Segunda de las tres entradas que estoy dedicando a las fotografías con película fotográfica tradicional del viaje en el día que hice a Barcelona a principios del mes de marzo. En esta ocasión, el rollo de película para negativos en color, una emulsión que nunca había usado, cuyas características técnicas y procesado en detalle podéis encontrar en Viaje en el día a Barcelona (II) – Leica M6 con Cinestill 400D. Si todo va bien, el sábado la tercera y última parte. Si no algo no va bien… pues ya llegará.
Desconozco hasta que punto los niños españoles de las últimas décadas están familiarizados con los libros de Dr. Seuss, el nom de plume de Theodor Seuss Geissel, escritor e ilustrador estadounidense cuya obra abarca una buena parte del siglo XX. Cuando yo era niño, este autor ya era famoso en su país, pero nunca tuve contacto con sus libros. Mis primeras noticias sobre él vinieron de la mano de las adaptaciones cinematográficas de algunas de sus historias.
Siendo un autor muy prolífico, leía hace poco un artículo sobre algunos de sus libros más famosos. No guardé el enlace y ahora no lo encuentro, así que lamentablemente no os puedo remitiros al mismo. Y me llamó la atención que hablaba sobre uno de sus libros para primeros lectores, Green eggs and ham. La historia contenida en este libro para escolares de los primeros cursos de la educación primaria, cuando se inician en la lectura, sólo utiliza 50 palabras en su original en inglés. Desconozco si su traducción al castellano habrá condicionado alguna variación en esta cifra. Es uno de los libros que he leído para realizar esta entrada.
Me he puesto un poco trascendente en esta entrada, cuando los libros de los que hablo son divertidos y alegres. Por eso, la ilustraré con los bonitos colores de la primavera que ya está entre nosotros.
Las 50 palabras son a, am, and, anywhere, are, be, boat, box, car, could, dark, do, eat, eggs, fox, goat, good, green, ham, here, house, I, if, in, let, like, may, me, mouse, not, on, or, rain, Sam, say, see, so, thank, that, the, them, there, they, train, tree, try, will, with, would, y you. Todas menos anywhere son monosílabos. Sip… ya se que para los hispanohablantes palabras como house o mouse o goat o there parecen tener más de una sílaba… pero todo indica que los anglófonos cuentan las sílabas por la fonética de las palabras y no por su ortografía. En castellano, fonética y ortografía van mucho mucho mucho más de la mano que en inglés,… cuya fonética es espantosa a la hora de estudiar el idioma. Siempre ha sido lo que más me ha limitado en el progreso de ese idioma.
Sin embar, los huevos verdes fueron precedidos por The cat in the hat. Un libro que salió de un reto entre el escritor y un amigo suyo en el que este le propuso que escribiera una historia basada en la lista de palabras que un escolar de 6 años debía saber. La lista publicada por las autoridades educativas correspondientes tenía 348 palabras. El autor debía utilizar 223 de esas palabras. Al final, utilizó trece palabras más, un total de 236, para escribir una historia ilustrada que, estando dentro de los estándares educativos del momento, fuese divertida y atractiva para el escolar. Vamos… la idea revolucionaria de que el escolar se lo pasase bien al mismo tiempo que aprendía a leer. ¡Qué cosas, no!
He de decir que el contexto y la idea, que surgieron a finales de los años 50 en Estados Unidos, me parecen lógicas. Casi diría obvias. Porque yo siempre he disfrutado de la lectura. He de decir que mis padres se pasaron por el forro cualquier recomendación pedagógica, suponiendo que las hubiera en la España franquista de finales de los años 60 del siglo XX, y me enseñaron a leer por su cuenta antes de que lo hicieran en la escuela. Y con éxito. Cuando tenía 6 años, edad para la que van dirigidos estos libros, leía con afán textos bastante más complejos en vocabulario. Dejando de lado que en castellano la frecuencia de monosílabos con significado semántico importante es mucho menos frecuente que en inglés. Comparemos ahora la lista de palabras de los huevos verdes con la traducción de las palabras al castellano; a (un), am (soy), and (y), anywhere (en cualquier lado), are (son), be (ser), boat (bote), box (caja), car (auto), could (podría), dark (oscuro), do (hacer), eat (comer), eggs (huevos), fox (zorro), goat (cabra), good (bueno), green (verde), ham (jamón), here (aquí), house (casa), I (yo), if (si), in (en), let (dejar), like (gustar), may (puede), me (yo), mouse (ratón), not (no), on (sobre), or (o), rain (lluvia), Sam, say (decir), see (ver), so (tan/así), thank (gracias), that (que), the (la/el), them (ellos), there (allí), they (ellos), train (tren), tree (árbol), try (probar), will (podrías), with (con), would (haría), you (tú/vos/usted). Como vemos… sale un texto mucho más complejo de leer, con sílabas complejas en algún caso.
Desconozco cuáles son las tendencias actuales en pedagogía y técnicas de enseñanza/aprendizaje lector. Pero sí que se algo. Para muchos escolares, leer es una especie de castigo. Una obligación desagradable. Algo que les aburre. Algo que, en un mundo de continuos estímulos audiovisuales, en muchas ocasiones ven como innecesario. Y sin embargo, estoy convencido que la lectura frecuente y con buena comprensión es una condición necesaria para ser libre. Ser libre es tener la capacidad de tomar decisiones éticamente apoyadas. Es decir, fruto de unos valores, de una información y de una reflexión. En algunas decisiones sencillas estos tres elementos son inaparentes. Pero en decisiones complejas, las que realmente vienen determinadas por nuestro nivel de libertad, son fundamentales. Para adquirir información válida de un modo analítico y crítico, debemos leer. Y debemos saber leer bien, en profundidad. En nuestra sociedad, nuestra libertad viene más condicionada por la capacidad de discernir que por otra cosa. Pero la ausencia de hábitos lectores elimina la capacidad crítica de muchos, que se verán influenciados por una prensa, unos medios audiovisuales y una clase política que se orientan con frecuencia hacia los populismos más aberrantes. Quizá por ello quieren controlar el sistema educativo, mutilándolo con frecuencia. Es mejor lidiar con una población que no lee.
Estreno directo en plataforma en línea, en Apple TV, con un reparto que llama mucho la atención, que resulta muy atractivo. Quizá por eso, había leído algunos comentarios y críticas elogiosas para esta película dirigida por Benjamin Caron, un director que tiene en su haber buenos trabajos de dirección en el ámbito televisivo, en series de cierto prestigio y calidad. Pero claro, la función del director en televisión no tiene la misma importancia y trascendencia que en el cine. En cualquier caso, teniendo a mano la película en cualquier momento, y con estos antecedentes, era de casi obligada visualización.
En Nueva York, Manhattan, Tom (Justice Smith) regenta una librería de viejo donde un día entra una joven estudiante de doctorado, Sandra (Briana Middleton), en busca de un libro. Tras una breve interacción, ambos se atraen, se invitan a salir y empiezan una romántica y bonita relación… que acabará brusca y desagradablemente ante la incomprensión de Tom. Pero es que nadie es lo que parece en este romance y en esta historia. Ese es el primer episodio de varios, no necesariamente lineales en el tiempo, que en su conjunto nos hablará de una historia de pícaros, embaucadores (título de la película en español), traiciones y romances, más o menos sinceros.
Nueva York, claro. Pronto espero añadir otra ciudad de los EE.UU. a mi fototeca particular. Ya iré contando.
La película es calificada por algunos como neonoir, es decir, revisitar el género negro, pero con un toque contemporáneo, de modernidad. Está los personajes típicos, la mujer fatal, la fulana, el pícaro, el millonario, el primo… pero con aire postmoderno y con apartamentos de alto standing, decorados a la última, con vistas a Central Park. La película tiene los mimbres, tiene el reparto, y tiene la competencia técnica para que todo junto salga un historia entretenida y bien hecha, que deje buen recuerdo. Sin embargo… a la película le falta alma. Al final resulta que los personajes, su peripecia, te importa un rábano. Es todo tan frío y delineado con precisión que no te enganchas a ninguno de ellos. Y encima… se hace previsible.
Entendámonos. No es ninguna catástrofe. Es entretenida. Si tienes un abono a la plataforma y un par de horas en la que no sabes qué ver, o qué hacer, te ayudará a rellenarlas con dignidad. Pero no dejará poso ni recuerdo. Los intérpretes, Julianne Moore, Sebastian Stan, John Lithgow, además de los mencionados, tienen oficio, pero están lejos de sus mejores trabajos. Cumplen, sin más. Y como he dicho, el director tiene saber artesano, pero no le veo toque de autor, una personalidad propia. En fin. Un entretenimiento válido. Pero olvidable. Sin más.
Primera de las tres entradas que dedicaré a las fotografías con película fotográfica tradicional del viaje en el día que hice a Barcelona a principios del mes de marzo. En esta ocasión, el rollo de película para negativos en blanco y negro cuyas características técnicas y procesado en detalle podéis encontrar en Viaje en el día a Barcelona (I) – Minox 35 GT-E con Fujifilm Neopan 100 Acros II. En próximos días detallaré las fotografías procedentes de negativos en color.
No sé si el título de la entrada es correcto, porque hay fotógrafos contemporáneos que son clásicos en activo. Pero es para dar una idea de que hoy traigo auténticos clásicos de la historia de la fotografía, al mismo tiempo que interesantes fotógrafos contemporáneos a los que les queda todavía mucho que decir.
Stephen Shore es sin duda un clásico. Pero todavía en activo. Uno de los fotógrafos norteamericanos que han explorado el concepto de paisaje alterado por el ser humano, que tanto me atrae. Y además un estudioso y un pedagogo de la fotografía. Qué más podemos querer. En Aesthetica Magazine nos traen una serie de Shore que no conocía y que me ha parecido interesante, cuando decidió montarse en avioneta y fotografiar el paisaje de su país desde el aire. Siempre interesante.
Clásica entre los fotógrafos clásicos del siglo XX es Diane Arbus. Mujer de vida compleja que tuvo una forma peculiar de mirar a los seres humanos. Especialmente a aquellos menos convencionales. Con sus fotografías en formato cuadrado, sencillas de composición, pero tremendamente expresivas. Muy capaz de mirar al fondo del alma humana. En estas fechas hubiera cumplido 100 años (nació el 14 de marzo de 1923), aunque se suicidó cuando sólo tenía 48 años (el 26 de julio de 1971). En The Online Photographer nos han recordado el aniversario. En el mismo lugar realizaron un repaso a algunas de sus características, que la hicieron peculiar. Que nació rica, pero se preocupó por los pobres. Que fue amante de su hermano mayor, el poeta Howard Nemerov (esto fue revelado por el periodista Arthur Lubow en la biografía de la fotógrafa publicada en 2016, pero fuera de esta referencia… ). Que recibió las influencias de Berenice Abbott y Lisette Model, otras dos clásicas entre los clásicos. Que buscó la fama y el reconocimiento, pero que sólo los consiguió tras su muerte. Que fue una pintora de talento, pero no se conservan sus obras. Que planeo cuidadosamente su suicidio…
River of no return es una película protagonizada, un western, por Marylin Monroe y Robert Mitchum, más famosa por lo guapa que estaba la actriz y por la belleza de los paisajes, que por otras virtudes, en la que la actriz cantaba una bella canción con el mismo título, en una escena infame por la mala sincronización entre la boca de Marylin y la canción grabada en estudio y colocada encima de la filmación. Pero también es el nombre de una serie de la fotógrafa Laura McPhee (instagram), que ha aparecido en las páginas de Booooooom, en la que se analiza la interacción de una pequeña comunidad con su medio natural, un valle fluvial en algún lugar de Idaho. Y a mí me ha gustado un montón.
El autorretrato es una disciplina muy interesante, aunque en los últimos años banalidad por los selfis que la gente popularmente se hace con los teléfonos móviles. En Feature Shoot nos ofrecen un artículo en el que nos invitan a explorar el trabajo de seis fotógrafos que basan o basaron su actividad artística en el autorretrato. Así, nos invitan a conocer la obra de Victória Kollerová, Matthew Morrocco, Polly Penrose, Francesca Woodman (cómo no), Artem Humilevskyi y Noriko Yabu. Merece la pena dedicarles un rato.
Finalmente, una de las recomendaciones de Leire Etxazarra en su cuenta de Instagram. Se trata del trabajo de la israelí Michal Chelbin, que explora las cuestiones relacionadas con la pubertad y adolescencia, con todas las dudas y vacilaciones propias de la edad, sobre nuestra identidad y sobre nuestra relación con el entorno. Básicamente retratos, muy directos de los jóvenes retratos, pero no despojados de su entorno, recogidos en distintos países y sociedades del mundo. Sigo a esta fotógrafa en Instagram desde hace ya un tiempo. Me gusta mucho.
Dos series de animación japonesa en el que el terror y la fantasía tienen mucho que decir. Series que, a pesar del tradicional aspecto aniñado de los caracteres del manga en el que se basan y que se traslada a la animación, entran dentro del ámbito de la animación para adultos. O por lo menos para espectadores adolescentes, pero mayorcicos. Generalmente el anime se dirige a un público joven, pero no necesariamente infantil o adolescente. A pesar de lo que parezca.
Mi única experiencia en islas del mar interior de Seto fue la visita a Itsukushima, cerca de Hiroshima, en 2014. Pero ya me vale para ilustrar la entrada de hoy.
Junji Itō es un clásico en activo dentro del ámbito del manga japonés. Extremadamente prolífico, su especialidad es el horror y la fantasía terrorífica. A veces con saludables notas de humor. Humor negro, por supuesto. He leído alguna cosa de él y he dejado pendiente alguna otra. Pero he de reconocer el horror no es un género que me atraiga mucho, y me cuesta leerlo. Recientemente, hace unos meses ya, llegó a Netflix la antología Itō Junji Maniac [伊藤潤二『マニアック』], que en la versión en castellano alarga su título como Junji Ito Maniac: Relatos japoneses de lo macabro. Como digo es una antología. Cada episodio, hasta un total de 12, contiene una o dos historias independientes y autocontenidas, todas en el ámbito del género fantástico, pero siempre orientado al horror. Incluye fragmentos o interpretaciones de algunas de las obras más características y conocidas del mangaka. A mí me ha resultado irregular y con una animación no especialmente inspirada. He aguantado hasta el final, pero, ante una posible segunda temporada, no tengo claro que repita. Quizá… lo dicho. El horror no es lo mío.
Como ya comenté la semana pasada a propósito de los dramas coreanos, Disney Plus a través de Star, va incluyendo en su catálogo series de otros países y otros géneros, también anime. Y leí recientemente críticas muy elogiosas de Summer time rendering[サマータイムレンダ, Samā Taimu Renda en japonés], que es muy valorada en diversas plataformas. El promedio de los votantes de IMDb se sitúa en 8,2/10 por ejemplo, que no está nada mal. Basada también en un manga de éxito, se mueve en el género del suspense sobrenatural. Combina en una misma aventura la existencia de monstruos bastante aterradores, por sus efectos más que por su aspecto, bucles en el tiempo, mucha acción y un entorno global que camina por el límite entre el fantástico de inspiración en la mitología nipona y la ciencia ficción. En la historia, un joven universitario huérfano que abandonó su pequeña localidad natalidad en una isla del mar interior de Seto para irse a estudiar a Tokio, vuelve a la isla para el funeral de la hija mayor de la familia que lo acogió como un hijo más tras la muerte de sus padres. La chica, de su edad, ha muerto ahogada. Pero al llegar a la isla, empezará a notar cosas raras. Y pronto, junto con sus antiguos amigos de la isla, mas una escritora de éxito que también abandonó el lugar tiempo atrás, se verá luchando en una aventura desesperada contra unas misteriosas sombras que quieren acabar con todos los habitantes de la isla en el festival anual del templo sintoísta del lugar. En lo positivo, la animación es de gran calidad, de lo mejor que he visto en la animación televisiva, que suele estar siempre un paso por debajo de la animación cinematográfica. También la concepción general de la aventura… que nadie olvide que a mí me suelen gustar los viajes o los bucles en el tiempo. En lo negativo, las «reglas» del universo en el que transcurre la acción están un poco embrolladas y a veces parece que se van inventando sobre la marcha, lo cual siempre me resulta tramposo. Esto lleva a que, tras unos primeros episodios muy divertidos, la serie tiene una sección central embrollada, con poca progresión real en la acción, hasta que esta vuelve a coger carrerilla de nuevo, con unos cinco o seis episodios finales también muy entretenidos. Está bien, en general. Pero sobra en la práctica algún bucle en el tiempo, y se podría haber contado la misma historia en la mitad de extensión.
Vivo en una ciudad con más de dos milenios de historia. Con una continuidad de gobierno municipal de más desde el 740 ab urbe condita, también conocido como 14 AEC, en la que fue fundada Colonia Caesaraugusta como colonia inmune, es decir, ciudad de ciudadanos romanos libres de pagar impuestos a Roma y con capacidad para acuñar moneda, si no he entendido mal el concepto. Es decir, aunque luego cambiasen los poderes que gobernaban el territorio, Roma (Colonia Caesaraugusta), reino visigodo (Cesaracosta), emirato/califato de Córdoba (Saraqusta), taifa de Saraqusta, reino de Aragón (Çaragoça), reino/repúblicas de España (Zaragoza)… la ciudad mantuvo una continuidad en su gobierno y en su organización, con las modificaciones progresivas fruto del avance de los tiempos. Y podríamos considerar que previamente a la fundación de Caesaraugusta, existió ahí la ciudad íbera de Salduie o Salluie, documentada desde el siglo III AEC, pero probablemente existente desde antes.
Dicho lo cual, Zaragoza, como ciudad antigua que es… ¿tiene rasgos en su personalidad, en su estructura, en su estética, que manifiesten este hecho? Estaba estos días observando algunas fotos realizadas en los últimos tiempos. En los que he usado películas de alta sensibilidad, para poder fotografiar con comodidad en las más oscuras callejuelas del llamado Casco Histórico, como las del rollo que presento en Nuevamente sensibilidades altas para todo uso – Minox 35 GT-E con Lomography Color Negative 800. Fotografías del invierno, cuando el sol no se eleva en exceso sobre el horizonte, y en cuanto se hecha alguna nube, o las calles son estrechas… pues la luz no sobra. Y esto siempre me genera una esquizofrenia «ciudadana». Como muchas ciudades de los países mediterráneos, los cascos históricos, ciudades históricas, cascos viejos, ciudades viejas… como las queramos llamar en cada una, son similares en muchos aspectos. Lo que domina es la estructura subyacente de la ciudad medieval. Y en ciudades relativamente grandes, esto supone un porcentaje muy pequeño de la ciudad total. Y en estos países, con veranos cálidos y sol radiante, a veces inclemente, estamos hablando de dédalos de calles estrechas, umbrías. Estemos en Zaragoza, Barcelona, Génova, Nápoles, Roma, Valencia, y muchas otras… el concepto es parecido. Otra cuestión es el estado de conservación de sus elementos estéticos y artísticos, y en qué medida se ha conservado una personalidad propia, distintiva. En Zaragoza, desgraciadamente, la piqueta destructora ha hecho estragos. Y, no obstante, también percibimos la base del trazado urbano romano, el origen de nuestra civilización. Puesto que al fin y al cabo, los zaragozanos comenzamos nuestra trayectoria como romanos… que no vivían en Roma.
Se atribuye con frecuencia a Pablo Picasso la frase «Los grandes artistas copia; los genios roban». O variantes parecidas. Esta frase (o sus variantes) también se han atribuido a otras figuras destacadas como Steve Jobs y otros. Pero parece que todas estas atribuciones son apócrifas. El concepto lleva bastante tiempo circulando, probablemente desde finales del siglo XIX, aunque existe cierta probabilidad de que originalmente no fuese así la frase. Al contrario, inicialmente admitiría que los grandes artistas o los genios imitasen o copiasen a sus influencias para superarlas, mientras que los artistas menores robasen directamente las ideas, sin más aportación. En cualquier caso, el concepto circula con frecuencia en textos de mayor o menos extensión, con mayores o menores pretensiones, dentro de los ámbitos del arte, el diseño o la creatividad de cualquier tipo en general.
En este contexto, desde hace unos años había encontrado referencias a este libro de Austin Kleon, publicado en su idioma original, el inglés, en 2012, hace poco más de 10 años solamente. Recientemente, me lo encontré recomendado por una fotógrafa de naturaleza, Emilie Talpin (instagram), cuyo canal de Youtube empecé a seguir recientemente.
Con tantas menciones al libro en cuestión, investigué su disponibilidad, y encontré que tiene un precio muy asequible en su traducción al castellano y en formato electrónico, así que lo compré. Y lo he leído. En pocos días. Con unas 120 páginas (en su versión papel), los textos están muy esponjados y se lee enseguida. Y es un conjunto de recomendaciones o propuestas para incentivar la creatividad y la inspiración del artista, el fotógrafo, el diseñador… o cualquier que sea tu profesión o tu afición de carácter creativo. Ya lo dice su subtítulo, «Las 10 cosas que nadie te ha dicho acerca de ser creativo»… lo cual no es cierto, porque los conceptos que aparecen no me resultaron nuevos, y son recomendaciones que expresadas de una forma u otra se encuentran presentes en la obra o en los comentarios de muchos artistas o estudiosos del arte. Me pareció mucho más interesante y con conceptos más ricos las reflexiones de Will Gompertz sobre la forma de pensar de los artistas.
¿Merece la pena el libro? Mmmmmm… no sé. Sólo hasta cierto punto. No me arrepiento… porque el coste de adquisición fue bajo. Pero esperaba más de un libro tan citado. Como digo, las propuestas de Kleon no me parecen originales, aunque sí está bien sistematizarlas y presentarlas relacionadas de una forma razonablemente coherente. No creo que vayan a darte la solución para iniciar una aventura creativa, o para romper un bloqueo creador o superar un síndrome del impostor. Pero sí que pueden ser una guía para organizar tu trabajo creativo, bien sea como profesional… o más bien, como aficionado a una actividad creativa. Por ejemplo, si tienes una afición como la fotografía, o decides retomar la práctica de un instrumento musical, en tu tiempo libre, te puede proporcionar sugerencias sobre como organizarte, y ayudarte a obtener ideas y dirección.
En la medida en que el coste es bajo, el esfuerzo de lectura tampoco es importante, y siempre lo puedes tener ahí para intentar sacar motivación en ocasiones, puede ser recomendable, especialmente si estás enfrentándote a tus primeros proyectos creativos. Para quien lleve ya tiempo dedicado a una actividad artística o creadora, creo que el interés es menor. Pero bueno. Ahí lo dejo.
Encontraréis esta película japonesa de estreno directo en plataforma dentro del catálogo de Netflix con los títulos en ingles, Call me Chihiro, o en castellano, Me llamo Chihiro. El título original es mucho más escueto; Chihiro (san es la partícula honorífica habitual para referirse a alguien en Japón). Dirigida por Rikiya Imaizumi, está basada en un manga para adultos, generalmente considerado en el género josei (女性), es decir, para mujeres adultas. Y cuando lo vi anunciado por primera vez me animó a pensar que tal vez rompiera la tendencia de películas decepcionantes de la plataforma. Porque las películas oscarizadas, en distintas categorías, son mucho menos frecuencia de lo que parece en Netflix.
La película nos habla de Chihiro/Aya (Kasumi Arimura), una mujer joven que trabaja en una ciudad pequeña costera como dependienta de un puesto de comida preparada, las fiambreras conocidas como bentō (弁当), tan populares (y tan ricas en muchas ocasiones) en el País del Sol Naciente. Pero lo que Chihiro no esconde, y todo el mundo sabe, es que durante buena parte de su juventud trabajó como prostituta. Guapa y simpática, es popular entre los vecinos y clientes. Y aunque vive sola, y es solitaria, nunca duda en ayudar de la forma que sea a aquellos con los que se encuentra, humanos o bichos, y que lo necesitan; ancianos sin techo, niños con madre soltera trabajadora a turnos imposibles, señoras enfermas que se están quedando ciegas, gatos callejeros, adolescentes con una familia perfecta incapaz de comunicarse con ellas, o viejas amigas transexuales que necesitan un poco de compañía.
Como en muchas películas japonesas, no parece pasar aparentemente nada. Es una película que nos presenta un pequeño intervalo en la vida de alguien, con los modestos sucesos cotidianos. Pero al mismo tiempo, Chihiro se convierte en una peculiar Marypoppins que parece que ha llegado al vecindario para traer un poco de alegría, comprensión y ayuda a personas con sus problemas cotidianos. Pero en lugar de encarnarse en la institutriz de una familia bien… pues eso, una antigua prostituta, a la que la vida no ha tratado especialmente bien. Algunos flashbacks nos permitirán conocer algo del pasado de la muer joven, cuando era adolescente y cuando se inició en la prostitución. La película tiene un claro componente social. La precariedad de los hogares monoparentales encabezados por mujeres de bajo nivel adquisitivo, la alienación de las familias, la soledad de personas mayores, la desatención de los sin hogar, los riesgos de las adolescentes que optan por escapar de su entorno, son temas que aparecen con frecuencia en la literatura y la ficción audiovisual nipona. Una sociedad altamente avanzada tecnológicamente, con un nivel de vida alta, tiene sin embargo algunas rémoras sociales importantes, en un país cuyos sistemas de soporte social no siempre funcionan como deberían.
Bien interpretada, con trabajos actorales contenidos, sobrios, pero expresivos, de pocas palabras, la película tiene mimbres para gustar mucho, siempre que estés dispuesto a entrar en estos particulares ritmos narrativos, tranquilos, en los que parece que no pasa nada, aunque en realidad hay muchas cosas en marcha, muy distintos del esquema tradicional de la narración occidental, con su presentación, nudo y desenlace, y abundante en acción. Sin embargo, hay elementos que no me acaban de encajar. Particularmente me resulta grimosa la empatía hacia el proxeneta que la empleó como siendo poco más que una adolescente. Nunca he tenido problemas para aceptar, respetar y reflexionar sobre lo que sucede con las mujeres que ejercen la prostitución. En su momento, por mi profesión me acerqué a ellas, conocí unas cuantas y, creo, entendí mejor su trasfondo. Pero nunca he soportado a los que se aprovechan de ellas, en mayor o menor medida, ni me caen bien sus clientes… que son muchos más de los que creemos. Pero en general me parece una película razonablemente recomendable.
Ciertamente, hoy tenía pensado para este Cuaderno de ruta un fotocomentario. Pero en primer lugar, no he hablado en mis páginas dedicadas a la técnica fotográfica de lo que pensaba hablar, sino del último cartucho de película instantánea que hice; en De paseo, de museo (o así), de viaje – Fujifilm Instax SQ6 con Instax Square Monochrome. El ritmo de publicación en una de mis cuentas de Instagram ha marcado la agenda. Pero es que, además, han surgido las noticias sobre los premios Oscar, que se entregaron ayer en Los Ángeles, esta madrugada en Zaragoza. Y cuando he llegado al trabajo, mientras nos poníamos a la tarea, han surgido comentarios de extrañeza por parte de algunos compañeros, que no habían acabado de entrar en la gran ganadora de los premios.
He de decir que la película ganadora, cuando la vi a principios de junio del año pasado, me gustó. Me lo pasé muy bien. Me pareció muy original. Y la pantalla se llena de gente que me cae muy bien; su protagonista, algunas de sus actrices secundarias, Tapón, el multiverso,… Y además, los temas que tratan me tocaron la fibra sensible. Porque detrás de lo que muchos creen ver como un desmadre divertido e ingenioso, se tratan temas de profundidad que nos afectan a todos. La buena ciencia ficción, o la buena fantasía, considerarlo como queráis, trata de los seres humanos y sus realidades actuales, en una estupenda paradoja que hace que el género de la ciencia ficción, y en ocasiones el de la fantasía, me parezcan… eso, estupendos.
Sin embargo, cuando la vi, nunca imaginé que ganaría un Oscar. Y mucho menos que ganaría 7 de los 11 premios Oscar a los que era candidata, entre ellos mejor película, mejor director, mejor guion original y tres de los cuatro premios de interpretación. La película más premiada desde 2009, año en el que Slumdog Millionaire ganó 8 de los 10 a los que era candidata. Pero aquellos ocho eran en su conjunto de menos prestigio, ya que no había ningún premio interpretativo. Coincidieron en «película», «director», «guion» (aunque en 2009 fue el «adaptado» y en 2023 ha sido el «original»), y montaje. Pero los otros cuatro de la película de Danny Boyle fueron técnicos, mientras que los otros tres de la película de los Daniel han sido interpretativos. Queda la duda de si la película resistirá el paso del tiempo, o quedará como una anécdota. Muchos se lo preguntan.
Otra cosa notable es el éxito de su productora, A24, que además de estos siete premios, hay que añadir el otro premio de interpretación a Brendan Frasier. No está mal para la que es considerada una productora independiente, menor, y que no está basada en Hollywood sino en Manhattan. Una productora que se ha caracterizado por arriesgar. Por hacer películas diferentes. Que no dejan indiferentes a los espectadores, independientemente de que gusten o no. Si se analiza la lista de películas que ha producido en 10 años de existencia… Pues es muy interesante y muy notable. Dicho lo cual… no creo que hubiera películas para arrasar este año. Y eso ha favorecido que una arrase. La siguiente más exitosa ha sido la nueva adaptación de una de mis novelas favoritas, especialmente entre las antibélicas. Que se ha llevado cuatro estatuillas. Y para su productora, Netflix, que además se ha llevado algo en el apartado de animación, ha supuesto quedar en segundo lugar. Lo cual no está mal. Aunque sea un Goliat frente al David que representa A24. Pero había cosas muy interesantes en otras películas que se han ido de vacío. Me alegro del premio para la película de Sarah Polley, un ejemplo de lo que digo, de que había cosas muy interesantes en otras películas. Alguna película, que hace unos meses se daba como una de las grandes favoritas, se ha ido totalmente de vació. Y alguna vaca sagrada de la interpretación… casi ni se ha enterado, aunque muchos la daban como segura hace unas semanas. Por no hablar de las películas que ni siquiera han estado presentes, cuando algo se merecía. Pero así son las cosas del cine y sus premios, oigan.
Cuando me he acercado a mis marcadores para ver qué recomendaciones fotográficas tenía para vosotros este domingo, me he llevado una sorpresa al encontrar sólo tres. Sí… en la cuestión del «sólo» vs «solo»… soy tildista. Qué se le va a hacer. En fin,… La sorpresa no tenía que ver con mi posición ortográfica, sino con mi sensación de que esta semana había recogido como mínimo media docena de recomendaciones. No sé muy bien dónde tengo la cabeza últimamente. Pero bueno, os comento las tres y las ilustro con las floraciones que han empezado a anunciar la llegada de la primavera en la ciudad.
En su cuenta en Instagram, Lerie Etxazarra nos sugiere un repaso a la obra de Tina Modotti. Nacida italiana, emigró con su familia a Estados Unidos, estableciéndose en California, en San Francisco. Se inició en la fotografía cuando posaba como modelo para Edward Weston (del que fue amante). Y llegado el momento puso su visión fotográfica al servicio de su compromiso político y revolucionario, trasladándose a Méjico, donde se relacionó con la nutrida y creativa élite artística de aquel país en los años 20 y 30 del siglo XX. Estuvo en España durante la Guerra civil. Y murió relativamente joven, con 45 años, de un ataque al corazón que a muchos les pareció sospechoso. Su fotografía es, claro está, muy comprometida políticamente, con una estética muy cuidada y una técnica muy precisa, en la que lo propagandístico no desmerece lo artístico. Si algo puede asegurarse es que no se aburrió en su relativamente corta vida.
En AnOther Magazine nos hablan de otro histórico de la fotografía, en esta ocasión de la fotografía de moda. Nunca he sido muy aficionado a este género, pero la perfección de Richard Avedon, uno de los grandes maestros del género, hace que te sientas atraído por su estilo y calidad, por unas fotografías que trasciende el género para ir más allá, para convertir el arte del retrato fotográfico en un arte supremo. Encabeza la entrada la emblemática fotografía de Nastassja Kinski a sus 20 años, desnuda, recostada, con un enorme ofidio que muestra sus bífida lengua junto a su rostro sereno. Pero ni de lejos es su mejor fotografía, su mejor retrato. Pero es que hay tantos…
Cuando nos hablan de los paisajes de las tierras y los océanos más allá de los círculos polares, suelen venirnos a la mente imágenes de paisajes blancos y azules, de nieve, hielo, cielo y mar, diáfanos, límpidos. Incluso cuando sirven para denunciar los efectos de la crisis climática tienen tienen esta estética. Sin embargo, las que nos han mostrado en Booooooom, trabajo Mustafah Abdulaziz (Instagram) son muy distintas. Neoyorquino basado en Berlín, premiado varias veces, su trabajo ha sido publicado en prestigiosas publicaciones de todo el mundo, y se centra con frecuencia en temas ambientales y etnográficos. En su serie sobre el ártico, sus imágenes, impresiones sobre papel washi japonés, tienen un aspecto sucio, con poco contraste, con escasa definición. A veces oscuras. Todo ello para reflejar las constantes agresiones a su ecosistema y a su existencia, casi siempre motivadas por la codicia de países y empresas. Muy interesante.
Ya leí previamente un ensayo de este filósofo germanocoreano. Aquel, dedicado a la estética en los tiempos contemporáneos. No estuvo mal, pero tampoco me entusiasmó. Bueno… estaba bien escrito. Pero sus tesis a veces me convencían… pero otras… no tanto. Recordemos que Byung-chul Han es un filósofo nacido en Corea del Sur, pero que se trasladó a Alemania a los 22 años después de un intento fallido de estudiar una ingeniería o algo así en su país de origen, para pasarse a una titulación en filosofía. Y desde entonces se estableció en el país europeo, donde se naturalizó, y donde ha escrito en alemán la mayor parte de su obra. Así que, aunque coreano de origen, podemos considerarlo más bien un filósofo alemán.
El autor del libro reside y trabaja en Berlín, pero en algún momento de su vida ha estado asociado con la ciudad suiza de Basilea; ciudad que posiblemente vuelva a visitar dentro de unas semanas… aunque todavía no está del todo definido lo que vamos a hacer en Semana Santa.
El ensayo que traigo aquí hoy no es difícil de leer. Un texto filosófico puede levantar barreras de rechazo en muchas personas. Entre lo mal que se enseñaba (o se enseña, no sé) la filosofía en España, y los prejuicios generados hacia estas materias… pues no suelen estar estas obras en las listas de más vendidos. Sin embargo, a mí me resulta muy asequible por varios motivos. Uno de ellos es que no es un libro muy extenso. Más bien cortito, por lo que se puede leer sin problemas. Si no fuese una edición electrónica, hablaríamos de unas 110 páginas. En segundo lugar, los temas que trata son muy actuales. Son cuestiones del mundo contemporáneo, relacionadas con el comportamiento de las personas y de los colectivos humanos en internet y en las redes sociales. Contrapone la llamada sociedad de masas con las redes sociales. Las masas se definieron entre finales del siglo XIX y durante las vanguardias del siglo XX, en las que la persona tiene su propia identidad en medio de la masa, pero no opinión propia, ya que se mueve al unísono con la masa, incluso se rebela con la masa, con unas ideologías bien definidas, aunque con frecuencia simples, sin matices, y con efectos adversos graves, dado que son propensas a fortalecer los populismos y, al cabo, los autoritarismos. En la red social, el individuo tiene su propia opinión, y tiene facilidad para expresarla, pero con frecuencia su identidad se pierde, se difumina, o directamente se mueve en el anonimato. El conjunto de la red social, el conjunto de los individuos en internet, no tiene una ideología definida. Ni siquiera es una suma de las ideologías individuales. A partir de estos principios, Han va haciendo repaso a distintos fenómenos de cómo se comporta el ser humano en las tecnologías de la información y sus repercusiones.
La tendencia de Byung-chul Han, como tengo la sensación de haber comprobado en los dos libros que le he leído, es a integrarse en esas tendencias de la postmodernidad, claramente anticientíficas y antitecnológicas, aunque vivan y se aprovechen de la ciencia y la tecnología. Tiene una clara tendencia a poner de manifiesto en exceso los efectos adversos de los avances científicos y tecnológicos, frente a los beneficios potenciales o reales de los mismos. Ahora bien, si en su libro sobre estética no siempre me convencían sus tesis, en esta ocasión sí identifico que mis percepciones sobre las redes sociales se encuentran mucho próximas a las del autor. Una de las cuestiones que tradicionalmente me ha molestado de internet y las redes sociales es el anonimato. La gente opina escondida detrás de pseudónimos, atrincherada en la seguridad de no ser reconocidos. Cuando en los años 90 del siglo XX y principios de los 2000 iniciaba mi participación en la red de redes, también usé eventualmente algún pseudónimo. Pero conforme maduré mis percepciones y mi ética en ese entorno, las fui abandonando. Y en general, en mi actividad en internet y las redes sociales me identifico como yo mismo. Pero ese abuso del anonimato tiene consecuencias como que nunca sigo o me hago «amigo» de alguien que no sé quien es a cierto nivel. Y efectivamente me preocupa la mala definición ideológica en las redes sociales.
Me molesta sobremanera el uso y abuso de filosofemas simples por parte de los participantes, frases autolimitadas, que suenan bien, que suenan profundas, de las que teóricamente se deriva una posición ideológica y una filosofía de vida, pero que muchas veces son mucho más superficiales de lo que parece, o la ideología derivada es mucho más peligrosa de lo que parece. Estos días atrás fue el Día Internacional de la Mujer, y no eran raras las expresiones feministas de mujeres que usaban filosofemas de este tipo, y cuyas derivadas eran mucho más conservadoras y antifeministas de lo que puedan imaginar. Pero sonaban bien. Suenan profundos. Esto es una ejemplo. Internet y las redes sociales pueden, o podrían ser, un espacio de debate y avance. Pero también son un espacio de difusión de la mentira (cansado ya de la expresión fake news) y de ideologías intolerantes y antidemocráticas. Y además están claramente dominadas por los intereses comerciales, que no son ideológicamente neutros. Por todo ello, este libro de Han me ha hecho pensar y, con ello, cumple plenamente su objetivo como ensayo filosófico, y lo considero muy recomendable.