Esta semana no tengo que ir a trabajar. Fiesta hasta el lunes que viene, día que sufriré como una pesadilla, porque cada vez me acostumbro más rápidamente a todas las cosas que puedes hacer en tu vida si no tienes que dedicar ocho horas a trabajar. Y eso que mi trabajo me gusta. Mi empresa no tanto… o nada. Es una administración pública… pero da igual, una empresa en la que sus provisionales consejos de administración (los gobiernos) y sus accionistas (los ciudadanos que pagan impuestos) odian a sus trabajadores. Incluso a los que trabajamos en sanidad, aunque aplaudan cuando los encierran en casa por un virus que se desmadra. Si existen las «lágrimas» del cocodrilo, esos aplausos ahora se sienten parecidos… Curiosamente, los accionistas (los ciudadanos que pagan impuestos) nos envidian,… por lo del trabajo fijo de por vida. Pero bueno… no es de eso de lo que quería hablar.
Estoy de fiesta. Y aunque dedico mucho tiempo a temas pendientes, más que al disfrute del ocio, también a este le dedico un tiempo. Como cuando escribo estas líneas. El domingo 6 fue día de celebraciones sociopolíticas, ignoradas por los accionistas de mi empresa (los ciudadanos), básicamente porque los únicos que se apuntan a ellas son los consejos de administración (los gobiernos), a los que los accionistas también odian, a pesar de que son ellos los que los eligen cada 4 años. O menos. Pero también fue primer domingo de mes, y eso significa que los museos municipales de Zaragoza son gratis ese día. Y aunque he ido muchas veces con mis cámaras, no me canso. Así que, sacudiéndonos la pereza, fuimos prontito al Museo Pablo Gargallo y luego al del Fuego y los Bomberos. Os dejo unas cuantas fotos de ambos.
Vamos esta semana con dos series de poca repercusión mediática, pero que puede tener su interés.
Sanditon fue la novela inacabada de la célebre escritora inglesa Jane Austen. Después de haberme informado un poco sobre esta obra, lo de «novela inacabada» puede parecer casi un humorismo. Porque no es que el relato estuviera muy avanzado cuando la enfermedad de Austen la hizo detenerse y no volver nunca a retomarla. Es que prácticamente sólo había esbozado un escenario. Cuyo desarrollo sería más o menos previsible, de acuerdo a las obras anteriores de la escritora. Una joven impulsiva, bien intencionada y simpática, la heroína de la novela, y un hombre apuesto, austero, casi antipático… y a partir de ahí. Lo que supongan. Ha habido muchos intentos de dar continuidad a la obra. Y en Filmin podemos ver el último intento en forma de serie televisiva, Sanditon.
Fotográficamente, hoy pasearemos por Estocolmo,… como los protagonistas de los anárquicos romances de hoy.
Lo que sorprende es el tono. No es que la serie se desmadre. Pero que a las primeras de cambio un personaje femenino de la serie sorprenda mientras pasea por un bosque a otro personaje femenino haciéndole unos «trabajos manuales» a su hermanastro… eso seguro que no lo pensó escribir Austen. Me jugaría algo y no lo perdería. Y así, con Rose Williams y Kris Marshall al frente, nos encontramos ante un culebrón de época, bastante entretenido, que recoge que el ambiente y las formas de los tiempos de las novelas de Austen, aunque le sube el tono en ciertos momentos. Y juega con el espectador al dejar un final sorprendente. Que para algunos podría ser un final abierto, quizá de cara a una segunda temporada. Las declaraciones formales de sus responsables es que no la habrá. Pero suena más a que no tuvo la acogida prevista que a que no lo tuvieran en mente. Digan lo que digan. No es la mejor de las adaptaciones de la obra de Austen. Ni siquiera sé si se le puede incluir entre estas. Pero es entretenida.
En otro orden de cosas, tenemos una comedia de situación sueca, con más fondo del que habitualmente tienen las comedias de situación. Se trata de Kärlek & Anarki [Amor y anarquía], y ya adelanto que me ha resultado una agradable sorpresa en el catálogo de Netflix. Una consultora autónoma, Sofie (Ida Engvoll), en el filo de sus cuarenta, casada y con dos retoños, entra a trabajar en una pequeña editorial para impulsarla, y al poco entra en un juego de desafíos con el joven informático de la empresa, Max (Björn Mosten), veinteañero, con contrato temporal, y que comparte piso con otros jóvenes de su edad. Y por supuesto, se van a complicar la vida… de la forma que os podéis imaginar por el título. Mientras, les rodea un peculiar universo laboral, en el que se parodia el mundo de la cultura y la actividad editorial, y un universo familiar, bastante menos paródico y más serio. Comedia, muy divertida, con un fondo de denuncia social, con momentos muy inspirados y un tono general bueno. Recomendable.
No me voy a extender mucho con el libro de esta semana. Sólo diré que, sin ser tremendamente extenso, me casi tres semanas leerlo. Y es que una vez que empecé, pronto me desanimé. Y me obligué a terminarlo, aunque estuve a punto de dejarlo en varias ocasiones. Hacía mucho tiempo, un año como mínimo, que lo había adquirido en una oferta de mi tienda de libros electrónicos habitual, y no en estos momentos no recuerdo muy bien qué me indujo a comprarlo. No conocía nada de su autor, Armando Rodera. En ese momento no me di cuenta, pero parece de estos autores que publican por sí mismos a partir de las facilidades que otorgan ciertas plataformas en internet. Hoy en día estoy algo escamado con la calidad de estas vías de publicación, y sería bastante difícil que lo comprase. Muchos de estos libros se anuncian con grandes cifras de ventas en ejemplares… probablemente derivado del hecho de que están siendo vendidos a precios muy bajos comparados con los libros que siguen un proceso editorial tradicional.
Hace mucho tiempo que visité y recorrí Cantabria. No tengo fotos muy actuales. Sólo diapositivas que pueden tener 25 años o más.
El libro nos transporta en el tiempo a la provincia de Santander, en la segunda mitad del siglo XIX. En aquellos momentos no había comunidades autónomas, nada de Cantabria; si no recuerdo mal, la provincia de Santander pertenecía a la región de Castilla la Vieja. Un joven irlandés es recogido del camino mal herido tras haber sido agredido por maleantes y es llevado a una posada en Suances, regentada por una viuda con dos hijas, una de veinte años y otra de trece, y con el abuelo paterno de las chicas. La acción es narrada por la chica de veinte. En paralelo, se nos narra la peripecia del irlandés en Cuba, antes del momento «actual» en Suances. Y ambas líneas convergerán para una intriga política mezclada con el romance de turno entre el irlandés y la veinteañera.
Sinceramente, no me ha gustado. El libro es una mezcla de géneros entre el romance más típico y tópico, sólo le falta que en vez de irlandés hubiese sido un highlander para haber generado fuertes carcajadas, y una intriga política con algún malo malísimo malo, donde se mezclan los intereses de los venidos a menos carlistas con las intrigas de un desalmado hijo mestizo de un indiano de la región. Extraordinariamente poco verosímil. Pero la suspensión voluntaria de la incredulidad del lector podría haber funcionado a favor del libro si hubiera estado correctamente planteado y, ante todo, escrito con un mínimo de coherencia. Porque de verdad, por poner un ejemplo, una joven de 20 años, de la España rural de 1880, con una instrucción básica, hablando en primera persona no habla de que las hormonas de su hermana,… especialmente porque el término hormona no se acuñó hasta 1905, y no se popularizó hasta bastante más tarde. ¿Qué tontada es esta de hacer hablar a personajes de novelas de época como si fueran adolescentes de hoy en día? Pues esto es un ejemplo. No voy a perder el tiempo con más. Simplemente, evitad este tipo de lecturas. Yo prometo hace examen de conciencia, propósito de enmienda,… y la penitencia ya la he cumplido leyendo hasta el final esta novela.
Seguramente, estoy convencido, el proceso editorial tradicional está lleno de problemas y los intereses económicos y de otro tipo lo envenenarán de muchas maneras. Pero un proceso editorial con un mínimo rigor, que cribe lo que se publica, debe existir.
Hoy estaba convencido de que tendría tiempo de sobra para subir esta entrada de recomendaciones fotográficas y muchas otras cosas más. Pero he empezado un curso sobre un asunto de interés en mi trabajo y de poco interés aquí, que me ha tenido entretenido más tiempo del que pensaba. En fin… iré un poco rápido.
Primer domingo de mes, museos municipales gratuitos en Zaragoza, nos hemos paseado por un par de ellos. Aquí, fotos del Museo Pablo Gargallo. Blanco y negro directo de cámara digital, sin tratamiento posterior.
Hace unos días se conmemoró el día internacional contra la violencia de género (por favor, no digáis «se celebró el día» porque hay poco que celebrar en estos temas). Y en Cartier-Bresson no es un reloj lo hicieron trayéndonos a la memoria una de las más célebres fotografías de Nan Goldin, en la que la propia fotógrafa es víctima del maltrato. Corresponde al seminal trabajo The Ballad of Sexual Dependency.
En The Picture Show de la NPR nos hablaron de las fotografías de Mary Ellen Mark. Siempre una de mis favoritas. Y no sólo porque frecuentemente nos llevase y acompañándose al mundo del cine y a sus figuras más notables. No sólo por eso. Una de las fotógrafas imprescindibles del siglo XX.
Siempre se discute cuáles son los límites de lo que debe mostrar la fotografía documental, la fotografía de reportaje. En Albedo Media lo discuten sobre la base de una fotografía estéticamente bella en el horror que transmite. El fotógrafo Enrique Metinides retrato a la periodista Adela Legarreta después de haber fallecido atropellada en Ciudad de Méjico. Es una fotografía impresionante, casi irreal.
Los movimientos culturales o subculturales de la juventud siempre han atraído a muchos fotógrafos. Véase por ejemplo la obra de Miguel Trillo en España, que ya he comentado en estas páginas. En AnOther Magazine mostraron recientemente un trabajo similar de los años 50 del siglo XX, del fotógrafo Ken Russell (aunque es más conocido como cineasta), que enfocó su objetivo sobre las Teddy Girls londinenses de aquella época de la posguerra británica. Lo original es que se fijó en las «girls» y no en los «boys» como el resto del personal.
Me han parecido de lo más interesantes las fotografías del intercambio entre la fotógrafa Carissa Dorson (otra artista que le da más al vídeo/cine que a la foto fija) y su padre. Dorson siempre sintió que no había tenido mucha comunicación con su padre. Y viviendo alejados, uno en cada costa de los Estados Unidos, parecía difícil de remediar. Así que le propuso un intercambio fotográfico. Uno hacía una foto, y el otro le contestaba con otra relacionada… y así siguiendo la cadena. La cuestión es que le ha dado para un libro y, sobre todo, para experiencia creativa y comunicativa. Lo han contado en Lenscratch.
La semana pasada, después de ver Undine, entré en crisis cinematográfica. Quienes sigan este Cuaderno de ruta sabrán que me he quejado a lo largo del año de sufrir diversas crisis lectoras. Momentos que han durado entre días y semanas en los que no encontraba las ganas de abrir el libro y leer un rato. Pues cuando llegó el fin de semana pasado, daba igual que me fijase en la cartelera de estrenos de la pantalla grande como en la de las novedades de las plataformas de cine bajo demanda, no encontraba motivación para elegir una. Y no es que no haya algún título que pueda interesar. Es que no encuentro las ganas para verlas. Llevado por cierta desidia, repasé novedades en general sobre todo tipo de cosas, y me encontré esta película surcoreana, dirigida por un novato, Lee Chung-hyun. Un novato en la gran pantalla. Previamente había dirigido un perturbador corto que tuve ocasión de ver en Youtube, o quizá en alguna otra plataforma, hace ya un tiempo,… curioso.
Pero lo que me atrajo de la película fue la pareja de mujeres jóvenes protagonistas. A Park Shin-Hye me la encontré en una teleserie de Netflix, uno de esos guilty pleasures que veo de vez en cuando, con una trama demencial. Pero la chica tenía dos cosas; es muy guapa, y daba la impresión de que con un mejor material podría tener madera de buena actriz. La otra protagonista, Jun Jong-seo fue la protagonista femenina, una desconocida en ese momento, de una de las películas más interesantes que he visto en los últimos años, hace dos, adaptación de un relato corto de Murakami (comentado en el mismo enlace que acabo de poner). El caso es que lo hacía muy bien, a pesar de su bisoñez, con alguna película en aquella película que se me ha quedado grabada en la memoria y que tal cosa se debe en gran medida a su trabajo.
La película es una de miedo al estilo asiático, aunque está basada en una película de terror británica que realmente pasó por su vida útil con más pena que gloria. No la vi. La premisa es curiosa y da mucho juego. Una joven (Park) se muda a una casa en la que vivió en su infancia cuando rebuscando entre las cosas que hay en ella, encuentra un viejo teléfono doméstico inalámbrico. Al conectarlo, recibe una llamada de otra joven de su edad (Jun). Y empiezan a contarse sus cosas. Hasta que descubren que no viven en la misma época, aunque sí en la misma casa, sino que están separadas por 20 años en el tiempo. Y a partir de ahí entran en una dinámica en la que las acciones de una afectan a la otra, que acaba por desquiciar todo el asunto.
La premisa de la película es interesante, ya que permite jugar con las paradojas de los viajes en el tiempo, pero sin viajar físicamente en el tiempo. Ya sabéis,… la paradoja del abuelo y otras similares… A esto hay que unir que las dos jóvenes, así como algún que otro secundario lo hacen bien. Y la producción y la ambientación, salvo algún que otro efecto generado por computadora, están bien presentadas. La película tiene un ritmo razonable. Y la historia combina situaciones relativamente previsibles con giros argumentales que sorprenden hasta cierto punto. Las paradojas temporales no siempre están resueltas de forma redonda, es muy difícil, pero tampoco chirrían demasiado. No atentan demasiado contra la suspensión temporal de la incredulidad del espectador.
No es la octava maravilla del cine, ni de lejos. Pero resulta un entretenimiento aceptable. Y en medio de esa apatía cinematográfica de la que os hablaba, me sirve para que esta semana también haya entrada sobre cine en este Cuaderno de ruta. Y confirma una cosa, un fenómeno que ya había observado. Al igual que sucede en España, en Corea del Sur, intérpretes mediocres en televisión, con buenos guiones y bien dirigidos resultan estupendos actores y actrices en películas pensadas para la pantalla grande.
Se me están empezando a acumular las teleseries. Pasa. De repente terminas varias series o temporadas. Luego pasan unas semanas… hasta que vuelves a terminar varias. A veces voy amortizando los comentarios, otras se me acumulan. Hoy tenemos dos series y un corto. Interesante. Empecemos por este.
El ruido solar es un corto de ciencia ficción que se pudo ver brevemente en Filmin. No tenía claro si incluirlo en el apartado televisión o en el de cine. Lo voy a comentar aquí… pero creo que lo añadiré a mis estrenos cinematográficos. Si incluí el cortometraje de Almodóvar, ¿por qué no éste? Ya veré. El caso es que se trata de un curioso e interesante ejemplo de ciencia ficción realizada con cuatro perras. Dirigido por Pablo Hernando, nos cuenta cómo un evento cambió el mundo para siempre. En el año 2020 se produjo una especie de gran destello solar, que hizo que cada persona percibiese durante ese instante un momento de su futuro. Un futuro de carácter apocalíptico. Un futuro que anunciaba el fin del mundo tal y como lo conocemos. Este tipo de cortos tienen su punto experimental. Por ello, pueden no ser del gusto de todo el mundo, pero esto no les resta valor. A mí me pareció interesante. Por si lo incluyo entre los estrenos de cine, hay van mis estrellas: Dirección: ***, Interpretación: ***, Valoración subjetiva: ****.
Uno de los efectos negativos de mi rechazo a la cuestión vasca es que llevo 20 años sin viajar por ese bello país, pero en el que, entre unos y otros, no siempre me he encontrado a gusto. Aunque hubo momentos en que sí. Porque gente maja hay en todas partes. Hasta en el infierno. O sobre todo en los infiernos.
Emily in Paris es una nueva comedia de situación protagonizada por Lily Collins, que se estrenó a principios de octubre en Netflix. Me estuve pensando si ver o no ver. Tenía pintas de americanada. Y de hecho, transcurriendo en nuestro país vecino, los franceses pronto protestaron por la visión estereotipada y reduccionista que la serie transmitía de su cultura y de su sociedad. Pero también surgieron voces que decía que la serie repartía a diestro y siniestro. Que tan parodia resulta de los valores y la sociedad francesa como de la usamericana. Al final me decidí a verla. Rodada de forma «bonita», el traslado laboral de Emily a París… no es al París real, con atascos, horas puntas en el metro, días grises, gente seria, casi malhumorada yendo de casa al trabajo y viceversa. Es un París peliculero, luminoso, colorido, con cafés ideales donde siempre hay sitio y mucho romance. Y no poco sexo. Es una ficción al servicio del lucimiento de Collins, que también aparece como productora, o sea que su salario tendrá un fijo y un variable por beneficios, que se ve con agrado. Que tiene gracia en no pocos momentos. Y que efectivamente parodia a todos. Porque si los defectos aparentes de los parisinos son típicos y tópicos, tiene su gracia que en el episodio 8 la protagonista haga algo que en buena parte de los EE.UU. sería delito… y en Francia no. Pero bueno, la serie es yanqui y Collins es la heroína que siempre sale airosa de los líos en los que se mete.
Y luego está una de las series españolas más destacadas del año. La adaptación en HBO de la novela de éxito de Fernando Aramburu de estos últimos años. Patria. No he leído la novela. Hace un tiempo, me lo plantee. Incluso leí otro libro de Aramburu para ver que tal. Y aunque disfruté de aquella lectura, el tema de la historia que toca estos libro y serie, me tira para atrás. Me explico. Desde hace 35 años, cada vez que he mantenido conversaciones sobre el tema del terrorismo y la política en el País Vasco, me he encontrado sistemáticamente emparedado entre dos posturas que al parece se consideran exhaustivas y mutuamente excluyentes. Y he acabado sintiéndome tan incomprendido y tan rechazado tanto por unos como por otros. Harto de que los «vascos» me digan que si no soy de allí no puedo opinar. Parece ser que eso me hace ser incapaz de pensar, reflexionar y sacar conclusiones por mí mismo. Y harto también de que los «españoles» me digan constantemente cómo tengo que ser y pensar para ser «español». Mi conclusión es que estoy hasta las narices de los «vascos» y que no quiero que se me considere «español» más que como una situación administrativa. El problema es que ha habido un conflicto entre dos ideologías nacionalistas… y yo ODIO PROFUNDAMENTE los nacionalismos tengan la bandera que tengan. Y ODIO PROFUNDAMENTE la violencia, la ejerza quien la ejerza, no importa en nombre de qué ideales o de que legitimidades. Y ODIO LOS FASCISMOS, tanto los que me dicen si puedo o no puedo opinar o pensar sobre algo, como los que me dicen lo que tengo que opinar o pensar. No encontrando con facilidad interlocutores racionales ni razonables, me he apartado del tema. Y he tendido a rechazar aquello que lo trate.
Dicho lo cual, al final, una vez puestos a disposición del público los ocho capítulos de los que consta la miniserie, me decidí a verla. Y puedo decir que es una magnífica producción, sobresalientemente realizada y con unas interpretaciones de matrícula de honor, como pocas veces se pueden ver en las series de televisión españolas. Y no sólo su excelente protagonista, Elena Irureta, que está fenomenal. Todos, hasta el último de los secundarios están muy bien. Y que no me arrepiento nada de haberla visto. Dicho lo cual, sobre el tema que trata, sobre el trasfondo político y social,… seguiré ignorándolo y sin hablar de él. Y no por falta de opinión. Al fin y al cabo, ya sé que voy a ser rechazado por unos y por otros. Pues que les den a todos, con ikurriñas o con rojigualdas. Hasta los mismísimos c.j.nes de las p.ñ.t.ras banderas. Todas me asquean por igual.
Este libro fue un prestamo, que leí sobre la marcha durante mi escapada a Andalucía en octubre. De hecho, antes de los dos libros que comenté la semana pasada. La amiga que me alojó en su casa en Sevilla tenía una versión en papel del libro y, como no es muy largo y me enganchó mucho, me lo leí en ratos muertos en esos días. Su autora Koike Mariko 小池 真理子 (os recuerdo que en Japón el apellido va delante; cuando me acuerdo, respeto esa convención) es más conocida por su condición de escritora dedicada al género policíaco y al terror.
Repito la selección de fotos representativas de mi viaje a Japón en 2014… fecha y país en el que ya se veían con frecuencia gente con mascarillas.
Definir si este libro pertenece a alguno de esos géneros,… en líneas generales,… las claves en las que está redactado no corresponden a ninguno de ellos. En algunos momentos, me ha recordado a Bonjour, tristesse de Françoise Sagan. Vagamente porque hace muchos años que leí el libro de Sagan. Pero ambos están ambientados en los años 50 del siglo XX, uno en Francia y otro en Japón, aunque el de Sagan fuese publicado en 1954 siendo una joven de sólo 18 años, mientras que Koike tenía 2 años en aquel momento y no escribió su «gato en el ataud», título original del libro [柩の中の猫, hitsugi no naka no neko] hasta 1990.
Mientras que Sagan escribe su «tristeza» a caballo entre el existencialismo y las ideas que harán surgir el movimiento de la «nouvelle vague», con un personaje adolescente víctima del desencanto y la melancolía, Koike recupera el ambiente del Japón vencido en la Segunda guerra mundial y del que empieza a recuperarse, recuperando también sus generaciones más jóvenes cierta alegría de vivir. Así, quien narra la acción es una joven de 20 años, de provincias, procedente de Hokkaido, aspirante a pintora, que entra a trabajar en casa de un pintor joven pero consagrado, viudo, para cuidar de su hija pequeña de nuevo años, Momoko, cuya mejor amiga es una gata. La vida es plácida, con el padre que adora a su hija, y con la joven que secretamente se enamora del padre, que vive una vida mundana, cosmopolita y despreocupada. Hasta que aparece una mujer joven, estilosa y bella en la vida de todos ellos. Y desestabiliza el equilibrio doméstico.
Reconozco que me enganché de inmediato. El tono de la escritura, la perspectiva en primera persona de quien no deja de ser un personaje secundario que recuerda desde el presente unos acontecimientos que le marcaron de por vida, la descripción del ambiente, la sospecha de que algo grave puede ocurrir, todo ello hace que el ritmo de lectura fuera agil. Y a pesar de todo, aunque constantemente Koike nos va dejando las pistas, los indicios de lo que va a suceder, nos llega a sorprender. Nos aterra, sin ser una novela de terror. ¿O sí? Me pareció una lectura imprevista, pero con un gran nivel. Lamentablemente, lo único traducido al castellano de esta autora. ¿Merecerá la pena pillar una traducción al inglés o al francés de alguna otra de sus obras? Me lo estoy pensando. Muy recomendable.
Con la película fotográfica, si la guardas convenientemente en nevera o congelador, que se pase la fecha de caducidad un tiempo no supone mayor problema. Como el rollo que usé en esta tarde de noviembre, soleada, aunque fresquita, por los caminos de Miraflores y de Enmedio, en las afueras de Zaragoza entre San José y Montemolín.
Sigue siendo muy complejo ir al cine, al de gran pantalla, en estos pandémicos tiempos. Y no tiene tanto que ver con el hecho físico de ir, cuanto con la limitada oferta y la naturaleza de la misma. Pero la semana pasada encontrábamos en un horario razonable y versión original subtitulada una película alemana protagonizada por Paula Beer, una joven actriz de esa nacionalidad, que nos sorprendió por su trabajo muy agradablemente en una bella película de François Ozon, muy premiada en el ámbito de los festivales del momento. Así que nos fuimos a verla
Berlín, claro. Aunque el Berlín de la película no es de días claros y soleados. Más de esos días de otoño/invierno con sus nubes, que no llegan a ser grises pero casi.
Dirigida por Christian Petzold, la película revisa una de las diversas leyendas o mitos que encontramos en Europa, y especialmente en los países germánicos, sobre el mito de Ondina o de las ondinas, ninfa o ninfas de los ríos y lagos. Hay varias versiones o variantes que se han traducido a cuentos populares con diversos tonos. De hecho, la famosa sirenita no es más que una variante, pero con una nereida marina, en lugar de una náyade o ninfa de agua dulce. Y muchas de estas leyenda tienen que ver con seres humanos y bellas ondinas que se enamoran, en una relación que se ve como imposible, muy difícil o que exige grandes sacrificios. La variante sobre la que trabaja el también guionista Petzold, actualizando el mito a los tiempos modernos, es la de la náyade, Undine (Paula Beer) que se ha unido por amor a un hombre mortal, pero con la condición de que si este rompe la relación, debe matarlo y regresar a su naturaleza de ser acuático. Pero Undine, una historiadora que realiza visitas guiadas sobre el urbanismos de Berlín, al ser rechazada por su amado, prorroga su situación al caer inmediatamente enamorada de un buzo profesional, con quien inicia una nueva relación, hasta que…
Sí. Estamos ante un cuento. Sin más. O sin menos. Un cuento romántico basado en las leyendas tradicionales, pero actualizado a los tiempos modernos. Con gente que no son príncipes ni princesas, sino que tienen el aspecto de gente cotidiana, que va a trabajar todos los días, que se enamora y se desenamora. Que sufre y se alegran. Unos más honestos, otros menos. Y que con una realización sobria y unas interpretaciones con oficio, nos ofrece una resolución clásica de amores entre mortales y seres legendarios, pero con un giro final razonablemente optimista.
El principal problema de la película… no es en sí mismo un problema. La cuestión es que no va más allá. Equilibrada la historia entre el romance y el drama, sales del cine con la sensación de haber conocido a una gente maja, que te cae bien, casi todos, has visto un retazo de sus vidas, un acontecer puntual, a caballo entre la realidad cotidiana y el mundo de lo fantástico, y ya está. Quizá peca de poca ambición. Pero es agradable de ver. A este director le he visto alguna película con más miga.
En las últimas semanas me han llegado varias publicaciones para añadir a mi biblioteca fotográfica, así que las recomendaciones fotográficas de esta semana tendrán forma de libros… o cuadernos… o postales. Ahora os cuento.
A través de la página Photography of China, conocí la actividad como coleccionista de fotografía de esa nacionalidad de Thomas Sauvin, con su colección Beijin Silvermine, que sufraga con la comercialización en forma de libro u otros productos de lo más granado de su colección. Son productos de calidad… y por lo tanto caros. Y en su mayor parte es fotografía de la que llaman ahora vernácula. Es decir, fotos tomadas de la vida cotidiana con un fin distintos del de los tradicionales fotógrafos documentales o artistas. Puede ser las fotos de una abuela a sus nietos, de un médico a sus pacientes, las fotos de la NASA al universo, o las que sistematizan los «logros» del Partido Comunista Chino… por poner algunos ejemplos. De los productos más asequibles que tiene, están los desplegables de postales de la serie SIX, de los que hay publicados tres números, de los que he adquirido ejemplares.
Recibí recientemente mi libro de fotos del viaje a Oporto en septiembre. Y ahora estoy trabajando en el de Andalucía de octubre. En el que entrarán algunas fotografías de una tarde entre el Parque de María Luisa y la isla de la Cartuja.
El Six 01 es How I felt in love with my phisioterapist, y son una serie de fotos documentales de una modelo en mallas de gimnasia rojo comunista, con su fisioterapeuta, demostrando distintas técnicas de trabajo sobre articulaciones. Resultan hipnóticas. Realizadas en Pekín en agosto de 1988.
El Six 02 es Soldiers, en la que la serie de postales, una vez desplegadas, constituyen una única imagen de una multitud de jóvenes de ambos sexos, aunque predominan los hombres, en uniforme, posando para una foto colectiva. Dentro de la aparente uniformidad y despersonalización de la situación, sorprende comprobar cómo cada individuo tiene una expresión propia, singular. Unos sonríen, otros están serios, otros… simplemente aburridos. Realizada abril de 1950, poco después del final de la guerra civil china, no dice dónde.
El Six 03 es Space Beauties Calendar, y es la más divertida. Especialmente, porque es muy kitsch. U hortera, que diríamos en estos lares. Un conjunto de postales con modelos femeninas con unos vestidos pretendidamente futuristas, delante de unos fondos con planetas, estrellas y naves espaciales, todo muy colorido y chillón. Heroínas espaciales, de clara inspiración en las películas de aventuras espaciales, pero con un estilo… indefinible. Fechadas en Pekín en 1992.
El número 013, está firmado por Andy Feltham (instagram), con el título Picture of Health. En él, el autor recorre los pasillos y salas abandonados de un hospital del National Health Service NHS inglés. Otrora «joya» de la corona del estado del bienestar británico, hoy en dia decadente por las políticas liberales que comenzaron ya en los años ochenta con Thatcher, y que no han parado ningún gobierno de ningún signo desde entonces.
El número 014 lo firma Frances Scott (instagram), y lleva el austero título de A9. Con fotografías en blanco y negro, la autora recorre la carretera más larga de Escocia, desde las Tierras Bajas hasta la costa norte escocesa. Unen las raíces de su madre en el sur de Escocia con las de su padre en el norte. Sumado a que la fotógrafa se afincó en un momento dado en las Orcadas hasta que ya independiente y adulta volvió al sur.
El número 015 es del fotógrafo Emile Holba, que presenta su trabajo Arktisk Grenseland. Fascinado por la esa zona del Ártico que es conocida como mar de Barents, lugar de encuentro nórdico entre Occidente y Rusia. Finalmente, su trabajo se centró en la península de Varenger, en el norte noruego, lejos de las rutas turísticas, escasamente poblado, próximo a las fronteras con Finlandia y Rusia, y al mismo tiempo, extrañamente tranquilo, pacífico y equilibrado.
En otro orden de cosas, encontré una referencia reciente a una colaboración entre el alemán Jürgen Teller y el japonés Nobuyoshi Araki. Ambos fotógrafos son amigos y se admiran mutuamente. Esta colaboración desembocó en una exposición y un libro, Leben und Tod 死生, vida y muerte, publicado por Steidl. Las fotografías de Teller están realizadas en su hogar familiar en Alemania, durante un invierno en el que murió un tío suyo, ya anciano, con quien estuvo muy unido, y que también sirvió para volver a conectar con su madre. También incluye elementos de su viaje por Bután, donde se sorprendió por la imaginería asociada a los ciclos vitales. Araki, por su parte, le pidió que le prestase objetos de su infancia y vida familiar, y con ellos, y sumados a sus propios fetiches, construye unas peculiares naturalezas muertas, que se intercalan entre las fotos de Teller. Un trabajo muy intimista, muy simbólico, para degustar muy despacio si se le quiere coger el tranquillo.
Finalmente, la edición blanca, más económica, del libro publicado por Eyeshot, Shin Noguchi in color in Japan. Hace tiempo que soy seguidor en instagram del fotógrafo japonés Shin Noguchi. Radicado entre Kamakura y Tokio, Noguchi hace una fotografía documental en la calle llena de humanismo y buen humor, con una gran dominio del color más natural. Particularmente cercano y empático resulta cuando se acerca al mundo de los niños, a quienes sabe mirar como adulto que no ha perdido ciertas virtudes de la mirada infantil. Perfectamente presentado, con fotografías que dialogan entre sí en páginas enfrentadas, y con dobles páginas para aquellas con valores estéticos más potentes, es un libro para hojear una y otra vez. Y también para soñar que pronto podamos volver a viajar y a visitar aquellas tierras que tan buenos momentos nos han deparado a alguno.
Los largometrajes japoneses de estreno en Netflix nos dan algunas de cal y otras de arena. Hemos podido ver algún título muy interesante, y otros,… por ser benévolo… no tanto. Sin embargo, esta película recientemente estrenada, firmada por Tatsushi Ohmori, tenía buenas pintas. Así que me decidí a verla. En castellano, se la ha llamado Maternidad. El tema de la familia es un tema recurrente en la filmografía japonesa. Una sociedad muy tradicional en muchos aspectos, y conservadora, ha ido viendo cómo una de las estructuras fundamentales de este tipo de sociedades se iba desestructurando. Hoy en día, las estadísticas de pobreza y abandono de madres solteras y de niños son excesivas para un país desarrollado. Y supongo que este es el motivo por el que algunos directores traten estos temas.
La que hoy nos ocupa, además, está basada en una truculenta historia de crímenes que sucedió en la realidad. Aunque la película no es tanto la historia de esos crímenes, cuanto del camino hacia ellos. Akiko (Masami Nagasawa) es madre de Shuhei (Sho Gunji, niño; Daiken Okudaira, adolescente), luego también de una niña más pequeña. Pero viven en los márgenes de la sociedad. Sin trabajo, malviviendo de subsidios, sin hogar en muchas ocasiones, extrañados de una familia harta de sus sablazos y desconsideraciones, y con relaciones tóxicas con hombres, especialmente con Ryo (Sadao Abe), el padre de la pequeña. A pesar de estas circunstancias, Akiko ejerce una fuerte influencia y dominio sobre su hijo Shuhei, incluso en su adolescencia avanzada.
Estamos ante una película difícil de ver. Porque estamos constantemente presenciando las inconsistencias, los errores de una madre que es prácticamente la antítesis de lo que entendemos por el concepto de maternidad. Una película «sucia», con unas relaciones materno-filiales extremadamente tóxicas. Una situación difícil de encajar en sociedades que consideramos modernas y avanzadas. Pero que se dan.
Si la película tiene una realización correcta, dentro de la sobriedad de las películas niponas, donde destaca el largometraje, quizá algo excesivo en su duración, es en las interpretaciones. Para Nagasawa, actriz de 33 años, que hay sido también modelo y conocida por su buena apariencia (ya vi en su momento una película de Koreeda en la que actuaba), es probablemente su momento de decir soy algo más que una cara bonita y afronta un personaje arriesgado, antipático, desastrado. Y lo hace francamente muy bien. Pero sobretodo por la fragilidad que demuestran los dos actores, niño y adolescente, que interpretan a Shuhei.
Difícil decir si es recomendable o no. A mí me vale. No llega a la brillantez de otras película japonesas que tratan el tema de la familia y que se han podido ver recientemente, especialmente de Koreeda, pero tiene fondo y formas. Sin embargo, como digo, no es nada amable, y causará desasosiego en no pocos espectadores. Allá cada cual.
En el baúl de los recuerdos familiar hay cartas. Sí. Esos textos que se escribían sobre cuartillas o folios, generalmente de papel no muy grueso para evitar un peso excesivo, se introducían en un sobre y se remitían por correos a una persona conocida para dar noticias de nuestras vidas y de las de los allegados comunes. Como las redes sociales de ahora, pero con días y días de espera para recibir los mensajes. Y que dieron lugar a un género literario propio, el género epistolar. Hoy. No se escriben cartas. Llamamos cartas a los sobres con recibos, facturas o extractos bancarios, también en desaparición por los trámites en línea, o comunicados más o menos comerciales de distintas organizaciones. Pero eso, realmente, no son cartas. Son otra cosa.
Reproducir aquí alguna de las cartas que hay en el baúl de los recuerdos… pues aunque no desvelen secretos, ni haya cotilleos malignos, ni escabrosidades de ningún tipo… no me parece del todo bien. Al fin y al cabo son comunicaciones interpersonales que, al cabo, interesaban a los dos corresponsales. Pero bueno. Seleccioné una. De febrero de 1951. Mi madre acababa de cumplir 22 años en enero. Y vivía en Barcelona. Y recibe una carta de un primo suyo. Que no sé quién es. La firma es ilegible. Que trabaja en un empresa de agua mineral. No se corta en usar el papel con membretes oficiales de la empresa para su correspondencia privada. Incluso presume en la postdata de haber recibido un aumento de sueldo. Y es un indicador de lo que podía ser la vida de la familia de mi madre antes de la guerra civil. Unos pijos. Montañero, esquiador (en aquella época), bien situado,… Lamentablemente, la guerra afectó mucho a las familias de mis padres. Para mal. Que es como afectan las guerras a la mayoría.
Y una cuestión curiosa en los tiempos que corren. Escribiéndole en febrero, habla de la gente que ha estado enferma entre los conocidos en fechas recientes. Están en plena temporada anual de gripe. Y habla de la «coreana». En 1950-51 no consta ninguna pandemia de gripe. Hasta 1957 no llegaría la pandemia de «gripe asiática» (H2N2). Pero en aquel momento estaba en todo su apogeo la guerra de Corea, que había comenzado unos meses antes. Pocas semanas antes se había estabilizado, más o menos, el frente no muy lejos de dónde está la frontera actual entre las dos Coreas. Así que no sería de extrañar que los medios atribuyeran la gripe de aquel año al martirizado país asiático, tristemente de moda en aquel momento. Aunque he encontrado un artículo brasileño que habla de «gripe coreana» en 1951.
Unos años más tarde, mi madre volvería a Zaragoza. Y hasta que se casó, trabajó de dependienta en una zapatería en la calle Hernán Cortés, esquina con la calle del Carmen. Ya no existe. Ni el edificio en cuyos bajos se encontraba. Hay un edificio nuevo. De niño me llevaba a saludar de vez en cuando a la señora Adela. ¿O Adelina? No recuerdo. No sé si era la propietaria o la encargada. Pero era una visita agradable. Se tenían afecto. Os dejo una foto dentro de la foto.