Durante unos días en una semana del mes de octubre, en los últimos años, en el Museo de Zaragoza se realiza una exposición de bonsáis en su patio, al mismo tiempo que se inaugura una exposición temporal de arte asiático, japonés por regla general, que permanecerá en sus salas durante unas semanas o unos meses. Y yo me suelo pasar. Más por la exposición de arte asiático que por los bonsáis. Las coloridas láminas de xilografías, del estilo de las ukiyo-e y similares, me gustan mucho. Así que este año también, me pasé un par de días a visitar las exposiciones, y de paso hacer unas fotos.
Pero las exposiciones, y las fotos, me hacen reflexionar sobre estas aficiones. Realmente, algunas de estas plantas resultan muy bonitas, muy atractivas. Y el trabajo para presentarlas de esta forma me parece admirable. Pero por otra parte, no puedo olvidar el aspecto de estos árboles en su medio natural. Olivos, arces… lo que sean. Hay algo que no me encaja. Me pasa lo mismo con los perros domésticos. No tengo plantas ni mascotas animales. No porque no me gusten. Al contrario… me parecen estupendos. Pero considero que hay que responsabilizarse de ellos con entrega y talento. Y no sé si puedo ofrecer lo primero y si dispongo de lo segundo. Pero si pudiese tener una perro o un gato domésticos, creo que me gustaría uno con unas características lo más cercanas posible a su estado natural. Esto es un imposible. Todas las razas domésticas son resultado de siglos de selección genética por parte de sus criadores. Y se alejan en muchas ocasiones mucho del aspecto de los lobos, la versión salvaje de los perros. En el caso de los gatos, no se alejan tanto del aspecto del gato montés, su versión silvestre. Y, sobre todo en el caso de los perros, esas razas tan modificadas, que me parecen deformes, y que, por lo que he leído, pueden sufrir graves enfermedades por la obsesión por la «pureza de sus características raciales», me dan grima. Odio el concepto de «pureza racial», lo apliquemos a lo que lo apliquemos. Y además, especialmente en el ser humano, no tiene base científica en la que sustentarse, es un peligroso constructo de algunas sociedades, que hace más daño que otra cosa. La belleza está en lo que es libre. En lo que es resultado de la natural adaptación al medio. O eso me parece a mí.
Como ya comenté en algún momento, si estás suscrito a Netflix y ves la plataforma de contenidos desde España, lo más probable es que tengas configurada la interfaz de usuario en castellano. Y así, te aparece lo que parece la oferta de contenidos para este país. Pero si configuras la interfaz de contenidos en inglés… pues resulta que aparece una oferta de contenidos más amplia. Mi impresión era que aquellos contenidos que no están ni doblados ni subtitulados al castellano, no aparece cuando configuras la interfaz en este idioma. Pero ahora ya no tengo tan clara el tema. Desde que accedo a la plataforma en inglés, la ya amplia oferta de series surcoreanas, ese placer inconfesable al que me he vuelto totalmente adicto y que me absorbe los ratos que paso en casa los fines de semana, es todavía más amplia. Y la verdad es que suelo ir a ver las series de hace unos años, más que las de nuevo estreno. Pero bueno… También he visto algunos de los estrenos recientes. Hoy hablaré de dos de esos estrenos, y de una serie del año pasado, de las que no aparecen por defecto si accedes a la plataforma en castellano.
Glitch [título original en inglés, escrito 글리치 en coreano] es una de ¿ciencia ficción? ¿fenómenos paranormales? ¿extraterrestres? ¿sectas religiosas? ¿todo lo anterior? ¿nada de lo mencionado? Serie corta para los estándares del país asiático, diez episodios de una hora de duración, la protagonista es una joven (Jeon Yeo-bin) nacida en una familia acomodada, con un trabajo al que se dedica y se preocupa, pero que todos asumen que lo obtuvo por enchufe, y con un novio, con el que tiene una relación un tanto monótona. Y ve (o cree ver) extraterrestres. Con la gorra de un desaparecido equipo de beisbol del país. Un día, el novio desaparece, y sospecha que ha podido ser abducido (o simplemente secuestrado). Comenzará a buscarlo, y para ello contactará con un grupo de friquis, al frente de los cuales está una antigua amiga de la infancia (Im Jin-Ah también conocida como Nana en su actividad musical) con la que no se habla desde antaño. Y acabarán descubriendo una extraña conspiración alrededor de un (potencialmente peligroso) grupo religioso. La serie no ha producido mucho revuelo ni está muy valorada. Pero a mí me parece que tiene más miga de la que parece, denunciando una serie de lacras sociales que no son exclusivas del país asiático. Y está bien interpretada. Quizá le falte un poquito de ritmo en la trama. Pero no la calificaría como un placer inconfesable.
Eojjeoda Jeon-won-ilgi [어쩌다 전원일기, no tengo clara la traducción, pero sería algo así como el diario accidental de una pequeña comarca… aunque no me hagáis mucho caso] se ha traducido al inglés como Once upon a small town, y al español como Érase un amor rural. También es breve. 12 episodios de alrededor de 35 minutos de duración. Y es una comedia costumbrista, con romance insospechado en un entorno rural. Un joven veterinario bastante pijo de Seul (Young Woo Chu) se ve obligado a hacerle el favor a su abuelo de hacerse cargo de su clínica veterinaria en un pueblo. Un tanto a su pesar. Y allí «chocará» con una enérgica agente de policía local (Park Soo-young, también conocida como Joy en su faceta de cantante.)… muy mona ella, así que ya supondréis que podrá pasar. Serie tan simpática como intrascendente y olvidable. Pero el rato que la ves te divierte. Y dura poco.
Finalmente, me lo he pasado bastante bien con One the Woman [título original en inglés, transcrito al coreano como 원 더 우먼], una serie surcoreana típica de 16 episodios de 70 minutos de duración, que parece tuvo bastante éxito el año pasado en su país de origen. Y que no aparece entre los originales de Netflix, y que parece que no aparece en la plataforma si configuras la aplicación en castellano. El caso es que nos cuenta la historia de una fiscal (Lee Hanee), que parece que se relaciona con el hampa y con diversas corruptelas, a la que un día intentan matar por su semejanza con un rica heredera, casada con otro rico heredero de una pudiente familia empresarial, que sí que está metida hasta el cuello en la corrupción y en el crimen. Perderá la memoria, y la confundirá con la rica heredera,… que ha desaparecido. Al mismo tiempo que llega del extranjero otro rico heredero (Lee Sang-yoon), dispuesto a recuperar a su amor original… la desaparecida, y a acabar con la familia de corruptos. La trama de desmanes de los malos y sorprendentes coincidencias que interrelacionan a todos los personajes acaba configurando una muy entretenida serie que mezcla comedia, acción y un poquito de drama… este, sin molestar, y que como muchas series coreanas se salva por el buen trabajo de sus intérpretes, incluida la mala malísima de la función (Jin Seo-Yeon), más que por unos argumentos y guiones que… bueno, eso, placeres inconfesables. Me encanta la mala… me encanta.
Aliette de Bodard es una escritora de ascendencia francesa y vietnamita, que nació en Nueva York, que creció en París, que tiene el francés como lengua materna, pero que desarrolla su carrera literaria en el ámbito de la ciencia ficción en lengua inglesa. Y poco o nada sabía de esta escritora hasta hace un par de meses, cuando en una cuenta de Twitter sobre literatura fantástica y de ciencia ficción [nunca me ha convencido la mezcla de ambos géneros] comentaron con alegría la publicación en castellano y en un mismo volumen de un par de sus novelas cortas con premios prestigiosos. Y me pico el gusanillo e investigué. Y descubrí que se podría adquirir dicho volumen a partir de una determinada fecha del mes de octubre pasado y sin opción a formato electrónico por casi 20 euros. Mientras que la versión original en inglés de cada una de estas novelas cortas en formato electrónico cuesta menos de cuatro euros y tres euros y medio cada una.
Algún día dispondré de fotografías de ambiente vietnamita. Hasta que llegue ese día… bueno, usaré para ilustrar esta entrada algunas fotos realizadas a orillas del Lago del Oeste en la animada y agradable ciudad china de Huangzhou.
Aprendan ustedes idiomas. A la larga sale rentable. Habrá quienes me acusen de falta de apoyo y solidaridad con la industria editorial española. Especialmente con las editoriales pequeñas, independientes o monográficas. Aunque se podría hablar de la falta de apoyo y solidaridad de esta industria con los lectores y con el fomento de la lectura. De la falta de adaptación a los tiempos modernos… ¿de verdad que no hay edición en formato electrónico? Y otras consideraciones. En cualquier caso, me puse a la tarea de comprobar los motivos del entusiasmo sobre la obra de esta escritora tan internacional.
La primera de las dos novelas cortas, la otra la tengo en espera, pertenece al género aventura espacial hibridada con el género detectivesco. En un universo con una cultura derivada del Asia oriental, con grandes desigualdades en el que domina una clase pudiente de eruditos y académicos, todo muy confucionista, que viaja por el espacio o transporta sus mercancías usando unas naves espaciales sintientes. Y, a modo de extraño Holmes y Watson, una detective que se dedica a preparar y vender tés e infusiones especiales cuando no tiene casos, se alía con una de estas naves para investigar un asesinato en una nave perdida en el espacio profundo.
He de decir que me costó entrar en la historia. Algunas de las referencias culturales en las que se mueve ese ficticio universo interplanetario o interestelar, proceden de la cultura vietnamita, con la que no estoy familiarizado. Y a pesar de su corta duración, la novela se toma su tiempo en plantear en toda su profundidad el misterio que acompaña a la muerte y el asesinato y sus consecuencias. Pero indudablemente es una historia que combina la presunta «ligereza» de una whodunit con otros temas con mayor profundidad y complejidad en su desarrollo. De momento, esta escritora y este universo están pendientes de una calificación definitiva sobre mi afinidad hacia ellos, aunque la impresión general es favorable. Cuando consiga volver a engancharme a la lectura y leer la segunda de las novelas cortas, ya os contaré. Porque por lo que sé, se desarrolla en el mismo universo. Pero no tengo claro que sean los mismos protagonistas. Veremos, que dijo un ciego a otro ciego.
Nuestro grupo cinéfilo, las personas que vamos juntas en grupitos más o menos numerosos según la disponibilidad de cada cual desde hace casi quince años, está en crisis. Diversas obligaciones familiares y profesionales, sumadas a la deficiente oferta en cuanto a diversidad de horarios en las películas no adulteradas, sin nefastos doblajes, complica nuestro acceso a las salas de cine. En un momento en el que las películas realmente interesantes llegan con cuentagotas a la gran pantalla, no siempre encontramos momento para ir a verlas. Como consecuencia, es muy probable que en un futuro próximo base mis comentarios de estrenos con más frecuencia en las plataformas en internet. No porque las prefiera… sino porque la oferta comercial de las salas de cine es insuficiente, cutre o inflexible. Es lo que hay. Hace unos meses se abrió una luz de esperanza, cuando en las sesiones matinales de sábados y domingos de las únicas salas de cine que ofrecen versiones originales no adulteradas, incluyeron algunas de estas en esos horarios. Pero parece que fue flor de un día… han desaparecido en las últimas semanas. Es más que probable que los cambios en el consumo de cine cambie no por voluntad propia, sino por el imperativo de la oferta comercial. Y en este panorama, triste desde mi punto de vista, lo único que puedo ofrecer en estas páginas de lo visto la semana pasada es esta secuela absolutamente prescindible, basada en la explotación de la popularidad de una actriz adolescente, Millie Bobby Brown, sobrevalorada en sus capacidades interpretativas.
El trabajo de esta chica no es ninguna catástrofe, pero tampoco demuestra nada en especial en esta película a su mayor gloria dirigida por Harry Bradbeer, un director competente, pero muy funcional. De estilo televisivo. Un medio en el que la dimensión autoral no descansa en la figura del director, sino en el creador de la serie, que suele ser también la cabeza del equipo de escritores de los guiones. Pero la originalidad de esta secuela también brilla por su ausencia. Las aventuras de esta hermana pequeña de Sherlock Holmes están basadas en una serie de novelas destinadas al público adolescente, y son muy formulaicas. Y por lo tanto, sorprenden poco. Con un reparto de postín acompañante, el argumento va repartiendo minutos entre el reparto de secundarios prestigiosos, sin preocuparse mucho de la adecuada ligazón y fluidez en el argumento, del que me ocuparé poco, porque poco importa. Si a eso le sumas un presunto aire feminista, la políticamente correcta diversidad étnicoracial, tenemos un producto políticamente correcto para una plataforma de emisión de contenidos en línea, apto para ¿todos los públicos? Sigo preguntándome qué tipo de gentes y criterios generan la clasificación de recomendación por edades para calificar esta película para mayores de 16 años.
Ya habréis comprobado que no aprecio mucho la estructura argumental de la película. A la que he de añadir una continua ruptura de la cuarta pared con la protagonista mirando a la cámara y hablando directamente a la audiencia, un recurso que hay que utilizar con extremada parsimonia si es que es necesario en absoluto. Y cuyo abuso, dando explicaciones al público, suele ser consecuencia de una mala narración cinematográfica. O de la necesidad de mantener constantemente en pantalla, una presencia permanente, de la protagonista del evento, que también figura en la nómina de productores de la película, al igual que su hermana mayor, por lo que hemos de suponer que la chica, además de un fijo por su interpretación, se llevará un porcentaje de las ganancias. Como digo, una operación comercial al servicio de una adolescente convertida en producto. La chica no es ninguna catástrofe interpretando, pero tampoco aporta nada en especial. Desde luego, han existido y existen otras chicas de su edad, supongo que rondaría los 16 o 17 años cuando la película se rodó, ahora tiene 18 años, tan competente o más como actrices.
¿Se puede recomendar la película? No especialmente. Pero en las tardes y las noches del otoño avanzado y el invierno, en familia (o no), con un té o un cacao caliente (no me gusta el café), si no tienes otras cosas mejores que te apetezca hacer… pues vale. Ya está. Ahora, a olvidarla.
Desde hace unos meses, a partir de las fotografías de mis experiencias con película fotográfica, vengo realizando comentarios sobre temas diversos que se me ocurren a partir de las imágenes. Pero hoy estoy de bajón. Cuando «hoy» es «desde hace unos días». Empiezo a notar el tiempo gris del otoño avanzado. Así que me limitaré a compartir algunas fotos.
Con un fin de semana un día más largo de lo habitual por haberme cogido el viernes fiesta, he sufrido un tremendo ataque de vagancia en estos tres días que ha hecho que me hayan cundido más bien poco. Me enmendaré un poco redactando esta entrada que he estado a punto de dejar para otro siglo. Tampoco me enrollaré mucho. Aunque no sería la primera vez que digo esto… y me enrollo mucho.
Un obituario. El de Ron Galella (1931 – 2022). No voy a decir que sea mi fotógrafo favorito. Si no fuera por el que el estereotipo de los paparazzi era un personaje de La Dolce Vita de Fellini, Paparazzo (Walter Santesso), Galella sería el estereotipo perfecto. Bueno. Quizá no. Galella tuvo éxito, le montaban exposiciones y vendía mucho. Lo que no sucede con la mayor parte de los fotógrafos que se dedican a ese oficio. En realidad, Galella palmó allá por finales de abril, saltando a las noticias los primeros días de mayo. Pero no me enteré… y por eso lo menciona ahora.
En el Instagram de Revela’T Festival, me ha gustado la entrada que han dedicado a Ragnar Axelsson, un fotógrafo documental islandés dedicado durante décadas a fotografiar el ártico. La vida cotidiana en un entorno extremadamente poco cotidiano. Salvo que seas un inuit.
Lo que antes se llamaban azafatas de vuelo, hoy personal de cabina porque ya no está limitado al sexo femenino y se considera que lo de azafata ya no es apropiado, solían ser un símbolo de lujo y sofisticación. Elegidas entre las mujeres jóvenes más guapas, eran un gancho típico para los hombres de negocios y un modelo para las otras mujeres; eran los años 50 y 60 del siglo XX. Hoy día, con esto del low-cost, de las rebajas generales de costes en todas las compañías, de que queda mal despedir a una mujer simplemente porque ya no es una jovencita, y otras cosas del progreso,… ya no es lo mismo. Aunque por lo que me cuentan, no faltan las chicas que siguen mirando la profesión con los mismos ojos que hace todas esas épocas. En OldSkull nos muestran el trabajo de Brian Finke, que se centra en lo cotidiano del trabajo del personal de cabina. Formación, simulacros, horarios intempestivos, conciliación de sus turnos de trabajo con la vida personal y familiar… vamos, que no todo es glamour y oropel. Que conste que todavía hay compañías que todavía basan sus contrataciones en criterios similares a los de hace cuatro, cinco o seis décadas, ¿verdad Korean Air?
No es infrecuente que en los sitios donde se habla de fotografía aparezca de vez en cuando algún trabajo dedicado al metro de la ciudad que toque. De tal modo que ya no me llaman la atención. Aunque el que han publicado en Lenscratch dedicado al trabajo de Chris Maliwat sí la ha hecho, quizá porque por su colorido se sale de los caminos trillados de estas series.
El puente Golden Gate de San Francisco es un hito turístico de la ciudad, que espero visitar en algún momento. Por culpa de la pandemia, es algo que no sucedió en el otoño de 2020. En cualquier caso, la realidad es que una estructura funcional con una función tan cotidiana como es el hecho de que personas, fundamentalmente en coche, pero también caminando, circulen de un lado a otro de la bahía de San Francisco. Y según nos cuentan en LensCulture, el fotógrafo Jake Ricker se ha dedicado durante un tiempo a fotografiar esta versión cotidiana del puente.
Finalmente nos saldremos en parte de lo cotidiano. En parte. Por que los lugares donde el artista contemporáneo Li Wei realiza sus fotografías desafiando la gravedad son muy cotidianos. Lo que no lo son son sus performances que refleja en fotografías, como las que nos muestran en Nowness Asia.
Últimamente estoy muy activo en series de animación. Como dedico menos tiempo a ver la televisión, no es raro que para las horas de las comidas o similares opte por series con episodios de corta duración, y para ello la animación es óptima.
Vistas nocturnas de Osaka para la entrada de hoy, tan vinculada al país nipón.
Y como guinda, Disney+, para celebrar uno de sus aniversarios de su puesta en marcha como plataforma en línea, nos ha ofrecido un curioso corto muy corto, Zen – Grogu and Dust Bunnies, un crossover entre Sen to Chihiro no Kamikakushi [千と千尋の神隠し], más conocida en España como El viaje de Chihiro, y The Mandalorian. Una colaboración entre Studio Ghibli y Disney, dibujada a mano, al más puro estilo Ghibli, con Baby Yoda (odio el nombre real del bicho) y las partículas animadas de hollín de la película japonesa como protagonistas. Hay quien contrapone o confronta ambos estudios de animación. Incluso compara, negativamente para Disney, los valores que transpiran sus películas, especialmente en lo que se refiere a las actitudes y compromisos de sus personajes femeninos. Y en parte estoy de acuerdo. Pero ambas compañías han colaborado en el pasado, y Disney ha sido distribuidor de las películas de Ghibli en Estados Unidos. Tampoco es la primera vez que Disney mira a Japón para representar su universo galáctico. Y además lo hizo con acierto desde mi punto de vista.
Exception, una serie de ocho episodios autoconclusiva que recientemente estrenó Netflix, también es un ejemplo en el que los americanos miran a Japón para realizar sus series de animación. Se trata de una aventura espacial en la que los exploradores y terraformadores de un nuevo planeta para ser colonizado por el ser humano son transportados como datos cibernéticos, para ser impresos biológicamente al llegar a su destino. Momento en el que las complicaciones comenzarán, especialmente cuando uno de ellos sea impreso con errores que lo hacen parecer un monstruo, y se descubra que hay un saboteador en la misión. En realidad, la idea original de la serie es japonesa… e incluso incluye música de Riuichi Sakamoto, porque os hagáis una idea de las pretensiones. Cuenta con animadores taiwaneses, y su idioma original es el inglés, puesto que Netflix la ha encargó con el mercado occidental en mente. El movimiento de las bocas de los personajes se corresponde también con el idioma inglés. A pesar de sus pretensiones, a mí, su estilo de animación, muy generada por ordenador en sus gráficos, y su historia me han dejado un poco frío.
Siguiendo con las aventuras espaciales, se puede ver en Amazon Prime Video la tercera temporada de Star Trek: Lower decks, con las aventuras de la USS Cerritos, una mediocre nave dentro de la flota espacial, y sus tripulantes de menor rango como protagonistas. El estilo con respecto a temporadas anteriores no cambia. A medio camino entre la parodia y el homenaje, el buen humor combinado con unos personajes con lo que simpatizas, y unos aventureros argumentos dinámicos y divertidos, hacen que esta sea probablemente una de las pocas series de la franquicia trekkie que esté dispuesto a ver hasta el final con verdaderas ganas. Además yo creo que se ha ido superando poco a poco desde que comenzó.
Finalmente, animación japonesa en el ámbito del cyberpunk, como su título nos recuerda constantemente, con Cyberpunk: Edgerunners. Parece que está situada en el universo de ficción de un videojuego, que a su vez está dentro del universo de un juego de rol. O algo así, que con estas cosas, que no me interesan mucho, me lío. La cosa va de una banda de individuos modificados cibernéticamente, que realizan trabajos en el inflamando de una sociedad distópica dominada por grandes empresas más o menos todopoderosas. Nada especialmente original. Me forcé un poco a verla hasta el final, pero realmente es un género que no me llama la atención. Muchas imágenes pretendidamente espectaculares, mucha violencia, y un teórico enfoque hacia un público adulto, aunque supongo que serán los adolescentes machos y adultos muy jóvenes, también con genotipo XY, los principales consumidores de este tipo de series. Su idioma original es el japonés, pero en su producción ha participado un estudio polaco. Están de moda las colaboraciones internacionales en animación.
La revolución industrial en el siglo XIX vino impulsada por el desarrollo de la máquina de vapor. En este caso me refiero a cualquier motor que transforma energía térmica producida al quemar un combustible en energía mecánica a través del vapor que se genera en una caldera que calienta el agua líquida. Pero es frecuente que haya gente que use el término «máquina de vapor» como sinónimo de locomotora de vapor, un vehículo ferroviario automotor que usa una máquina de vapor para generar el movimiento del vehículo, y que suele arrastrar un conjunto de coches de pasajeros o vagones de mercancías que llamamos tren. En cualquier caso, la revolución industrial vino apoyada por el aumento de la capacidad y la velocidad en las comunicaciones terrestres y marítimas a través de las máquinas de carbón que se incorporaron a trenes y barcos.
La revolución industrial es una etapa notable en la historia de la humanidad. En estos últimos días nos han recordado que se estima que en torno al 1800 la población mundial era de 1000 millones de personas. Este número se multiplicó por seis cuando llegamos a 2000. En 200 años. Pero en 2011 había sumado 1000 millones más de personas, y en 2022, otros 1000 millones más para llegar a los 8000 millones. El incremento exponencial de la población vino en gran medida favorecido por la revolución industrial que genero recursos suficientes para permitir el incremento y el sustento de estos crecimientos, aun con las enormes desigualdades que existen en el mundo. También es una de las causas, no la única pero probablemente la principal, de la crisis climática por calentamiento global debida a la acción del hombre en la que estamos sumidos. En estos 200 años se han generado un sinnúmero de edificios y estructuras, muchas de ellas ya obsoletas, que reflejan esta revolución industrial. Y que constituyen el patrimonio de la arqueología industrial. Y ferroviaria.
En la excursión que hicimos a la Comarca del Jiloca en septiembre vimos y caminamos por los restos del antiguo Ferrocarril Central de Aragón. Lo he recordado al repasar uno de los rollos de película que usé en aquella excursión y que comento en Regreso al formato subminiatura – Kodak Pocket A-1 con Lomography Tiger Color Negative 200. Creo que merece la pena conservar aquellos edificios y estructuras más significativos de es época. Lo que antes he denominado como arqueología industrial. Y ferroviaria. Forma parte de la memoria histórica de la humanidad. Y no podemos ni debemos olvidar el pasado, si queremos tener un futuro.
Cuando Jennifer Lawrence comenzó su carrera en la pantalla grande, no pocos la vieron en aquellos sus jóvenes años de adolescencia, o poco después de abandonar la adolescencia, como un soplo de aire fresco en la interpretación femenina. Es cierto que pertenece a una generación en la que no escasean las buenas intérpretes. Pero en aquellas sus primeras películas, sus interpretaciones contenidas, su expresivo rostro, tenían una madurez poco frecuente en actrices tan jóvenes. A algunos no nos extrañó que encadenara reconocimientos y premios, y en 2016, con sólo 26 años, tenía en su haber cuatro de candidaturas a los Oscar, tres de ellas como actriz protagonista y una como secundaria, de las cuales cosechó una estatuilla como actriz protagonista, cuando sólo tenía 22 años. Pero luego, como ha sucedido con otras actrices prometedoras, entró en la dinámica de aceptar papeles en películas de acción de gran presupuesto, tipo superhéroes, franquicias juveniles, o desastradas películas de ciencia ficción, y se comenzó a diluir, estando poco activa en los últimos tiempos. Y lejos del nivel de sus primeros años.
Por lo tanto, había curiosidad por ver cómo se desenvuelve en esta películas de Lila Neugebauer, directora teatral que debuta en la gran pantalla, en un largometraje con sabor a cine independiente, como los de sus primeros tiempos, y que nos llega en la plataforma en internet Apple TV+. En ella interpreta a Lynsey, una soldado norteamericana que es gravemente herida en acción en Afganistan, con una lesión craneoencefálica que le obliga a una lenta y costosa rehabilitación, que la sume en cierta depresión, y con riesgo de secuelas neurológicas. Aunque su intención es volver al servicio militar, antes de conseguir el alta médica para ello vuelve a su ciudad natal, a casa de su madre (Linda Emond), donde tendrá que afrontar viejos demonios, los que le llevaron a alistarse en el ejército para escapar de un entorno que la agobiaba. Y quizá allí, y con la ayuda de un veterano mecánico negro (Brian Tyree Henry), quizá… pueda entrar en un camino de recuperación personal.
Estamos ante un película correcta. Casi sacada del manual de la perfecta película indie norteamericana. Una de estas películas con un limitado estreno en salas de cine en algún lugar de Estados Unidos, con el fin de poder optar a premios en la temporada correspondiente, pero que en la actualidad confían en las plataformas en línea para su carrera comercial. Está correctamente realizada y planteada. Pero durante los poco más de noventa minutos que dura, títulos de crédito incluidos, tienes una sensación constante de déjà vu. De que esta película… ya está vista. Que te puedes imaginar lo que va a pasar… que te está hablando de lo de siempre. Lo cual no quiere decir que no sea visible, porque estando dignamente realizada, a muchos críticos les ha gustado, lo que sí que está es muy bien interpretada. Y no me refiero exclusivamente a Lawrence, que está bien. Me refiero a los dos intérpretes ya mencionados, que con gran solvencia colaboran a unos diálogos e interacciones con la protagonista que aportan vida a una cinta que corría el riesgo de pasar totalmente desapercibida por sus manidos temas.
Por lo tanto, para todos aquellos que dispongáis de la plataforma de la manzana, porque no se ha estrenado ni creo que se estrene en salas de cine en España, una buena opción para ver una película digna, que no os robará mucho tiempo de vuestras vidas. Y con la esperanza de que poco a poco Jennifer Lawrence vuelva a demostrar que era una gran actriz.
Aunque de vez en cuando incluyo un cómic entre mis libros, he de decir que mi viaje a finales de septiembre al sur de Francia reavivó mis ganas por este tipo de lecturas. En Toulouse, las librerías especializadas en todo o en parte a esta forma de arte gráfica y literaria tienen una densidad considerable. Es fácil ir encontrándose con ellas mientras pasea por la ciudad. Al menos por el centro histórico, por donde más se mueve el visitante foráneo. Y con escaparates generosos y bien presentados, no son librerías pequeñas y de aspecto marginal precisamente, te quedas mirando y te entran ganas de leer alguno de los títulos. Pero como no quería cargar el equipaje con libros para la vuelta, los libros incrementan el peso del equipaje muy deprisa, sólo adquirí uno. Con aventuras de Valérian y Laureline.
Ya comenté en su momento mi vinculación temprana con esta pareja de agentes espaciotemporales. Poco conocidos en nuestro país comparados con otros cómics franceses, determinadas causas y azares hicieron que entrara en contacto con estos personajes en mi adolescencia, siendo alguno de sus álbumes los primeros libros que leí en mi vida de un idioma distinto del español. Y como ya reconocí tímidamente en su momento, siempre he estado secretamente enamorado de Laureline. Los personajes fueron creados en 1967 por Pierre Christin en el guion y Jean-Claude Mézières en la ilustración. Ya octogenarios, Christin vive todavía y Mézières falleció recientemente, a principios de año. La aventura gráfica de la que hablo hoy pertenece a la serie Valérian, vu par… que publica Dargaud. La serie de Christin y Méziéres está cerrada formalmente. En esta serie se invita a otros autores a revisitar los personajes y su universo con su propio estilo y mirada. Estas aventuras tienen guion del propio Christin con las ilustraciones de Virginie Augustin, a quien no conocía.
Encontramos en esta historia a Valérian y Laureline convertidos en dos adolescentes que viven con «su tío» en París a principios del siglo XXI, mientras que a nivel galáctico, una raza capaz de inventar historias está agotando la materia prima de su planeta que les permite realizar esta tarea. A ello se suman otros interesados en encontrar esta materia prima, de la que alguien localiza depósitos en tierras de Georgia, el país del Cáucaso que fue antigua república soviética. Y allí se dirigirán nuestros adolescentes héroes de forma inadvertida, contribuyendo a resolver la crisis.
Quizá lo de menos es la historia de esta historieta. En su conjunto tiene un tono tranquilo, melancólico, con los dos protagonistas en «modo adolescente», sus personalidades están en potencia. Valérian es más decidido y aventurero, Laureline, como siempre, más reflexiva y resolutiva a la larga. Al fin y al cabo, es la realmente inteligente de los dos. Corazón y cerebro, aunque con los sexos cambiado según la patriarcal tradición de la literatura universal. Quizá no sea la aventura más emocionante que hay leído, ni de las mejores. Pero cumple su papel de mantener vivos a los personajes, al mismo tiempo que les dota de la nostalgia que acompaña una creación que sabemos que ha cumplido su ciclo. Yo también lo compré y lo leí por nostalgia. Y dentro de poco volveremos a esta cuestión de revisitar, reanimar o reimaginar viejos héroes del cómic.
El caso es que en la publicación de las fotos que hice en uno de los grupo de Facebook en los que participo aparecieron una serie de comentarios en los que algunos se mostraban indignados por… supongo que por las interpretaciones artísticas de las cabezas de Goya. Espero que no por las fotos, sobre las que otras personas me mostraron su apreciación. Eran correctas en su composición y en su realización técnica. Los indignados no explicaron exactamente el motivo de su indignación. No sé si es porque despreciaban o consideraban ofensivas las obras, que en su mayor parte eran muy naïves. O tal vez porque consideraban un ultraje a la figura de Goya, convertido a sus ojos en un sacrosanto objeto de culto. No lo sé. No respondí a los comentarios. No sabía por donde tirar.
No sé si a Goya le hubieran gustado o no. Muchas de las obras de Goya, especialmente las relacionadas con la guerra y las más tardías, son precursoras del expresionismo, corriente artística que florecería cien años más tarde, y se alejaban de las modas y de lo que era respetable en su época. Por lo que creo que Goya no despreciaría ninguna forma de arte. Le gustarían más o menos, pero no se indignaría. Pensaría sobre ellas. Goya pintó contra la barbarie, la intolerancia y el conservadurismo que maniataba la sociedad de su tiempo. En fin… creo que en este país, falta mucha educación cultural y artísticas. Y con ello no presupongo que las cabezas de Goya en cuestión me gustasen más o menos. Simplemente, mi respeto por las manifestaciones artísticas y por el trabajo que conllevan.
Otras fotos del rollo recién comentado en el enlace que he incluido con anterioridad.
Esta dinámica de recomendaciones semanales de cosas que pasan en el mundo de la fotografía, o para conocer y apreciar la obra de fotógrafos, unos más conocidos y otros menos… no me está funcionando últimamente. Por un lado, mis usos y costumbres evolucionan. Este Cuaderno de ruta, por ejemplo, nació con la intención de frenar un ratito cada día para descomprimir lo que entonces era un cerebro un tanto agitado. Cuando «entonces» significa hace 17 años. Eso es algo que todavía me viene bien, eventualmente. Pero la verdad es que la mayor parte de las entradas las programo para que aparezcan en torno a las seis de la tarde de cada día, pero las redacto y compongo tiempo atrás, y en ocasiones varias de golpe. Probablemente esta tarde de domingo, si no me surge algo mejor que hacer, prepare tres o cuatro de la semana que viene.
En lo que se refiere a las recomendaciones fotográficas, las páginas desde las que extraía aquellas que me convencían más también han evolucionado. Muchas, para monetizar su trabajo han optado por modalidades de suscripción, que limitan su acceso a los no suscriptores. Pero, sinceramente, si todo el que publica algo en internet aspira a obtener de cada suscriptor 9,99 euros/dólares/libras al mes… no es sostenible. Sencillamente, los internautas no podemos pagar 9,99 cacharros por todo. Tenemos que comer, beber, vestirnos, viajar en transporte público, hace vacaciones, ahorrar algo, pagar los gastos del piso. Si se espera que por cada cosa que hacemos en internet nos suscribamos por 9,99 (óptese por la moneda de turno), no es posible. Y sobretodo, la mayor parte de los sitios aportan un valor, pero no ese valor. Especialmente para quienes simplemente somos aficionados a un modo de expresión personal y artística como la fotografía. La alternativa es soportar una publicidad absolutamente agobiante, que arruina por completo la experiencia. He reducido a una cuarta parte los vídeos que veo en Youtube por este motivo. Y la cosa va a más. Publicidad intrusiva y excesiva para ver unos vídeos que suelen incluir más publicidad entre sus contenidos. Estos hasta los mismísimos de escuchar la palabra «squ**espace». Como consecuencia, uno selecciona exquisitamente qué ve y en qué se gasta el dinero. Y como hay muchas páginas y canales que son relativamente interesante, pero no tanto como para desembolsar lo que entre todos piden… adiós. Ya nos veremos cuando las cosas cambien… o nunca más. Así que entre unos y otros cambios… cada vez tengo menos propuestas al final de la semana. Tengo que replantear esto de alguna forma. Vamos con las magras cosas de esta semana.
Lenscratch es uno de esos sitios que siguen siendo agradables de visitar. Y esta semana lo han dedicado a fotógrafas contemporáneas surcoreanas. Sólo mujeres. Unas más interesantes que otras.
En un primer artículo, Hwang Yezoi, por ejemplo, dirige su objetivo hacia sí misma, como ejemplo de una mujer que no es el estereotipo idealizado de mujer que se propone socialmente. Reflexionando también sobre las relaciones familiares y con el entorno.
Un día más tarde, nos presentan a Ahn Jun. Aprovecho para recordar que en la onomástica coreana el apellido va delante del nombre personal. Como muchas fotógrafas contemporáneas también dirige la cámara hacia sí misma, pero jugando con la abstracción al introducir el fuego en su peculiares autorretratos. Y explora el sentido de su propia vida de un modo conceptual fotografiando objetos aparentemente ingrávidos.
Uno de los artículos que más me ha llamado la atención es el dedicado a Woo, Young. También se sitúa a sí misma en el encuadre de sus fotografías. Pero como un maniquí más en escaparates de distintos comercios, adoptando por lo tanto distintas identidades. Y con el elemento añadido de no saber qué o quién más va a pasar delante del escaparate y ante la cámara cuando se produce el disparo de la cámara. El artículo, en forma de entrevista, está redactado por Lee Sunjoo, ella misma fotógrafa del país asiático que tiene su interés.
También interesante es el artículo de dictado a Lee Sunmin. Esta fotógrafa, de las más veteranas de esta serie, dirige su mirada a la vida doméstica de otras mujeres. Básicamente, al igual que ha pasado en otros países, la mujer surcoreana ha aumentado su nivel de formación y capacitación profesional a lo largo de las últimas décadas, pero su desarrollo personal y profesional está condicionado por el papel que se espera de ella encargándose del hogar y la crianza de los hijos. Problema más intenso en el país asiático puesto que el confucionismo que forma parte de su herencia cultural siempre impulsó una cultura fuertemente patriarcal, que incluso ha tenido su sorprendente reflejo en las leyes del país hasta hace muy poco tiempo. Básicamente, hasta no hace mucho, todas las mujeres dependían de un hombre (padre, marido, hermano, tío,… según).
Finalmente, también muy interesante el dedicado a Park Youngsook. Este fotógrafa es la más veterana de este conjunto de artistas. Nacida en 1941, se comprometió desde muy pronto en la pelea feminista del conservador país asiático. El paradigma oficial es que una mujer sabia es la que es buena esposa y buena madre. Ante ello, la fotógrafa representa mujeres que, puesto que rechazan este paradigma, viven en la sinrazón, en la locura. «Mad women», que no aceptaban la ideología patriarcal extremadamente dominante en la última década del siglo XX. Y el conjunto de retratos que nos muestra es el más interesante de toda esta serie de fotógrafas.
Desde que se produjo el boom de la niñera fotógrafa Vivian Maier, no dejan de aparecer casos similares por todo el mundo. Unos más interesantes, otros menos. Pero en Cultura inquiera nos han presentado recientemente a Masha Ivashintova, una fotógrafa y artista rusa, o quizá habría que decir soviética, que no ha sido conocida hasta que su hija ha desvelado su legado. Básicamente, al contrario que Maier que nunca mostró interés por ser reconocida como artista, Ivashintova sí que lo tuvo, pero lo reprimió y lo ocultó, en gran medida debido a la presión para ello que tuvo de los hombres con los que se relacionó sentimentalmente, que también se movían en el ámbito artístico. Y que tal y como los presenta el artículo, debían tener un ego como desde Zaragoza hasta «Leningrado». El caso es que las fotografías, muchas de las cuales se mueven en el ámbito de lo doméstico y lo cotidiano, son realmente buenas e interesantes.
Finalmente, tengo anotado un artículo en Booooooom, de un fotógrafo basado en Vancouver, Denis Gutiérrez-Ogrinc (instagram). Desconozco su origen, pero el «gutiérrez» lo escribe con tilde, así que debe ser un hispanohablante en origen. Lo que me ha llamado la atención, como se señala en el artículo, que sus fotografías de viaje por Sicilia recuerdan mucho a la obra del italiano Luigi Ghirri, que me inspiró en cierta medida en nuestro viaje de Semana Santa a la región de Apulia. Y me han gustado.