que hay.
No recuerdo muy bien cómo llegó a mis manos este libro, en formato electrónico, que ha estado varios meses en lista de espera. Bueno, no recuerdo las circunstancias; seguro que fue una oferta en mi tienda de libros electrónicos habitual, pero no recuerdo qué me llamó la atención y qué me llevó a comprarlo. Probablemente un impulso del momento, del que luego me olvidé, motivo por el que permaneció tanto tiempo en un relativo olvido hasta que lo rescaté como la primera lectura de este 2025.
El Jardín Nacional Shinjuku Gyoen, frecuente escenario de obras de ficción ambientadas en Tokio, me servirá para ilustrar el parque en el que se encuentran los dos protagonistas de esta novela. Un parque que no recuerdo haber identificado, en el supuesto de que exista en la realidad.
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Su autora, Milena Michiko Flašar, es una escritora de nacionalidad austriaca, de padre austriaco y de madre japonesa, y escribe habitualmente en alemán, aunque es bilingüe con el japonés heredado de su madre. Desarrolla su actividad profesional en el mundo académico, en el ámbito de la lingüistica y la literatura comparada, de distintos grupos lingüísticos. Creo que su único libro traducido al castellano es este que os presento hoy. Y me ha sorprendido por su calidad y su profundidad.
Aunque escrita en alemán, la acción de la novela se sitúa en Tokio. Dos personajes son protagonistas de este relato. Un joven apenas salido de la adolescencia, que con 16 o 17 años se convirtió en un hikikomori, término japonés que designa a personas con un trastorno de ansiedad social agudo o grave, que las lleva a aislarse por completo en sus domicilios, cortando el contacto con otras personas, incluso con su propia familia. La frecuencia con la que se observa este cuadro en Japón ha llevado a la popularización del término en japonés, que se ha incorporado a los diccionarios de otras lenguas (no la española). Tras una serie de eventos que llevaron a la pérdida de dos personas de su propia edad en distintas circunstancias, se recluyó. Y ahora en torno a los 19 o 20 años ha comenzado a salir de casa. Pero sin relacionarse con otras personas. Hasta que en un banco de un parque conoce a un oficinista de cincuenta y muchos, que ha perdido su trabajo. Y avergonzado, no se atreve a contárselo a su esposa, por lo que todos los días finge salir a trabajar, con la fiambrera de comida que le prepara esta, y pasa el día, trajeado con corbata, en el banco del parque. Entre ambos se establece una comunicación, que servirá también de confesión y de catarsis para ambos.
Flašar realiza un análisis profundo de los problemas de la sociedad contemporánea urbana, especialmente agravados en una megalópolis como la tokiota, que le viene bien para ambientar unas situaciones no exclusivas del País del Sol Naciente, pero en el que se hacen más visibles y agudas por los valores y costumbre de esa sociedad. Dos personas de generaciones distintas, con problemas distintos, que aparentemente tienen poco que ver. Pero las causas de sus problemas están, probablemente, muy relacionadas. Las exigencias que la sociedad impone a los individuos, sin que estos encuentren soporte o empatía cuando las cosas se tuercen. Cuando son incapaces de responder al estrés de situaciones que viven como fracasos, como fallos personales, de los que son incapaces de perdonarse, incluso si difícilmente se les pudiera achacar toda la responsabilidad o la mayor parte de la responsabilidad de estas situaciones vitales.
No obstante, la autora ofrece una visión esperanzadora. La apertura de una vía de comunicación entre estas dos personas será el principio para que sean capaces de abrir vías de comunicación con sus entornos. Y tal vez, sólo tal vez, no necesariamente siempre, alcanzar una redención, o mejor dicho una recuperación, sobre su situación de aislamiento. Es un libro que te va atrapando poco a poco. Sin hacer mucho ruido, progresivamente se van abriendo ante ti las realidades vitales de ambos personajes, conocemos sus historias, nos vamos interesando en ellas y sus matices, y acabamos sufriendo con ellos y comprendiéndolos. Notable la habilidad de la autora para construir este relato, que no es muy extenso, pero muy bien aprovechado, con excelente gestión de los recursos narrativos y literarios de los que dispone. Muy recomendable. Una excelente forma de comenzar el año de lectura.
Las series de fotografías que ilustran las entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie.
Ya comentaba hace dos días mi viaje en el día a Madrid. No voy a repetir las circunstancias del viaje. Pero sí hablaré de la última hora de estancia en la capital española. Llegábamos con mucho tiempo de sobra a la estación de Madrid-Puerta de Atocha. Teníamos que coger dos trenes, el mío a Zaragoza a las 18:55, el de mi amiga a Sevilla a las 19:00, si no recuerdo mal. Así que sugerí que parásemos un momento en la Librería La Fábrica, muy cerca de la estación de alta velocidad ferroviaria. Esto es muy peligroso. Tradicionalmente dedicada a la fotografía, hoy en día es más diversa. Por la ida y venida de sedes y locales de la librería, esta empresa que también edita sus propios libros, y organiza festivales y otras actividades culturales, siendo el más destacado el festival anual PHotoEspaña, ha debido tener algunos baches. Porque intentó consolidarse en unos locales más amplios y con más servicios, y acabó volviendo a donde estaba, y diversificando su oferta de libros, tradicionalmente centrada casi exclusivamente en la fotografía.
El caso es que cuando tengo ocasión me pasó por la librería. Y como decía, es una actividad peligrosa, porque es muy apetecible todo lo que allí se vende. No obstante, en los últimos tiempos no siempre compro. Sólo si hay he previsto previamente la compra, o si hay algo que me salta mucho a la vista, y me despierta unos apetitos de consumo inmediato. He observado en las últimas visitas que hay una estantería prácticamente dedicado a la fotografía japonesa, con algún infiltrado de algún otro país asiático. Pero en uno de los estantes superiores de la estantería encontré una curiosa colección de libros. Todos llevaban el mismo título, y tenían el mismo formato, Des oiseaux. Sobre los pájaros, en francés. Pero cada uno contenía fotografías de distintos fotógrafos, de distintas nacionalidades. Y a pesar de las similitudes en el formato, solo pequeñas diferencias entre unos y otros, son de distintas editoriales. Supongo que la obra de cada fotógrafo la publica su editorial habitual. Acabe comprando dos.
Uno de ellos el primero que vi y me llamó la atención, de la fotógrafa japonesa Rinko Kawauchi 川内 倫子, de la que ya conocía un proyecto de hace un tiempo sobre un tema similar, murmuration, o sea, las bandadas de estorninos, que tan peculiares formas configuran en el cielo al atardecer, cuando regresan de los campos donde comen a las arboledas donde duermen. Kawauchi dedica su Des oiseaux a las golondrinas japonesas. De las que por cierto tengo algunas fotos tomadas el año pasado y que me sirven para ilustrar la entrada. La obra de Kawauchi está llena siempre de simbolismo y, por lo tanto, tendré que dedicar un tiempo a leer los textos que acompañan el libro, así como a conocer qué representan las golondrinas en la cultura japonesa. Pero vamos… muy bien. El libro está publicado por Atelier EXB.
El otro que me llamó la atención… Bueno, en realidad hubo varios que me llamaron la atención. Estoy pensando en ir adquiriendo poco a poco toda la colección. O, al menos, algunos volúmenes más de fotógrafos destacados como Graciela Iturbide, Paolo Roversi, Michael Kenna o Albarrán Cabrera, por mencionar algunos. A lo que iba, el otro que compré fue el Bernard Plossu, publicado por Éditions Xavier Barral. Vaya… Las iniciales son EXB… pues va a ser que son de la misma editorial… Ya me he líado con esta colección. No me hagáis pues mucho caso, sobre los cometarios de las editoriales, digo. Plossu es uno de mis fotógrafos preferidos desde hace 30 años… o más. Sus fotografías son aparentemente sencillas. Realizadas con una Nikkormat y un 50 mm, muestran paisajes y entornos diversos, reflejos de su actividad de sempiterno viajero. No pocos de sus trabajos y series están realizadas en la Península Ibérica, tanto en España como en Portugal. Tengo varios de sus libros. Residente de las costas provenzales, es especialmente amante de los países mediterráneos, tanto en el sur de Europa como en el norte de África. Y los pájaros que nos regala en es volumen, como habitualmente en blanco y negro, proceden de estas tierras ribereñas del Mediterráneo.
Se me han acumulado en las últimas semanas un montón de series para comentar. Cuando a finales de diciembre pensaba que me podía quedar sin series para comentar en alguna semana de enero… Pues nada, que no me enteraba de nada. Que un montón. Así que vamos con tres de ellas. Como dice el título de la entrada, dos aventuras espaciales, y una de espías y asesinos a sueldo.
Star Wars: Skeleton crew es el intento de Disney de hacer su propia versión de las aventuras de niños y adolescentes tan populares en los años 80 del siglo XX, pero ambientada en el universo Star Wars. Y a pesar de unas críticas benevolentes, y una razonable aceptación, al parecer, por parte del público, a mí me ha parecido un aburrimiento sin interés. Todavía no entiendo cómo llegué hasta el último de sus ocho episodios, afortunadamente no muy largos. La cosa va de un grupo de críos en un planeta que parece aislado del resto de la galaxia. Establecido antes de la caída de la Antigua República, sobrevivió oculto al Imperio de Palpatine. Y así sigue. Pero los críos encuentran una vieja nave pirata semienterrada en un bosque, y acaban por arrancarla accidentalmente volando fuera del planeta. La cosa va de volver, cuando ni ellos saben dónde está su planeta de origen. Y además, acabarán codeándose con todo tipo de piratas. Y entre ellos, aunque con capacidades jedis, un tipo que no saben muy bien si es de los buenos o de los malos. Ni la presencia de Jude Law, el pirata buenimalvado, salva para mí el tedio que me ocasiona esta serie que no me dice absolutamente nada. No seguiré viéndola, ni aunque me ofrezcan los placeres de los siete cielos.
El universo de Dune está de moda. Así que había que aprovechar la ocasión y hacer algo. Y como ya está Villeneuve embarcado en los largometrajes de la saga principal, alguien decidió ir a por una precuela. De esas que te trasladan a miles de años antes, cuando se estaba configurando el imperio aristocrático/plutocrático que conocemos. Y así, nos vamos a 10 000 años antes de los hechos narrados en la novela original, cuando, ya terminada la Yihad Butleriana que acabó con las máquinas pensantes, están surgiéndo las casas aristocráticas, la casa Corrino está en proceso de estabilizarse como dinastía imperial gobernante, y surge poco a poco como un elemento importante la Bene Gesserit. Y esta última será el centro de una trama para consolidar el statu quo, el poder de la orden, y el impulso de su plan de desarrollo genético que les lleve al Kwisatz Aderach. Alguien a descrito esta serie como Juego de tronos en el espacio. Pero es que cualquier trama con distintas facciones peleando por el poder va a parecer Juego de tronos donde sea que transcurra. Tiene momentos buenos, con interpretaciones notables de gente como Emily Watson, Olivia Williams o Mark Strong. Pero también tiene irregularidades. En cualquier caso, va de menos a más. Y, aunque te quedas con la sensación de que se queda a medio camino de lo que podría haber sido, te quedas con ganas de más.
Finalmente, cambiaremos el espacio exterior por Londres. O sea… por un mundo también algo marciano. Y nos iremos a una serie de Netflix, Black doves, que parece que prometía. En ella, la esposa perfecta de un político de alto nivel, interpretada por Keira Knightley, resulta pertenecer a una organización de espionaje privado, en la que lo mismo puede dedicarse a obtener información, que a apiolar a quien convenga. Pero cuando muera el embajador chino y secuestren a su hijo, y al mismo tiempo asesinen a tres personas, entre las cuales su amante, se lanzará a una aventura de investigación y venganza, en compañía de otro asesino a sueldo, Ben Whishaw, que durante años a permanecido fuera del país. Le pasa un poco lo que a la anterior. Tiene momentos buenos y otros más flojos, va de menos a más, te quedas con la sensación de que podría haber sido mejor y, hasta cierto punto, te quedas con ganas de más. Bueno, tanto de esta como de la anterior, supongo que veremos nuevas temporadas.
Ayer estuve en Madrid. Al igual que el día anterior en Gerona. Pero con amigos de Madrid. Y de Sevilla. Con el AVE, es muy cómodo el viaje. Salvo que Renfe, o el administrador de infraestructuras ferroviarias, con su cada vez peor gestión y peor mantenimiento, decida alargarnos absurdamente los desplazamientos. Más de la mitad de los viajes con trenes de alta velocidad que he hecho en los últimos nueve meses han llevado un retraso apreciable. Por cierto… estoy reproduciendo de forma casi exacta la publicación que he redactado para Carlos en Plata.
Como en otras ocasiones que he visitado en el día la Villa y Corte, quedé a comer con mis amistades madrileñas, con el fin de pasar la tarde juntos paseando, tomando algún café, o alguna cerveza cuando nos cansásemos de pasear. Hizo bueno. Fresco… al fin y al cabo es invierno,… pero soleado.
Pero por la mañana, con la buena amiga que venía desde Sevilla, y mientras los demás estaban en sus centros de trabajo, nos dedicamos a visitar algunas exposiciones. Muy cerca de la estación de Puerta de Atocha, en la Serrería Belga, una sobre la Revista Afal, una revista de fotografía que existió entre 1957 y 1963 o 1964, y que sucumbió acosada por la censura y por la falta de monetario. Un intento digno e interesante, pero poco apropiado para las circunstancias de la España de la dictadura franquista.
Nos interesaba a ambos la exposición sobre la Alemania de Weimar que se puede ver en CaixaForum Madrid. Antes evitaba estas exposiciones, pensando que tarde o temprano llegarían a Zaragoza, pero he comprobado que no es así. Y ese periodo de la historia alemana nos apasiona. Debería servir de aviso sobre lo que pasa hoy día en el mundo… pero probablemente el mensaje caerá en saco roto. Y los que visitan la exposición, probablemente, ya serán conscientes. Nos gustó. Circunstancialmente, vimos una sobre dinosaurios argentinos, que nos divirtió.
Y muy interesante también la exposición dedicada a Max Ernst en el Círculo de Bellas Artes. Nos gusta el surrealismo. Aunque yo particularmente aborrezca una de sus principales relaciones, el psicoanálisis de Freud, teoría pseudocientífica, más próxima a una religión que a otra cosa. Pero el arte surrealista me atrae muchísimo. Con su simbolismo. Con sus imágenes. Con sus diseños.
Fotográficamente hablando, poco hay que añadir a lo que ya comentaba ayer en la entrada dedicada a la excursión a Gerona. La pequeña Sony ZV-1 como fiel blog de notas que me permite ilustrar esta publicación y comentar el viaje en las redes sociales. Y otra cámara con un rollo de película, aunque de la que probablemente no saldrá nada particularmente interesante. Al fin y al cabo, ayer no fue un día para hacer turismo, sino para cuidar y restablecer relaciones humanas.
Ayer estuvimos en Gerona. Pasamos el día. Con el AVE, es asumible el viaje en el día desde Zaragoza, a pesar de la distancia. Hoy me voy a Madrid. Pero dejaré esta entrada lista, si me da tiempo.
Poco que comentar del viaje. Llegar al mediodía, y recorrer el casco histórico de la ciudad y sus principales monumentos, hasta la hora de regresar en un AVE a la puesta del sol. No entraré en la peripecia de los trenes, porque parece que últimamente tenemos alguien que nos odia en Renfe.
Fotográficamente, fundamentalmente me dediqué a la película fotográfica para negativos en color. Hice dos rollos, uno de medio fotograma y otro de fotograma completo, con dos cámaras mecánicas de los años 60. Pero eso, cuando los tenga revelados, ya lo veréis.
Como siempre, me llevé una cámara digital para el comentario inmediato del viaje. Como ahora. Los detalles técnicos de las fotografías, como de costumbre, en Carlos en Plata.
Hoy miércoles es festivo en Zaragoza. San Valero. Y yo voy a estar muy ocupado. Así que ayer por la tarde dejé programada esta entrada. En la que muestro más rosas del Parque Grande de la ciudad tomadas con una técnica similar a la que usé con las que mostré este domingo pasado. Pero con otra cámara distinta y una técnica de exposición del flash distintas. Las cuestiones técnicas también las publiqué ayer en Carlos en Plata.