Salgo de un fin de semana un tanto modorro. El viernes comencé con síntomas de un catarro, más molesto que importante. Hoy lunes tengo algún síntoma residual, pero muy leve. Me he perdido cosas. Como la asamblea y la cena anual de la Asociación de Fotógrafos de Zaragoza AFZ y algún plan para fotografiar el domingo. Otras no… pero no las disfruté todo lo que hubiese podido, y me hicieron renunciar a las que he mencionado. Pero bueno… ayer preparé material para la actividad de este Cuaderno de ruta durante la semana… aunque no con las ganas que me hubiese gustado.
Pero nuevamente el repaso a una experiencia fotográfica, de mediados de diciembre, que podéis leer en Nuevas presentaciones para películas blanco y negro (I) – Fujifilm GS645S Wide 60 con Kentmere 100 120. Llevo un poco de «retraso» en estos comentarios. Y si lo entrecomillo es porque realmente tiene escasa importancia ese «retraso». Nada me obliga a hacerlo con mayor o menor rapidez. Simplemente es que normalmente sólo tardaba tres o cuatro semanas en comentar estas experiencias desde que sucedían, y ahora pasan dos meses. El caso es que usé por primera vez una película fotográfica de bajo coste. O de más bajo coste, dentro de la gama de productos de una empresa. Y creo que es un ejemplo de que, si ajustas adecuadamente tus expectativas, y sabes que el fabricante es decente, no pasa nada por tirar a la baja para ahorrar algo de dinero. Sabes que el nivel no es el mismo que con otras denominaciones más costosas. Pero son productos dignos, realizados con calidad, aunque sabes que hay un ahorro de costes en las materias primas. Pero no por eso deja de ser un producto adecuado. Nadie da duros a cuatro pesetas. Si el fabricante es sincero en el origen del descenso de costes, y es algo que se puede asumir, está bien. Cuando conviene, gastas más, y cuando conviene, gastas menos. El problema viene con los fabricantes y vendedores que pretenden que creas que compras jamón ibérico a precio de mortadela de la barata. Y es que eso no va así. Si te gusta la mortadela y es lo que te puedes permitir, disfrútala. Pero que no te engañen, ni te engañes a ti mismo.
En realidad, hoy no es el aniversario de este Cuaderno de ruta. Fue el miércoles. Pero esta semana ha sido un poquito estresante, he tenido que atender a múltiples cuestiones, y decidí no añadir a ese estrés la obligación de pensar o acordarme de comentar el aniversario de este blog como hago habitualmente cada año. No pasa nada por retrasarlo unos días, dejarlo para una tranquila mañana de domingo. Tanto más tranquila y relajada cuanto desde el viernes por la tarde estoy con un catarro que me tiene un poco pocho. Mi primera infección vírica en cuatro años. Es como si la temida pandemia producida por el SARS-CoV-2 hubiese alejado de mi todos los demás virus patógenos. No, covid-19 no es el nombre del virus, es el nombre de la enfermedad que produce. El nombre del virus es esa ensalada de letras que os he indicado. ¿O se decía sopa de letras? Bah,… da igual.
Me gusta recordar que el Cuaderno de ruta comenzó su andadura un 8 de febrero de 2005, con una entrada muy sencillita. Sus primeros años fueron en Blogger, donde abrí una cuenta en 2002, antes de que fuera comprada por Google. Pero en aquellos momentos no supe cómo iniciar y hacer funcionar aquello. Creo que para llevar un blog, o una bitácora como decíamos con frecuencia entonces, hay que tener clara porqué quieres hacerlo y para qué. Si no, no tiene sentido. Lo de bitácora está mal dicho, por cierto. Llamarlo cuaderno de bitácora o cuaderno de navegación, por analogía con los de los barcos sí que me parece bien. Y de la expresión cuaderno de navegación vino que yo decidiera llamarlo Cuaderno de ruta. Mi propósito, el que hizo que al final se mantuviera durante estos 18 años, fue quitarme de encima el estrés cotidiano durante un ratito todos los días o la mayor parte de los días, dedicándome a escribir sobre algo, lo que fuera. Distinto de lo que en aquel entonces me llevaba por la calle del retortero, en un cierto sinvivir.
Otro propósito importante que me hice en aquel 8 de febrero de 2005 fue que en todas las entradas del blog incluiría al menos una fotografía realizada por mí mismo. Por aquel entonces ya usaba predominantemente la fotografía digital, por lo que no era complicado disponer de imágenes fotográficas nuevas, o de archivo, para mis entradas. Y esto fue un acierto. Porque me impulsó notablemente a hacer fotografías, y gracias a ello, en poco tiempo, mejoré y aprendí mucho. En un par de años tuve la sensación de avanzar mucho más de lo que había hecho en los años anteriores. Hoy, por ejemplo, tiro de archivo. Y, curiosamente, de fotografías realizadas con película tradicional. Las que hice en blanco y negro en Tokio en 2019, en un viaje en el que olvidé en casa la cámara compacta para hacer este tipo de fotos. Así que en la capital japonesa, para los últimos días del viaje, compré un par de cámaras de un solo uso. Y son unas fotos que siempre me han producido un sentimiento ambivalente, y las repaso y las vuelvo a procesar de vez en cuando, para ver cuánto soy capaz de exprimir los resultado de usar una cámara tan limitada en sus capacidades y en su definición óptica.
En mis capacidades fotográficas siempre he distinguido cuatro épocas. La primera, entre abril de 1989 y octubre de 1992, con mi primera cámara réflex, años en los que era muy entusiasta, pero estaba muy mal orientado. De vez en cuando había alguna foto maja, pero en general era una catástrofe. La segunda, entre octubre de 1992 y algún momento a finales de 1994 o principios de 1995. Gracias a los cursos que hice en Galería Spectrum, me orienté. Y supe dónde mirar para inspirarme en fotografía. Por lo que avancé muy deprisa. Después, entre principios de 1995 y septiembre de 2004 vino un tiempo donde hacía alguna foto maja que otra de vez en cuando, pero me estanqué en mi proceso. En el otoño de 2004, cuando me puse en serio con el mundo digital, y con el uso de aquellas mis primeras cámaras digitales de las que os he estado hablando últimamente, tanto aquí como en mi blog técnico (artículos antes de marzo de 2022), volví a progresar deprisa en un periodo que duró hasta un momento impreciso entre 2010 y 2012. Y después y hasta la fecha, otra época de progreso más lento, que poco a poco ha venido marcado por mi regreso a la película fotográfica tradicional.
En cualquier caso, como sucedía en aquel febrero de 2005, me sigue importando poco quién y cuántos me leen estas líneas. Sigo escribiéndolas más para mí que para cualquier otra persona. Aunque ciertamente me alegra cuando ciertas personas me comentan su contenido. Y lo que siempre me ha parecido curioso, no sé si les pasa a otros, los comentarios interesantes pocas veces aparecen en el propio blog, donde ese tipo de actividad es tremendamente escasa. Si directamente, a través de las mensajerías de las redes sociales o, para quienes me conocen en persona, tomando un chisme en una cafetería. Es algo esporádico. Pero muy satisfactorio. Ya merece la pena el esfuerzo. Hasta el año que viene.
Día triste para el cine. Me despierto esta mañana de sábado con la noticia del fallecimiento del director de cine y fotógrafo Carlos Saura (1932 – 2013). Así que tristeza por partida doble. A los 91 años. Con esas edades, no acabo de comulgar con esas manidas expresiones del tipo «una pérdida irremplazable para el mundo del cine y la fotografía» y cosas por el estilo. Es ley de vida que llegados a cierto punto dejamos de existir como seres conscientes. Pero nuestra aportación significativa a la sociedad humana, muy probablemente, ya había ido extinguiéndose tiempo atrás. Pero Saura nos ha dejado obra de sobras para entrar en un lugar destacado en la historia de la cultura por méritos propios. Y por lo tanto, por inevitable que sea la ausencia, no puede evitar dejar un poso de tristeza. Que la tierra le sea leve. Y como digo siempre, en el improbable caso de que exista una vida después de esta, que sea la de la tierra de las gentes del cine, con sus cosas buenas y sus cosas no tan buenas, y que allí nos encontremos todos y podamos seguir soñando.
Si sumas el hecho de que buena parte de la acción de la película transcurre en Berlín, con que hace pocos días os hablaba de una antigua cámara digital, Pentax *ist DS, con la que viajé a la capital alemana en 2007, algunas fotos de ese viaje son idóneas para ilustrar esta entrada.
Mientras, traigo aquí la última película de Todd Field, un director destacado, pero con sólo dos largometrajes previos en su haber. Y han pasado muchos años del último. Y que me gustaron mucho. Ambos. Sin embargo, esta película viene envuelta más en el aura del buen hacer de su protagonista femenina, protagonista absoluta más bien, Cate Blanchett, una de las posibles candidatas a ser considerada la mejor intérprete del momento, y una de las más destacadas de la historia del cine. No obstante, la película es algo más que el trabajo de Blanchett.
Blanchett encarna a Lydia Tár, nacida Linda Tarr, una ficticia directora de orquesta, muy prestigiosa, al frente de la Filarmónica de Berlín. En la cima de su carrera musical, los problemas de relación con su pareja (Nina Hoss), con su ayudante y eventual amante reciente (Noémie Merlant), con una nueva violonchelista de la orquesta (Sophie Kauer), y el suicidio de su anterior amante (Sylvia Flote), van a amenazar con hacer saltar por los aires la posición que ha alcanzado con su talento.
La película es de las que crecen en la memoria al pasar los días, conforme vas comprendiendo la profundidad de los temas, y lo rompedor del planteamiento de Field. Las cuestiones del abuso del poder, en el trabajo y en la cama, con las subordinadas, la prepotencia, la intransigencia ante las sensibilidades y la diversidad de las personas, el #metoo, la llamada «cultura de la cancelación» (qué poco me gusta esta expresión en castellano), tratados como temas en obras literarias y cinematográficas, ya no sorprenden como hace unos años. No hace mucho que vimos una estupenda película sobre estos temas. No sorprende cuando el protagonista es un hombre. Pero en este caso es una mujer. Y una mujer que es símbolo de los logros de las mujeres. Y el tratamiento de los temas dista de ser maniqueo. Las acciones de Tár chirrían como cuestionables, pero también lo son los argumentos o las actitudes de sus relaciones. No pocos de sus argumentos son plausibles, al mismo tiempo que sentimos un rechazo hacia su soberbia. Es un personaje complejo, donde pocas cosas son necesariamente lineales y evidentes, y que invita a la reflexión. Y aunque la interpretación de Blanchett, y del resto del reparto, es excelente, debemos a Field la excelente definición de caracteres, con su complejidad.
Una película con muchas más capas de las que aparenta, que conviene ver con calma, en silencio, y escuchando con finura. A la que hay que estar atento, y en la que conviene no olvidar que en un buen filme, no hay elementos superfluos en la narración, todo aquello que vemos… tarde o temprano reaparecerá y tendrá su razón de ser. Muy recomendable. En las proximidades de la obra maestra. Y reivindicable, más allá del trabajo interpretativo, por ser la obra de un cineasta extremadamente sólido.
Cuando vimos la apreciable adaptación de Kazuo Ishiguro del guion de Ikiru de Kurosawa, dediqué un buen rato de una tarde de fin de semana a repasar la vida y obra del escritor británico nacido en Nagasaki, Japón. Poco a poco me gustaría ir leyendo toda o buena parte de la obra de este escritor que me parece tan interesante desde diversos puntos de vista. Ya tengo en espera algún otro de sus libros para leer en cuanto encuentre un momento propicio. Pero lo que me llamó la atención es que tiene una hija, Naomi Ishiguro, una escritora joven de 30 años, que ya ha publicado dos libros, un libro de relatos y una novela, de 2020 y 2021 respectivamente, recientes, por lo que la escritora todavía está en el proceso de hacerse un nombre, más allá de ser hija de un premio Nobel en literatura.
La escritora parece que reside en Bath, o en esta ciudad ha pasado buena parte de su vida. Así que con una foto de esta ciudad y de otros lugares emblemáticos que recorrimos en esta parte del mundo en un viaje hace ya dieciséis años, ilustraré esta entrada.
Me entró la curiosidad y, puesto que las ediciones electrónicas de ambos en su idioma original, el inglés, son bastante económicas, decidí ir a por el libro de relatos, su ópera prima. No es que esté disponible todavía una traducción al castellano. Al parecer sólo se han traducido al italiano, aunque podría ser también a algún otro idioma, del que no me haya percatado. Lo fui empezando a leer a principios de enero, pero no conseguí coger carrerilla hasta el fin de semana largo que tuve a finales de ese mes, donde con ritmo llegué hasta el final.
El número de relatos de esta colección es amplio, y no voy a detallar argumentos o características de cada uno. Además, siendo bastante de ellos relativamente cortos, supondría desentrañar su contenido. El más prolongado, la historia del cazador de ratas, un peculiar cuento de reyes y princesas con un exterminador de ratas como principal personaje, por lo menos hasta cierto punto, está dividido en tres partes, que pueden tener cierta autonomía, aunque adquieren pleno sentido en su conjunto. Y de alguna forma, es el que se aleja más del conjunto de relatos. Porque casi todos ellos suceden en un mundo, un universo humano, que podríamos considerar el nuestro si no fuera porque hay detalles, o suceden cosas, que sin entrar en el terreno de la fantasía, se le aproximan. He leído alguna reseña del libro que habla de cierto surrealismo en los relatos de Ishiguro… no me atrevería a decir que sea así sistemáticamente, pero cierto simbolismo existe en algunas situaciones. En cualquier caso, los temas son actuales y reales. Desde la soledad de la persona, la amistad, la ruptura de una relación… hay cierta reflexión sobre los elementos alienantes de las sociedades humanas hacia las personas que las componen, y cómo las personas buscan reafirmarse a sí mismas en contra de esa tendencia alienante. Algunas tienen un tono optimista…. otras no.
Globalmente me parece una interesante colección de relatos, pero me parece claramente una obra temprana de una escritora que todavía está definiendo su estilo y sus temas. La escritora escribe bien, pero da la impresión a veces que todavía está ensayando un camino, una vía para acercarse a los temas que le preocupan, que son contemporáneos y apropiados para un intervalo de edades superior al que podríamos esperar por su edad, aunque los personajes adultos jóvenes puedan predominar. Está bien. No es brillante, pero me alegro de haber incursionado en esta escritora relativamente novel. Y que, esto es buena noticia, alcanzará un estilo propio, distinto del de su conocido y prestigioso padre. Todo indica que tiene una personalidad propia y que merece la oportunidad de alcanzar a un potencial público lector.
De vez en cuando me gusta trastear con cámaras para película instantánea. Por las limitaciones de este medio fotográfico, estás obligado a ser más creativo y más imaginativo para obtener resultados interesantes. A veces me salen, otras no. Pero sin duda es estimulante. Pero como este tipo de película es cara, la compro entre los productos reacondicionados de un conocido vendedor en internet. Y una de mis últimas experiencias… no fue nada bien. Las fotos las podéis ver en Desastre y alivio “intantáneos” – Polaroid Supercolor 635 con Polaroid 600 B&W y Color Round Frame.
Como las cosas no fueron bien, son las fotos en blanco y negro las incorrectas, me quedó la duda sobre porqué las fotos habían quedado «quemadas» como dice popularmente la gente. Sobreexpuestas. ¿O quizá incorrectamente reveladas? Empecé a pensar que la película no estaba en buenas condiciones. Tal vez por haber comprado barato, la cosa había ido mal. Y ahora, estaba en la necesidad de gastar otro cartucho de película para verificar donde podía estar el problema. «Comprar barato es comprar dos veces», dice el dicho popular.
Al final… no sé muy bien que pasó. La cámara funciona bien. El segundo cartucho de fotos, en color pero de la misma marca, también estaba comprado en los reacondicionados del comercio en línea, y quedó bien. Y ahora, después de haber investigado un poco, creo que puede deberse a las bajas temperaturas en las que se realizó el revelado instantáneo de las fotografías. Pero no estoy seguro. De momento, como ha sido un caso aislado, seguiré arriesgándome a «comprar barato», porque en el conjunto, aunque haya gastado un cartucho de más, me sigue saliendo a cuenta. Pero todos tenemos que saber qué arriesgamos cuando practicamos este tipo de compra. Por eso se dice que, cuando el trabajo fotográfico va en serio… usa los mejor que puedas y con productos frescos.
Estos días estoy realmente muy liado. La entrada de ayer mismo de este Cuaderno de ruta estaba programada desde el domingo, porque sabía que el martes iba a ser imposible. Y las fotografías para ilustrar las entradas de hoy también las preparé el domingo. Y me líe. Las preparé para unas series que no tocaban. Así que voy a hablar de las series que dejaba para la semana que viene… y la semana que viene… pues serán las que tocaban esta semana. En realidad, da igual. No pasa nada. Así que esta semana toca animación. Y alguna cosa que no es animación.
Unas vistas de Kyoto con un aspecto menos turístico de lo habitual servirán para ilustrar la entrada, especialmente pensando en la serie con la trama más basada en las peripecias cotidianas de las(os) amas(os) de casa.
En primer lugar, Dragon age: absolution es una serie estadounidense de animación original de Netflix, basada en un videojuego de rol ambientado en un medioevo fantástico. Ya sabéis… con elfos, magos, dragones y demás. Es una serie breve, de seis episodios de 30 minutos. Oficialmente, no está cancelada, así que podría haber más entregas en un futuro. Aunque la nacionalidad de la serie es norteamericana, y se nota que el movimiento de los labios de los caracteres se adaptan al diálogo en inglés, las tareas de producción y animación han recaído en gran medida en la industria surcoreana de la animación. La cuestión va de un grupito de proscritos de diversos orígenes, convertidos en ladrones, que se internan en el centro de poder de un imperio para un osado robo. Que no va del todo bien y acaba ocasionando la caída del imperio o algo parecido. En general es bastante entretenida, aunque en algún momento tiene un exceso de melodrama. Puede ser recomendable para quienes gusten de este género de animación… pero no tanto con carácter general, para todos los públicos. No me entusiasmó, pero no me arrepiento de haberla visto, y si hay temporadas futuras del mismo estilo, al fin y al cabo son tres horas de visualización, como una película larga, no descarto seguirlas.
Spriggan スプリガン es animación japonesa basada en manga, como tantas, estrenada en Netflix en forma de serie de seis episodios de 45 minutos de duración. Lo habitual en la plataforma son 12 episodios de 23 minutos… así que es parecido, aunque por la mayor duración de los episodios a mi no me encaja de la misma forma en mis rutinas. El manga ya fue objeto de una adaptación a película de animación en 1998. Está a medio camino entre la ciencia ficción y la fantasía. La premisa es que en la Tierra hubo una antigua civilización que desapareció y que dejó restos arqueológicos en forma de artefactos de tecnologías muy avanzadas y desconocidas, codiciadas por los ejércitos y servicios secretos de todo el mundo. Los protagonistas pertenecen a una organización localizada en Japón que los busca para evitar que caigan en malas manos y sean utilizados con fines aviesos. También es entretenida, pero sin entusiasmos. Mucha pirotecnia, muchas batallas, que intentan suavizar con humor, que a veces funciona bien, y otras… meh. Lo de los episodios largos no me gusta. Aunque como digo es entretenida, y me parece divertido que los yanquis sean los antagonistas, por no decir que los «malos» en algunas ocasiones. Pero ya veremos que pasa si ha futuras temporadas. No ha levantado pasiones.
Y la que definitivamente me ha divertido mucho ha sido Gokushufudō [極主夫道, el camino del amo de casa], titulado internacionalmente con su traducción más o menos literal en inglés The way of the Househusband. También está basado en un manga, y para mí es una parodia bastante inteligente y divertida, al mismo tiempo que apta para un público muy amplio demográficamente hablando, desde un público preadolescente a cualquier adulto. La premisa es la siguiente. Un antiguo sicario de la yakuza, tras un altercado en el que queda malherido, es socorrido por una joven que trabaja de diseñadora en una empresa. Y acaban casados. Pero es ella la que mantiene el matrimonio con su trabajo, mientras que el es amo de casa. Y a partir de ahí una serie de piezas breves de un par de minutos de duración en la que se nos cuentan los chascarrillos de la vida del antiguo yakuza reconvertido en amo de casa. Y en la que participan la esposa, por supuesto, las vecinas, los suegros, su antiguo compañero de yakuza, y otros miembros de otros clanes mafiosos. La terminación dō 道 [se pronuncia michi aisalada, camino, ruta, senda… ] aparece en muchas artes marciales y prácticas deportivas y artistas. Judō, camino de la flexibilidad, kendō, camino de la espada, bushidō, camino del samurai, kyudō, camino del arco, chadō, camino del té (ceremonia del té), kadō, camino de las flores (también conocido como ikebana)… Por lo tanto, el título de la serie forma parte de la parodia, al equiparar la actividad del amo de casa a estas prácticas de habilidades pero con un trasfondo filosófico. Aunque es criticada que su animación es poco depurada, muy estática, más como una sucesión de viñetas que como un auténtico anime bien desarrollado, la verdad es que yo me lo he pasado muy bien. Y me gustaría que hubiera más. Mi personaje favorito es Miku, la esposa del antiguo yakuza, que tiene momentos estupendos, además de ser una mujer muy maja en todos los sentidos positivos de la palabra.
Un derivado de esta es otra serie, de acción real, titulada de forma parecida, aunque en inglés aparece como The ingenuity of the househusband (El ingenio del amo de casa), diez episodios de cuatro o cinco minutos de duración. En ella, el actor de doblaje del protagonista de la serie de animación, Kenjirō Tsuda, hace de una versión ficticia de sí mismo en tareas de amo de casa, actuando con método y atención al detalle en sus tareas, aunque al final siempre hay algo que sale mal. Es simpática.
Hoy no hay fotocomentario, sólo fotos. Mi último artículo sobre «clásicos» digitales, “Clásicos” digitales (y IV) – Pentax *ist DS (anunciada en septiembre de 2004, comprada en junio de 2007), cámara digitales que tengo del año 2005 o anteriores, lo dejé programado el domingo para que apareciese hoy. Porque hoy tan apenas he tenido tiempo. Por eso, me limitaré a poner algunas de las fotos que he tomado recientemente con esa cámara de hace más de quince años.
Ya hace dos semanas que nos vimos la última película de Damien Chazelle. Teníamos muchas ganas de ver la nueva película del director que tan buen sabor de boca dejó con su nominadísima película a los Oscar. Y eso que los comentarios, las críticas y, por lo que leíamos, la recepción del público en Estados Unidos habían sido bastante más tibios. Pero justo cuando la vimos, nos enteramos de que en unos días llegaba el reestreno en la gran pantalla de la que puede que sea la película musical más famosa de la historia del cine, dirigida por Stanley Donen, con la codirección para los números musicales y las coreografías del protagonista de la película, Gene Kelly. Inmediatamente sentí la necesidad de comentar las dos películas a un tiempo. Porque si lo miras bien, no es que la película de Chazelle esté inspirada por la comedia musical de Donen y Kelly. Es que es la versión borde, descarnada y en forma de tragicomedia de aquella película.
No he visitado Los Ángeles aún… así que nos iremos a otra de las «Babilonias» norteamericanas, la del Times Square y Broadway de New York.
Ambas nos trasladan al Hollywood de finales de los años 20 del siglo XX, en la transición del cine mudo al cine sonoro, cuando se está gestando el sistema de los todopoderosos magnates al frente de los todopoderosos estudios de producción en el famoso barrio de Los Ángeles. Pero mientras que la versión de los conservadores y «limpios» años 50 del siglo XX es amable, con los brillantes colores del Technicolor, con gente maja, incluido el productor (Millard Mitchell), y a excepción de la bruja de voz de pito que es la «estrella consagrada» (Jean Hagen), en la visión de Chazelle Hollywood es la Babilonia bíblica, paradigma de la corrupción, los vicios y la depravación. Y donde no sobrevive el más apto, sino el que menos escrúpulos tiene. Una visión dura, desagradable en no pocas ocasiones, a pesar de que visualmente sea, diferente, pero tan brillante e interesante como lo fue en su momento el cantando bajo la lluvia de Kelly. ¿Todo limpio en la película de Donen y Kelly? Bueno,… quizá hoy, en tiempos del #metoo, tal vez no se vierade la misma forma y con tanto romance la relación de un todopoderoso galán cuarentón con una candidata a actriz (Debbie Reynolds) que apenas ha cumplido los veinte.
Ambas películas son brillantes en su realización, pero no necesariamente comparables. Estamos hablando de 70 años de diferencia entre ambas, con lo que eso significa de progreso técnico y de cambios en la concepción del rodaje de coreografías y grandes escenas. Poco tiene que ver a nivel formal el delirio bacanal del principio de la película de Chazelle con el prolongado número musical para lucimiento de las cualidades artísticas de Gene Kelly, en compañía de la siempre guapa y elegante Cyd Charisse. Reynolds cantaba… pero no era de acompañar en la danza a Kelly al nivel que este buscaba, por lo que metieron a Charisse con calzador en la película para mayor gloria del protagonista. Pero como muchos teóricos de la historia del arte han afirmado, el valor de la obra de arte hay que situarlo en el hic et nunc de la obra; el aquí y ahora, el lugar y el tiempo en el que se realizó. Y por ello, no es de extrañar que el musical del 52 sea considerado por muchos como una obra maestra.
En cuanto a la película de Chazelle, he de reconocer que crece en el recuerdo. La recepción habrá sido más fría que para La la land, y es comprensible porque, aunque trata algunos temas relacionados, es una película muy distinta. Esta película actual es amarga, trágica, esperanzadora en cuanto a la supervivencia del cine como séptimo arte, pero devastadora con frecuencia en sus efectos para las gentes que han trabajado en él. Empujada por unos intérpretes en estado de gracia absoluta, y me sumaré a la corriente de opinión de que Margot Robbie está suprema, esta mujer va a más cada película que hace, con una banda sonora tan fenomenal como lo son las de Chazelle, con un diseño de producción casi perfecto, no alcanza el grado de obra maestra, pero es una película absolutamente recomendable, incluso cuando se vuelve deliberadamente desagradable.
En Zaragoza, el clásico del año 1952 solo ha durado una semana en cartelera, por lo que es imposible ver la sesión doble en estos momentos. Siempre, a poder ser, en versión original. Pero recomiendo que si uno va a ver Babylon, que busca la forma de ver, o volver a ver para los más veteranos, Singin’ in the rain. La experiencia es mucho más rica. Y por supuesto, ambas son recomendables. Especialmente si uno se declara como amante del séptimo arte. Y siempre me hace mucha gracia que les de por traducir al castellano en los subtítulos, Cosme, el nombre en inglés, Cosmo, del cómico por excelencia que es Donald O’Connor. Y la traducción es correcta. Pero al personaje de Kelly, Don, no lo traducen como Donaldo, o al de Reynolds, Kathy, no lo traducen como Cata o Catalina.
No me voy a enrollar mucho. Especialmente porque no ando sobrado de tiempo esta mañana en la que tenía muchas cosas que hacer. Aunque como he madrugado un poquito, ya he avanzado bastante. Pero como una de ellas era escribir sobre mi experiencia sobre una fórmula de revelado de película para negativos en blanco y negro no recomendada en ninguna parte, como podéis leer en Revelado desatendido con SPUR Acurol-N – Pentax MX y Olympus mju-II con Ilford HP5 Plus, se me han ocurrido algunas reflexiones sobre las formas de hacer.
Hay dos formas de hacer. La de las personas más conservadoras, en un sentido psicológico o sociológico, no en un sentido político, que tienden a hacer las cosas según las normas. Según lo establecido. Manteniéndose a los cánones, al modo de toda la vida. Y luego están las personas más progresivas, menos conformistas, en ocasiones incluso transgresoras, que se niegan a aceptar el statu quo (Status quo es una banda de rock, no una expresión latina correcta), y que experimentan y cambian siempre que pueden. Mi posición está a medio camino, con cierta tendencia a aceptar las novedades por encima de atarme a los modos de siempre. Un tendencia muy acusada, si he de ser sincero. Creo que hay momentos en los que conviene seguir las normas, y otros en los que hay que romperlas.
Soy un chico de ciencias. Y frente a lo que creen muchos sobre las ciencias como verdades demostradas y establecidas en las leyes de la naturaleza, lo cierto es que el método científico lo que nos enseña es a ser escépticos, a poner en cuestión constantemente el conocimiento que tenemos sobre el mundo, y a proponer nuevas interpretaciones y nuevas formas de hacer. Pero no alocadamente, sino de forma racional. Si decidimos que hay algo que podemos cambiar, debemos explicar porqué. Qué es lo que no funciona bien. Qué puede hacerse mejor y en qué basamos nuestras propuestas. Hay que tener cuidado con los expertos. Con eso de que la experiencia es un grado. Por que puede haber expertos… en hacer las cosas de forma ineficiente, o con baja calidad, aunque sea la forma en que se ha hecho toda la vida. Trabajo en una administración pública, que suelen ser paradigmas en esto, aunque tengan otras virtudes que compensen. Pero esencialmente, creo que hay que buscar siempre nuevas formas de hacer, y experimentar de forma controlada, siempre bajo el principio de, ante todo, no hacer daño. Es algo que nos enseñan en las facultades de medicina, primum non nocere. Pero por favor, que esto nos estanque en un pasado obsoleto e ineficiente.
El martes pasado me fui a pasar el día a Madrid. Básicamente lo que he hecho en múltiples ocasiones con anterioridad. Por la mañana, cultura, visitando algunas exposiciones que pudieran interesarme. Aunque no es buena época. Ya me ha pasado con anterioridad que, a finales de enero o principios de febrero, muchos espacios expositivos importantes están en transición de las exposiciones ya finalizadas que han durado hasta después de las fechas navideñas y el principio de año y la inauguración de las exposiciones que estarán abiertas durante el principio o buena parte de la primavera. Luego, a comer y por la tarde en compañía de buenas gentes que me cuentan entre sus amigos. Sin hacer nada de especial. Comer, dar un paseo, tomar un café, seguir caminando, entrar en alguna tienda, tomar una cerveza de media tarde y volver a la estación.
Por primera vez no he dependido exclusivamente de Renfe para el viaje en tren. El regreso lo hice con Iryo, la compañía que ha traído a las líneas de alta velocidad española los Frecciarossa italianos. La experiencia en comodidad y servicio es similar, pero me el viaje de vuelta, en un horario que me convenía mucho, fue apreciablemente más barato que el viaje por la mañana con Renfe, y todavía más considerando los precios de los AVE de Renfe para el regreso en horarios similares. Y descubrí una página, Trenes.com, donde se pueden comprar de una tacada los billetes de ida y vuelta aun de distintas compañías. En un procedimiento más sencillo y rápido que con la página de Renfe… que es bastante mala. Y eso que esta página que os comento no siempre va bien…
Bueno, al grano. En cuestión de exposiciones, que es a lo que dediqué la mañana, lo principal es que dediqué un buen rato a la exposición Visiones expandidas – Fotografía y experimentación en Caixaforum Madrid. Una estupenda exposición en la que lo pasé muy bien, dedicada a la fotografía experimental, a los procesos alternativos. Solarizaciones, cianotipias, agresiones químicas y físicas de negativos o copias, estenopeicas, rayogramas, fotogramas, radiografías,… de todo lo que se os ocurra. Y con nombres prestigiosos; Man Ray, Moholy-Nagy, Thomas Ruff, Germaine Krull, Erwin Blumenfeld, Lisa Oppenheim, Brassaï, Gilbert & George, Claude Cahun, Constantin Brancusi, Olafur Eliasson,… Estos son quizá los nombre más conocidos entre otros muchos, que lo son menos, pero que no son menos interesantes. Exposición dividida en temas más que en técnicas. Luces, movimiento, alteraciones, anatomías, recrear mundos, o la visión a prueba, son los escuetos, pero sugerentes títulos de las diferentes secciones en las que se divide la exposición.
Para redondear la visita, compra del catálogo, un libro de excelente calidad que da para muchas horas de contemplación y lectura, a un precio razonable para la que ofrece, en la siempre interesante tienda-librería de Caixaforum Madrid. Al igual que la de Zaragoza, sucursal de Laie de Barcelona, pero incomparablemente mejor surtida, más librería y menos tienda de regalos que la del centro homónimo de nuestra ciudad. Después, antes de comer, un paseo por El Retiro, con entrada en el Palacio de Cristal, con unos montajes a base de espejos de Pauline Boudry y Renate Lorenz, y la exposición dedicada a Manolo Quejido, Distancia sin medida, en el Palacio de Velázquez, también dentro del famoso parque madrileño. Me gustó mucho esta última, y lo pasé bien jugando con los espejos del Palacio de Cristal. Sobre la tarde no voy a comentar mucho más… puesto que fueron unas horas más privadas, de estar con gente a la que habitualmente echo de menos.
Ya he roto la maldición lectora, y por fin enganché a leer algo en este 2023. La verdad es que los cuatro días de fiesta que tuve en torno al fin de semana pasado me relajaron bastante, y como viajé a un par de lugares, de uno de los viajes ya os he hablado, aproveché para leer algún rato en los trenes. El caso es que, además de lo de hoy, he leído ya alguna cosa más. Bien.
Lo de hoy es un poco anecdótico. O quizá no. Lo cierto es que me lo he pasado bien. Y probablemente también en el futuro, al menos un tiempo. Pero voy a explicarme desde el principio. Hace un par de sábados fuimos al cine a una matinal, de la que también os he hablado, pero antes quedamos tomar un desayuno, visitamos la exposición actual de grabados japoneses dedicados al invierno en el Museo de Zaragoza, y nos acercamos a mirar una cosa al Centro de Historias de la ciudad. Vamos, que no paramos. El caso es que mientras una de nuestras acompañantes hacía su recado en este último centro cultural, nos detuvimos a contemplar un mural en el que explicaban el proceso de creación del manga Dandadan ダンダダン, escrito e ilustrado por Yukinobu Tatsu.
Fotografías realizadas en la exposición de xilografías japonesas, que en gran medida pueden ser consideradas en algunos casos como antecedentes del manga japonés.
El caso es que nos hizo gracia, y estando pendiente un regalo al hijo de unos amigos, nos acercamos a una librería para ver si lo tenían. Y sí. Vendían los dos primeros volúmenes al precio de uno. Y como había tiempo antes de dárselos al chaval, me los leí. Y me lo pasé pipa. Entendámonos, es un shōnen manga 少年漫画, es decir, un manga cuyo grupo demográfico de interés es el de los adolescentes masculinos. Tiene mucha acción. Y siempre hay algo de fan service, aunque en esta ocasión es moderado y llevadero. El caso es que las aventuras de una gyaru ギャル de quince o dieciséis años, muy mona, que cree en espíritus y fantasmas, con un friqui de su misma clase, típico gafotas poco sociable, que cree en extraterrestres, son muy muy divertidas. Porque todo empieza por una apuesta mutua, ya que ella no cree en los extraterrestres, y él cree en espíritus y fantasmas. Y por supuesto los hay de los dos y en abundancia. Y la chica vive además con su abuela, que es médium, y que nadie cree que sea su abuela,… porque es joven y está muy buena. Pero lo es. Ah… y entre los dos, los adolescentes, surge por supuesto una tensión romanticosexual no resuelta.
Como he dicho, la lectura de estos libros era un hecho improbable, porque tienen un público muy definido, que no soy yo. Y además, estas historias suelen serializarse. Y si tienen éxito, durar una eternidad. Por lo que nos enteramos, en Japón ya deben de haber salido al mercado como el doble o más de volúmenes. Y parece que durará un tiempo, porque ha tenido éxito. Y es que realmente es muy divertido. No me importaría ver una serie o película de animación bien hechas basada en estas aventuras. El chaval dice que va a seguir la serie, que sus padres se han comprometido a comprarle los siguientes, y que ya tiene los volúmenes 3 y 4, los últimos en castellano, y que me los prestará si quiero. Probablemente le acepte la oferta. Pero no esperéis que siga comentando los libritos… puesto que lo que había que decir, ya está dicho.
Es muy rara la ocasión en la que incluyo un cortometraje en mi base de datos de estrenos y películas vistas por primera vez en salas de cine. Hace tiempo que los cortometrajes se vieron expulsados de las salas de cine. Sólo en ocasiones puntuales acceden a este privilegio. Por lo tanto, si algún estreno veo que pueda encajar por algún motivo en mi base de datos, ha de ser en la pequeña pantalla. Por coincidencia, en los últimos días he visto dos de ellos que creo puede entrar. Os lo cuento.
Encontré la recomendación sobre este cortometraje firmado por la italiana Alice Rohrwacher en un blog sobre cine y serie,… que cada vez me convence menos. Pero continuo siguiéndolo porque de vez en cuando es útil, como en esta ocasión. Podéis encontrar el corto en el catálogo de Disney+… y a pesar de que se trata de una historia con niñas y en Navidad… me parece el lugar más insospechado para encontrar una obra como esta.
Algunas instantáneas de las calles de Bolonia, para ilustrar esta entrada en la que pasearemos por las calles de esta ciudad italiana, si vemos uno de los cortometrajes recomendados.
En un orfanato de niñas, en una ciudad italiana, está rodada en Bolonia, regentado por monjas católicas, llega la Navidad en tiempos de guerra, Segunda guerra mundial, y de carencias. Monjas rácanas, que explotan a las niñas, aprovechando la ignorancia de los fieles supersticiosos. Unas niñas que obedecen a las monjas, hasta que una pequeña que asume que si las monjas dicen que es mala, pues será mala, ocasionará una disrupción en la vida del orfanato con la llegada de un gran pastel, durante la más triste comida de Navidad que os podáis encontrar.
Lejos de las formas amables propias de Disney a la hora de mostrar el «espíritu de la Navidad», Rohrwacher mete el dedo en el ojo de muchos con este cuento con niñas encantadoras, que con frecuencia y gran habilidad rompen la cuarta pared para comunicarse con sus canciones directamente con el público. El fascismo, la hipocresía de las organizaciones religiosas, la frivolidad burguesa, la simplicidad de las gentes crédulas… una obra realizada con elegancia y gran precisión, pero con una fuerte carga crítica, ácida, pero pertinente. Muy recomendable.
Realizado por Sara Gunnarsdóttir sobre guion de Pamela Ribon que opta al Oscar al mejor corto de animación. Estaría basado en las experiencias de la propia Ribon, el personaje protagonista se llama Pam. Lo podéis ver libremente en Vimeo, aunque os tendréis que identificar, porque está calificado como de contenido para adultos, aunque me parece que su público diana más objetivo serían los adolescentes. Os lo dejo puesto aquí, por si se deja ver sin entrar en la plataforma directamente.
El cortometraje nos cuenta la aventuras y desventuras de una chica de quince años que ha decidido que ya es hora de perder la virginidad. Y lo hará contándonos sus cinco intentos, cuatro intencionados y el quinto más casual, en los que va optando por distintos chicos con distintas personalidades y características, a priori ideales,… pero luego no tanto, mientras de fondo se encuentra la presencia del chico con el que salió y rompió, pero que sigue cerca de ella.
Con una animación muy dinámica, que va modificando su estilo según las situaciones, con un relato animado, muy entretenido, más teniendo en cuenta que todo se resuelve en veinticinco minutos, nos encontramos con una historia que en realidad resulta muy moralista y, hasta cierto punto, relativamente conservadora. No está mal, ya lo digo, y no sé cómo resultará en su carrera hacia el premio gordo, pero no me parece tan rompedora como para la califique como para «adultos» o como para despertar tanto entusiasmo como las recomendaciones que leí sobre ella. Aunque en general, sí que es recomendable.