Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. La tarde y noche de una ciudad italiana cualquiera, por ejemplo, Perugia.
FolleMente (2025; 40/20250903)
En fin… el título original en italiano, que significa… «LocaMente»… sí, con dos mayúsculas,… pues puede sonar en español… un poco… no sé… pero apropiado. En cualquier caso, estamos ante una comedia romántica italiana, dirigida por Paolo Genovese, que ha llegado a nuestro país con cierta celeridad, probablemente debido al enorme éxito que ha tenido en Italia. Tal vez han pensado que dadas las afinidades entre los dos países, podría repetir el éxito en España… no sé cómo habrá ido. Pero os cuento lo que me ha parecido.
¿Os acordáis de aquella película de Pixar realizada para Disney en la que nos introducíamos en la mente de una niña e íbamos desgranando las emociones de la cría en el proceso de duelo por haber tenido que abandonar su entorno habitual al mudarse con su familia a otra ciudad? Pues esto es parecido, pero en lo que dura una cita de una pareja que se acaba de conocer, y la que la mujer (Pilar Fogliati) invita al hombre (Edoardo Leo) a cenar en su casa,… y a lo que venga. Así que, simultáneamente vamos viendo lo que pasa en el apartamento de ella, en la mente de él (Marco Giallini, Maurizio Lastrico, Rocco Papaleo, Claudio Santamaria) y en la mente de ella (Emanuela Fanelli, Maria Chiara Giannetta, Claudia Pandolfi, Vittoria Puccini). En cada una de las dos mentes pugnan por dominar, grosso modo, lo romántico, la lujuria, lo racional y lo emocional. Creo que este reparto de papeles está claro en el hombre… un poco menos en la mujer, pero no me quiero meter en ese jardín. A veces dominan unos o unas, a veces otros u otras. Generalmente, cuando hay acuerdos… las cosas van mejor.
La película es divertida. Ha ratos hilarante. Especialmente por el lado de los cuartetos de emociones, cuya interacciones son ágiles y especialmente divertidas. El planteamiento, que podría ser cansino, puesto que la situación tiene sus limitaciones, no lo llega a ser, puesto que la película dura poco más de hora y media. Y no necesita más. Globalmente está bien realizada, con una buena puesta en escena, aunque lo que más destaca, y a lo que sirven el resto de los elementos de la realización, es el guion. Los diálogos. Todo ello con la colaboración especial de los diez intérpretes, que están en estado de gracia. Especialmente, los cuartetos emocionales. Los dos protagonistas, o presuntos protagonistas, desde mi punto de vista están algo eclipsados por las divertidas situaciones que generan los cuartetos emocionales.
Es la típica película, más frecuente en las cinematografías europeas que en la americana, que intenta diseccionar las relaciones románticosexuales con un tono de gracia y comedia, pero también con un punto crítico, con cierto grado de sátira amable, en la que nos reímos nosotros mismos de nuestras propias meteduras de pata cuando nos dejamos llevar sin saber el terreno que pisamos, o cuando nos sentimos inseguros ante un comienzo en el que hemos depositado grandes expectativas. Está bien. Es bastante recomendable. Quizá no sea una obra maestra, pero tampoco creo que lo busque. Tiene una realización funcional al servicio de ese guion que tan buen rato nos hizo pasar.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata. Un paseo fotográfico con Hasselblad 500CM, respaldo NONS Intant y película Instax Square, en esta ocasión en su versión monocroma.
Ya he presentado en ocasiones anteriores algunas series de fotografías realizadas con el respaldo específico para cartuchos de película instantánea, que me llegó hace pocos meses. Pero hasta el momento había usado película en color. En esta ocasión opté por la versión monocroma de esta película… que es monocroma, pero suele tener un cierto tinte cálido/verdoso, que no siempre me convence. En las copias escaneadas que presento aquí, lo he atenuado.
Introduje otros cambios en la configuración del equipo. Hasta ahora había usado ópticas estándar, mientras que para esta ocasión opté por una óptica gran angular. Que en ocasiones complica la búsqueda de la composición adecuada, especialmente dado el pequeño tamaño de las copias fotográficas. También usé un filtro neutro para controlar la profundidad de campo y poder utilizar las aperturas y las velocidades de obturación óptimas. No sé si estoy del todo satisfecho… pero poco a poco. Y en cualquier caso, con mayor capacidad de control que con las flojas cámaras que ofrece la marca de la película.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Yōko Wanibe, la que fue esposa del fotógrafo japonés Masahisa Fukase, era originaria de Kanazawa, y allí nos vamos fotográficamente.
No es infrecuente que un fotógrafo haga de su esposa el motivo principal de su trabajo fotográfico. De forma esporádica, en alguno de sus proyectos o de forma sistemática. Hay varios nombres que se me vienen a la memoria. Elliot Erwitt fotografió a su esposa en escenas familiares en alguna ocasión, sola o con su bebé, June Newton, conocida también con su nombre de fotógrafa Alice Springs, la esposa de Helmut Newton, también aparecía con cierta frecuencia en la obra de este. Alfred Stieglitz fotografió con frecuencia a su esposa, la pintora Georgia O’Keeffe. Emmet Gowin es bien conocido por los retratos íntimos de su esposa Edith. Siempre me ha gustado mucho la obra de Harry Callahan, que fotografió repetidamente a su esposa Elleanor como principal sujeto de interés durante quince años.
Si nos centramos en Japón, pues al fin y al cabo el fotógrafo cuya obra nos interesa hoy es japonés, es bien conocido el Sentimental Journey de Nobuyoshi Araki, una inmensa declaración de amor a su esposa, Yōko. Obviamente, este nombre de mujer fue muy popular en una determinada época en el País del Sol Naciente. Cuando esta enfermó y falleció, volvió a ser el sujeto de la cámara de Araki, que publicó su Winter Journey en la que añade el duelo a esa declaración de amor hacia su esposa. No son pocos, por lo tanto, los fotógrafos que han dirigido su cámara hacia la persona más cercana. También encontraríamos la inversa, fotógrafas que dirigen su visión hacia su pareja. Sea hombre como hace Pixy Liao, en un trabajo subversivo sobre los roles tradicionales de la pareja, o sea mujer, como las fotografías más íntimas y familiares de Annie Leibovitz en la que aparece con frecuencia Susan Sontag. Quizá sea más frecuente en las fotógrafas que dirijan su cámara hacia otros miembros de la familia, especialmente los hijos, como hacía Sally Mann.
Masahisa Fukase es un fotógrafo que nunca me ha dejado indiferente. Por supuesto, la obra de Fukase que primero conocí fue Karasu 烏 (Cuervos), una serie que muchos consideran una de las obras maestras de la historia de la fotografía, y que fue provocada por la separación de su esposa, cuando tras trece años conviviendo, la pareja se separó y se divorció. Una monumental manifestación de duelo de carácter expresionista, muy poderosa. Sin embargo, el único libro que tenía del autor japonés hasta el momento es Kazoku 家族 (Familia), una serie de retratos familiares realizados a lo largo de los años, y que a mí me parece otra genialidad absoluta. En estos retratos aparece también Yōko, siempre de una forma que denota que es el miembro «apegado» o «extraño» de esa familia. Uno de mis libros favoritos en mi biblioteca de libros fotográficos.
Cuando hace unos meses me enteré de la edición del libro que nos ocupa hoy, dedicado integralmente a Yōko, y tras haber visto algunas muestras de lo que iba a ser su contenido, decidí que tenía que ser mío. No ha sido tan fácil como parece. Publicado en Japón, me ha costado encontrar una librería dentro de la Unión Europea, evitando demenciales costos de transporte y el riesgo del sablazo en la aduana, que lo tuvieran disponible y con un precio razonable y no desmesuradamente inflado. Y ya puedo decir que también ha pasado a formar parte de mis libros de fotografía favoritos en mi biblioteca. Con fotografías procedentes de diversas series del fotógrafo, como las ya mencionadas Karasu y Kazoku, hay otras muchas que nos hablan de su vida cotidiana, y especialmente de la personalidad vital y compleja de esa mujer que probablemente fue el centro de la vida del autor desde el principio de los años 60 del siglo XX y hasta mediados de los años 70, y más allá si contamos el largo período de duelo que sufrió el fotógrafo. Un libro, que en estos momentos, me parece imprescindible.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. La acción de la novela/película transcurre en la ciudad ficticia de Fairhaven, en el condado de Kent, Inglaterra. Obviamente, uno no puede visitar un lugar ficticio, pero Canterbury también está en el condado de Kent, como su propio nombre indica.
Recupero el comentario de la película que me salté hace unos días, una película de reciente estreno en Netflix, que adapta una famosa novela de este género que se ha puesto de moda y se ha dado en llamar «cozy crime» o «cozy mistery». Novelas detectivescas o policiacas que se caracterizan por un tono ligero, amable, con un tono de comedia, con protagonistas simpáticos, muchas veces no profesionales de la acción detectivesca. En realidad, es un género que tiene ya sus años, pero que parece que ha revivido últimamente. Incluso yo he leído la novela, tras la recomendación de una compañera de trabajo. Aunque la novela me entretuvo, no hubiera pensado yo que me fuese a interesar especialmente la película, porque tampoco es que acabara entusiasmado con la lectura. Simplemente, una lectura intrascendente y amable. Así que cuando me enteré que con Chris Columbus como director nos llegaba esta película…
… a pesar de que Columbus no me entusiasma, el reparto me parecía excepcional. Me parecía muy difícil que este grupo de veteranísimos intérpretes, la mayor parte de ellos británicos, no sacasen adelante la película. La trama… pues ya la comenté en su momento, cuando la novela. En una residencia para personas mayores de absoluto lujo en algún lugar del sur de Inglaterra, se comete un crimen, al mismo tiempo que los especuladores inmobiliarios amenazan con cargarse la residencia. Pero allí está el Club del Crimen de los Jueves (Helen Mirren, Pierce Brosnan, Ben Kingsley, Celia Imrie), dispuesto a resolver un crimen actual y no ha entretenerse con viejos casos sin resolver. Lo harán cola colaboración de una joven agente de policía (Naomi Ackie), poco valorada por sus jefes. Y enfrente tendrán a malvados como Tom Ellis o David Tennant. Y otros secundarios de ringo rango como Jonathan Pryce.
No perderé mucho tiempo en comentar una película que se defiende sola gracias al reparto, lleno de desparpajo, simpatía y oficio, en el que destaca especialmente Mirren, como de costumbre, pero sin desmerecer ni un pelo a cualquier de los demás. Columbus se limita a tirar de oficio para hacer una realización razonablemente adecuada para que el elenco se luzca, al mismo tiempo que, probablemente, se lo pasa de miedo con este trabajo, y el público se entretenga con espectáculo amable y palomitero. Ideal para familias que cenan en casa el fin de semana, piden comida a domicilio para no trabajar demasiado y se entretienen con ella.
¿Es recomendable? Sí, por qué no. Creo que ya lo he dejado claro. Esta no va a ser una película que opte a los Oscar ni nada por el estilo. No tiene mayores pretensiones. Al fin y al cabo, ese es el tipo de cine que ha hecho Columbus a lo largo de su carrera. Y si encima hay un buen trabajo actoral, y cuando termina te deja de buen humor, ¿qué más quieres pedir? Pues eso. Ahora bien, dentro de un tiempo no será más que un ligero recuerdo agradable… salvo que decidan que hay material para segundas partes y vuelvan por sus fueros. Pero, ¿es necesarios? Ya no lo tengo tan claro. Y me voy a tener que poner las pilas, porque aun tengo dos estrenos vistos pendientes de comentario… Tendré que seguir con dos entradas cinematográficas a la semana, en una segunda quincena de septiembre en la que probablemente me falte el tiempo para muchas cosas.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Entre Corea del Sur y Alemania transcurre la historia del libro de hoy, así que fotográficamente nos iremos a Berlín, una tarde soleada de primavera.
En primer lugar, una aclaración, el nombre de la autora, Han Kang, se presenta tal cual se utiliza en su país de origen. Es decir, Han es el apellido familiar y Kang el nombre propio de la persona. Aclarado esto, Han Kang es la más reciente premio nobel de literatura, Nobel 2024, y la primera mujer asiática en recibir este galardón. Por un artículo que leí hace unos meses sobre esta escritora, me surgió el pensamiento de leer alguna de sus obras. Pero en un estado de ánimo no susceptible de según que temas, me costó decidir cual de ellas sería la más adecuada, hasta que opté por la que hoy comento.
Dos personas que anda con la vida con sus problemas y sus despistes personales. Ella, recién divorciada, sin trabajo fijo, ha perdido la custodia de su hijo, su madre ha fallecido, con quien mantenía una relación compleja, a veces conflictiva, por segunda vez en su vida a perdido la capacidad de hablar, y ha entrado en un mutismo permanente. En algún lugar he leído que padece un afasia, pero no es así, porque la afasia es consecuencia de una lesión cerebral de algún tipo, una causa orgánica, y en este caso estamos ante un origen psicológico. La primera vez le sucedió de adolescente, y recuperó el habla cuando escuchó una cierta palabra en francés. Para buscar un estímulo que le devuelva el habla, se ha apuntado a clases de griego. Clásico.
Él es el profesor de griego. Y tiene una enfermedad genética que le conduce inexorablemente a la ceguera. No ha perdido todavía la vista del todo, pero está muy cerca. Durante 17 años vivió en Alemania, donde tuvo un gran amor, una joven que tampoco hablaba, porque era sorda de nacimiento. Y la perdió. Ahora sabe que ella siguió adelante, se casó y va a ser madre. Ha regresado a Corea, donde hasta cierto punto se siente extranjero, como se sentía en Alemania. Y está intrigado por esa mujer que no habla. En un momento dado, un cierto acontecimiento hará que comiencen a conectar entre ellos.
El comentario que puedo hacer de este libro tiene dos vertientes. El literario, incluso a través de la traducción al castellano, es de un nivel altísimo. Realmente, es una prosa delicada, compleja sin parecerlo, que en ocasiones se vuelve incluso poética, pero también sabe ser descriptiva, dramática y directa. Es parte fundamental de la transmisión del estado de ánimo de los dos protagonistas, que nos llega de una forma clara aunque compleja. Por otro lado, es el propio contenido de la obra. Dos personas que han entrado en aislamiento personal. Un aislamiento que fundamentalmente lo es de aquellos que son o deberían ser sus seres queridos, su principal apoyo. Básicamente, están solos. Han perdido a aquellos que más querían o necesitaban. Sus discapacidades, sean orgánicas o psicológicas, no son más que una metáfora global que acentúa ese aislamiento en el que se encuentran. Ella no es capaz de comunicar. Él no es capaz de percibir. Una metáfora global del aislamiento, no sólo de estos dos protagonistas, sino de tantas personas en la civilización actual basada en grandes urbes, y con un grado no desdeñable de alienación en las personas.
El libro que leí hace ya más de un mes me enganchó mucho. Aunque en varias ocasiones, y a pesar de que no es muy extenso, podríamos definirlo como una novela corta, me vi obligado a interrumpir la lectura para asimilar lo que poco a poco se me desvelaba sobre la vida y la realidad de sus protagonistas. Una obra muy notable, muy recomendable, y que si se considera representativa del conjunto de la obra de la autora, realmente es meritoria del famoso galardón recibido. Me han entrado ganas de, en algún momento, seguir leyendo la obra de Han Kang.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. El tiempo nublado y algún cementerio que otro en Cornualles me servirán para ilustrar la «tétrica» entrada de hoy.
Wednesday es una de las series de más éxito de Netflix. Lo curioso es que, estando claramente dirigida al público adolescente, al cabo, no deja de ser una serie de institutos, con magia, una versión oscura, y anterior, a Harry Potter. Y sin embargo, en los días previos y posteriores al estreno de la segunda temporada, encontré a muchos adultos hablando de ella, que si la había visto, que se divirtieron con la primera temporada, etc, etc, etc. Me pareció curioso. Vi la primera temporada y… aunque relativamente entretenida, no acabó de entusiasmarme. Por lo que realmente no había hecho especiales planes para ver la segunda.
Pero he aquí que veo que existe esta expectativa. Y que además, los comentaristas en la red de redes dicen todos, o casi todos, que es mejor que la primera temporada. Esta segunda temporada se estrenó en dos bloques. Creo que en julio se estrenó el primer bloque de cuatro episodios, no recuerdo cuando, y a principios de septiembre el segundo bloque con otros cuatro episodios. Ocho en total. Con duraciones variables. Los más largos de una hora, incluso larga, y los más cortos de apenas tres cuartos de hora, sin llegar. Eso suele estar bien. Suele querer decir que en el montaje del episodio han ido a lo interesante. Si tenían mucho material y mucha historia que contar… se alarga algo. Y si no, pues más cortito que no pasa nada. Una estupidez lo de llegar a un determinado minutaje, algo propio de las televisiones con programación fija y anuncios de toda la vida, en las que la duración de las series estaba a merced de las pausas e intereses publicitarios. Bueno.
El caso es que decidí verla, y empecé con los primeros cuatro capítulos poco antes del viaje a Luxemburgo. Si me gustaban, seguiría con los cuatro últimos. Y si no,… tal día haría un año. El caso es que en cuanto estrenaron esos últimos episodios, me los merendé casi de tirón. Esta segunda serie es muuuuuuuuucho mejor que la primera. En primer lugar, Wednesday (Jenna Ortega) quizá sea el personaje principal, pero esta segunda serie podría perfectamente haber sido una temporada de una serie titulada The Addams Family. Porque todos ellos tienen su momento y su importancia. Y especialmente, Morticia (Catherine Zeta-Jones), al jugar en la trama transversal y principal con los conflictos generacionales dentro de la familia. Pero sobretodo, lo importante es el ritmo y la aventura que presentan los distintos episodios. Tras los tres primeros más de presentación, tenemos un excelente cuarto episodio, en el frenopático, que además de ser casi antológico en sí mismo, pone en marcha la acción continua y divertida de los cuatro que llegaron en septiembre. Un diseño de la temporada excelente, que ha asegurado una diversión absoluta, en este drama familiar, y de instituto, que al mismo tiempo se convertía en un procedimental con Wednesday al frente de los «investigadores» de los misterios.
Lo tengo muy claro. Si han de seguir así. Así como la otra serie estelar con personajes infantiles/adolescentes de Netflix conforme fueron pasando las temporadas cada vez me cargó más y llegué a aborrecerla, esta me ha parecido ingeniosa, bien escrita, bien rodada, y muy equilibrada en sus distintos elementos. La segunda temporada, digo… porque mi recuerdo de la primera sigue siendo muy flojo. Quizá uno de los aciertos más importantes de la temporada es que no han obligado a Wednesday a tener un interés romántico… que no le pega nada en absoluto. Entre otros muchos. Y lo más flojo… que me hace gracia que les llamen outcasts o marginados, cuando en realidad son todos una panda de pijos de mucho cuidado, con la protagonista a la cabeza. Y oye,… que no reconocí a Billie Piper y no me he dado cuenta que salía hasta que he redactado esta entrada. Qué cosas.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Chinatown en Manhattan. Aunque creo que la acción de la película transcurre en Queens. Pero todo es Nueva York.
Blue Sun Palace (2025; 39/20250903)
Sinceramente, hoy no tocaba esta película. Pero como había preparado ya las fotografías de ilustración apropiadas para ella, pues ya volveré otro día a la que me he saltado. Así que nos vamos de la mano de la directora Constance Tsang, debutando en su primer largometraje, a los reales del cine independiente norteamericano, más independiente imposible, que ni siquiera sabe a cine norteamericano. Aunque llegó a la cartelera con muy pocas alharacas, lo cierto es que la crítica había vertido muchos elogios sobre esta película, lo que nos motivó a ir a verla.
Tsang nos sitúa durante la mayor parte de las casi dos horas que dura la película en un salón de masaje en algún lugar de Nueva York. Como ya he dicho, creo que en Queens. Allí trabajan Didi (Xu Haipeng) y Amy (Wu Kexi), dos inmigrantes chinas de Taiwán, que salen adelante lo mejor que pueden. Didi ha empezado una aventura con Cheung (Lee Kangsheng), un cliente habitual del salón. Aventura le llamo, porque nos enteraremos de que está casado y tiene algún hijo. Pero un día, una tragedia ocurre. Alguien morirá, y los supervivientes tendrán que salir adelante, encontrar apoyo, si ello es posible los unos en los otros, y encontrar su camino en una ciudad en la que no dejan de ser gente desarraigada.
Tsang nos invita a entrar en el mundo de los inmigrantes chinos, taiwaneses, en Estados Unidos. Un mundo marcado por el desarraigo, por la necesidad de ganar el dinero que se pueda, pero gastar lo mínimo, para poder enviar remesas a casa, a las familias que se han quedado en la isla en el otro extremo del mundo. Un mundo en el que cada cual encuentra afecto donde buenamente puede. Cualquier contacto humano parece bueno, en una situación de profunda alienación. También nos introduce en el mundo del duelo cuando estás lejos de quienes pueden ayudarte a superarlo. Y también en la fina finísima línea que separa a la persona de un degradación total. Pero no es una película pesimista. También se plantean oportunidades que pueden ayudarte a salir adelante. Pero tienes que encontrarlas. Y para encontrarlas, tendrás que buscarlas. Y para buscarlas, abandonar los lugares aparentemente seguros, sólo aparentemente, para buscar auténticos refugios en otro lado. También nos muestra el lado alienante de la gran ciudad, especialmente ante el extraño.
La puesta en escena y la cuidada dirección, encuadres, secuencias, luces y sombras, son de primer nivel a pesar de ser una película realizada con un evidentemente limitado presupuesto. Pero Tsang se maneja con una maestría que podría ser propia de directores más experimentados. O tal vez es la propia del director novel que tira de creatividad y desparpajo para sacar adelante su trabajo, muy meritorio. Pero sobretodo cuenta con la complicidad de un reparto en estado de gracia. Por lo que he averiguado, Wu Kexi, que interpreta el personaje principal, no es principal una novata en la interpretación, y en su país cuenta con prestigio y respeto. Y desde luego desprende oficio a raudales, dotando a Amy de una sensibilidad y una profundidad que cada vez es más difícil encontrar en las películas de cine. Sin que este comentario suponga desmerecer al resto del elenco.
Muy recomendable. Aunque probablemente no atraerá a los devoradores de palomitas, de acción pirotécnica a cascaporrillo y otras tontás del cine actual más comercial. Es lo que hay. Sin embargo, es de lo mejor que he visto este año en las salas de cine, una película que crece en la memoria, se va haciendo más significativa poco a poco.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata. Usando la Adox HR-50 con Pentax Spotmatic, Carl Zeiss Jena Tessar 50 mm f2.8 y filtro rojo Hoya.
De alguna forma, esta la segunda parte de mis toma de conocimiento de la película Adox HR-50 que empecé hace unas semanas, en aquella ocasión en los alrededores de la estación de Alagón. Pero con distinta cámara, distinto objetivo, distinto filtro,… y peor luz e inspiración personal. Una primera parte de la prueba fue en Riglos, en una escapada aprovechando las adecuadas conexiones ferroviarias para ello.
La segunda parte de la prueba, una semana más tarde, fue en un trayecto que para mí es relativamente habitual en mis caminatas para hacer ejercicio; fui caminando desde mi casa en el barrio de San José de Zaragoza, hasta el barrio de la Cartuja Baja, siguiendo el curso de los tramos finales del Canal Imperial de Aragón. Os dejo aquí unas fotos, quien quiera saber más sobre los detalles técnicos fotográficos dispone del enlace que el párrafo de entrada de la entrada.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. En el puerto de San Francisco encontramos en exposición barcos de la Segunda Guerra Mundial; algunas fotos realizadas con película en blanco y negro de algunos de ellos.
Leí este libro, un ensayo histórico sobre la batalla de Midway, la primera gran victoria naval de los Estados Unidos sobre Japón a principios de junio de 1942, entre el 2 y el 10 de agosto de este 2025. Unos días antes, había quedado a cenar en casa del hermano de una buena amiga, y con otras gentes, y el susodicho decidió unilateralmente que íbamos a ver una película con la libertad de poder comer, hablar, reírnos, criticar o lo que fuera, algo que no hacemos en las salas de cine. Algo que detestamos en las salas de cine cuando lo hacen otros, y desgraciadamente en las salas de cine de Zaragoza, en determinados días de mayor afluencia, es algo frecuente. Claro… si ese era el tono, la película no podía ser algo que nos tomáramos muy en serio, y seleccionó Midway de Roland Emmerich. Un director que, en líneas generales, consideramos infame. Por supuesto, cuando se estrenó la película en 2019, no la fuimos ver a salas de cine. Entre otras cosas porque pensábamos que iba en la línea de otra película infame de otro director infame, que desgraciadamente sí que vi en su momento en las salas, pero de eso han pasado 23 o 24 años. Éramos «jóvenes». Pero lo que pasó es que la película de Emmerich, aunque con algún que otro exceso visual de los suyos… no estaba mal. Incluso parece que disfruta de un cierto rigor histórico, lo cual, en un director de este tipo, y en Hollywood, es algo absolutamente excepcional.
En mi adolescencia, con unos 13 de años de edad, se estrenó otra película sobre la mencionada batalla, que en aquellos momentos me encantó. Hasta tal punto, que en los quioscos se publicó una versión novelada de la película, y la compré y la leí varias veces. Lo cierto es que aquella película de 1976, con un reparto lleno de nombres de relumbrón,… era tan infame como alguna de las que he mencionado antes. Con secuencias que procedían de los descartes de Tora! Tora! Tora!, de documentales de la época de la guerra mundial, y con argumento que mezcla las acciones de la propia batalla, de forma bastante confusa, con un drama romántico-familiar absolutamente deleznable y superfluo, hoy en día la consideraría una de las peores películas bélicas que he visto en mi vida, y mira que las hay malas. O simplemente una de las peores película que he visto, bélicas o no bélicas. Así era la cosa. La cuestión es que me quedé con curiosidad de saber hasta qué punto la película de Emmerich era precisa, y de enterarme qué pasó en aquella dichosa batalla, glorificada por los USAmericanos, ignorada durante mucho tiempo por los japoneses, y que a mí me dejó la sensación tras ver las películas y algunos vídeos en Youtube que fue una batalla ganada por el bando que metió menos la pata.
En uno de esos vídeos se recomendaba el libro que aquí comento, escrito por Jonathan Parshall y Anthony P. Tully. El primero es un tipo que estudió algo parecido a lo que en España llamábamos Ciencias empresariales y, actualmente, Administración de empresas, pero que ha dedicado mucho tiempo de su vida al estudio de la Segunda Guerra Mundial como historiador, especialmente de la Marina Imperial Japonesa, junto con su compañero Tully, que parece que estudio cuestiones relacionadas con las tecnologías de la información, pero que también ha acabado dedicándose a la historia. Puedo estar cometiendo algún error involuntario, pero no grave en este brevísimo currículo de los autores… porque las informaciones que tengo siempre ponen más énfasis en sus cosas como historiadores, que en sus trabajo dedicados a otras cosas. Así que lo busqué en versión electrónica y lo leí.
He de decir que lo encontré muy ameno de leer. Tras una presentación con los antecedentes previos a la batalla y la explicación de los motivos de Japón para buscarla, hay un relato de la misma casi hora a hora. Y finalmente, algunos capítulos con conclusiones. Y la novedad de estos autores frente a la mayor parte de los libros previos es que parte del material de los Japoneses y no de los escritos ya desarrollados por los historiadores USAmericanos. Especialmente de historiadores japoneses recientes, y no de los relatos poco fiables de algunos militares navales nipones que son en los que se han basado los historiadores yanquis. Aquí no voy a entrar en desmenuzar las cuestiones sobre lo que pasó en aquella batalla. En general se resumen en a) los japoneses prepararon la cosa de pena con muy mala inteligencia sobre lo que pasaba en el otro bando; b) los yanquis sí que sabían lo que se venía encima porque «escuchaban» a los japoneses», llevaban esa ventaja; c) ambos bandos ejecutaron una serie de acciones y decisiones calamitosas que les llevó a perder muchos recursos y vidas, siendo más importantes de los japoneses; y d) no fue una pelea de David (EE. UU.) contra Goliat (Japón), porque los recursos reales de los que disponían, y entraron en liza, estaban muy igualados. Los yanquis ganaron por una mezcla de buena inteligencia previa a la batalla, y algo de suerte ayudada por la mala planificación de los japoneses.
Pero lo importante del libro para mí, y es lo que me interesa resaltar aquí, es que es un texto destinado a romper con los dogmas e ideas preconcebidas que dominaban el relato de la acción desde hace muchas décadas, para presentar otra versión, bien documentada, de la acción bélica. En ciencias, solemos considerar que la primera e importante cuestión para el avance en cualquier disciplina científica, es un alta y saludable dosis de escepticismo y duda ante el conocimiento establecido. Considerar que cualquier teoría científica es tan buena como los datos, provengan de observaciones o experimentos, que la apoyen. Pero a lo largo de mi vida, me he encontrado que en las humanidades menudean las escuelas que asumen principios difíciles de contrastar con objetividad, que son asumidos de una forma un tanto dogmática. Los autores intentan, y probablemente lo consiguen, romper los dogmas sobre lo que se supone que sucedió en aquella batalla. Que ni siquiera fue decisiva como se ha venido afirmando. Por decisiva hay que entender que, al ganarla, se ganó la guerra, si la hubieran perdido, los EE. UU. habrían perdido la guerra. No tal. Fue importante porque cambió el curso de la guerra. Pero David (Japón), en aquellos años, con sus limitados recursos, nunca tuvo una oportunidad contra Goliat (EE. UU.). Tenían la guerra perdida desde el momento en la que la empezaron. Tarde o temprano, el poderío industrial americano se hubiera impuesto, como sucedió.
Para mí hay algo muy importante cuando lee un ensayo sobre un tema del conocimiento humano. Sea en el campo de las humanidades, las letras, las ciencias o la tecnología. Y ese algo es el no dar nada por sabido o por seguro. No existen los dogmas. Nuestras percepciones, nuestro sentidos, nos engañan en muchas ocasiones, por lo que si no disponemos de instrumentos fiables y precisos no podemos conocer lo que realmente pasa en el mundo/universo. No lo digo yo. Lo dijo Lord Kelvin. Obviamente, en el ámbito de las humanidades, de la historia, esas mediciones, esa recogida de datos que debemos convertir en información, está mucho menos sistematizada, puede estar dispersa, puede haberse perdido, o puede ser susceptible de interpretación. La interpretación de los hechos históricos está sujeta también a los intereses políticos, y sociales, de las distintas comunidades. Se ha dicho muchas veces que la historia la escriben los vencedores. Siempre me ha gustado aquel dicho que dice que «de la guerra de Troya existen tres versiones, la de los troyanos, la de los aqueos… y la verdad». Simbolizan bastante bien lo que estoy intentando expresar. En el ámbito de la historia de España, siempre tuve problemas para comprender qué pasó realmente en la llamada por nosotros guerra de la Independencia, entre 1808 y 1814, con la invasión y la ocupación francesa. La guerra o campaña de España para los franceses. La guerra peninsular para portugueses y británicos. Lo que se nos ha contado en España está fuertemente contaminada por las consignas nacionalista y patrioteras que han reinado en nuestro país. Para conocer mejor algunas de las más importantes cosas que sucedieron hube de recurrir a textos británicos y contrastarlos con otras fuentes. La realidad deja muy mal parada la participación de las fuerzas armadas españolas en aquel conflicto. Los que salvaron la cara de los españoles fueron los guerrilleros que aportaron información necesaria para que el ejército lusobritánico (con una pequeña participación española, los ingleses no se fiaban de los militares españoles, era recíproco) librara sus batallas con los franceses. Es un ejemplo.
No puedo decir que pueda recomendar con carácter general este libro. El tema interesará a muy pocas personas, especialmente fuera de los países implicados en el conflicto. Pero yo lo leí con ganas y ya he dicho que me resultó muy ameno. Hay una abundancia de datos, pero no desborda. Y sobretodo, ayuda a formar el espíritu crítico. Ese sano escepticismo que he mencionado y que debe presidir todo acercamiento al conocimiento humano, siempre imperfecto y siempre necesario de avances, de nuevas ideas y nuevas visiones, para no quedarse estancados… y muertos.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Una de las series de hoy transcurre en un centro comercial de una ciudad japonesa, así que viajaremos fotográficamente a Umeda, un distrito de Osaka fundamentalmente comercial.
La mayor parte de las series de animación japonesas suelen presentarse en temporadas de entre 10 y 13 episodios que se suelen emitir a lo largo de los tres meses de una estación del año. Eventualmente, duran dos estaciones, con temporadas de entre 20 y 26 episodios, claro, el doble. Pero hay excepciones de diversos tipos. Y en esta temporada de verano, la que comenzó el 1 de julio y terminará hacia el 30 de septiembre, todo aproximadamente, ha habido un par de series de corta duración, seis episodios de 20-23 minutos cada una, que por lo tanto, en realidad, duran menos de dos horas, porque hay que descontar los minutos de las entradas y los cierres de cada episodios. Lo que dura un largometraje. Así que se puede ver de una sentada. Dos series que me han interesado, por motivos muy muy muy distintos. Y luego esta temporada en web de otra serie que también me entretuvo mucho, y que dura todavía mucho menos. Vamos de más serio a menos serio.
Takopī no genzai (タコピーの原罪), El pecado original de Takopi/Takopi’s original sin, en su título en castellano/inglés, es una serie dramática bastante perturbadora. Especialmente los dos primeros episodios. Y aunque sus protagonistas son niños, es más bien para mayores. A ratos más para adultos que adolescentes. La historia de Takopi, un extraterrestre con forma de pulpo (タコ tako es pulpo en japonés) que se mezcla en las historias de tres niños de unos 10 u 11 años que viven con problemas familiares. Familias desechas, familias exigentes, alienación de sus familias y de sí mismos, con riesgos autolíticos… es decir, de suicidio, o de crímenes precoces. Takopi es ingenuo. Desconoce la maldad. Y tiene un «arma» terrible. Una máquina que le permite retroceder en el tiempo para «arreglar» los problemas,… que no sólo no se arreglan sino que empeoran.
Como decía, el anime es duro. En las vidas de estos niños hay maltrato infantil en el entorno doméstico. Hay abandono y falta de afecto. Hay abuso y violencia escolar. Y hay respuestas de estos niños, patológicas, en forma de violencia hacia sí mismos o hacia los demás. Y todo con el aspecto ingenuo de un anime infantil con personajes… kawaii (cuquis). Leí en una ocasión que Japón, con una de las tasas de natalidad más bajas del mundo, tiene además serios problemas de infancia desprotegida, especialmente en familias rotas y monoparentales, cuando una madre sola/soltera, con escasos recursos, ha de criar a un niño. A lo que hay que añadir el clima de fuerte competencia escolar que se pueda vivir en sus escuelas. Por lo tanto, es una fuerte crítica social, basada en un manga muy premiado en el momento de su lanzamiento. Es muy buena, pero no siempre es agradable de ver. Todos los episodios tienen una nota de aviso especial indicando que no es para estómagos débiles. A pesar de ello, recomendable.
En un tono totalmente diferente, de comedia, pero entrañable, hay una pequeña y sencilla oda a la amistad entre dos adolescentes de instituto que de alguna forma no están integradas en sus propios medios escolares. Fudo koto de, mata ashita (フードコートで、また明日), See you tomorrow at the food court/Nos vemos mañana en el área de restauración originalmente un manga en forma de comic para la web, nos presenta a dos chicas muy distintas. Por un lado, Wada, una chica con buenas notas, pero que no destaca físicamente y que no tiene habilidades sociales. Por otro lado, Yamamoto, una ギャル gyaru con un físico potente e intimidante, que hace que sus compañeros la eviten, aunque es una buenaza. No van al mismo instituto. Pero de alguna forma han acabado conociéndose, y todas las tardes, después de clase, quedan a tomarse algo en el área de restauración de un centro comercial.
Se presenta en forma de cortos episodios, unos tres por cada episodio de unos 20 minutos, en los que mantienen diálogos sobre los temas más diversos, cosas de chicas adolescentes. Pero son diálogos ingeniosos, muy bien escritos, que además provocan que inmediatamente el público simpatice con estas chicas tan divertidas. Una, por estudiosa que sea, es una destalentada de cuidado en las cosas del mundo, mientras que la otra, a pesar de su aspecto precoz/procaz, es sensata y considerada con todos, especialmente con su destalentada amiga. Una divertida y aparentemente intrascendente oda a la amistad, que me recuerda a otra serie sobre chicas adolescentes que también me divertió y me gustó.
Finalmente, una derivada de la divertida Lycoris Recoil, Lycoris Recoil: Friends are thieves of time, seis episodios cortos, en total todos suman unos 21-22 minutos, con pequeños episodio en la vida de las protagonistas de las chicas asesinas, pero tan simpáticas. Se puede ver en Youtube, os lo dejo enlazado. Muy divertidos. Alguno, hilarante.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Grecia es una de mis asignaturas pendientes viajeras. A cambio, os muestro el Valle de los Templos de Agrigento, isla de Sicilia, la Magna Grecia en tierras italianas.
En plena anemia cinematográfica del mes de agosto, apenas aliviada por algún hallazgo inesperado en la cartelera, nos encontramos con una curiosidad. Uberto Pasollini nos cuenta en poco menos de dos horas el regreso de Ulises (Ralph Fiennes), u Odiseo, como lo queráis llamar, a Ítaca, la isla de la que partió veinte años antes para luchar en la guerra de Troya. Y como la maldición le avisó, si partía a la guerra le sería difícil regresar a su hogar, si pasó diez años guerreando, pasó también diez años intentando volver a su esposa Penélope (Juliette Binoche), y a su hijo Telémaco (Charlie Plummer).
El final de la Odisea, tal y contó Homero, es conocido por todo aquel que se hay desasnado un poco a lo largo de su vida. Arruinado, náufrago, habiendo perdido a todos sus compañeros de aventura, Ulises llega a las costas de Ítaca sin que nadie lo reconozca. Mientras Penélope, fiel al marido, y aunque tal vez, probablemente, no lo merezca, se ha mantenido fiel a Ulises, y ha mantenido a raya a los pretendientes que quieren casarse con la que suponen viuda, y así hacerse con el reino y el poder en la pequeña isla griega. Ella ha prometido decidirse por uno de los pretendientes cuando termine de tejer la prenda en la que se afana durante el día. Y que desteje por las noches para nunca acabar su tarea. Ulises deberá recuperar su posición… pero se lo habrá de ganar, cuando todo el mundo lo toma por un pordiosero.
La película me parece interesante, digna de mención y bastante recomendable por diversos puntos de vista. Especialmente cuando está anunciada otra versión de la Odisea, que promete probablemente más espectáculo que reflexión, como sucede en esta. Pero habrá que darle un voto de confianza que viene avalada por director de prestigio. Se cree que el poema épico fue compuesto por quien fuera Homero en algún momento del siglo VIII antes de la era común en la costa occidental de Asia Menor. Pero se inspira en acontecimiento anteriores, puesto que Troya, la histórica, podría haber estado en guerra con los pueblos prehelénicos en algún momento de los siglos XIII al XII antes de la era común. Quizá un reflejo de los enfrentamientos entre los micénicos y los hititas. Aunque no existe acuerdo en identificar a Troya como una ciudad hitita. En cualquier caso, aunque Micenas alcanzó un desarrollo como civilización relativamente notable, aunque se derrumbó con la crisis del Mediterráneo oriental que se suele señalar con la aparición de los llamados Pueblos del Mar. En cualquier caso, su periferia, y más una pequeña como cualquiera de las que se presupone puede ser la Ítaca de Homero, sería poco más que el señorío de un caudillo sobre una población de características agrarias. Muy lejos de la magnificencia de los palacios y los ejércitos con los que se suelen representar tradicionalmente estas obras, más propias de la Hélade clásica, o aun de la época de Alejandro Magno o Roma. Passolini es fiel a ese ambiente que debería reinar en la época del conflicto que inspiró la Ilíada.
Y en este ambiente de una isla agrícola y ganadera, de reyes que son cacique locales, se desarrolla el drama en la que los protagonistas se preguntan y se cuestionan a sí mismo sobre cuestiones fundamentales de lo que ha sido su vida. Ulises y Penélope ya no son jóvenes, rondan los sesenta años, veinte años hace que no se ven. La una es fiel, pero no deja de reprochar al marido y amante su abandono para la conquista de la fama, fortuna y féminas que tradicionalmente han sido los objetivos de los hombres a lo largo de la historia. Y Ulises así mismo se pregunta que sentido ha tenido toda su peripecia, que tiene que no tuviera ya y que también puede haber perdido. Qué derecho tiene a reclamar lo que fue suyo, que puede estar en la ruina por su ausencia. Todo ello con las magníficas interpretaciones de unos protagonistas, y también secundarios, que muestran un oficio a raudales y que constituyen el principal aliciente de la obra.
Recuerdo que hace unos años di en leer un libro firmado por Margaret Atwood, la de la críada, en la que se revisaba también de forma muy interesante el mito, el final de aquella aventura fundamentalmente testosterónica, muy masculina, pero desde el punto de vista de la mujer que, como de costumbre, es la que acaba sufriendo en vida las consecuencias de las guerras que tanto gustan a los machos de la especie humana. Una reflexión interesante, a la que no le faltaba humor, contada por una Penélope ya fallecida, residente del Hades, acompañada por su hermana, Helena, la que montó el pifostio de la Troya legendaria, sobre el que se podría hablar mucho también, releyendo el texto de Homero desde una perspectiva más actual, en la que tantos señores de la guerra siguen envenenando la faz de la tierra. Reinterpretaciones y nuevas versiones, nuevas formas de acercarse a los mitos, que nos permiten releerlos de otra forma, y darles más contenido, y más valor, de acuerdo a lo que es nuestra sociedad moderna.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata. Fin de semana extendido en Luxemburgo y Tréveris (Alemania) con Fujifilm X100VI.
No me extenderé mucho porque no tengo mucho tiempo y no hay mucho que contar. Salimos el jueves pasado hacia Luxemburgo y volvimos ayer lunes. Una buena amiga tenía un viaje de trabajo a la capital del pequeño país, el Gran Ducado de Luxemburgo, y me ofreció acompañarla para aprovechar y hacer turismo por uno de los países europeos que todavía no había pisado. La ciudad de Luxemburgo quizá no sea el destino turístico más destacado que se me ocurra, pero tiene su encanto. Y todo su complejo sistema de fortificaciones, que se remonta a siglos atrás, es Patrimonio de la Humanidad según la UNESCO… y esas cosas.
El sábado nos desplazamos a la vecina ciudad de Tréveris, al otro lado de la frontera con Alemania. Esta ciudad si que tiene mucho más interés. Aunque quizá no sea tan conocida en nuestro país, por estar apartada de los principales circuitos turísticos que se suelen visitar en el país teutónico. Pero su combinación de pasado romano y medieval hace que buena parte de los monumentos de la ciudad sean considerados también Patrimonio de la Humanidad.
Y el domingo, aprovechando los eficiente transportes públicos del Gran Ducado, gratuitos en todo el país para usuarios propios y visitantes, nos fuimos a visitar un par de castillos próximos unos de otros. El más ruinoso, pero con encanto por el entorno, de Beaufort, y el reconstruido y más imponente de Vianden. Ciudad donde comí una de las mejores omelettes de jamón y queso que he comido en mi vida. En una bar restaurante carente de todo tipo de encanto, salvo en lo que se refiere a lo que viene en el plato, que es lo que importa. ¿O no?
Inmediatamente nos metimos en el coche con aire acondicionado y nos dirigimos a Sos del Rey Católico. Donde hacía niveles de calor similares, pero las estrechas y umbrías calles de su casco histórico medieval aliviaban notablemente el paseo. Eso sí, tras visitar el palacio de Sada, lugar donde quedó registrado el nacimiento del Rey Católico, nos encontramos que se habían cerrado las nubes y amenazaba tormenta. Así que terminamos la visita y nos volvimos a Zaragoza, que al fin y al cabo eran ya las ocho de la tarde.