Sí. Este año he fotografiado los tulipanes y los narcisos del Parque Grande de Zaragoza, también algunos iris, de formas muy diversas. Y también con el superior negativo del formato medio fotográfico, casi cuatro veces más grande que el más habitual 24 x 36 de la película de 35 mm.
Como últimamente veo menos televisión entre semana, en proporción a los días que les dedico, veo más series surcoreanas los fines de semana que de otro tipo en el resto de la semana. Hasta cierto punto. Después de las dos de hoy, todo lo que tengo acumulado es de otros países. Todo se irá comentando. Pero vamos con estas dos series, que tienen a su favor también, para terminar de verlas pronto, que son de 12 episodios cada una en lugar de los 16, a veces 20, de los que normalmente constan las series del país asiático. Y con episodios de 60 minutos en lugar de los 70 o más que tienen a veces. Un defecto compartido con las series españolas.
Las fotos de hoy están realizadas en el Namsangol Hanok, un entorno de edificios tradicionales coreanos próximo al monte Namsan, conservado como museo en Seúl. En otras ocasiones he mostrado el Bukchong Hanok, también un entorno de edificios tradicionales que data de hace varios siglos, pero que sigue habitado como una barriada más de la capital surcoreana.
Alguien denominó como cine cebolla aquellas películas destinadas a producir un efecto abundantemente lacrimógeno en los espectadores. Dentro de los conceptos habitualmente sexistas de la industria del entretenimiento, fundamentalmente en las espectadoras. Pues podríamos decir que Seoreun, Ahop 서른, 아홉, o sea Thirty-nine o Treinta y nueve, es tele cebolla. Con un reparto en el que participan actrices que ya me han gustado en otras series como Son Ye-jin en una dramedia romántica que vi hace un tiempo, o Jeon Mi Do en la simpática dramedia hospitalaria que tanto me gustó. Lo cual elevó mis expectativas. En esta serie, tres amigas que han cumplido los 39 años viven sus vidas con el vértigo de entrar en una nueva década, y sin tener algunas cuestiones, sobretodo en temas de amores, resueltas (no sé si cuentan las edad a la coreana o a la occidental, ver el comentario final aquí, pero con esas edades no importa mucho). Pero no todas van a cumplir los 40. Una de ellas va a ser diagnosticada de un cáncer pancreático terminal. Así que… ya os podéis imaginar. Son buenas actrices. Pero lo serie… demasiado previsible, blandita y con poca chicha.
Y luego está Sanae Matseon 사내 맞선, que parece que sería cita a ciegas en la oficina, pero traducida internacionalmente como A business proposal o en castellano Propuesta laboral. La chica protagonista, Kim Se-Jeong, en esta serie también había aparecido en una serie que vi en su momento, aunque con un papel con un tono muy diferente. Uno deduce de las series surcoreanas, no sé si será tan frecuente en la realidad, que los amigos y las familias de los jóvenes (o no tan jóvenes) solteros, les conciertan citas con otras personas en similares condiciones, para ver si se hacen tilín y acaban casándose. Pues bien, el abuelo de un joven presidente de una potente industria de la alimentación concierta una cita con la hija de otro gran empresario (la robaescenas de la serie interpretada por una guapa y simpática Seol In-ah o Seorina). Pero esta convence a su mejor amiga (la mencionada Kim Se-jong) para que vaya en su lugar y ahuyente al tipo. Lo que pasa es esta última trabaja como investigadora científica en la empresa de joven empresario. Y acaban metidos los tres, más el secretario del tipo, en un enredo que resulta bastante divertido en muchas ocasiones. Reconozco que al principio de la serie no esperaba gran cosa, pero acabé pasando bastantes buenos ratos. La protagonista empezó en el mundo de la música, y canta bastante bien bajo el nombre artístico de Sejeong, aunque su estilo de música no es de las que yo prefiera.
Y esto es todo por hoy… no están mal para pasar el rato sin romperse los cascos.
Con esta película japonesa del director Takeshi Kushida entraremos en el terreno de las «inclasificables». Su título en castellano es una traducción fiel del japonés, La mujer de las fotografías. Esas películas que no sabes muy bien en qué género encuadrar, o que, al final de la proyección, te quedas sin saber muy bien qué opinas de ellas. Y tras dejarlas reposar… pues sigues en las mismas. Pues algo así me ha pasado con esta película, que vi un poco de casualidad, simplemente porque no siendo muy larga, 89 minutos, la proyectaban en versión original en un momento y en un lugar convenientes. Y bueno… había leído alguna alabanza festivalera ante lo «nuevo» del cine independiente nipón.
Una de las secuencias de la película de hoy, en la que el protagonista, fotógrafo, sale a fotografiar insectos por el monte o un parque, me recordó a esta escena que viví en los jardines de Hamarikyu en Tokio, no lejos del mercado del pescado de Tsukiji. Un mercado que ya no existe. El mayorista. Uno más pequeño de venta minorista parece que subsiste.
Básicamente estamos ante una historia que entra dentro de eso que podríamos calificar como realismo fantástico, que transcurre en torno al negocio fotográfico de su protagonista masculino (Toshiaki Inomata). Este es un fotógrafo que se dedica al retrato, pero que se caracteriza por sus retoques en el ordenador. Y sus variantes principales son las fotos funerarias que le trae un cliente de un negocio funerario (Hideki Nagai), para que los fallecidos luzcan bien en su funeral, o como el caso de la mujer (Toki Koinuma) que quiere una foto para sus citas a ciegas con vistas a un matrimonio, donde quiere lucir joven y guapa,… aunque ya no sea tan joven… ni tan lozana. Y un día, en su afición a fotografiar insectos en la naturaleza, topa con una mujer joven (Itsuki Otaki), una bailarina venida a menos, que ahora se gana la vida promocionando productos en redes sociales, y que sufre un accidente que le genera unas heridas muy aparentes. Y ahí comienza una peculiar relación entre los dos, con intervenciones puntuales de los dos clientes.
Peculiar película con diálogos parcos. El protagonista… no habla. Los demás le cuentan cosas. En el que se tocan diversos temas. La soledad, la familia o su ausencia, la imagen personal frente a la apariencia personal, las expectativas frente a la realidad, la relación morbosa frente al romance basado en ¿qué? Con una realización austera, pero más que correcta. Sin banda sonora, pero con unos notables efectos de sonido que se apoderan de la imagen, ante la ausencia de diálogos. Y con unas interpretaciones que, a pesar de ser de intérpretes que se prodigan poco, o que proceden de otros campos, cumplen con un notable alto en sus peculiares papeles.
El principal problema del escueto largometraje es que toca tantos palos que, al final, no acaba de quedarte clara cual era la intención de director. ¿El extraño romance entre el maduro fotógrafo y la más joven bailarina? ¿Los problemas relacionados con la imagen personal y su representación en la sociedad, sea la real o sea la digital? ¿La soledad y la alienación del ser humano en la sociedad actual, un tema clásico en la ficción nipona? Muchas cosas para menos de 90 minutos de metraje, en las que se queda en la presentación de los temas pero sin profundizar realmente en ninguno. No sé si es recomendable. No es mala. Pero es inusual. Y poco compatible con los aficionados al cine contemporáneo más comercial, hollywoodiense. Así que cada cual sabrá si quiere correr el riesgo.
En la calle Bretón de los Herreros vivió la familia de una vecina que tuvimos en mi infancia. Rosi me parecía muy mayor cuando yo tenía siete u ocho años. Pero probablemente no pasaba mucho de los veinte años; ya casada con un ingeniero de los que estaban en las obras de construcción de la autopista a Barcelona. Era muy simpática y maja. No sé qué será de ella.
Durante unos años, desde que tenia 22 hasta que cumplí los 30, Logroño era una ciudad que tenía bastante presencia en mi vida. Situada la ciudad a 170 kilómetros de Zaragoza, donde vivo, la antigua provincia de Logroño, actual comunidad autónoma uniprovincial de La Rioja, es limítrofe con la de Zaragoza, aunque sólo por un breve segmento de unos cuatro kilómetros de longitud, entre Navarra y la provincia de Soria. Mi abuela era de La Rioja, y siempre he tenido alguna familia en la capital logroñesa. Pero no ese el motivo principal de mi relación con la ciudad durante aquellos años 80 y principios de los 90.
En la Sala Amós Salvador encontré una exposición de la colección SOLO de arte contemporáneo. Allí me informaron que en Agoncillo hay un museo de arte moderno y contemporáneo bastante interesante. Igual me escapo algún día a verlo. Aunque para ir en tren, tiene que ser entre semana. Los fines de semana, no hay trenes que paren en Agoncillo de ida.
Por supuesto, no son los lugares en sí mismos los que nos vinculan a ellos, salvo en raras ocasiones. Son las personas con las que vamos o las personas que en ellos nos encontramos. No voy a entrar ahora en el detalle de las relaciones interpersonales que hicieron que Logroño ocupase un lugar en mi corazoncito. Aunque fuese en el pasado. Pero tras aquella época, mi relación con la ciudad se fue enfriando, hasta desaparecer prácticamente por completo tras mi última visita en la primavera del año 2000. Hace 22 años. A La Rioja he seguido volviendo, alguna vez por ocio, alguna vez por visitas familiares, aunque estas también se han vuelto raras desde hace unos años. Se perdió la generación de mi abuela, falleció mi padre,… las cosas ya no son las mismas.
La visita a la ciudad fue fundamentalmente un recorrido por el centro histórico de la misma. Razonablemente aseado y arreglado.
La paradoja de la que hablo en el título es que, a pesar de esa relación con esa ciudad, con muy buenos recuerdos, con afecto,… no tenía fotos hechas allí. Ni una. Nunca fui a Logroño por turismo. Nunca «visité» la ciudad en un sentido cultural o viajero. Iba. Estaba con la gente con la quería estar, nos tomábamos unas tapas y unos vinos en el Laurel… o donde hiciera falta. Y ya está. Aunque sé moverme sin problemas por la ciudad, podríamos decir que no la conocía realmente. O por lo menos desde ciertos puntos de vista.
Entre la plaza del Mercado y la calle Portales, la concatedral de Santa María la Redonda es probablemente el monumento más destacado de Logroño.
Hace unos días, un viejo amigo con el reconecté hace un par de años me pidió un favor. Tenía que ir a la capital riojana por unos asuntos de trabajo. A firmar un contrato importante para él, tanto desde el punto de vista laboral como personal. Algo de cierta trascendencia. Y quería que le hiciera algunas fotos del momento, con las personas con las que iba a asociarse. No requería una elevada sofisticación fotográfica, pero sí unas fotos capaces de ser ampliadas considerablemente y con una razonable calidad técnica. Informado previamente del lugar donde íbamos a estar para el acto, consideré que mi Fujifilm digital de formato medio, con su objetivo normal de 50 mm de focal, servirían perfectamente. Por si acaso, eché en la mochila también la pequeña Minox 35 GT-E con un rollo de Ilford Delta 400… y allí fuimos este domingo pasado por la mañana.
Si el exterior de la concatedral no es demasiado llamativo, el interior es arquitectónicamente y artísticamente mucho más interesante.
Sin mucho madrugar, junto con este amigo, su esposa y su hija mayor, llegamos a la ciudad alrededor de las doce del mediodía, nos tomamos un café y procedimos al acto. Estaban todos muy felices. No puedo comentar, pero si les sale bien, como probablemente sucederá, aumentarán su prosperidad familiar y al mismo tiempo realizarán un servicio interesante para la sociedad; una de esas iniciativas que demuestran que es posible hacer negocios de forma ética. Tomamos unas tapas en el Laurel, y comimos en un bonito restaurante… de cuyo nombre no me acuerdo. La gastronomía de La Rioja es muy celebrada y con razón; salvo que yo no la suelo disfrutar porque no hay comida en la que el pimiento no esté presente de alguna forma. Y esta hortaliza me desagrada en grado extremo.
Como en tantas ciudades actuales, las riberas del río Ebro están muy cuidadas, aseadas y paseables. Me gustó especialmente cómo han conservado los sotos en las áreas inundables a orillas del río.
Y siendo más de las cuatro y media de la tarde, íbamos a volvernos a Zaragoza cuando tomé una decisión. Informado de los horarios de los trenes, entregué una tarjeta con la copia de las fotos realizadas para mayor seguridad, y me quedé a hacer turismo por la ciudad hasta las ocho y media de la tarde que salía el último tren con destino a casa. Y así… resolví la paradoja de que, siendo Logroño una de las ciudades españolas que más he visitado, y que me es querida, no tenía fotos de ella. Unas cuantas, en color, digitales, con la Fujifilm GFX 50R, y unas cuantas, todavía no reveladas, en blanco y negro, con película tradicional, con la Minox 35 GT-E. Aquí os muestro algunas de las fotos digitales en color. El blanco y negro, dentro de unos días.
Antes de volverme, terminé de pasear el centro de la ciudad y me tomé una cervecita en la plaza del Mercado. La calle del Laurel estaba poco animada un domingo por la tarde a las ocho de la tarde, cuando sólo me quedaba media hora para coger el tren de vuelta a Zaragoza.
Vamos con el segundo de los libros que leí durante mi retorno a las letras impresas (o electrónicas) en la semana de Pascua. Y también es el retorno a un valor seguro, a Haruki Murakami y sus relatos cortos. Si interesantes son las novelas del nipón, sus relatos cortos pueden llegar a ser apasionantes. Es un género en el que el escritor se mueve todavía con mayor libertad, tanto en la estructura narrativa como en sus temas. Y eso que sus libros de relatos suelen tener algún tipo de unidad temática.
De las tres grandes ciudades de la Keihanshin, justamente la que no he visitado es Kobe. Sí que he visitado Kioto y Osaka. Esta última es la que me sirve para ilustrar esta entrada.
En esta ocasión, el terremoto de Kobe de 1995, conocido también como el Gran terremoto de Hanshin-Awaji. Los años 90 fue una época difícil para Japón. De alguna forma, fue el final de la burbuja de aparente felicidad en la que se estaban moviendo durante la segunda mitad del siglo XX, una vez superada la posguerra mundial. Crecimiento económico, avances tecnológicos, un lugar respetado en la comunidad internacional, impulso a la cultura y el entretenimiento, viajeros japoneses con sus cámaras de fotos por todo el mundo… Quizá todo un poco artificial, un gigante con pies de barro… pero no se veía así en su momento. Pero en los años 90 llegaron malas noticias. Los atentados con gas sarín, la burbuja económica que explota y arrastra crisis financieras, y en la mitad de la década un fuerte terremoto. Si no causó tantas víctimas mortales como otros, aunque alcanzaron las 6.434 (estimaciones oficiales), al impactar sobre una parte de la densamente poblada región metropolitana Keihanshin (Kioto-Osaka-Kobe), los daños materiales fueron inmensos. Y el país se sumió en un estado de depresión moral.
El libro, cuyo título original es Kami no kodomotachi wa mina odoru 神のこもどたちはみな踊る [Todos los hijos de Dios bailan], ofrece seis relatos que transcurren inmediatamente tras la tragedia. Un hombre que es abandonado por su mujer, una adolescente que huye de su casa, una médica japonesa desarraigada que busca consuelo en un viaje a Tailandia, un huérfano que descubre con sorpresa que su pasado no es como pensaba, un empleado de banca al que una rana gigante le pide ayuda para evitar un seísmo peor en Tokio, o un escritor que no puede escribir. El tono de los relatos se impregna de la tristeza colectiva, aunque ofrecen siempre un apertura a la esperanza y el optimismo.
Quizá no sea el mejor libro de relatos que haya leído de Murakami, ni con el que mayor conexión haya sentido. Pero desde luego está a muy buen nivel y es absolutamente recomendable. Siembre dentro de ese realismo fantástico que caracteriza la escritura de Murakami, las personas que protagonizan los relatos son gente común, con mayor o menor éxito en la vida, pero que pueden fácilmente representar al ser humano corriente a lo largo de la escala social. Y que puntualmente se encuentran en situaciones extraordinarias, a veces increíbles. Pero que les harán avanzar en su vida. Los relatos, cortos o largos, de Murakami siempre resuenan en mi interior. Espero seguir disfrutando periódicamente de sus letras.
Este viernes llegaron los resultados de mis rollos de película tradicional para negativos en blanco y negro que hice en mi reciente viaje a Apulia, en el sur de Italia. La cámara y la película que uso son una receta ya muy consolidada para obtener buenas fotos, que sólo dependen de la habilidad, a su ausencia, del fotógrafo.
El viaje incluye también una escapada a Ostia Antica desde el aeropuerto de Fiumicino, aprovechando así la larga escala de seis horas en el aeropuerto romano. Los detalles más técnicos con un comentario fotográfico más amplio lo podéis encontrar en Apulia (y más) con película en blanco y negro – Minox 35 GT-E con Ilford XP2 Super.
En Bari, junto al puerto deportivo de Bari, destaca la mole rosada del teatro Margherita. Y allí, nada más salir a visitar el centro histórico de Bari, nos encontramos con una exposición dedicada a Banksy. El popular artista contemporáneo cuyos estarcidos sobre las paredes de las ciudades británicas se han vuelto muy populares y por los que muchos están dispuestos a pagar una buena suma. O por alguna reproducción original de los mismos sobre papel
Banksy no es conocido públicamente. Hay especulaciones sobre su identidad, pero no certezas. Se le supone nacido en Bristol en 1974. Ya no es ningún jovenzano,… se acerca a su medio siglo de edad. Y se fogueo en la escena graffitera de Bristol en los años 80. Y pintar graffiti es una actividad perseguida por la ley… así que se entiende su anonimato. Indudablemente fue en los últimos años 20 años cuando su obra y su figura se hizo progresivamente más famosa. Su obra es transgresora, pero no me atrevería a decir que de forma extrema. Ni mucho menos, digan lo que digan los sectores más conservadores de la sociedad. Y su mensaje no es complejo, aunque descifrar completamente el sentido de sus obras exige cierto conocimiento de la cultura y de otros movimientos artísticos y culturales. A mí, me gusta. Bastante.
Entre en contacto con su obra a través de alguno de los libros de Will Gompertz, cuando decidí que me tenía que poner al día con la historia y los conceptos del arte contemporáneo, cuando descubrí que me lo paso mejor en un museo de arte moderno y contemporáneo que navegando entre decenas de bodegones, marinas, santos o retratos de nobles de una pinacoteca de arte clásico. Por cierto, que el teatro Margherita de Bari está perdiendo su naturaleza de centro de artes escénicas para convertirse en museo de arte contemporáneo. Tiempo al tiempo.
No fue la única exposición que visitamos en Bari. En el Castello Svevo, además de otras dedicadas a la arqueología y al arte antiguo, encontramos una interesante exposición dedicada al fotógrafo italiano Aurelio Amendola (Instagram). Una retrospectiva de un fotógrafo que no conocía, con gran variedad temática, retrato, reportaje, paisaje, fotografía de arte… y que me gustó mucho por su finura, elegancia y visión clara.
Hoy he dedicado mi entrada en el blog de técnica fotográfica, El viaje fotográfico de Carlos, ha la experiencia de viajar con un sencillo objetivo, con una única longitud focal. Frente a los equipos con varias ópticas, de focales variables, muchas veces tengo la sensación de que optar por la simplicidad es una buena fórmula para conseguir mejores resultado. O al menos, buenos resultados de forma consistente.
Las reflexiones sobre el tema las podéis encontrar en la entrada Viajar con un único objetivo, una única focal -Olympus OM-D E-M5 mark III con Panasonic Lumix G 14 mm f2,5 ASPH, de cuyo contenido se pueden deducir los pros y los contras de las distintas opciones. Luego ya, es cuestión de preferencias muy personales. En cualquier caso, os dejo las fotos de una visita a Ostia Antica a primeras horas de la tarde del domingo 17 de abril, mientras hacíamos tiempo para el vuelo de Fiumicino a Madrid. Que en seis horas de escala se pueden hacer más cosas que amodorrarse entre las tiendas del aeropuerto.
Y llegamos a la última película del ciclo de cine surcoreano que se ha desarrollado entre marzo y abril en los más céntricos cines de Zaragoza. Un ciclo de cine absolutamente excelente, de gran nivel, variado, y del que quizá me quedé una entrada más para comentar la nueva versión de una de las películas más emblemáticas del cine de esa nacionalidad y mis impresiones globales del ciclo. Pero antes vamos con estos recuerdos de un asesino en serie, el título más conocido de la película en inglés es Memories of murder, y en castellano se ha conocido también como Crónica de un asesino en serie, dirigida por Bong Joon Ho, director de la citada célebre y oscarizada película, por la que él mismo recibió también estatuillas como mejor director y mejor guion.
Opto por unas cuantas fotografías de la aldea cultural de Gamcheon, antigua población de pescadores anexa a Busan, hoy incluida en uno de los distritos de esta populosa ciudad al sur de la península de Corea.
Esta película que nos ocupa hoy, y que tiene casi 20 años, está inspirada por un caso de asesinatos en serie, entre 1986 y 1991, que no se resolvió del todo hasta mucho tiempo después de los hechos, cuando el asesino, en prisión, confesó los hechos. En una población rural, en algún lugar de Corea del Sur, durante los años 80 del siglo XX, comienzan a aparecer cadáveres de mujeres violadas y asesinadas, siendo los dos inspectores de policía locales encargados del caso (Song Kang-ho y Kim Roe-ha) incapaces de resolver el misterio, por lo que reciben el refuerzo de un inspector procedente de Seúl (Kim Sang-kyung). Y ahí comienza una investigación que va dando bandazos, pasando de un sospechoso a otro, con poco éxito.
La película tiene una realización absolutamente impecable, magistral. Y muestra que el director, en 2003, ya manejaba con maestría los mimbres que le dieron la fama internacional dieciséis años más tarde. Desde varios puntos de vista, la película de los parásitos, en ambas actúa también Song Kang-ho de forma destacada, es heredera de la que nos ocupa hoy. Y al mismo tiempo, como opinión personal, casi diría que la de 2003 me ha impactado más, me ha gustado más. Con una mezcla de comedia, los policías al cargo casi parecen una versión coreana de Mortadelo y Filemón cruzados con Torrente, y no pocas dosis de drama y tragedia, la película no se limita ha seguir el hilo de la investigación, sino que además es un repaso y crítica social a unos tiempos convulsos que anunciaban el final de las dictaduras del siglo XX en el sur de la península coreana, dando paso a una democracia que se ha ido consolidando hasta ser una de las más saneadas de la actualidad (calificada como democracia plena en el puesto 16º de los países del mundo, varios puestos por encima de España, que ocupa el puesto 24º, calificada como democracia deficiente). Nos encontramos con unos cuerpos de policía incultos, poco preparados, más dedicados a la represión, torturas incluidas, que a la investigación seria de los delitos, mientras la sociedad les da la espalda y les recrimina constantemente lo que no son capaces de hacer.
Con unas interpretaciones que también podemos calificar de primer nivel, la película es un más que digno colofón a un ciclo de cine que ha hecho felices a los más cinéfilos, pero con películas que deberían ser interesante para cualquier aficionado al séptimo arte. Totalmente recomendable, cine de primer nivel, difícil de encontrar hoy en día en la mayor parte de las producciones de las cinematografías más prestigiosas del planeta. Si la pilláis en alguna plataforma digital de contenidos audiovisuales, no dudéis en dedicarle un poco más de dos horitas a verla.
Es curioso, ¿no? En algún momento en los últimos meses he comentado que me cuesta concentrarme en nuevas series o en lo que quiero ver. He disminuido progresivamente, además, las horas que veo. Desde que hace casi un año decidí quitarme kilos de encima, muchos han sido, afortunadamente, también he aumentado el tiempo que dedico a caminar, y por lo tanto veo menos televisión. Algo fundamental. Pero en lo que se refiere a lo estrictamente televisivo, me da pereza ver segundas, terceras o cuartas temporadas de series, cada vez prefiero más las series de temporada única, y me cuesta más elegir qué es lo que quiero ver. He opinado en alguna ocasión que el número de estrenos es tan elevado que es difícil seguir la pista y decidir que ver. Sólo mi dedicación los fines de semana, y sólo los fines de semana, a las series surcoreanas, hace que sea fácil decir qué voy a ver el sábado y el domingo, quizá el viernes por la noche. Y en medio de todo esto… llega la crisis de Netflix… y resulta que algunos atribuyen la crisis a factores que tienen que ver con mi cansancio seriéfilo. Como decía… es curioso, ¿no?
Nueva York es apropiado para la entrada de hoy. Ha pasado por nuestra cabeza volver a la Gran Manzana esta primavera, pero en estos momentos parece improbable que vaya a suceder.
Y las series que traigo hoy, comedias con investigación criminal… ni siquiera son de Netflix. Only murders in the building está en el catálogo de Disney+. Ya lleva un tiempo. De hecho, comencé a verla cuando la estrenaron en agosto del año pasado… pero la dejé y no la retomé hasta hace unas semanas. El caso es que no está mal esta comedia protagonizada por Steve Martin, Martin Short y Selena Gomez, con destacadas intervenciones de Nathan Lane y, especialmente, de Amy Ryan, en la que los protagonistas son inquilinos de un exclusivo edificio de apartamentos en el centro de Manhattan que lanzan un podcast donde van narrando la investigación de una muerte, ¿suicidio? ¿asesinato?, en el edificio. Comedia, con tonos tristes, de corazones solitarios buscando alicientes para su vida mientras investigan un presunto crimen. Va de menos a más. Si se le das una oportunidad acaba por engancharte. Y son episodios de sólo 30 minutos… diez de ellos. Así que… no es difícil de ver.
The Afterparty es otra comedia con ¿suicidio? ¿asesinato? y la investigación correspondiente, esta vez en Apple TV+. Un grupo de adultos se reúnen quince años después de terminar el instituto en una fiesta de exalumnos, cada uno con sus éxitos y sus fracasos en la vida, y continúan la fiesta en el casoplón de uno de ellos, que se ha convertido en un cantante de éxito. El grupo en su conjunto es peculiar, no hay ni uno que tenga su cabeza bien amueblada… y los policías al cargo también lleva su «carga» a cuestas. Con un tono de comedia escasamente irreverente, viniendo de la casa de la manzana es difícil que se salga mucho de lo políticamente correcto, aunque la historia se preste a ello, esta comedia coral es también bastante divertida. Son nueve episodios de 35 minutos.
Dos series que no pasarán a la historia de la televisión como obras maestras, pero que entretienen bastante y se ven rápido.
Entre los distintos puntos de vista y medios fotográficos que he utilizado este año para fotografiar la floración de las bulbosas del Parque Grande y otros entornos de la ciudad, lirios, tulipanes y narcisos, está una película nueva y en desarrollo que ofrece colores muy saturados, cuando estos aparecen en escena. Lo cual no se lo pone fácil con un tema floral como este.
La semana de Pascua fue una semana relativamente feliz y tranquila, con viaje a Italia incluido, y eso sin duda fue clave para romper con el bloqueo en la lectura que me tiene un poco atenazado desde hace unos meses. Bueno… con idas y venidas, desde que comenzó esta maldita pandemia. Me cuesta concentrarme en la lectura. Pero no durante esos días, por lo que aproveché para leer varios libros que tenía en espera. Vamos con el primero.
No es la primera vez que leo a Aki Shimazaki. Y realmente siempre he disfrutado de las obras de esta escritora japonesa, pero que no escribe en japonés. La escritora, nacida en 1954, se mudó en 1981 a Canadá y vive en la actualidad en Montreal. Comenzó a escribir a finales de los años 80 publicando su primera novela en 1991. Pero optó por escribir en la lengua de su país de adopción, el francés. Incluso si sus temas son fundamentales referidos a su país de origen. Lo cual, desde mi punto de vista, enriquece el conjunto por la capacidad de llegar con más facilidad a dos entornos culturales distintos, el asiático japonés, y el europeo occidental, o su extensión a Norteamérica.
A esta novela corta de Shimazaki que nos ocupa hoy, el editor español le ha dado un título no coincidente con el original. Ese Luna llena tiene que ver con lo que se nos narra, pero no es el original. En la edición original en francés, el título es Sémi, transcripción al francés de la palabra japonesa 蝉 semi, que significa cigarra, un título mucho más apropiado… bueno… es el que la autora quiso darle a su obra, así que necesariamente es más apropiado. Es habitual en la autora dar títulos de una sola palabra en japonés a sus obras, aunque este escritas en francés.
En esta novelita, acompañamos a un hombre, que reside con su esposa en una residencia para personas mayores, ya que esta tiene una demencia de Alzheimer en sus fases iniciales. Fases iniciales que evolucionan, de modo que un día, cuando se levantan por la mañana, ella ha olvidado que es su marido. Convenciéndole con la ayuda de una enfermera de la residencia de que es su prometido, tienen que volver a reconstruir su relación. Pero eso conllevará que se descubrirán secretos guardados durante décadas de matrimonio, aparentemente feliz y bien avenido, con los que nuestro protagonista tendrá que lidiar, puesto que pueden afectar a sus relaciones con toda la familia.
Shimazaki nos transporta a una delicada aproximación al mundo de las personas mayores y al peculiar mundo de relación con una persona con un deterioro cognitivo progresivo. Y al mismo tiempo, no dejamos de asistir a una peculiar historia de amor, un romance de edad avanzada que ha de sustituir a la ficción en la que los dos protagonistas de la historia se han sumido mutuamente durante los años de matrimonio. Un matrimonio gestado en los primeros años 70 del siglo XX, al estilo tradicional mediante un miai 見合い o en su modo formal omiai お見合い, encuentros organizados por un casamentero entre dos personas solteras que quieren formar una familia. Según leo, en los años 30 y 40 del siglo XX casi el 70 % de los matrimonios en Japón tenían este comienzo, aunque en la actualidad estaría en torno al 5 %.
Shimazaki se lee bien. Sus contenido son siempre delicados, incluso cuando se expresan conflictos complejos, difíciles. Y uno siente empatía por los protagonistas de sus historias. Generalmente gente que arrastran sus propios problemas durante sus vidas que les condicionan en mayor o menor medida. Para mí, su lectura es muy recomendable, y como autora un valor seguro a la hora de seleccionar algo para leer.