Es un hecho que cuando vuelvo de un viaje, especialmente si es un viaje visualmente muy intenso y estimulante, durante una semanas permanezco en una especie de parálisis fotográfica. No veo nada, fotográficamente hablando. No se me ocurre nada. Es como si mi cerebro hubiese alcanzado un estado de saturación visual. Así que el fin de semana pasado cargué un par de carretes en sendas cámaras, uno de blanco y negro en la Pentax MX y otro de color en la Canon EOS 650 y me obligué a salir con ellas al mundo. Cuando el calor, muy intenso en los últimos días en Zaragoza lo permite. De momento con la MX… la otra todavía no se ha movido de casa.
Los detalles técnicos de la toma y el procesado de las fotos los encontraréis en el siguiente enlace: Un nueva mesa de luz, un carrete de HP5 Plus y la Pentax MX. Para los demás, para quienes no estéis interesado en la técnica, os dejo las fotos.
Comentaba recientemente la admisión como socia de Cristina de Middel en Magnum Photos. Pero no nos olvidemos que hace años que hay otra «Cristina» como socia de pleno derecho en la prestigiosa agencia. Recuerdo cuando hace ya sus buenos… ¿10 años?, sip… diez años,… me pasé por la galería que la agencia tiene, o tenía, cerca de Saint-Germain-des-Prés en París y tenían alguna copia de las fotografías de Cristina García Rodero a la venta. Mmmmm… no me decidía a comprar ninguna porque «no llevaba suelto en el bolsillo». En cualquier caso, en Hünter Art Magazine nos han recordado esta semana a esta excelente fotógrafa española, de mirada antropológica, que cualquier aficionado a la fotografía debe conocer y analizar.
Sigo explorando las posibilidades del blanco y negro en mis fotografías digitales de mi reciente viaje a China. En esta ocasión en las montañas de Huangshan.
En Feature Shoot han publicado un interesante ensayo sobre el impacto que unas fotografías publicitaria de moda tuvo en su momento, en los años sesenta. 1964 por ser precisos. William Claxton fotografió a la modelo, y su esposa, Peggy Moffit luciendo una de las recientes creaciones del diseñador Rudi Gernreich, el monokini. Un bañador de una pieza que dejaba los pechos al descubierto. No. No se parece a un bikini que se lleva sin la parte superior. Se parece más a un traje de baño tradicional de una pieza, pero que no cubría adecuadamente los pechos de la mujer. Causo sensación y escándalo. L’Osservatore Romano, periódico del Vaticano, a Izvestia, uno de los periódicos de mayor difusión en la Unión Soviética, el uno invocando a Cristo y el otro a Marx, enemigos naturales entre sí, se pusieron de acuerdo para condenar la pieza, la fotografía y a sus protagonistas. Sin embargo, esta impactó y es una de las referencias a la hora de establecer los cambios en la moda y en la percepción de las mujeres, de su libertad sexual, en los convulsos sesenta. No obstante, hoy en día siguen fuertes aquellos que odian los pezones de las mujeres. O simplemente a las mujeres. Con Zuckerberg y sus redes sociales a la cabeza… por ejemplo.
Photolari es un proyecto de un par de periodistas que tratan de salir adelante informando sobre fotografía. Son majetes, pero limitados en medios… y a veces, en visión. Pero bueno. No es de ellos de quienes quiero hablar. El caso es que esta semana publicaban un artículo con una anécdota bastante graciosa sobre cuando Diane Arbus fotografió a una ya septuagenaria Mae West… y a esta no le gustaron las fotos. Arbus tenía la manía de hacer unos retratos muy directos, que mostraban de forma a veces cruda la realidad física y psicológica del retratado. No voy a repetir la anécdota aquí, leedla en las páginas de Photolari. Me llamó la atención porque el estilo de la entrada no es el habitual en esas páginas. Luego vi al pie de la misma que es Leire Etxazarra, la redactora de Cartier-Bresson no es un reloj, un blog que no me cansaré nunca de recomendar. Son buenos; están documentados y escriben bien.
En Plataforma de Arte Contemporáneo nos hablaron esta semana de la artista china Cui Xiuwen. Una artista que comenzó como pintora, pero que acabó utilizando principalmente la fotografía y el vídeo como elementos de expresión. Yo recordaba de ella su obra Sanjie, una representación de la última cena de Da Vinci, una composición de fotografías de una adolescente china vestida con el uniforme de los pioneros. Sus obras son conceptuales, muy simbólicas, sobre la situación de la mujer y de la sociedad china. Y estoy de acuerdo con quienes opinan que fue una artista muy valiente. No olvidemos, parece que a muchos sectores de la sociedad, incluidos los políticos de todo signo, que China es una férrea dictadura, carente de libertades, cosa que parecen olvidar los representantes de las «democracias» a la hora de hacer negocios con el gobierno chino. Como veréis, he utilizado la forma verbal «fue», preterito perfecto simple, porque Cui Xiuwen falleció el año pasado. Una pena. Aun no había cumplido los cincuenta años, y podría haber aportado mucho más. Os dejo un vídeo muy interesante de la Schoeni Art Gallery (sí… la galería ha suspendido «temporalmente sus operaciones, físicamente se encuentra en Hong Kong, pero en la página web sigue habiendo contenidos), que nos ayudará a entender mejor a la artista.
Y me despido con el homenaje que aparece en Booooooom del fotógrafo Frédéric Tougas (instagram) a las 100 vistas de Edo de Hiroshige, pero en visión moderna y fotográfica. Porque a estas alturas todavía no hemos decidido las vacaciones de otoño. Y aunque Japón, y Tokio, actual nombre de Edo, parecía descartado, vuelve a estar entre las posibilidades.
En los últimos días, ni hemos tenido tiempo u ocasión para ir a las salas de cine, ni la cartelera ha estado lo suficientemente atractiva como para que nos esforzáramos en encontrar tiempo o buscar la ocasión. Si a eso sumamos la pereza que da salir de casa en determinados días por el excesivo calor que padecemos… pues la solución a la dosis semanal de cine de estreno puede pasar por los servicios de bajo demanda, por las producciones exclusivas de algunos de estos. Así que vamos con dos de ellas.
La comedia romántica es, desde hace mucho más tiempo de lo que parece, un género en decadencia. Es cierto que las taquillas acompañaron durante unas década a estas películas. Pero no podían esconder que eran producciones estereotipadas, prefabricadas, que recurrían sistemáticamente a las mismas fórmulas. Previsibles, poco a poco han ido perdiendo el favor del público, aunque siempre haya espectadores dispuestos a merendarse una tontada romanticona mientras se empachan de palomitas. Hete aquí que Netflix empezó a nutrir su fondo de producciones originales propias con algunas de estas. Yo, remiso a tropezar de nuevo en la piedra de los caminos trillados, he evitado muchas de estas. Pero de repente empecé a leer hace unas semanas reseñas sobre esta comedia usamericana, firmada por Nahnatchka Khan (desconocida para mí), con un reparto donde predominan los intérpretes de origen asiático, como una película que tenía cierto interés. Así que cogí, y en la sobremesa del domingo, después de haber pedido para compartir una ración de yakisoba y sashimi, nos dispusimos divertirnos con ella.
Si la primera película va de asiáticos… pues viajaremos fotográficamente a Asia, a China. Si la segunda película está rodada en blanco y negro,… pues lo mismo.
La cosa va de una chica de origen vietnamita, Sasha Tran (Ali Wong), que se ha convertido en una chef de éxito, que se reencuentra con un viejo amigo de la infancia de origen coreano, Marcus Kim (Randall Park), cuando vuelve a San Francisco para abrir una sucursal de su cadena de restaurantes. De niños y adolescentes fueron inseparables, pero al llegar el final de la adolescencia, cuando decidieron dar un paso más en la relación, no funcionó. Y a partir de ahí llevaron vidas separadas. Obviamente… el reencuentro…
Bien. Escribir 1000 veces en la pizarra, «no te fíes de los listos que pontifican sobre cine actual en internet». Esta comedia romántica es de una mediocridad pasmosa. Los dos protagonistas no son desconocidos para mí, me los he encontrado aquí y allá en producciones televisivas, generalmente haciendo trabajos razonablemente competentes. Pero aquí no pueden superar la avalancha de lugares comunes y previsibilidad, con unos gags pretendidamente cómicos que no funcionan.
Un producto prefabricado más en el ámbito de la comedia romántica, que lo único que me despierta es las sospechas de que muchos de estos individuos o individuas que opinan por ahí estén untados por las cadenas. No recomendable salvo para partidarios acérrimos de este género que quizá se sientan a gusto viendo lo de siempre.
Si la anterior era una película claramente comercial, en la que habíamos puesto erróneamente cierta esperanza de encontrar algo de calidad, aquí nos encontramos con una propuesta muy diferente. Estamos ante la última película de Isabel Coixet, directora española que siempre ha aspirado a hacerse un hueco entre los más prestigiosos directores de esos que hacen el llamado «cine de autor». En sus inicios parecía que llevaba el buen camino, y tengo recuerdos de un par de sus películas que realmente me parecieron excelentes. Pero luego… tengo la sensación de que se esfuerza tanto de las formas, que olvida dotal de fondo y alma a sus películas. Me ha pasado con varias.
Y aquí la tenemos de pronto, estrenando en Netflix, en blanco y negro, a lo Cuarón, con una de las tantas producciones que se presentan en esta cadena sobre tema LGTBI+ (espero no dejarme ninguna palabra, no quiero excluir a nadie). Y lo hace rescatando una crónica de la sección de sucesos en el cambio del siglo XIX a XX, cuando la noticia de que dos mujeres se habían casado (por la iglesia, porque era la única forma en la práctica en aquellos momentos), haciéndose pasar una de ellas por un hombre. La película se «inspira» en hechos reales. Obviamente, ese «inspira» ya nos va a indicar que se va a tomar muchas libertades con lo que sucedió entre Elisa Sánchez Lóriga, alias Mario Sánchez (Natalia de Molina) y Marcela Gracia Ibeas (Greta Fernández) en un periodo más o menos conocido que abarcó desde que se conocieron en 1885 hasta que se les pierde el rastro en 1909. Como veis, un período de 24 años, que no se corresponde con el paso interno del tiempo de la película.
La película se nos presenta como una representación de la intolerancia ante el amor homosexual (estamos en Galicia en el salto del siglo XIX al XX,… ¡qué diablos se podía esperar!; si estaban en su conjunto como sociedad más para dar pena que para ser criticados), mezclada con una serie de escenas de cama que, dada la época, resultan algo inverosímiles o forzadas. El guion es flojo; con tendencia al aburrimiento. El blanco y negro apenas se justifica, no es la mejor fotografía en blanco y negro que te puedes encontrar y, como he leído por ahí, más parece propia de un anuncio de perfumes que de un intento de recuperar un ambiente histórico y social. Nuevamente, Coixet se pierde en las formas descuidando por completo el ritmo y la emoción de la historia, o definiendo un enfoque claro sobre lo que nos quiere hablar.
Dicho lo cual, nos quedaba la esperanza de que las dos actrices pudieran salvar la papeleta. Pero no funcionan. De Molina no acaba de convencerme en sus capacidades interpretativas, no es la primera vez que me pasa, más que interpretar parece que declama o recita sus papeles. Y Greta Fernández, una joven actriz con pedigree familiar, presenta mejores maneras, se le ve más natural en su papel, pero no basta para levantar el conjunto, ni de lejos.
Película con pretensiones, que fracasa, desde mi punto de vista estrepitosamente, en contar una historia que enganche al público. Coixet sigue fallando en lo básico. Era mucho más interesante cuando rodaba cutre, pero tenía algo que contar con sustancia. Una pena. Oportunidad perdida. Nop. Coixet no es Cuarón.
Esta semana vamos con dos (o tres cosas) muy distintas. Vamos por lo serio y trascendente. Pero vamos también por lo lúdico.
Estoy poniendo a prueba HBO más allá del mes de prueba que ofrecen. Si hay algo innegable es que esta cadena tiene un catálogo de producciones para televisión de altísima calidad, que van mucho más allá que las aventuras «tronadas» de moda en los últimos años. Y si dicen que como muestra basta un botón, expresión con la que sinceramente nunca he estado de acuerdo, hace un par de semanas me merendé Chernobyl. Miniserie que si bien está producida para la cadena americana, tiene un sabor muy europeo, con tres intérpretes principales de la talla de Jared Harris, Stellan Skarsgård y Emily Watson, acompañados de un reparto de secundarios poco conocidos pero de gran nivel actoral. Como su propio título sugieres, en cinco intensos capítulos nos narra la catástrofe nuclear de la llamada central nuclear de Chernóbil, gran desastre ambiental, económico y humano, que cobró un peaje en vidas humanas difícilmente evaluable, pero que superan las 31 víctimas reconocidas oficialmente por las autoridades soviéticas en varios órdenes de magnitud, hasta los varios miles. La serie no sólo está excelentemente interpretada y ambientada, sino que además explica de forma muy didáctica cómo se produjo la catástrofe. Dejando claro que la causa última de esta estuvo en el muy deficiente funcionamiento de la estructura burocrática estatal soviética, carente de mecanismos compensatorios por el hecho de ser un régimen dictatorial y, por lo tanto, con un nivel mayor o menos de corrupción global del sistema. No es que sea una serie recomendable. Es una serie IMPRESCINDIBLE.
Fotográficamente, dejaré de lado las tragedias, y pondremos unas cuantas potenciales «misu Shārokku», en un país tan tradicional como es Japón, donde el escalón social y económico entre hombres y mujeres es increible e injustificablemente alto para un país con su nivel de desarrollo.
Como consecuencia, me sentí atraído a volver a ver otra producción de la casa, también de gran influencia británica, que ya pude ver de estreno hace un buen montón de años en el extinto Canal Plus. Se trata de Conspiracy, titulado en español con el título más sensacionalista de La solución final. El que probablemente sea el mejor trabajo actoral de Kenneth Branagh reconstruye lo que pudo suceder en la llamada Conferencia de Wansee a partir de la única copia que se recuperó de las transcripciones de la reunión, en la que se discutieron los aspectos prácticos del exterminio de ciudadanos europeos judios en todo el continente sometido al nazismo durante la Segunda Guerra Mundial. Otro ejemplo de burocracia dictatorial, en esta ocasión impulsada tristemente al «éxito» por la eficiencia en ingeniería de los alemanes, así como por el fanatismo de los mismos, que antepusieron el odio hacia determinados colectivos a su necesidad de ganar la guerra. Hay momentos que te ponen los pelos como escarpias. Altamente recomendable también.
Así que después de estas dos producciones, necesité algo más ligero. Y lo encontré dentro de la propia HBO, en la que deber ser la única producción de HBO Asia programada en las plataformas occidentales, Miss Sherlock [ミス・シャーロック ( Misu Shārokku)]. Encarnada por la actriz Takeuchi Yūko, encontramos a una versión femenina del clásico detective británico que, aunque manteniendo las características esenciales del mismo, su femineidad y su japonesidad le otorgan un carácter diferenciador y, desde mi punto de vista, refrescante. Es una detective excéntrica, ciertamente, pero que carece el envaramiento del tradicional que siempre me ha producido cierto rechazo hacia el personaje. Por su puesto, si el Holmes tradicional no tenía sentido sin su compañero «humano» el doctor Watson, su versión femenina y nipona tiene su propia compañera, Wato-san (Kanjiya Shihori), doctora en medicina que ha regresado de ejercer como voluntaria en el conflicto armado en Siria y afectada por un trastorno de estrés postraumático. Quizá no alcance al nivel de las recientes versiones televisivas modernizadas del personaje, pero como digo sí que tiene cierto interés y sí que aportar cosas nuevas al personaje, sobre todo en el ámbito de la compasión hacia sus semejantes, aunque se esconda bajo la fachada de alguien que lidia con el hecho de ser «diferente».
Como nota graciosa, la actriz que hace de casera de «Shārokku» y Wato-san, Itō Ran, formó parte de un trío femenino de música pop en los 70 que tienen algunos temas muy divertidos. O dejo con uno de sus vídeos. Es la cantante principal, la del centro. Hoy en día una señora de… bueno… 45 años más, claro.
Encontré este libro de Murata Sayaka recomendado mientras hojeaba algunas entradas de blogs diversos. Un libro que venía precedido de haber recibido algún que otro premio de cierto prestigio en su país de origen. Vi que no era muy extenso, lo cual me interesaba en ese momento y decidí adquirirlo.
Pasearemos por Kioto, para ilustrar una novela que transcurre en Japón… aunque probablemente sea Tokio la ciudad donde pasan las cosas. Es la ciudad más grande y, por lo tanto, la más deshumanizada y alienante.
Primero, una explicación. En Asia oriental, son frecuentes, muy frecuentes, las tiendas de conveniencia abiertas 24 horas al día, los 365 días del año. En España no son tan frecuentes. En mi ciudad, Zaragoza, tan apenas hay. Con esos horarios, prácticamente sólo están las tiendas de las gasolineras, que son lo más parecido que hay. Hay alguna otra tienda de alguna cadena, pero con horarios amplios pero no ininterrumpidos. Y en cualquier caso, carecen por completo de la omnipresencia que tienen en los países asiáticos. Cadenas como 7-eleven, Lawson, FamilyMart, y otras están por todos lados. Con algo de comida, bebida, revistas, productos para la higiene, cajero automático, y algunas otras cosas que en un momento dado son de utilidad, tienen gran éxito. Como viajero por aquellos lugares, son un verdadero alivio. Te sacan de cualquier apuro en un momento. En Japón son omnipresentes. Corea del Sur y Hong Kong también tienen redes muy amplias. Taiwan también está muy bien surtida. En la China continental son algo menos frecuentes, pero también hay bastantes.
En Japón se las conoce como konbini [de コンビニエンスストア konbiniensu sutoa, del inglés convenience store]. Y en ellas suelen trabajar chicos y chicas jóvenes, probablemente estudiantes que se ganan algún dinero trabajando a tiempo parcial en ellas, o a la espera de que les surja un empleo más interesante. La protagonista de la novela, Keiko, tuvo problemas de adaptación social desde niña. Excesivamente franca, directa y sincera, tuvo que aprender a disimular y, fijándose en la conducta de otros, ser «normal». A los 18 años, mientras estudiaba, entró a trabajar en una konbini a tiempo parcial, y ahí sigue otros 18 años más tarde. Pero lo que era normal en una chica universitaria, no se percibe como tal en una mujer hecha y derecha en la mitad de sus treintas.
Murata nos plantea una crítica profunda a una sociedad que prescribe y determina los roles sociales de las personas, especialmente de las mujeres, de quienes se espera unos comportamientos «acordes con su edad y condición», en cada momento. Ahora toca estudiar, ahora puedes sacarte unas perrillas en una konbini, ahora te buscas un trabajo serio, ahora un novio, dejas el trabajo y tienes hijos,… Quien se sale de este guion preestablecido acaba siendo visto como «no normal». Sus familias, sus amistades se extrañan. En un momento dado, si toca tener una familia, se sienten más aliviadas si la ven emparejada con un cretino que si mantiene su independencia haciendo lo que prefiere o lo que quiere. Y todo ello, planteado en un relato que tiene una precisión milimétrica, como la de la rutina de Keiko en la tienda. Relato que puede verse tanto como una comedia satírica o irónica, como un drama, en algún momento como una tragedia cotidiana. La inmersión en una soledad que nos aliena desde el mostrador de la caja de una tienda en un distrito de oficinas.
El libro se lee enseguida. Me hace gracia ver que en algún sitio la definen como «una crítica velada a la sociedad actual». De velada nada. Es una crítica directa y ácida. Y hasta cierto punto desesperanzada. Los nipones son especialistas en poner en solfa la sociedad alienante en la que viven utilizando cualquier género de relato. Esta novela corta deja un regusto amargo. No porque esté mal escrita, al contrario, es muy recomendable; mucho. Sino por la desesperanza que como digo te deja cuando la terminas.
Este jueves pasado, día 27 de junio, cuando ya asomaba la sofocante ola de calor que nos atenaza estos días, se inauguraba en la Lonja de Zaragoza la exposición Creadores de conciencia DKV, en la que la fundación destinada a gestionar las actividades de responsabilidad social de esta aseguradora, nos muestra una amplia selección de fotografías de sus fondos, dedicadas a los fotoperiodistas españoles, o que desarrollan su actividad en relación con nuestro país. Cuarenta fotógrafos y fotógrafas distintos, tres fotografías cada uno,… iba a decir aquellos de «una diversidad de estilos», pero la verdad es que aunque la hay, menos de lo que esperaba. Parece que para unos tiempos determinados los fotoperiodistas hace fotografías relativamente parecidas unos de otros, y ese es quizá el único pero de esta exposición, que por lo demás está muy bien. Por lo menos que sirva para concienciarnos de la necesidad de que alguien haga este trabajo. Y que no basta con que haya alguien por donde está sucediendo la noticia, con un móvil en la mano, que haga y mande un foto más o menos churrutera al medio de comunicación de turno, que se quiere ahorrar con la excusa los justos emolumentos del fotógrafo. Es triste ver cómo muchos de estos fotoperiodistas tienen que irse al extranjero para poder vender sus trabajos.
Hablando de fotógrafos españoles a los que les va bien en el extranjero. Diversos medios nos cuentan que Cristina de Middel ha subido un escalón den el escalafón de Magnum Photos. Por ejemplo, lo han contado en Clavoardiendo Magazine. Tras dos años como candidata, en la última reunión de socios de la agencia, tras presentar 65 imágenes realizadas en los dos últimos años, ha pasado a ser fotógrafa asociada. Dentro de dos años, podrá optar a ser miembro de pleno derecho. En la mayor parte de los países del mundo, sus compatriotas lo habrían celebrado de forma relativamente unánime. Pero Iberia la Vieja se ha caracterizado tradicionalmente por sus actitudes caínitas. Y los comentarios han sido para todos los gustos. Un cierto número son comentarios mesurados sobre los pros y los contras del trabajo de «la de Middel», como se llama así misma en su página web. Pero hay un número no desdeñable que abarcan desde «un nuevo triunfo para las mujeres española en la semana de la sentencia de la Manada» ¡¡¡qué tendrá que ver el tocino con la velociada???, hasta el crítico que tras desacalificar por completo el trabajo de la fotógrafa, critica hasta el dominio de su página web,… lademiddel.com. No le gustarán estas confianzas que se toman algunos con la peña… supongo. En fin, que un mesurado, «te podrá gustar más o menos su trabajo, pero alegrémonos de los éxitos de nuestros profesionales de la fotografía», parece lo menos frecuente. Y es donde estoy yo.
El San Francisco Museun of Modern Art (SFMoMA), un museo que tal vez visite en un futuro, más pronto de lo que imaginaba, ha subido a su canal de Youtube dos vídeos esta semana dedicado a Araki Nobuyoshi. Y digo yo… que podría haberse adelantado un poco, y hubieran encajado estupendamente en las recomendaciones de este jueves pasado, donde hablaba de fotografía japonesa o relacionada con Japón en general… por ejemplo este vídeo…
Por cierto que, no voy a visitar Japón de nuevo como pronto hasta la primavera que viene. Definitivamente, no este otoño. Pero también me hubieran venido bien estos vídeos para las recomendaciones del domingo pasado, en el que hablaba del libro que reúne dos de sus más célebres e interesantes trabajos, Sentimental Journey y Winter Journey. Como hace también este otro vídeo en el que el propio Araki nos habla de esos «viajes» con Yoko, su tempranamente fallecida esposa.
En Plataforma de Arte Contemporáneo dedicaron hace pocos días una entrada a Margaret Bourke-White, a la que definen como primera mujer correponsal de guerra, primera mujer fotógrafa que trabajo para la revista Life, primera mujer occidental a la que se permitió fotografiar la industria soviética… En fin, una mujer de récord. Y una excelente fotógrafa, que conviene conocer, como una de las figuras que es de la historia de la fotografía universal.
Por último, una historia que leí en Cartier-Bresson no es un reloj. Nos hablaron hace unos dáis del libro Alex & Me, un fotolibro de James Pfaff de un viaje por carretera que el fotógrafo realizó con la mujer de la que estaba enamorado, Alex, durante dos semanas, por Estados Unidos, poco después de conocerse. Pero el viaje terminó mal, se separaron en malos términos. Por lo tanto es una historia de amor y desamor, bajo la forma de cuaderno de apuntes de un viaje más que otra cosa. Me ha entrado ganas de tenerlo. Ya veremos. Nuevo está agotado, y de segunda mano no es barato. Este tipo de proyectos sencillos y muy personales me atraen más últimamente que los libracos dedicados a la obra de los autores consagrados, o simplemente presuntuosos. De alguna forma, veo paralelismos (y notables diferencias) con el Sentimental Journey de Araki.
Estamos en el mes/semana/día del Orgullo. No sé exactamente el intervalo temporal que abarca esta celebración, todos ellos se pueden leer en las noticias, que comenzó como revuelta allá por 1969, hace 50 años, en el Greenwich Village de Nueva York, ante el acoso policial hacia el coletivo gai y otros colectivos relacionados con la diversidad en la orientación sexual y en la identidad del género que es propia del género humano, pese a lo que piensen aquellos sectores más conservadores de la sociedad. Como consecuencia de la progresiva liberalización del pensamiento, de las legislaciones y de las costumbres, cada vez hay más oportunidades para contar las historias de estos colectivos. En plural. Porque la diversidad humana se da en cualquier grupo, y las etiquetas cerradas corren el riesgo de poner siempre nuevas barreras. Nuevamente, los colectivos más conservadores de la sociedad se quejan de que en la actualidad los temas sobre la diversidad en la orientación sexual y la identidad de género están sobrerrepresentados. Bueno, no nos olvidemos que cuando se nos cuenta una historia de ficción, en los libros, en la televisión, en el cine, en el teatro, esta implica siempre un conflicto que desencadena el movimiento de esa historia de ficción. Y los colectivos de los que hablamos hoy no han andado escasos de conflictos; por lo tanto, probablemente no, no están excesivamente representados en la ficción cinematográfica.
La coqueta población de Culross, en el estuario del Forth, nos servirá para representar a la Escocia rural en la que transcurre la historia de la película de hoy.
Y en estas estamos con esta película británica firmada por Annabel Jankel, directora poco prolífica de la que yo no tenía referencias. Pero el reparto parecía razonablemente prometedor. Con Anna Paquin en el papel de la doctora Jean Markham, que vuelve a su pueblo natal en Escocia tras la muerte de su padre, para hacerse caso de su casa y de su consulta, y Holliday Grainger encarnando a Lydia, una joven madre de la posguerra mundial, con un hijo a su cargo (Gregor Selkirk), cuyo marido los ha abandonado para irse con otra mujer, ocasionando dificultades en su mantenimiento económico, y un cierto rechazo del resto del pueblo que ven en Lydia una extraña, alguien que no es del pueblo. Ambas mujeres se acercarán en sus dificultades, y entre ellas surgirá una atracción que complicará más la situación en una sociedad cerrada, rural, muy conservadora, en esa posguerra británica tintada de un horrible color gris mediocre.
Con la buena mano que tienen los británicos para las películas de época, con el buen oficio que tienen los intérpretes británicos, a poco que el guion estuviera un poco esmerado la película tenía que funcionar razonablemente bien. Sin embargo, no es así. La película es previsible, los personajes son superficiales, las situaciones son tópicas, y todo está tan milimétricamente organizado en el desarrollo de la historia, que falta corazón o hígados, según lo que toque en cada momento. No basta que haya una historia de amor entre dos mujeres, tiene que haber algo más a la hora de contarla para que interese, que una sucesión de lugares comunes, que tiene al final algo de pastiche, cuando se mezcla con una tremenda secuencia de un aborto provocado, que siendo de lo más interesante del filme, también se siente como forzado y un tanto sensacionalista. Ahí podría haber otra historia interesante, la de la joven Annie (Lauren Lyle), que se debería de contar con esmero y cuidado y no como oportuno (u oportunista) recurso argumental para ajustar el discutible final de la película por el lado de la doctora Markham.
Así pues, aunque correctamente interpretada, esta película está dirigida con oficio pero sin alma, y la historia acaba discurriendo sin pena ni gloria, con alguna escena de carácter preternatural con el tema de las abejitas, que te deja incómodo, ya que actúa prácticamente como un deus ex-machina que acaba por sacarte de la historia. Una historia que merecía mejor tratamiento.
Normalmente suelo reservar mis recomendaciones fotográficas para la tranquilidad de los domingos por la mañana. Y de hecho, tengo algunos marcadores guardados que, tal vez, si no surge otra cuestión más interesante, sirvan para hablar de otras recomendaciones fotográficas al final de la semana. Pero un par de cuestiones me han impulsado a escribir las de hoy.
Terminada la maquetación de los libros de fotografía de mi reciente viaje a China, he empezado a investigar el rendimiento de algunas de las fotografías digitales reveladas en blanco y negro. Y lo cierto es que me parece un camino interesante para algunas de ellas.
Aunque no ha llegado todavía el momento de hablar sobre ella, estoy bastante impactado por la serie de HBO Chernobyl. Una serie superlativa. Una obra maestra del medio televisivo. Y al mismo tiempo, una obra maestra del medio cinematográfico, aunque este reservada a la pequeña pantalla. En las series televisivas, la autoría se la suele llevar un señor que no es el director de la serie, al contrario de lo que sucede en el cine. Es el creador de la serie, un señor que luego aparecerá en los créditos como productor ejecutivo o entre los guionistas, aunque cada vez con más frecuencia aparece bajo ese epígrafe de creador. Entre los angloparlantes es frecuente oír hablar de él como showrunner. El director de una serie suele ser múltiple; cada episodio puede tener un director distinto. Y es una labor más artesana que en las producciones para la gran pantalla. No se le reconoce la autoría de la producción. Aunque conforme aumenta la complejidad de las series de televisión, su papel se vuelve más importante. Los cinco episodios de esta serie han sido dirigidos por el mismo director, Johan Renck, un sueco que ha desarrollado su carrera en la televisión, los vídeos musicales y la publicidad. Pero Renck también es fotógrafo. Y recientemente, con motivo del lanzamiento al mercado de los nuevos productos de Hasselblad, esta marca ha publicado un artículo con fotografías de rodaje de Renck de la serie Chernobyl. Y están muy bien, y recogen perfectamente el ambiente de la serie, cuyo director de fotografía es Jakob Ihre. Otro sueco. En la página web de Renck encontramos más ejemplos de su trabajo fotográfico, que principalmente se desarrolla en el ámbito de la fotografía comercial de publicidad y moda. No soy muy dado a publicar recomendaciones procedentes de las páginas comerciales de las marcas de equipos, pero en esta ocasión… me parece oportuna la excepción.
Llevamos unos días debatiendo el segundo turno de vacaciones que disfrutaré a primeros de octubre. Hace tiempo que llevamos hablando de volver a Japón. Pero no lo tenía yo previsto para este año. Ya hemos viajado a Asia, a China. No tenemos una idea clara, al menos todavía, de qué haríamos, aunque por motivo que puedo comentar tendríamos que pasar algunos días en Osaka. Y también está la cuestión de que me desequilibra un poco el presupuesto personal destinado a viajes. China es bastante más barato que Japón. Pero el tema está encima de la mesa. Lo cual ha coincidido con el acceso a varios enlaces en los que se relaciona la fotografía y el país nipón, como para tentarme. Voy a comentar algunos.
En Feature Shoot nos hablan de la fotógrafa Michiko Chiyoda, tanto sus serenas series en blanco y negro, que aportan notables dosis de nostalgia hacia el Japón más tradicional, vemos fotografías en color, en una serie dedicada a la caligrafía tradicional. En cualquier caso, me parecen fotografías bellas, poéticas y una autora a seguir con atención.
Otra fotógrafa, que me llamó la atención en una entrada de Phases Magazine. Se trata de Mayumi Suzuki. Es hija y nieta de fotógrafos que mantuvieron durante décadas su estudio fotográfico en Onagawa, su ciudad natal. El tsunami de 2011 destruyó la ciudad y sus padres desaparecieron. Su fotografía, con cámara de campo de gran formato, está muy ligada al territorio y a las relaciones familiares.
Cuando fotografía y literatura se funden en una misma obra, generalmente, aunque no necesariamente, un libro, suelen salir trabajos muy interesante. Elizabeth Avedon nos habla en una entrada reciente de su blog de Kwaidan, en la que se combinan las historias fantasmales de los primeros años del siglo XX de Lafcadio Hearn con las fotografías del fotógrafo actual pero de estilo tradicional Hiroshi Watanabe. Un libro que no me importaría tener.
Masahisa Fukase fue un fotógrafo japonés conocido por su tendencia a la obsesión. Se obsesionó por los gatos. Se obsesionó por su segunda mujer, Yoko Wanibe (también aquí y aquí), que acabó abandonándolo harta de esa obsesión. Y como consecuencia del duelo por el abandono, se obsesionó por los cuervos, fotografías que constituyen su trabajo más celebre. Aunque también el que le llevó a un final trágico. De todo ello nos hablan, y lo explican muy bien, en Cartier-Bresson es un reloj.
Por último, me ha llamado el artículo que en Old Skull han dedicado a las fotografías que del viaje a Tokio hicieron Damjan Cvetkov Dimitrov y Nina Geometrieva. Alojados en un hotel cápsula, dedicaron su viaje al Tokio más futurista, a la arquitectura más moderna. Quizá también la más deshumanizada. País de contrastes se suele denominar a Japón (y a tantos otros). Pero esos contrastes quizá sean más notables en la capital.
Una de las cuestiones que ha cambiado en las vacaciones y con los servicios de televisión de vídeo bajo demanda es que uno puede seguir viendo algunas series cuando está de viajes. Entendámonos. Cuando salgo de viaje me desentiendo mucho de mis actividades cotidianas. Pero en viajes largos hay muchas horas muertas. Y no siempre tienes ganas de conversar con las personas que te acompañan; también pasamos muchas horas juntos durante las vacaciones y tenemos necesidad de hacer algunos descansos unos de otros, por el bien del ambiente vacacional global. Y luego, a mí me pasa una cosa. Cuando llegas al alojamiento por la noche, especialmente si el día ha sido intenso, con abundantes estímulos, por muy cansado que esté, me cuesta conciliar el sueño. Aunque luego caiga en coma y duerma de tirón toda la noche. Para todos estos momentos que he descrito, viene bien poder disponer de episodios de series a mano.
Hoy viajaremos por Finlandia como en una de las series de hoy. Aunque en verano. Que las series nórdicas tienen tendencia a rodarlas en invierno… para acentuar la frialdad de la producción, supongo.
Netflix y Amazon Prime Video permiten llevarse episodios descargados. Aunque pueden no funcionar si la tableta está conectada a internet, si el país en el que te encuentras tiene una programación distinta para ese servicio. Por ello, cuando voy a ver uno de estos episodios, desconecto la conexión inalámbrica de la tableta. Dos series me he llevado. Una ya la había empezado antes de viajar. Las dos son europeas, una finesa y la otra francesa.
Serie finesa policiaca. La fórmula está vista. Una protagonista (Pihla Viitala), mujer, policía, que va un poco por libre, que se ha reincorporado a la policía de Helsinki después de vivir un tiempo con su marido en Hamburgo. Este murió en accidente de tráfico, y aquí se encuentra con el hijo que tuvo en común con el marido, y con la hija adolescente de este de una relación anterior. Y se le asigna el asesinato de una mujer, al mismo tiempo que un nuevo compañero (Lauri Tilkanen) previamente destinado en delitos de drogas. A partir de ahí, explorará la serie varias dimensiones. Las dificultades de gestión de su vida familiar, las de la relación con su nuevo compañero y el resto de los colegas de la policía, y la resolución del caso, que se complicará, por sus ramificaciones con otros sucesos y con otros intereses.
No está mal y se deja ver. Tiene la realización fría, algo distante, de las televisiones nórdicas. Pero no genera la sensación de sorpresa que otros productos en los que se inspira como la afamada Bron/Broen. Pasable. Entretenida. Sin más. La inspectora Karppi no es Saga Noren.
La Mante
La Mante [la Mantis] (Carole Bouquet) fue una asesina en serie en su momento, que mataba a sus víctimas, hombres, de forma extremadamente cruel; víctimas que se caracterizaban por sus conductas desaprensivas hacia sus entornos familiares, especialmente mujeres y menores. Una especie de (re)torcida justiciera. En la actualidad, 20 años después, un imitador ha aparecido. La asesina, secretamente en prisión cumpliendo cadena perpetua, se presta a colaborar con la policía. El secreto fue acordado para proteger a su hijo menor de entonces, cuya madre «oficialmente» murió en accidente aéreo en Francia. Pero actualmente es policía, y la asesina quiere que forma parte del equipo investigador. Obviamente, quiere reconectar con él. A partir de ahí se genera una trama en la que asistimos a la evolución de la trama policial, de la relación de la asesina con su hijo, y a la de este con su entorno, marcada por los secretos y mentiras.
A priori me pareció una serie entretenida e interesante. Me entraba curiosidad por saber que había sido de la Bouquet, de quien no había visto nada en mucho tiempo, desde los tiempos en que los mismo era chica-Bond que era un»oscuro objeto del deseo» para Buñuel. Luego me ha pasado como con la serie anterior. Aunque es una serie entretenida, no deja de ser un pastiche de conceptos, ideas y fórmulas ya utilizadas en otras producciones sobre asesinos en serie. En algunos momentos, recuerda mucho a Hannibal Lecter, pero sin las manías gastronómicas de este.
Hace unas semanas, hice con Asafona (Asociación de fotógrafos de naturaleza de Aragón) un taller para diseñar con Canva, una aplicación web fácil pero razonablemente potente para un aficionado. Ya tengo maquetado un álbum con fotos de los tres carretes de blanco y negro que expuse con mi Minox GT-E en China.
Y os dejo aquí unas cuantas fotos de las que aparecen el libro, realizadas en Hangzhou.
Ya he comentado en diversas ocasiones que la ácida crítica de Pierre Lemaitre sobre las sociedades actuales a través de la Francia de posguerra es uno de los libros que más me ha gustado en los últimos tiempos. O de los que me han gustado a lo largo de mi trayectoria como lector habitual de literatura de ficción. Hace ya casi 15 años que lo leí, muy recomendado por unos amigos míos, y no lo he olvidado, e incluso me ha llevado a leer tres novelas más del mismo autor. Dos impresionante policíacas, aquí y aquí, de lo mejorcito y con ventaja que he leído en ese género, y un drama que no estuvo mal, aunque en un escalón por debajo de los anteriores. Pero no estuvo nada mal.
Un pasaje de libro, una de las más interesantes intrigas que ofrece, transcurre en el Berlín de la Alemania nazi, con los hitlerianos recién llegados al poder. En unas semanas, volveremos a pasear por las calles, las plazas y los jardines de la capital del antiguo «Reich de los mil años», actual «Bundesrepublik Deutschland».
Y recientemente van y nos anuncian que se publica una secuela dedicada a las vicisitudes de los Péricourt. Utilizo la palabra «secuela» y no «continuación», porque considero a Au revoir là-haut como una novela cerrada en sí mismo. Aquí estamos en una nueva novela, que comparte algunos personajes, que comparte unas intenciones, pero que inicia, desarrolla y cierra una nueva historia. En esta ocasión centrada en Madeleine Péricourt, la hermana del protagonista de la anterior.
Siete años más tarde, el banquero y patriarca de los Péricourt ha muerto y se preparan unas exequias propias de un presidente de la república. Pero la tragedia es doble cuando el niño Paul, hijo de Madeleine, se tire por la ventana de su casa, cayendo sobre el féretro de su abuelo. El niño no morirá, pero quedará hemipléjico y confinado a una silla de ruedas. En el caos personal que sigue, una serie de «amigos», «familares», y «gente de confianza» de Madeleine, aprovecharán para conducirla a la ruina. La historia de la venganza está servida. A lo que habrá que sumar el misterio de porqué Paul se tiró por la ventana.
Los ingredientes de la novela son los mismos que en su predecesora. Un mundo en el que las personas íntegras brillan por su ausencia. En el que aquellos que buscan justicia en el mundo se ven obligados a adoptar la falta de escrúpulos a la hora de obrar que caracteriza a los caraduras que parasitan la sociedad. Y todo ello en un Francia, la de finales de los felices 20 y principios de los atribulados 30, que pasa del optimismo de la victoria bélica a los problemas del descontrol económico y financiero, de la avaricia de los plutócratas, de la falta de escrúpulos de los políticos, y del interés de la prensa por vender y no por ser cronistas veraces de la realidad. Es decir, real como la vida misma… de hoy en día, nueve décadas más tarde. En Francia, en España o en muchos otros lugares del mundo. Donde las amenazas de los populismos y los fascismos se hacen nuevamente presentes. Donde la hipocresía no es un defecto, sino un carácter común a las sociedades modernas. Tan modernas, que tienen como mínimo un siglo de existencia, por lo que leemos.
El libro comienza fuerte. Los capítulos iniciales, con el cortejo fúnebre del patriarca Péricourt y la desgracia del joven Paul sirven para cumplir con aquello que decía Billy Wilder, creo. Aquello de que de entrada deja al público clavado en su asiento, asombrado, y luego tómate tu tiempo para contar tu historia. Lemaitre consigue situar en el particular firmamento de su universo una constelación de personajes más o menos estereotípicos, pero también con sus características específicas que les dotan de una personalidad propia. Algunos están muy conseguidos e incluso saben a poco, como esa inmensa Solange Gallinato, cantante lírica y trágica. Pero en su conjunto, no consigue alcanzar las cotas que la novela predecesora consiguió. Se queda un par de escalones por debajo. Es más previsible, bastante más. Y el final carece del caos y sorpresa que nos ofrecía la novela anterior. De hecho, la sensación final es relativamente agridulce… aunque no diré porqué para no destripar ningún aspecto de la novela.
Se deja leer. Es muy entretenida. Pero sufre mucho las comparaciones. Si fuese de cualquier otro autor, si no fuese secuela de su conseguida novela anterior, probablemente dejaría mejor sabor de boca. Cosas que pasan. Y sí… el título está en francés por que lo he leído en versión original. Más baratito que la versión traducida y, obviamente, el original sin adulterar.
Empiezo por los libros. Después de pasar una parte del día del sábado de la semana pasada visitando algunas de las exposiciones de PhotoEspaña 2019, como ya os he contado esta semana aquí y aquí, tuve tiempo para pasar por la galería, tienda y librería de La Fábrica antes de coger el AVE de vuelta en Puerta de Atocha. Este año no encontré ningún libro o catálogo de las exposiciones que me llamara la atención. Pero como en un par de ocasiones anteriores me atrajo el estante de libros de fotografía japoneses de segunda mano. Y me traje dos volúmenes.
La expresividad de Martí Llorens ayuda mucho a sus aptitudes como comunicador; no hay momento para el aburrimiento. Pero es bueno dejar a sus obras que hablen por sí mismas.
El que más aprecio, la edición de 1991 que reunía el Sentimental Journey [Sentimentaru tabi; センチメンタルな旅] y el Winter Journey [Fuyu no tabi; 冬の旅], dos diarios fotográficos que Araki Nobuyoshi, el prolífico y controvertido fotógrafo japonés, dedicó a su esposa Yoko. Ya tengo algún libro sobre este tema, pero este me apetecía especialmente. Me parece un trabajo magnífico. Una historia maravillosa, una declaración de amor incondicional de Araki a su esposa, que pone en cuestión a todos aquellos que le acusan de misoginia o de objetificar a la mujer. Para los que no se cosquen, el Sentimental Journey fue el diario del viaje de novios, recién casados, en el que todas las miradas, fotográficas, de Araki se dirigieron a Yoko. El segundo, el Winter Journey fue el diario de la enfermedad que llevó a Yoko a fallecer prematuramente, hecho que marcó profundamenta al fotógrafo. Son dos trabajos con estilos y sentimientos muy distintos, pero que funcionan conjuntamente como un relojo. Como decía, una de las más bellas declaraciones de amor que he visto en forma de fotografías.
El segundo libro no me resultaba conocido. Ni el trabajo ni el fotógrafo. Se trata de Okuno hosomichi, 101 [奥の細道] de Tsuda Ichiro. El problema de estos libros es que están en japonés. Sobre el anterior, hay que tener en cuenta incluso que se abren y se leeen en sentido inverso a como estamos acostumbrados en occidente. Dado que ir intentando descifrar el contenido de los textos tirando de Google Translator, introducciendo pacientemente los kanji y diversos kanas, es largo y tediosos, me llevará tiempo destripar el contexto del libro. Porque apenas he encontrado referencias en internet. El caso es que el conjunto de fotografías en blanco y negro, muy diversas, desde paisajes hasta desnudos, con algunas llamativamente realizadas con lo que parece un teleobjetivo catadióptrico, me llamó la atención en la librería, era relativamente barato… y decidí cogerlo como curiosidad y darme un tiempo para desentrañar sus misterios. El caso es que tiene fotografías que me gustan mucho.
Charlas… o conferencias, o como os guste llamarlas. En el marco de la exposición de fotografía estenopeica, Zaragoza en línea recta, en la que participo con otros 13 compañeros de la Asociación de Fotógrafos de Zaragoza AFZ y que está disponible para ser visitada en la Casa de los Morlanes de Zaragoza desde el 9 de mayo y hasta el próximo 7 de julio, se ha organizado un miniciclo de dos charlas sobre fotografía, relacionadas con el tema de la exposición. Tuvimos una primera en mayo, ambas han sido en el Museo Pablo Gargallo, en la que Beatriz Aísa, fotógrafa y geógrafa, «alma mater» de buena parte de los fotógrafos que exponemos porque aprendimos la técnica con sus talleres, nos habló de los orígenes de la fotografía estenopeica y de sus proyectos más recientes. Alguno de los cuales vimos el año pasado en BFoto, y son estupendos. Y ayer sábado disfrutamos de la participación del barcelonés Martí Llorens, ver también la Factoría heliográfica, que nos habló de sus proyectos más personales realizados con procesos antiguos. Papel salado, calotipos, negativos sobre papel encerado, estenopeica… pero, sobre todo, la calidad conceptual de sus proyectos muy enraizados en el terreno, en la ciudad, en la memoria y en las transformaciones urbanas. Me lo pasé de maravilla. Disfruté mucho.
Quien haya leído los artículos sobre PhotoEspaña 2019 que he subido esta semana, sabrá que disfruté de las fotografías de Donna Ferrato por partida doble. Recientemente, en el excelente blog de fotografía Cartier-Bresson no es un reloj, le dedicaron una entrada en la que se analizaba el contexto y circunstancias en las que se realizaron algunas de sus más conocidas fotografías de su trabajo sobre la violencia de género. Imprescindible.
Robert Frank es uno de los fotógrafos americanos más reconocido… salvo que es nacido en Suiza. Y cuando en su juventud llegó a Estados Unidos, su visión sobre el país y su sociedad era muy fresca y poco contaminada. Y ahí se explica buena parte del interés de sus reconocidos trabajos. En el canal de Youtube del SFMoMA (San Francisco Museum of Modern Art) nos han ofrecido un vídeo en el que nos hablan de los que Frank aprendió en su momento de la generación Beat, la del momento en que realizó muchos de sus trabajos más célebres. Os lo dejo puesto…
En la visita a las exposiciones del Jardín Botánico en PhotoEspaña 2019, esperabamos ver una instalación de la surcoreana Kimsooja… pero no la vimos. No la encontramos. Nos debimos despistar. El caso es que para ponerme un poco al tanto, he estado visitando su amplia página web, que os he enlazado antes. Siendo muy polifacética, y más orientada al audiovisual que a la foto fija… he encontrado cosas muy interesantes.
Ya hace tiempo que nos ha llamado la atención el fenómeno. Si jóvenes de todo el mundo, especialmente chicas, están tremendamente enganchadas a su teléfono móvil y al selfi, los de las chinas es impresionante. El caso es que luego te encuentras en las redes sociales, en Instagram especialmente, rostros absolutamente imposibles, deformados. Selfis que han pasado por la trituradora de aplicaciones que sirven a estas chicas para presentar la imagen que creen que va a tener más éxito en internet… incluso si esa imagen no les gusta, y preferirían presentar la suya propia. Sobre este tema reflexiona Rankin en un trabajo reciente como nos cuentan en Feature Shoot. Y con esto me despido por hoy.